miércoles, 29 de julio de 2015

UN TROVADOR SICILIANO: GIACOMO DA LENTINO




Un poeta medieval, italiano, siciliano, de la tradición lí-
rica provenzal. En realidad, uno de sus iniciadores. Uno
que escribió los primeros sonetos. Al parecer notario de 
la corte imperial de Frederico II, en Sicilia, como figura 
en ciertos documentos de 1233 y 1240. Con seguridad 
murió antes de 1250. Mencionado en un pasaje famoso 
de la Divina Comedia, en el Purgatorio, XXIV, 
como el líder de una de las escuelas poéticas que prece-
dieron al dolce stil novo.
 Giacomo escribe en la tradición de los Trovadores, y fue
el primero, probablemente, en escribir este tipo de versos
en italiano. Siempre se mantuvo cerca de la lírica proven-
zal, tanto en los temas, como en las formas estróficas y
hasta en el vocabulario. No se han encontrado sonetos an-
teriores a Giacomo Da Lentino y se le considera el inven-
tor de esa forma poética. 
 Ezra Pound valoraba enormemente a los Trovadores. En
su libro de traducciones Confucius to Cummings, incluye
a Guido Guinicelli (1220-1275), pero no a Da Lentino.
Sin embargo, no dudaríamos en situar a éste entre los
inventores, una categoría de poetas "descubridores de
un procedimiento particular, o de más de algún modo o
procedimiento".
 El texto original en italiano fue editado por Bruno Panvi-
ni: Le Rime della Scuola siciliana. Vol. I dell' "Archivum
Romanicum". La versión al inglés es de Frederick Goldin.




                                                   1

Maravillosamente
un amor me abraza
y permanece siempre
en mi mente;
y en otra parte
pinta
la semejanza de su pensamiento;
ah, bella, yo hago lo propio:
dentro de mi corazón
porto tu imagen.

Siento que te llevo en mi corazón
como pintada en el muro,
y nada se ve desde fuera;
pero es como morir
no saber si sabes
como te amo en mi buen corazón;
porque siento vergüenza
hasta te miro ocultándome
y no te muestro mi amor.

Lleno de un gran deseo
he pintado un cuadro,
Ah bella, era tu semejante;
y cuando no te veo
miro esa imagen,
y parece que te tuviese delante;

como un hombre que cree
en ser salvado por su fe
en cosas que no puede ver.

Un dolor arde en mí,
soy como alguien sosteniendo fuego
escondido en su interior,
que cuanto más lo cubre,
más se desparrama
y no puede contenerse;
así ardo
cuando paso de largo y no te miro
a ti, rostro del amor.

Si me cruzo contigo,
no me doy vuelta,
Ah, bella, para volver a mirarte,
vas andando, y cada paso
me hace suspirar.
Y estoy en plena agonía
y apenas me conozco,
tanto, bella, me sufro.

Desde que te he alabado tanto,
mi dama, en todas partes,
por la belleza que posees,
no sé si te han contado
historias de mis halagos y artificios,
pues te noto dolida.
Pero si me miras
confirmarás las palabras que te diría
con mis labios.

Canzonetta nueva,
ve y canta este nuevo tema-
levántate en la mañana-
antes de la más bella,
flor de todas las mujeres merecedoras de amor,
más clara que el oro más fino:
-Tu precioso amor,
dáselo al Notario,
nacido en Lentino.


                                         4

El basilisco ante el luciente espejo
muere con placer;
el cisne canta más gloriosamente
cuando está próximo a su muerte;

el pavo real, estando en su mayor alegría
se altera cuando se mira los pies(1);
el fénix se quema íntegro
para regresar y renacer.

A tal naturaleza siento haber llegado,
al ir alegremente a la muerte ante su belleza,
y vuelvo sensual mi canto al acercarme al fin;

estando contento de pronto me desanimo.
ardiendo en el fuego me alegro nuevamente,
por ti, la más dulce, a quien deseo regresar.

(1) De acuerdo a los bestiarios, el pavo real siente vergüenza de sus pies
que no están, cree él, a la altura de su belleza.



                                                   5

Aquel que nunca antes ha visto el fuego
jamás pensaría que podría quemar;
más bien, su esplendor lo atraería,
al verlo, como un deleite, algo atractivo.

Pero si lo tocase en algún lado,
entonces sabría lo fuerte que quema;
aquella (que representa el amor) me ha tocad un poco:
mucho me quema. ¡Dios, si me abrazase!

si se abrazase en tí, dama mía,
que me haces pensar que serías mi solaz amándome,
y sólo me darías penas y tormento:

ciertamente el Amor actúa innoblemente,
ya que no ata al que se entrega a él sólo con palabras;
a mí, tu siervo, no me trae alegría (entusiasmo).

 NOTA  Estos poemas están escritos en un italiano medieval, 
muy mezclado con términos provenzales. Por ejemplo,
"che servo", es un término técnico de la poesía amoro-
sa provenzal que juega con la metáfora feudal de la su-
misión del enamorado confrontado con la amada.
La frase en italiano moderno diría "a mi che amo".
El término que cierra el soneto original es "isbaldimen-
to", que en provenzal significa 'alegría, entusiasmo', 
pero al perderse la rima (musical) con "tormento", de
los versos anteriores, se esfuma también el efecto de
contraste sugerido: allí donde el enamorado debía en-
contrar la pura felicidad, se encuentra con el inicio de 
sus problemas.

FUENTE (de los poemas)

Frederick Goldin. German and Italian Lyrics of the
Middle Ages. Anchor Books, 1973.

Citado

Ezra Pound and Marcella Spann. Confucius to Cummings.
An Anthology of Poetry. New Directions, 1964.









jueves, 23 de julio de 2015

UN CATÁLOGO DE ROSTROS Y DE MIRADAS



 Personas sin rostro, rostros sin mirada: formas diversas
de la inexistencia. Nada más cercano a nuestra misteriosa
identidad que la imagen del rostro. Nada más cercano a
nuestro verdadero morador que la mirada.
 Los rostros son... islas. El resto es mar.


                         ROSTROS Y MIRADAS

 Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás
y asusta a la niña que fuiste.
 Alejandra PIZARNIK. Extracción de la piedra de la locura.

 ¡Ser conocido! ¡Cómo podría ignorar que él es lo descono-
cido, bajo la máscara de un hombre como cualquier otro.
 Georges BATAILLE. 

 Y el rostro se consume como una llamarada
 Peter HUCHEL. 21 poetas alemanes vol. I.

La pequeña volvió sus ojos de vieja hacia nuestras mesas,
parecía la última de una estirpe, la luz de las velas abiga-
rraba sus pupilas. Cantó con un hilo de voz, una voz que
venía de un cuerpo que no era suyo, desenterrado.
Fleur JAEGGY. Los hermosos años del castigo.

Durante su formación profesional había empezado a adver-
tir que muchas veces había una gran promesa en las caras
de los muertos, como si la tensión y el estrés de la vida hu-
biesen dado paso a una paz mayor. la relajación muscular
que seguía a la muerte era la respuesta científica; pero en
parte se preguntaba si esta explicación era completa. El ca-
dáver humano también portaba en la molleja guijarros de
un país desconocido en los mapas.
Julian BARNES. Arthur & George.

 Ofrezco un nuevo rostro al rostro sorprendido de las casas.
 Pierre OSTER. Antología de la poesía francesa actual.

