domingo, 23 de agosto de 2020

YO, ROBERT LOWELL

     


  Yo, Robert Lowell, rara vez en pleno dominio de mis
facultades anímicas, para beneficio de la poesía
y perjuicio de las vidas habituales,
declaro haber ajustado cuentas con los romanos:
hablé del Maxentis fall, y del Edicto de Milán -año 312-
por el cual el cristianismo fue instituido como religión
oficial del Imperio.
Luego salté unos cuantos siglos, observando que la escritura
es un formidable vehículo para eso,
pero sin olvidar que "la letra mata, mas el espíritu vivifica."(1)
Letra y lengua me llevaron a Job quien se pregunta con crudeza:
"¿Sacarás tú al Levitán con anzuelo, o con cuerda que le eches
en su lengua?"(2)
Extraño, porque algunos años antes, hablando de la pesca,
yo había escrito estas líneas: "Sólo las truchas arco iris
de boca sanguinolenta se alzaron hasta mi carnada."
¿Está todo unido en alguna parte, más lejos, más cerca,
o es este estado de mi mente el que recoge los rastros
casi sin darse cuenta?
Entonces sentí que una metamorfosis estaba operando
en mi sistema vital: me quité la ropa del historiador,
justo cuando estaba frente a la puerta de la vieja casa
de mi padre. ¡A tiempo de presenciar sus últimos días,
de contar el infortunio que hay en el  matrimonio -estas
palabras ya son mías- a tiempo de ir a traer el cuerpo 
de mi madre en barco desde Rapallo, en pleno invierno.
"El cadáver estaba envuelto como un panetone en papel
de estaño italiano", escribí, reconociéndome sin necesidad
de ningún espejo. 
Había pasado imperceptiblemente -al cruzar ese umbral-
de La Historia a mis historias. Estaba en mi río del tiempo
y escribí, en ese estado nuevo: 
"Las tortugas envejecen, pero nadan amorosamente,
fósiles medio congelados, caballeros errantes
con armaduras salidas de un sueño absurdo."
Creo que sin querer estaba hablando de mis viejos trajes.
¡Rapallo! ¿Cuánto tiempo vivió allí el viejo sabio
que fui a visitar al hospital psiquiátrico?
Ese que había escrito un verso que parecía una simple
revelación, una de esas revelaciones que deberían servir
para transformar vidas:
"sólo la emoción perdura", había dicho el poundiano.


(1) Epístola de San Pablo a los Corintios.
(2) Job 41.1

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