viernes, 27 de marzo de 2015

UN TEXTO GNÓSTICO, DEL COPTO: EL TRUENO, MENTE PERFECTA

 
 
 

Los escritos gnósticos, como herejías que rodean aquello
que iría a convertirse en la ortodoxia Cristiana, presentan
la frescura de ideas en desarrollo, nuevas, que iban apare-
ciendo en un ancho territorio. En este caso, alrededor del
año 400 de nuestra era. Escrito en copto, una lengua de los
egipcios que practican algún tipo de fe cristiana, y que de-
riva del demótico, una escritura e idioma egipcios que sur-
gieran en la última etapa del Antiguo Egipto. A su vez, el
demótico proviene del hierático, un término utilizado por
vez primera por Herodoto y que califica a la simplificación
de la escritura jeroglífica, con el fin de acelerar la misma y
de poder trasladarla al papiro.
 El gnosticismo es un movimiento interesante, ya que, des-
prendido de la Doctrina, busca el conocimiento de Dios o
de alguna propiedad de Dios por medio de la revelación,
eludiendo escuelas, argumentos y dictámenes. Lo que im-
porta es la experiencia personal, el encuentro de uno con lo
divino. El acto gnóstico (en griego, gnosis significa "cono-
cimiento") se suele comparar con los golpes del budismo
zen. Uno de sus aforismos es "Rompe una vara ¡y ahí está ´
Jesús!". Algunos gnósticos practican el retorno a la luz,
llamado "Pleroma", una zona donde todo se volvería com-
prensible. Por supuesto que el catolicismo se opuso siempre
a este movimiento/religión, defendiendo la doctrina única.
Los papiros de Naj Hammadi, que contienen algunos de los
evangelios gnósticos, renovaron esta forma religiosa, que
siempre tuvo como modelo gnóstico a María Magdalena,
prostituta o esposa de Jesucristo. Se supone que esta famosa
pecadora navegó luego de la crucifixión a Francia, donde im-
plantó la "sangre real", la dinastía del nazareno. El hallazgo
del cuerpo de María de Magdala en Saint Maximin, en Aix-
en-Provence en 1279, dio nuevos bríos a esta rama de la
creencia.
 Pulvis et umbra, como escribiera Horacio, y luego se convir-
tió en un tópico literario. Polvo y sombra, somos, aquellos que aspiramos a la luz.


De "EL TRUENO, MENTE PERFECTA"

Yo fui enviada desde el poder,
 y he venido a aquellos que se reflejan sobre mí,
 y he sido encontrada entre aquellos que buscan junto a mí.
Mírenme, ustedes los que se reflejan en mí,
 y ustedes oyentes, óiganme.
 Ustedes que están esperándome, tómenme para ustedes.
Y no me aparten de su vista.
 Y no hagan que vuestra voz me odie, ni vuestra escucha.
 No me ignoren en ningún lado no en ningún tiempo.
 ¡Manténganse en guardia!
 No sean ignorantes de mí.

Porque yo soy la primera y soy la última.
Yo soy la honrada y la despreciada.
Yo soy la puta y la sagrada.
Yo soy la esposa y soy la virgen.
Yo soy la madre y soy la hija.
Soy los miembros de mi madre.
Soy la infértil
 y muchos de sus hijos.
Soy aquella cuya boda es magnífica
 y la que no ha tomado esposo.
Soy la partera y aquella que no procrea.
Soy el consuelo de mis trabajos de parto.
Soy la novia y soy el novio,
 y es mi marido quien me ha engendrado.
Soy la madre de mi padre
 y la hermana de mi marido,
 él es mi retoño.
Soy la esclava de el que me ha preparado.
Soy el ama de mi criatura.
 Pero él es quien me engendró antes del tiempo
 en un cumpleaños.
 Y él es mi retoño en el tiempo previsto,
 y mi poder proviene de él.
Yo soy el báculo de su poder en su juventud,
 y él es la vara de mi ancianidad.
 Y cualquier cosa que él quiera me sucede.
Yo soy el silencio que es incomprensible
 y la idea cuyo rememorar es frecuente.
Yo soy la voz cuyo sonido es diverso
 y la palabra cuya apariencia es múltiple.
Yo soy la afirmación de mi nombre.


Versión del copto por George W. Macrae

En Jerome Rothenberg y Pierre Joris. Poems for the Mille-
   nnium. Vol. I, Univ. of California Press, 1995.