 La cara (en actitud actual, estática) es un gesto estratifica-
do de todos los gestos que hubo en esa cara en todo el tiem-
po anterior al momento de la observación. Y ese gesto es lo
que la mirada más o menos distraída percibe en un rostro y
capta mucho más que ninguna de las características particu-
lares de cada región u órgano del rostro.
Macedonio FERNÁNDEZ. Cuadernos de todo y nada.

esa cara que seguramente se haría añicos si se cayera al
suelo
Kathryn HARRISON. Los pies de la concubina.

 lo que queda sobre todo son los momentos de algunos
                                                                                [rostros
de repente vistos en el azul grande los árboles verdes que
                                                                                [agitan
el color de una mejilla tanto casi nada como
¿Qué quiere decir una sonrisa en el tiempo desaparecido?
James SACRÉ. Poesía francesa contemporánea.

y de ella quisiera contemplar
su andar que inspira amor y el centelleo radiante de su rostro
antes que los carruajes de los lidios y antes que los soldados
en pie de guerra
SAFO. Poemas y testimonios.

El rostro del viejo, apuesto, sonrosado, de marcados rasgos
judíos y largos bigotones blancos, se da vuelta hacia mí 
mientras caminamos juntos cuesta abajo. ¡Ah! Perfecta-
mente dicho: cortesía, benevolencia, curiosidad, fiabilidad,
recelo, naturalidad, indefensión de la vejez, confianza, fran-
queza, urbanidad, sinceridad, advertencia, patetismo, com-
pasión: una mezcla perfecta.
James JOYCE. Giacomo Joyce.

Una sombra en movimiento nos aporta más que un cuerpo
rígido inmóvil. Un rostro siempre sonriente ya no nos en-
gaña. Sabemos que solo la muerte tiene una sonrisa eterna.
Joseph ROTH. Crónicas berlinesas. [Se trata de una visita
a un museo de cera]

Sus cejas tupidas se unían -"eso es signo de celos", nos dijo 
Idalou cuando él se fue, y musitó una advertencia sobre las
cejas que se tocan.
William GOYEN. Ángeles y hombres.

Los rostros de las vírgenes se pintan con pintura diluida en
agua de rosa, ya que la representación de la efigie de la Pu-
rísima y, por el mismo respeto, también la de los santos, es
un acto religioso, verdaderamente místico.
Andrzej KUSNIEWICZ. La lección de lengua muerta.

 Su rostro es demasiado estrecho:
 parece una espada.
 La boca silenciosa; caen los labios.
 Las cejas dolorosas y espléndidas.
 Trágicamente se unen en su cara
 dos sangres muy antiguas.
 Marina TSVIETÁIEVA. Antología poética.

 Y fue como si la imagen de aquel único rostro pudiera dar-
le al gozo una lengua, una certidumbre a todo el poder y la
felicidad que sentía, resumidos en aquel pequeño óvalo, 
hasta que una sensación de triunfo y fe ingenuos me arrebató
de tal modo que me creí capaz de comer y beber toda la ciu-
dad, de poseer la tierra entera.
 Thomas WOLFE. Hermana muerte.

...Hable con quien hable, necesito, en definitiva, crearme una
cara especial, adaptada a alguna de las debilidades propias de
dicha persona, en detrimento, claro está, de lo que podría ser
mi verdadera cara. 
 De este modo he llegado a no saber cuál es mi verdadera ca-
ra. Que, de ser posible, tal vez no exista.
Cesare PAVESE. Cartas.

 Su rostro medio oculto por un velo se volvía transparente.
 Henri MICHAUX. Literatura francófona de Bélgica.

 Al final

 él puso 
 su cabeza
 en la almohada
 y durmió
 su rostro vuelto
 hacia el sur
W.G. SEBALD. For Years Now.

 Mrksha Pojvalich, un hombre de cara tan estrecha que po-
día tocarse las dos orejas con una mano.
 Misroslav PAVIC. Paisaje pintado con té.

 Las doctrinas islámicas más austeras tienen prohibida la
representación de cualquier rostro, no sólo del rostro de
Dios.
 J. COLE. Del rostro.

 Elena tenía seis años. Era hermosa como un ángel que es-
tuviera posando para una fotografía artística. Tenía los ojos
oscuros, inmensos y fijos, la piel del color de la arena moja-
da. Sus cabellos, de un negro de baquelita, brillaban como 
si los hubiera lustrado uno por uno y parecían descender
incesantemente por su espalda y sus nalgas. Su encantadora
nariz habría provocado un ataque de amnesia al mismísimo
Pascal. Sus mejillas dibujaban un óvalo celeste, pero basta-
ba fijarse en la perfección de su boca para comprender hasta
qué punto era malvada.
 Amelie NOTHOMB. El sabotaje amoroso. [Y luego agrega:
"Describir a elena reducía el Cantar de los cantares a la ca-
tegoría de inventario de carnicería":]

 Vivo en la expresión facial del otro, como lo siento a él
vivir en la mía.
 M. MERLAU-PONTY. Citado por Cole.

Un rostro al fin del día
(...)
Un ramo de lluvia desnuda
(...)
Un rostro entre las balanzas del silencio
Un guijarro entre otros guijarros
Por las frondas de los últimos resplandores del día
Un rostro semejante a todos los rostros olvidados.
Paul ELUARD. Obra poética completa.

 Los muñecos del bunraku (...) el principal sostiene la par-
te superior del muñeco y su brazo derecho; tiene la cara 
descubierta, lisa, clara, impasible, fría como una cebolla 
blanca recién lavada (Basho)
 Roland BARTHES. El imperio de los sentidos.

 De tus ochenta y cuatro veces mil rostros
 usa sólo uno
 y ven a probarme, a pedirme.

 Si no vienes y me pides,
 maldeciré a todos tus antepasados.

 Ven con cualquier rostro y pídeme,
 yo daré,
 mi señor de los ríos encontrados.
 BASAVANA. Cantos a Siva.

 Sobre su rostro de entonces se han ido depositando en mi
imaginación sus rostros ulteriores. Cuando la evoco tal y
como era entonces, la veo sin rostro. Tengo que reconstru-
írselo.
 Bernard SCHLINK. El lector.

 Al caminar June hacia mí desde la oscuridad del jardín,
vi por primera vez a la mujer más hermosa de la tierra. Un
rostro sorprendentemente blanco, ardientes ojos negros,
un rostro tan vivo que lo sentí a punto de consumirse de-
lante de mis ojos.
 Anais NIN. Cit. por N. Mailer en "Fragmentos..."

 Cuanto menos odio tendrían los hombres si cada uno de
ellos no usara un rostro.
 Henri MICHAUX. Darkness Moves.

 La esencia misma del autorretrato: es el único retrato que
refleja al creador en el momento del acto mismo de crear.
Spinoza distinguía la naturaleza naturante y la naturaleza
naturada: la primera activa, brotando, divina; la segunda
pasiva, acabada, material. Podría decirse que el retrato se
relaciona normalmente con la naturaleza naturada.
 Michel TOURNIER. El árbol y el camino.

 Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo
colocado a demasiada altura y que no reflejara más que 
los astros y el implacable cielo.
 Marguerite YOURCENAR. Cuentos orientales.

 Absuelto de las máscaras que he sido,
 Seré en la muerte mi total olvido.
 Jorge L. BORGES. Antología poética.

 Hice conmigo lo que no sabía hacer
 y no hice lo que podía.
 El disfraz que me puse no era el mío.
 Creyeron que yo era el que no era,
 no los desmentí y me perdí.
 Cuando quise arrancarme la máscara,
 la tenía pegada a la cara.
 Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
 estaba desfigurado.
 Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.
 Fernando PESSOA. Poemas de Alvaro de Campos.

 Estoy buscando el rostro que tenía
 Antes de que el mundo fuera creado.
 W.B. YEATS. Antología poética.

 Había una clara diferencia entre este rostro y los que yo
estaba acostumbrado a ver. Este parecía hecho a mano, y
los otros, fabricados en serie.
 Paul BOWLES. Días y viajes.

 Hay un verdadero derroche de caras.
 Adolfo BIOY CASARES. 

 En las calles de la mañana todos los rostros, todos los obje-
tos se me antojaban todavía húmedos del terrible baño de
sus noches.
 Giorgos SEFERIS. 6 noches en la Acrópolis.

 su rostro físico, diríamos, no su rostro mental
 Braulio ARENAS. El castillo de Perth.

 Fotos, fotos, fotos... Caras, caras, caras... De hiena, de cer-
do, de cabra, de mono, de loro. Pero no de tigre, porque los
tigres son hermosos, ¿no crees?
 Jean RHYS. Los tigres son hermosos.

 ¿Dónde andará mi cara, aquella otra, que alguien
 tuvo entre sus manos
 mirándola como a un río asustado?
 Ricardo MOLINARI. Antología Universal de la Poesía.

Los trenes expreso que se dirigían hacia el sur, a Merano,
a Trieste, a Italia, no paraban jamás en su minúscula esta-
ción. Pasaban a una velocidad desenfrenada por delante
de Fallmerayer, quien, dos veces al día, saludando con su
resplandeciente gorra de color rojo, se apostaba en el an-
dén. Los semblantes de los pasajeros en las amplias ven-
tanillas se desvanecían en una papilla de color blanco gri-
sáceo. El jefe de estación Fallmerayer jamás había podido
ver el rostro de un pasajero de viaje hacia el sur.
Joseph ROTH. Jefe de estación Fallmerayer.

 Tenía un bigote de sudor, dura la boca, de fábrica, y ojos
azules, evasivos. 
 V.S. PRITCHETT. Citado por M. Amis. Visitando a Mrs.
Nabokov.

 Los turcos tenían sagazmente observado cuán indecente
es el rostro. Lo cubren de telas y las miradas se escapan de
ellas, enloquecidas.
 Henri MICHAUX. Un bárbaro en Asia.

 su rostro rueda por mí
 como el sonido del agua
 en la noche,
 del agua cayendo en el agua.
 Alejandra PIZARNIK. Extracción de la piedra de locura.

 Antes el rostro revelaba el carácter, el alma; hoy no revela
sino el buen o mal gusto de quien adoptó ésa y no otra ca-
ra.
 Macedonio FERNÁNDEZ. Cuadernos de todo y nada.

 pero por largo tiempo tengo aún recuerdo
 de rostros insonoros, color de papaya y de hastío...
 St. JOHN PERSE. Antología del poema traducido.

Bebí un poco más de vino y fijé la vista en el mantel, vien-
do rezar a la gobernanta con el rostro levantado y los ojos
cerrados. Su pequeña nariz menuda y sus largos labios en
movimiento. Exactamente igual a un conejo, así era, igual
que un conejo ciego. 
Jean RHYS. Viaje a la oscuridad.

Visita al museo. Con la mirada aguzada por las obras maes-
tras, pronto me dejo distraer por los demás visitantes, entre
los cuales distingo rápidamente originales, misteriosos, se-
ductores. Botticelli, Rembrandt y Van Gogh no tienen mu-
cho peso junto a tal o cual rostro vivo.
Michel TOURNIER. El vagabundo inmóvil. 

De cuando en cuando, en la pared del gran hipogeo se abre
un nicho en que está el Buda sentado, dos veces mayor que 
un hombre de pie, con su sonrisa que es como la línea de la
luna sobre el agua, con sus ojos cerrados, de mirada vuelta
hacia el interior, con su rostro que detiene y atrae hacia sí
el pensamiento de quienes lo contemplan.
LANZA DEL VASTO. Vinoba o la nueva peregrinación.

 El campo de trigales es tan bello
 sólo porque están dentro
 las flores de amapolas y las arvejillas;
 y tu pálido rostro
 porque hacia atrás lo inclina apenas
 el peso de la larga trenza.
 Corrado GOVONI. Poetas italianos del siglo XX.

 pero su rostro, como el rostro de todos los muertos, era más
hermoso y sobre todo más significativo de lo que había sido
mientras vivía.
 Leon TOLSTOI. La muerte de Iván Ilich.

 Sobre las cabezas que pasan decoradas con caras. En las
cuales Vine asegura que puede leer la trayectoria de una
vida entera. Durante el período secundario de flaccidez
que sucede al rigor mortis.
 J.P. DONLEAVY. Cuento de hadas en Nueva York.

 pasan una madre y una hija de mirada tranquila. Lo cual
significa un marido y un padre que se rompen el lomo en
alguna parte. Las cabezas de la gente nimbadas por la luz
del sol ondulan como campos de flores. Cuando uno no
las mira demasiado de cerca. y les ve las caras de vampiros.
 J.P. DONLEAVY. Cuento de hadas en Nueva York.

 Mujeres a horcajadas sobre poneys desmelenados de ancha
frente llevan el vestido chino, pero su rostro se oculta tras 
un velo de crin negra parecido al tchedra de Bujara, a 4000
kilómetros de aquí.
 Ella MAILLART. Oasis prohibidos.

 ella vino con su cara de lluvia; una cara de estatua en in-
vierno, cara de alguien que se quedó dormido y no cerró
los ojos bajo la lluvia.
 J.C. ONETTI. Cuentos completos.

 Ponle cuidado por las calles, al atardecer, a las caras de
hombres y mujeres, cuando hace mal tiempo, cuánta gra-
cia y dulzura se ve en ellos.
 LEONARDO. El Malpensante.

 Era una frente asombrosa: relucía, destellaba. Parecía la
pantalla de sus Facultades Superiores; Lenguaje, Forma,
Número y todo lo demás. Su rostro era notable, incluso
en reposo.
 Amitav GHOSH. El círculo de la razón.

 De vez en cuando su cara aparece
 en las ventanitas de junto al techo de la casa.
 El rostro triste de una persona a la que encerraron
 y se olvidaron de ella.
 Raymond CARVER. Un sendero nuevo bajo la cascada.

 Un rostro que se parece a todos los rostros olvidados.
 Paul ELUARD. Cit. por S. Vinci en "En todos los sentidos"

 Emerjo al rostro, igual que un nadador que después de zam-
bullirse emerge a la superficie. Pero no me siento cómodo,
ni instalado.
 Henri MICHAUX. El infinito turbulento.

  Sus ojos son claros y pequeños como los de los santos vie-
jos. Penetrantes. Un poco lascivos. Pero no una lascivia car-
nal, sino distinta, si no fuera por lo salvaje de la asociación,
diría: trascendental.
 Marina TSVIETÁIEVA. Diarios de la Revolución de 1917.

 En el centro, en lo profundo del centro del palacio, un ros-
tro: un niño-hombre, y Emperador, dueño del sol e Hijo del
Cielo.
 Victor SEGALEN. René Leys.

 Lo único que siguió siendo infantil en ella fue la cara.
 Todos la han visto. Todo el mundo en Suecia puede recor-
dar su cara en cualquier momento. La preciosa carita de
grandes ojos que tiene la doncella en el dibujo de Picasso
El Minotauro y la doncella.
 Torgny LINDGREN. En elogio de la verdad.