 

martes, 24 de marzo de 2015

EL POEMA-NOTA-SUICIDA DE MAIACOVSKI




La relación amorosa entre Vladimir Maiakovski y Lili
Brik no fue una relación convencional. Porque ella esta-
ba casada. Y si bien esos triángulos eran más aceptados
en la sociedad ruso-soviética (la relación comenzó en
1915 y duró hasta el día de la muerte del poeta, en 1930),
no por ello los tormentos de esas pasiones recibían algún
descuento. Maiakovski, como muchos otros escritores de
su tiempo abrazó la Revolución y dedicó todo su talento a difundirla. Hasta que el régimen lo cruzó en su camino, co-
mo a tantos otros.
 Agrego algunas valiosas notas de mi mentor en literatura
rusa, Víktor Borisovich Shklovski, a quien dedicaré una
nota muy pronto. Estas provienen de un valiosísimo tex-
to titulado "Witness to an Era" (Testigo de una época),
compuesto por varias entrevistas que sostuviera con el
filólogo y escritor Serena Vitale.
 "Hay alguna gente en Rusia que habla mal de los Brik
[el matrimonio en cuestión], gente que no quiere a Maia-
kovski. Pero Volodya [así parece que lo conocían en ese
tiempo], antes de morir, escribió en su nota: "Lilichka,
ámame." Quiero decir, no tenemos el derecho de dispo-
ner de los corazones de nuestros grandes poetas. No tene-
mos el derecho de separar a Dante y Beatriz. Mayakov-
sky amó a Lili durante mucho tiempo, tiernamente, y co-
mo escribí en Zoo [Cartas de no amor], la poesía se es-
cribe siempre en el camino al amor, y no tenemos el dere-
cho de separar amor y poesía.
(...)
 "En arte hay oro que no es reconocido como tal, pero que
sigue siendo oro. Mayakovsky, Khlebnikov -ellos eran
oro.
(...)
 "Mayakovsky se permitió a sí mismo ser seducido por la
teoría, una teoría incorrecta, acerca del fin del arte. Sin em-
bargo él era un poeta, un gran poeta. Su tema era el amor.
Pero trataron de demostrarle que esto no era válido, cons-
tructivo. Y Mayakovsky vivió, en cierto modo, una doble
vida.
(...)
 "Él siempre vivió en forma extremadamente modesta. Lle-
vaba una cuenta escrupulosa de sus gastos e ingresos, no
quería gastar más de lo que tenía, porque podía llegar el día
en el que necesitara dinero absolutamente, no importa cómo.
Las deudas son una carga, te restringen. Y él no quería es-
tar en deuda con nadie. El quería gustar, gustar enseguida.
Gustar, primero y principal, a la Revolución.
(...)
 "Era alto, buen mozo, de hombros anchos, un torso delgado,
de buena construcción, y una voz extraordinaria...
 "De chico, Volodya pasó hambre. Era todavía muy joven
cuando entró en el partido Comunista, y su madre estaba
en el partido Socialista Revolucionario. Una vez, su madre,
junto con algunos otros, organizaron una fuga de una cárcel
de mujeres. Ella cosió la ropa para las internas, para que pu-
dieran cambiarse en cuanto salieran. Su madre tenía sus pun-
tos de vista en política, él tenía los suyos. Así que Volodya
no podía ver a su madre. De lo contrario, les hubiese traído
problemas a ambos. Él no tenía una casa en la ciudad que
fuese su hogar. Su madre era una hermosa mujer, educada,
de la familia Danilevsky. El propio padre de Mayakovsky
provenía de una línea de cosacos. La madre de Volodya
era una mujer muy modesta; fui a visitarla unos años des-
pués de la muerte de Volodya. Sin pensar, le dije: "¿Están
bien las cosas?" Ella entendió lo que quería decir y respon-
dio: "No puedo poner nada aquí que Voldya no haya visto."


 Acerca del suicidio de Mayakovski [en castellano se escribe
con i latina, y en inglés con y griega], dice lo siguiente:
 "Me enrolé en el Departamento de Filología de la Univer-
sidad de Petersburgo. Entonces empecé a pasar cierto tiempo
con Osip Brik, que vivía en la calle Zhukovskaya. No sé có-
mo se llama a esa calle hoy, pero debiera llamársela calle
Mayakovsky, porque esa es la calle que aparece en sus poe-
mas... Mayakovsky volverá a la vida, irá a Petersburgo y
preguntará: ¿Dónde queda la calle Zhukovskaya? Y le dirán:
Pero esa es la calle Mayakovsky desde hace un millón de
años, porque ahí es donde se suicidó el poeta, a la puerta de
su amada. Recuerdo esa casa, era un departamento pequeño.
Y Lili Brik estaba allí."