 En una cabra de rostro semita
 sentía quejarse todo mal ajeno,
 toda ajena existencia.
 Umberto SABA. Poetas italianos del siglo XX.

 hacedme una nueva facha para que de nuevo tenga que
huir de vosotros en otros hombres, y correr, correr, correr
a través de toda la humanidad. Pues no hay huida ante la
facha sino en otra facha y ante el hombre podemos refu-
giarnos sólo en otro hombre. (...) ¡Perseguidme si queréis!
Huyo con mi facha entre mis manos.
 Witold GOMBROWICZ. Ferdydurke. (Es el párrafo final)

 A veces me pregunto si existe algún viajero que haya des-
cubierto en cualquier parte del mundo paisajes más repug-
nantes que los del rostro humano.
 Claude DELARUE. El tiempo de los elefantes.

 Me encontré a mí mismo, sin poder hacer algo al respecto,
en un estudio del rostro de mi bienamada esposa, notando
sistemáticamente los colores.
Claude MONET acerca de su esposa Camille en su lecho
de muerte. Cit. en "A Poet's Notebook".

 Unos tenían la cara hinchada, amarilla, cubierta de mos-
cas; otros la tez, la delgadez, los gestos de los monjes del
Greco. Todos parecían salir de una explosión de grisú.
 Jean COCTEAU. Thomas el impostor.

La lumbrera que le acoge tiene un rostro tan austero que
podría figurar en un billete de banco. Los norteamericanos
tienen una palabra para eso: dwem. Viejos sabios blancos,
selectos y doctos, con perilla y lentes.
Patrick DEVILLE. Peste y cólera.

  Incluso en los rostros, uno de los sitios más reales para
mí, objeto que se volvía sujeto con facilidad, la realidad
faltaba aún.
 Mejor que los trazos, su evanescencia venía a mi encuentro,
fantasmas que una emoción esponja.
 Henri MICHAUX. Emergencias, resurgencias.

 sus pequeños ojos azules, por encima de las carnosas pro-
minencias de las mejillas eran como luces sumergidas en
el mar.
 V.S. PRITCHETT. Amor ciego.

Así se cierra el día
mientras paseo
por el silencioso huerto de las miradas
Valerio MAGRELLI. Ora serrata.

El autorretrato fotográfico está prácticamente ausente de las
obras de los grandes fotógrafos. (...) Quizá porque en la to-
ma fotográfica -mucho más que en el dibujo- hay siempre
una parte de predación, de agresión y de ataque, que da mie-
do cuando se trata de volverla contra sí mismo. 
Michel TOURNIER. El árbol y el camino.

Y el pobre, viejo Charlie. Lleva tanta tristeza en sus ojos
castaños como para fundar un banco de dolor.
J.P. DONLEAVY. Cuento de hadas en Nueva York.

Y la luz nórdica, nociva y loca, se detiene sobre la pared.
Las cortinas de una ventana se estremecen, una mirada
queda atrapada allí, como si fuese el horizonte.
Fleur JAEGGY. Los hermosos años del castigo.nx

 Aquí no hay espejo y no sé que aspecto tengo, ahora. Re-
cuerdo que me miraba al espejo, mientras me cepillaba el
cabello, y recuerdo que mis ojos me devolvían la mirada.
La muchacha que veía era yo, aunque no del todo.
 Jean RHYS. Ancho Mar de los Sargazos.

 Helado como el espejo en que contemplas la huida de los
colibríes de tu mirar
 Benjamin PERET. Antología de la Poesía Surrealista.

 disparando en esa mirada su último cartucho de conciencia
 Stanislaw WITKIEWICZ. Insaciabilidad.

Cuanto más los entrecierro, tanto mejor ven mis ojos,
pues todo el día ven lo insustancial (...)
El día se me hace noche hasta el momento en que te veo,
y toda noche, cuando te sueño, se vuelve el más claro día.
William SHAKESPEARE. Los sonetos. [Este es el XLIII]

  Miré el mar hasta la nada
 Margueritte DURAS. Escribir.

Alice nos contemplaba con esa mirada a la vez afectuosa y
ligeramente burlona de las mujeres que siguen una conver-
sación entre hombres, esa cosa curiosa que siempre parece
oscilar entre la pederastia y el duelo.
Michel HOUELLEBECQ. Sumisión.

  Hace mucho tiempo que no me lo "paso bien", no sé 
cuánto hará, desde que tenía 28 años o algo por el estilo.
He visto muchas cosas pero, te diré, sin llegar a verlas del
todo. Como si alguien las hubiese visto ya. No eran nuevas.
Otros ojos las habían gastado ya, digamos.
 Barry HANNAH. En A.A.V.V. "Ficción súbita".

 Sombras azuladas. Oh, vuestros ojos oscuros
 que largamente me miran cuando paso.
 Georg TRAKL. Obra poética.

Se sentó frente a mí, y entonces, por primera vez, reparó en
mi existencia. Repentina, pero deliberadamente, me lanzó
una larga mirada. Sus ojos eran demasiado azules y oscuros
y sus cejas tan arqueadas que rodeaban totalmente el iris.
Fue una mirada notable, conmovedora, como si me hubiese
mirado un faro.
Ford Madox FORD. El buen soldado.

El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el Uni-
verso.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
Olga OROZCO. Carta a Alejandra Pizarnik.

en la Autobiografía de un Yogi, de Sri Pramahansa Yoganan-
da (1893-1952) éste relata haber tenido la siguiente visión,
al golpearle en el pecho un famoso santo, Bhaduri Mahasaya,
en Calcuta: "Como si poseyera un ojo omnipresente, contem-
plé las escenas que estaban a mis espaldas, y a ambos lados,
con la misma facilidad que las que estaban delante de mí".
Mircea ELIADE. Más allá de este mundo.

fijos en la brasa las miradas se apagan
Gunnar EKELÖF. En O. Paz: 'Versiones y diversiones'.




CANCION DE LOS INDIOS PAPAGO

Me levanté temprano
en la mañana azul;
mi amor se había levantado
antes que yo, 
vino corriendo hacia mí desde las puertas del alba.
En la montaña Papago
la presa moribunda
me miraba con los ojos de mi amor.
En 'American Indian Poetry'.

Un cuadro dura lo que dura una mirada.
LE PARC. Cit. por G. Picon en 'Las lineas de la muerte'.

Siempre
tu mirada mojada está a los besos jugando...
E.E. CUMMINGS. Antología poesía norteamericana.

El vaso está en el ojo.
El vaso tiene pasión de mí.
Jacobo FIJMAN. Viaje a la otra realidad.

el relámpago que ilumina mira
Gaston BACHELARD. Cit. por R. Jiménez en 'La curva
del eco'.

El ojo del conductor en el espejo
como una abeja que va y viene
que quiera hacer miel
en una colmena de miradas
Valerio MAGRELLI. En 'Diario de poesía', N° 42.

las miradas con las que ha apagado las velas y ha cegado
el espejo de la pared
Martin R. DEAN. Cit. por Butcholz en 'El libro de los libros'

Aparto el telescopio
Y miro como Deneb
Se mueve hacia el cenit.
Mi cuerpo está dormido. Solo
Mis ojos y cerebro están despiertos.
Las estrellas me rodean
como ojos de oro. Ya no puedo saber
Donde empiezo y donde me detengo.
La leve brisa en los pinos oscuros,
Y el pasto invisible,
La tierra se ladea, las estrellas que bullen
tienen un ojo que se ve a sí mismo.
Kenneth REXROTH. En Milosz 'A Book of Luminous
Things'.

 La mirada es el poso de un hombre.
 Walter BENJAMIN. Dirección única. (Poso: sedimento
de un líquido)

 Si la luz se apaga, te quedas solo ante la noche. Y tus ojos
abiertos te iluminan. 
 Pierre REVERDY. Poetas franceses contemporáneos.

Las polillas nos miraban a través
de la ventana. Sentados a la mesa,
éramos 'brochetados' por sus centelleantes miradas,
más duras que sus quebradizas alas.
Adam ZAGAJEWSKI. En 'A Book of Luminous Things'.

 -Gracias por el café -dije, dudoso. Por un momento me 
lanzó una mirada impasible. Como si yo hubiera sido un
loro silencioso hasta ese momento y que súbitamente dice
una tontería.
John BARTH. El fin del camino.

Al principio no se vislumbra
el desenlace definitivo.
HERÓDOTO. En R. Kapuscinski, 'Viajes con Herodoto'.

Mary McDonald, te encontré en la calle
cuando estabas cansada y te dolía la cabeza,
pero disparaste perfume esmeralda de tus ojos,
acumulado en los bosques de Balin.
Allen TATE. Poesía selecta.

Lo que se expresa poéticamente es llevado a un foco más
preciso. El verso sirve para enfocar con más claridad, para
sublimar, se convierte en, casi en un sentido químico, una
sublimación de la visión.
Jean FOLLAIN. Poems & Texts.

Su mirada se había exorbitado tanto que hubiera aterrori-
zado a un verdugo.
Amitav GHOSH. El círculo de la razón.

nos observaba sin atención, como un almacenero que vende
productos defectuosos, y con mirada escrutadora, como un
fisiólogo.
Viktor SHKLOVSI. La tercera fábrica.

La mirada del león es simplemente funesta; la del leopardo
es malévola, destila el miedo atrapado que es la auténtica 
ferocidad.
Peter MATTHIESSEN. El árbol...

La tarde mira al agua,
azul, 
y el agua es toda la tarde,
azul.
Juan L. ORTIZ. En 'El lagrimal trifurca', set. 68.

y que podamos mirar el sol de frente hasta el olvido
Tristan TZARÁ. Poemas.

Voy con Ben al vertedero municipal. Dos recogedores de
basura. Uno es el cretino jorobado que vive con sus ancia-
nos padres en la casa junto al peral. El otro es un joven que
me mira con un odio incomprensible. Mi hijo me explica
que la mirada de odio es la mirada propia del carroñero. 
Revolver entre la basura es un asunto íntimo, a nadie le
gusta que lo descubran en ese momento.
John CHEEVER. Diarios.

Esta ventanilla está empañada. No veo bien.
Arturo CARRERA. Arturo y yo.

¿Todo gratis? ¿No se paga nada por mirarte?
Gesualdo BUFALINO. El malpensante.

Con espanto te ves dibujado en las ágatas de San Vito
Estabas mortalmente triste el día en que te viste allí.
Guillaume APOLLINAIRE. El mundo de G.A.

Vi en los ojos que tenía mucha necesidad de confiar en
mí -era esa mirada mitad noble, mitad fatua del que ha
decidido desnudar su alma- y una vez más mi actitud
cambió.
J. MITCHELL. El secreto de J. Gould.

Un pájaro, un escarabajo, una mariposa imitan a la mis-
ma contemplación ferviente que reservamos para un Tin-
toretto o un Rembrandt, pero nuestra mirada ha perdido
su frescor, ya no sabemos mirar.
Claude LEVI-STRAUSS. De cerca y de lejos.

Paseo mi mirada por el cielo
por si acaso con la suya coincidiera
Yamil BUTAYNA. Poesía árabe clásica.

por eso las gafas deberían llevarse
entre el ojo y el cerebro,
porque está ahí, entre bosques
y plantaciones de nervios
el error de la mirada
Valerio MAGRELLI. Ora serrata.

No voy a beber vino contigo
Porque eres un chico bribón.
Sé que ustedes tienen la costumbre
De besarse bajo la luna con cualquiera
En nuestra casa, en cambio, la quietud
Y el sosiego son la felicidad.
En nuestra casa no permiten
Levantar los ojos claros.
Anna AJMÁTOVA. Poesía escogida.

como un perro
dice Cezanne
así es como el pintor
debe ver, el ojo
fijo y casi
desviado
W.G. SEBALD. Unrecounted.

Sentado como estaba, no tenía en absoluto el aspecto de
alguien que espera. Parecía no aburrirse ni un instante.
Sus encendidos ojos lanzaban chispas sobre los objetos de
la habitación, sobre la alfombra, el mantel, el jarrón de
piedra azul, el cojín con bordados, como si quisiera pe-
garle fuego a todo.
Joseph ROTH. La rebelión.

Están [una pareja] en el temor de que sus ojos se miren
Marguerite DURAS. Los ojos azules, pelo negro.

... me había dicho que como no podíamos ver sin inventar
lo que veíamos, al menos deberíamos intentar hacerlo como
es debido.
Debemos intentarlo no porque la alternativa sea el vacío, si-
no porque si no lo hacemos, nunca seremos libres de las in-
venciones de los demás.
Amitav GHOSH. Líneas de sombra.

Pienso en ciertos alienados agitados, rompedores y destruc-
tores; en uno, a quien vi atado, mantenido en la impotencia,
presa de tal concentración de odio que su mirada, virgen de
cualquier otro sentimiento, resultaba manifiestamente insos-
tenible. Sus ojos duros como guijarros disparaban balas. Era
un odio, y admitirlo resultaba horrible, un odio puro, contra
el que nada válido cabía oponer.
Henri MICHAUX. El infinito turbulento.

De golpe pude abarcar con la mirada un barrio totalmente
laberíntico, una red de calles que durante años había yo
evitado, el día en que un ser querido se mudó a él. Era co-
mo si en su ventana hubieran instalado un reflector que re-
cortara la zona con haces luminosos.
Walter BENJAMIN. Dirección única.

me cuenta: como hace años los ciegos eran mucho más nu-
merosos en las regiones nórdicas del Japón, y como no ser-
vían para nada, a la edad de 5 o 10 años se les reunía y se
les mataba. Pero ocurrió que un alto funcionario llamó un
día a una ciega, la llevó al jardín y le pidió que se lo descri-
biera. La ciega había recibido una buena instrucción: se 
preparaba para convertirse en itako. Describió el jardín y
dijo, entre otras cosas, que había allí un árbol y bajo el ár-
bol una linterna de piedra. Desde entonces, las gentes co-
menzaron a apelar a la clarividencia de los ciegos y ya no
les mataron. 
Mircea ELIADE. Fragmentos de un diario. [Itako es una
clase de la cual provienen la mayoría de los chamanes o
miko.]

los ojos salvajes
los ojos del cielo
Georges SCHEHADÉ. Poesías.

supe que esa mirada, untada en mi cuerpo como con un
pincel, me protegería toda la vida.
Severo SARDUY. En 'Teoría del cielo', de Arijón y Carre-
ra.

Los gatos que miran a los pájaros
tienen ojos que piensan
Los pájaros que miran a los gatos
tienen ojos que dudan
Los míos se cierran
Para meditar sobre los milagros.
Francis PICABIA. Antología de la poesía surrealista.

En todo cuanto miré quedé en parte.
Con todo cuanto vi, o pasa, paso,
Sin que distinga mi memoria
Lo que vi de lo que fui.
Fernando PESSOA. Como Ricardo Reis. poemas.

Mirar cómo se rompen las burbujas, dijo,
no es más extraño que mirarse a un espejo.
Irene GRUSS. Poema publicado en Clarín Cultural, el
8/11/90.

Alguna vez hubo un cine aquí. Pasaban películas mudas.
Era como mirar el mundo a través de lentes oscuros en 
una tarde lluviosa.
Charles SIMIC. Alquimia del tendajón.

-Mírame; mírame con las manos; los ojos no ven.
Giorgos SEFERIS. Seis noches en la Acrópolis.

un instante es la eternidad;
eternidad es el ahora.
Cuando ves a través de este instante,
ves a través del que ve.
WU-MEN (1183-1260) The Enlightened Heart.

la pálida Sarah [se refiere a Sarah Bernhardt], que levanta
un mundo con su mirada.
Jules RENARD. Diario.

Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que ve-
mos, sino lo que somos.
Fernando PESSOA. Libro del desasosiego.

¡Flores de cerezo, más y más hoy!
¡Las aves tienen dos patas!
¡Oh, y los caballos cuatro!
ONITSURA (1660-1738) The Book of Haiku.

Y cuando me miraba con su adormecedora mirada gris,
el sueño, como un soplo, traspasaba los muros de la casa.
Peter HUCHEL. Poesía alemana.

No recuerdo quién dijo que en la pura actividad del mirar
hay siempre algo de sadismo. Intenté inútilmente recordar
quién fue, pensé que había algo de verdad en aquella fra-
se; y así miré incluso con mayor voluptuosidad, con la 
perfecta sensación de ser sólo dos ojos que miraban mien-
tras yo estaba en otro lugar, sin saber dónde.
Antonio TABUCCHI. El juego del revés.

Contemplar, lo veía muy bien, nada tenía que ver con lo
que yo había creído. Contemplar es ser recibido.
Henri MICHAUX. Conocimiento por los abismos.

La Sra. Jarvis tenía enormes ojos cafés, tan acuosos, tan
tristes, tan implorantes, que cambiaban tan rápidamente
a una mirada de gran curiosidad cuando estudiaba a otra
mujer. Era una de las ovejas que levantan la mirada y no
reciben alimento.
Jean RHYS. Sonríe, por favor.


Para MICAELA, que mañana cumple 5 años.

















viernes, 17 de julio de 2015

UN ESCRITOR MARAVILLOSO: VALERY LARBAUD






 Apareció hace poco una reseña acerca de un nuevo libro 
de Pessoa, llamado "Un corazón de nadie", una antología 
poética de entre 1913 y 1935. El hombre de los 136 hete-
rónimos, es nombrado por el autor de la nota (Rafael To-
riz) "Sin lugar a dudas, el más grande poeta del siglo XX".
 Esas definiciones, incómodas por donde se las mire, sirven
sin embargo para hacernos pensar algunas cosas. Que no me
propongo explicar, dilucidar o corregir ahora.
 De hecho, creo que cada amante de la literatura tiene su
propio "el más grande" y en mi caso no dudaría en situar a
Don Fernando y sus 136 heterónimos en los alrededores de
esa inocupable posición.
 Pero hoy quiero hablar de otro poeta, a quien nadie se ani-
maría a proponer como rey de los poetas del siglo. Un hom-
bre de gran modestia, que debido a esa condición no escribió
mucho. Además de sufrir la desgracia de tener un accidente
cerebro-vascular cuando sólo contaba 54 años, que lo para-
lizó del lado derecho y, durante un buen tiempo, lo dejó mu-
do. A partir de ahí, padeció una afasia de Broca, a pesar de
la cual, repetía una frase compleja, algo muy inusual en ese
tipo de trastorno: "Bonsoir les choses d'ici-bas", literalmente
"Buenas noches, cosas de ahí abajo", o bien: "Buenas noches,
cosas de este mundo". No perdió su capacidad de leer o pen-
sar, pero ya no volvió a escribir. Pasó los últimos 22 años de
su vida encerrado en su casa, revisando su obra, escuchando
radio o leyendo el Petit Larousse Ilustrado.
 Valery Larbaud nació en Vichy, Francia, el 29 de agosto de
1881. (Kafka es del 83 y Pessoa del 88). Era el único hijo de
Nicolas Larbaud, el millonario farmacólogo dueño de las
fuentes de aguas minerales Vichy, y de Isabelle Bureau. El
padre tenía 59 años cuando nació Valery y murió 8 años
después de su venida al mundo. A partir de ahí debió sopor-
tar la sobreprotección materna, un tema que lo acompañó
-valga el sentido ambiguo de la frase- gran parte de su vida,
ya que la madre administraba la fortuna familiar a partir de
la muerte de Nicolas Larbaud.



 Así y todo, desde la mayoría de edad (a los 18) hasta los
54 años, cuando sufrió un derrame cerebral, Larbaud viajó
por donde quisiera, del mismo modo que su riche amateur
Barnabooth. Con ciertas limitaciones: prefería estar en tie-
rra firme antes que embarcado y jamás tomó un avión.
 Según atribuye a su heterónimo, Archibald Olsson Barna-
booth, su vida intelectual floreció a partir de conocer a una
mujer cinco años mayor que él, Anastasia Retzuch, que se
convirtió en su amante, hasta la muerte de ella. Al llegar a
la mayoría de edad comenzó a ubicar su gran fortuna en ma-
nos de consejeros capaces, para poder viajar y escribir, sus
dos nuevas pasiones.



 Se casó en 1922 con Maria Angela Nebbia, de Génova y
ésta permaneció siendo su devota compañera hasta la muer-
te del escritor, en París, en 1957.
 Ya desde muy joven está decepcionado por la injusticia y
la hipocresía del mundo, desplegando un juvenil y fresco
cinismo, que proyecta en su álter-ego, verdadero heteróni-
mo anticipatorio. Larbaud pagó por la edición de El libro
de Barnabooth, precedido por una vida de Barnabooth
por X.M. Tournier de Zamble el 4 de julio de 1908. Octa-
vio Paz, en su ensayo "El desconocido de sí mismo", de
1961, cuenta que existe una gran probabilidad de que Lar-
baud haya influido en el uso de los heterónimos por parte
de Pessoa, ya que éste inventó sus personajes de Alberto
Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis un año después
de esa publicación, que según consta, Pessoa leyó.
 Ese libro, que luego se conoció como Obra completa de
A.O. Barnabooth, es el eje de la obra más original de este
maravilloso poeta. 

 La obra poética de Valery Larbaud no es muy extensa.
 Tampoco es necesario que lo sea. O sí. Pero en otro sen-
tido, el mismo en el que es tremendamente lamentable la
muerte de W.G. Sebald en plena producción. ¡Cuánto ha
perdido la humanidad -me animo a decir- con la incom-
pletud de la obra de estos dos grandes escritores!

 He aquí las mejores versiones que he logrado de algunos
poemas de Larbaud, el sutil, el íntimo, el malogrado, algo
nostálgico y maravilloso poeta Valery Larbaud.



                                EL DON DE MI MISMO

Me ofrezco a cada cual como una recompensa;
Os la entrego antes incluso de que la hayáis merecido.

Hay algo en mí,
En el fondo de mí, en el centro de mí,
Algo infinitamente árido
Como la cima de las más altas montañas;
Algo comparable al punto muerto de la retina,
Y sin eco,
Y que sin embargo ve y oye;
Un ser con vida propia que, no obstante,
Vive toda mi propia vida, y escucha, impasible,
Toda la palabrería de mi conciencia.

Un ser hecho de nada, si es que esto es posible,
Insensible a mis sufrimientos físicos,
Que no llora cuando lloro,
Que no ríe cuando río,
Que no se ruboriza cuando cometo una acción vergonzante,
Que no gime cuando mi corazón es herido;
Que permanece inmóvil y no da consejos,
Pero que eternamente dice:
"Yo estoy aquí, indiferente a todo".

Tal vez sea tan vacío como el vacío,
Pero tan grande a la vez que el Bien y el Mal juntos
No pueden llenarlo,
El odio en él muere de asfixia,
Y el mayor amor jamás puede penetrarlo.
Tomad cuanto soy: el sentido de estos poemas,
No lo que puede ser leído, sino lo que a pesar mío se trasunta;
Tomadlo, tomadlo, no tendréis nada.
Y adonde quiera que yo vaya, por el universo entero,
Encuentro siempre
Fuera de mí como en mí,
El incolmable Vacío,
La inconquistable Nada.





                                       CARPE DIEM

Retén este triste día de invierno sobre el mar gris,
De un gris suave, la tierra es azul y el cielo bajo
Parecen al mismo tiempo desesperanza y ternura;
Y mira la sala del pequeño albergue
Tan feliz y radiante los domingos de verano,
Y nosotros estamos solos hoy, recién venidos
De Nápoles, no para ver las Bahías ni la entrada de los
                                                                       [Infiernos,
Sino para recordarnos melancólicamente.

Retén este triste día de invierno sobre el mar gris,
Amiga mía, ¡ah mi querida amiga, mi compañera!
Creo que es igual al día
En que Horacio compuso la oda a Leuconoé.
Era invierno también entonces, como el invierno
Que hoy abate el Mar Tirreno contra las rocas
Un día como éste en el que desearíamos
alejar las inquietudes y emprender tareas humildes,
Ser sabio en medio de la naturaleza severa,
Y hablar lentamente mirando el mar...

Recoge este triste día de invierno sobre el mar gris...
¿Te acuerdas de Marienlyst? (¡Ah!, ¿en qué orilla
Y en qué estación estamos? No lo sé.)
Se llega a Elsinor, en verano, a través de un césped
Pálido; allí, la tumba de Hamlet y un hotel
Con alumbrado eléctrico, con todo el confort moderno.
Fue un verano del Norte, luminoso, apenas velado.
Recuerda: se veía enfrente la costa sueca,
Azul, como el perfil lejano de Italia.
¡Ah! ¿Amas tanto este día como yo lo amo?

Retén este triste día de invierno sobre el mar gris...
¡Ah, haber pasado toda mi vida en Elsinor!
El puentecito danés junto a la estación de tren,
es tranquilo como el puente definitivo de la existencia.
Vivir danesamente en la dulzura danesa
De esta ciudad donde se alza un castillo con cúpulas de
                                                                             [bronce
cubiertas de verdín; vivir en la inocencia, sí,
De no importa qué pequeña ciudad, en cualquier parte,
Donde todo el mundo sea pensativo y silencioso,
Y donde se espere apaciblemente la muerte.

Reten este triste día de invierno sobre el mar gris,
Y déjame esconder mis ojos en tus manos frescas;
Necesito paz y dulzura, ah hermana mía.
Sé mi heroína, mi Pallas protectora,
Sé mi refugio cierto y mi pequeña aldea;
Esta noche, mi Socorro, yo soy una humilde mujer
Que sólo sabe estar inquieta y ser amada.


      SCHVENINGEN,  FUERA DE TEMPORADA

En el pequeño bar luminoso de bien pulidos muebles,
Bebimos largamente licores ingleses;
Había una cálida intimidad tras las cortinas cerradas.
Afuera, el viento de mar hacía temblar a las sillas.

Era como el salón fumador de los barcos o de los trenes:
Yo tenía el corazón en un puño al igual que en los viajes;
Me sentía enternecido, distante y afable;
Estaba como un niño juicioso y muy angustiado.

¡Qué calma alrededor, sin embargo!
La gente susurrando secretos en torno a la barra.
¡Ah, cómo pequeño es uno, qué de rodillas está uno
Ciertas tardes-noches al sentiros tan cercanas, 
Olas inmensas!


                                         ODA

Préstame tu inmenso ruido, tu inmensa marcha tan suave,
Tu deslizamiento nocturno por una Europa iluminada,
¡Oh tren de lujo! y la angustiante música 
Que zumba a lo largo de tus pasillos de cuero dorado,
Mientras que detrás de las puertas laqueadas, con sus pica-
                                                       [portes de cobre macizo,
Duermen los millonarios.
Yo recorro canturreando tus pasillos
Y sigo tu curso hacia Viena y Budapest
Uniendo mi voz a tus cien mil voces,
¡Oh Harminoka-Zug!

Por primera vez sentí toda la dulzura de vivir
En una cabina del Nord-Express, entre Wirballen y Pskow.
Nos deslizábamos entre praderas donde los pastores,
Al pie de grupos de grandes árboles semejantes a colinas,
Iban vestidos con pieles de cordero, crudas y sucias...
(Ocho de la mañana en otoño, y la hermosa cantante
De ojos violeta entonaba en la cabina de al lado.)
¡Y vosotras, grandes ventanillas a través de las cuales he
                  [visto pasar la Siberia y los montes de Samnio,
La Castilla áspera y sin flores, y el mar de Mármara bajo
                                                                  [una tibia lluvia!

Prestadme, oh Orient Express, Sud-Brenner-Bahn, prestadme
Vuestros milagrosos ruidos en sordina
Y vuestras vibrantes voces de cantarela;
Prestadme la respiración ligera y fácil
De las locomotoras altas y esbeltas, de movimientos
Tan desenvueltos, las rápidas locomotoras,
Que preceden sin esfuerzo cuatro vagones amarillos con
                                                                          [letras de oro
Por las montañosas soledades de Serbia,
Y, más lejos, a través de una Bulgaria llena de rosas...

¡Ah! que esos ruidos, que ese movimiento
Entren en mis poemas y digan
Por mí mi vida indecible, mi vida
De niño que no quiere saber nada, sino sólo
Esperar eternamente cosas vagas.





                           ALMA PERDIDA*

A ustedes, aspiraciones vagas; entusiasmos;
Pensamientos de sobremesa; impulsos del corazón;
Enternecimiento que sigue a la satisfacción de las urgen-
                                                                   [cias naturales;
Destellos de genio; zozobra
Del proceso digestivo; apaciguamiento
De la digestión bien hecha; alegrías sin causa;
Trastornos circulatorios; recuerdos de amor;
Perfume de benjuí del baño matutino; sueños de amor;
Mi tremendo gracejo castellano, mi inmensa
Tristeza puritana, mis gustos especiales;
Chocolate, bombones azucarados que casi arden; bebidas
                                                                              [heladas;
Cigarros narcóticos; y ustedes, cigarrillos adormecedores;
Alegrías de la velocidad; dulzura de estar sentado; bondad
Del sueño en la completa oscuridad;
Gran poesía de de las cosas más banales; hechos diversos;
Viajes; gitanos; paseos en trineo; lluvia sobre el mar;
Locura de la noche febril, solo entre algunos libros;
Altibajos de la temperatura y del temperamento;
Instantes que retornan de otra vida; recuerdos, profecías;
Oh esplendores de la vida común y de la rutina ordinaria,
Es toda suya esta alma perdida.

* El título original está escrito en castellano. A Larbaud,
que vivió bastante tiempo en España, le encantaba la cul-
tura latina. Una de sus obras más conocidas es "Fermina
Márquez".
                   


                                   MERS-EL-KEBIR


Amo este pueblo, donde bajo los naranjos, 
Sin verse, dos muchachas se cuentan sus amores
En dos infinitamente plañideras mandolinas.
Y amo esta posada, porque en el patio
Las criadas cantan en la tibieza de la tarde 
La dulzura de "La Paloma". Escucha a la paloma que
                                                                [bate sus alas...
Anhelo de mi propio pueblo, tan lejano, nostalgia
De las antípodas, de la gran avenida de los volcanes
                                                                   [inmensos;
¡Oh lágrimas que afloran, lavad todos mis pecados!
Soy la paloma lastimada, soy los naranjos,
Y soy este instante que pasa y la tarde africana,
Mi alma y las voces unidas de las mandolinas.


                               LO INNOMBRABLE

Cuando esté muerto, cuando sea uno de nuestros queridos
                                                                               [muertos
(Al menos, ¿me recordaréis un poco, pasantes
Con los que tantas veces me he codeado en las calles?)
¿Quedarán en estos poemas algunas imágenes
De tantos países, de tantas miradas, y de todos esos rostros
Entrevistos bruscamente entre la muchedumbre en movi-
                                                                                 [miento?
Anduve entre vosotros, cuidándome de los coches
Igual que vosotros y deteniéndome 
como vosotros ante las vidrieras.
Con mis ojos les hice cumplidos a las Damas;
Caminé, feliz, hacia los placeres y hacia la gloria,
Creyendo de corazón que eran alcanzables;
Caminé entre el rebaño con deleite,
Porque nosotros somos parte del rebaño, yo y mis aspiracio-
                                                                                         [nes.
Y si soy un poco diferente, ay, de todos ustedes,
Es porque veo,
Aquí, entre vosotros, como una aparición divina,
Ante la que me lanzo para que al menos me roce,
Infamada, ignorada, exiliada,
Diez veces misteriosa,
La Belleza Invisible.
                                  



                         (CIUDADES Y MÁS CIUDADES)

Ciudades y más ciudades;
Tengo recuerdos de ciudades como se tienen recuerdos de
                                                                               [amores;
¿Para qué hablar de ello? A veces, sin embargo,
Por la noche, sueño que estoy en tal sitio, o bien tal otro,
Y por la mañana me despierto con deseos de un viaje.

¡Oh, Dios mío, tener que morir!
Tener que acompañar a este cuerpo en la enfermedad y en
                                                                               [la muerte
Cuando sólo lo he conocido en el pecado y en la dicha;
¡Oh vidrieras de las tiendas en las grandes arterias de las
                                                                               [capitales,
Un día dejaréis de reflejar el rostro de este transeúnte.
Tantos viajes en paquebotes, en trenes de lujo,
¿Acabarán en el hoyo de una tumba?
Meterán en una caja a este innato vagabundo,
Cerrarán la tapa, y todo habrá sido dicho.

Ah, que me sea dado, aunque sea una vez más,
Regresar a los sitios que amé, como
La plaza de Pacífico en Sevilla;
La Chiaja fresca y llena de gente;
El jardín botánico de Nápoles
El helecho arborescente y ese árbol-niña
Que quiero tanto, y también
La sombra ligera de los pimenteros de la avenida de Kefisia;
La plaza de Vieja Falera, el puerto de Municia, y también
Las viñas de Lesbos y sus frondosos olivos
Donde grabé mi nombre de poeta lírico;
Y aún más
Cierta playa de Quersoneso, cercana a Sebastopol,
Donde el mar se ve entre ruinas, y un sabio
Enseña con amor un horrendo ídolo kirguinzo,
Morrudo, con una sonrisa idiota entre sus mejillas infladas.
Y sobre todo, ¡sobre todo!
Karkov,
Donde sentí por primera vez,
Que el suspiro de la virgen de la Musa agitaba mi pecho
                                                                            [temeroso;
Una ciudad para mí
Cúpulas de oro en medio de soledades,
Palacios en el desierto, cálido sol a lo lejos sobre el polvo;
Y, en sus barrios pobres,
Los mil anuncios de vendedores de ropa,
Y casas bajas con muros blancos cubiertos
De grandes dibujos de monigotes, sin cabeza...






 Larbaud ha escrito un texto fundamental acerca de la tra-
ducción, luego de haber trabajado en ella a lo largo de su
vida de escritor (1881-1957). Ese texto, llamado Sous l'in-
vocation de Saint Jêrome a quien bautizó "el patrono de
los traductores", se refiere a aquel Jerónimo que accedió
al pedido personal del Papa Dámaso convirtiéndose en su
secretario personal, y que fuera puesto a cargo de la pro-
ducción de una nueva versión de la Biblia Latina, y que es
el autor de una buena parte de la Vulgata.
 Las versiones de los poemas que presento en esta nota
fueron realizadas desde la versión francesa, con apoyo en
las versiones al inglés que hicieran Ron Padgett y Bill Zavat-
sky (la edición Bilingüe se titula "The Poems of A.O. Bar-
nabooth by Valery Larbaud") por un lado, y Gilbert Cannan
(versión monolingüe con unos pocos poemas, "A.O. Barna-
booth, His Diary"), así como las versiones en castellano
de Ulalume González de León en "Obras escogidas de A.
O. Barnabooth" y la edición traducida por Adolfo García
Ortega, "Valery Larbaud. Obra completa de A.O. Barna-
booth. El pobre camisero, poesías, diario íntimo".





 En castellano están editados, además de Fermina Márquez,
dos libros de relatos de Larbaud:
 Amantes, felices amantes, Igitur,
 De la tierna edad, Igitur, 2000.

Habría que agregar el Journal, 1912-1935. Galimard, 1955.
De las 385 páginas de este magnífico libro, 237 son en ver-
sión bilingüe (francés-inglés).




BIBLIOGRAFÍA

V.L. Obra Completa de A.O. Barnabooth. Prefacio de Héc-
tor Bianciotti. Traducción y prólogo de Adolfo García Or-
tega. Igitur, 2005.

V.L. Obras escogidas de A.O. Barnabooth. Traducción y 
prólogo de Ulalume Gonzálezx de León. Vuelta, 1987.

V.L. An Homage to Jerome. Patron Saint of Translators.
Translation and Preface by Jean-Paul de Chezet. The 
Marlboro Press, 1984.

V.L. The Poems of A.O. Barnabooth. Translated by Ron
Padgett & Bill Zavatsky. Black Widow Press, 2008.

V.L. A.O. Barnabooth. His Diary. Introduction by Alan
Jenkins. Translated by Gilbert Cannan. Quartet Encoun-
ters, 1991.
 

NOTAS

1. Karkov o Jarkov (sur de Rusia). Por la noche retomo la lec-
tura de un logrado milhojas de Florian Illies, titulado "1913. 
Un año hace cien años". En la pág. 118, esta mención: "Cu-
ando Maiakovski sube al escenario en Simferopol con un 
blusón de rayas negras y amarillas, los furiosos asistentes le 
gritan: "¡Fuera, fuera!" De manera que esa noche Maiacovski 
no se pone el esmoquin rosa que lució la víspera en Jarkov."

2. Acotación de Patrick Modiano, en Dora Bruder. "Me sa-
bía de memoria frases enteras de ese libro [habla de Milagro
de la rosa, de Jean Genet]. Me viene una de ellas a la cabe-
za: 'Aquel niño me enseñaba que el verdadero fondo del ar-
got parisino es la ternura entristecida". Si bien Larbaud no
es propiamente un parisino, creo que puede decirse que es
un rasgo de su poesía esa 'ternura entristecida'.