ESTE ES EL POEMA DE MAIACOVSKI

 1

Me ama, no me ama,
         me arranco los dedos
y los disperso,
          rotos,
así como uno arranca,
           supersticiosamente,
                      y desparrama por todas partes
Mayo
la pequeña corona de margaritas.
Deja que el corte de pelo y la buena afeitada
                                            revelen
                                                  la grisura,
y la plata de los años
                     aporree.
Espero,
    yo creo:
         nunca seré
uno
    de vergonzosa prudencia.


2

Ya son las dos.
       Supongo que estarás en la cama.
La Vía Láctea
        un río de plata
                 en la noche.
No tengo apuro,
           no tiene caso
despertarte
      preocupándote
               con telegramas.
Como dicen,
         el incidente está cerrado.
La barca del amor simplemente
                          se estrelló contra la circunstancia.
Tú y yo:
        a mano,
             no tiene sentido hacer listas
de penas mutuas,
      miserias,
             heridas.
Mira lo callado que está el mundo.
La noche
         ha reclutado un gran número
                                 de estrellas en el cielo.
En tales momentos
                  uno se levanta y habla a
las épocas,
        la historia,
                 el cosmos entero.


3

Son las dos....
      Supongo que estarás en la cama.
O tal vez también
         estés levantada con este asunto.
No tengo apuro.
           No tiene caso
despertarte
      preocupándote
             con telegramas.





FUENTE

Jerome Rothenberg and Pierre Joris. Poems for the Mille-
     nnium. Vol. I. Univ. of California Press, 1995.
Serena Vitale. Shklovsky, Witness to an Era. Dalkey Ar-
chive Press, 2012.

Añado acá un poema de Artur Lundkvist, el hombre que
volvió de la muerte para contarlo.

MAIACOVSKI

se iba a sentar a menudo al banco del serbal
cuando el día de verano iba refrescando sobre Moscú.
Ponía racimos de serbas en vasos de agua
antes de que el viento trajese la nieve siberiana.
Él, ¿poeta?
No, jinete que acaba de echar pie a tierra
y anda a grandes zancadas.
Leñador entre pinos que caen como hermanos.
Herrero entre chispas que iluminan la noche.
Labrador descalzo en un rastrojo de hierro.
Voz que tronaba sobre las cabezas de la multitud
en estaciones donde la lluvia lloraba por los techos rotos.
Cabeza de acero y cáscara de huevo
en el atronador retumbar de martillos y yunques.
Él: la poesía con botas
en marcha
por el barro, por la nieve,
por los montones de chatarra, por palacios abandonados:
la poesía con un gatito en el bolsillo del pañuelo, un gatito
que enseñaba una lengua como un pétalo de rosa silvestre.
Y las  chica de las trenzas sobre el pecho
trajo las manzanas húmedas del árbol de octubre,
las mujeres de la botas de fieltro,
con sus abrigos completamente empapados,
echaban vapor de su pecho cuando entraban en las casas.
El acordeonista iba sentado en la balsa de troncos
por el río brillante como un pez, entre riberas enhollinadas.
Multitudes en marcha, cantando,
harina derramada por el suelo,
cortezas de tocino frío en la mano.
Una capa de nieve en una rebanada de pan negro,
un poema con manchas de lápiz de tinta.
Y de repente el cansancio
abrió la puerta
a la otra pasión, a la que irrumpe salvaje.
Un pie en la boca de piedra abierta entre dos rocas.
Un racimo de serbas en la nieve.


[El serbal es un árbol no muy grande, de cuyos frutos se
extrae el vodka ruso]

La versión del poema es de Francisco J. Uriz. El libro se
llama Huellas en la tierra y es una de las más importantes
antologías de poemas del gran escritor sueco. Lo publicó
Plaza y Janés, en 1974.

POESÍA DE LOS OTOMÍES

 

Como es bien sabido, la conquista de México por Hernán
Cortés se vio favorecida por las profundas enemistades de
los diversos grupos étnicos que habitaban la región. El pa-
pel de los Otomíes no fue nada menor, aunque lamentable-
mente son muy escasos los informes que los frailes han de-
jado acerca de este importante grupo de tribus mesoameri-
canas. Habitan aún hoy (hay alrededor de 650 mil Otomíes)
una zona geográfica fragmentada, que ocupa diversos esta-
dos de México. Actualmente existen unas cien lenguas O-
tomanguenas. El nombre "Otomíes" les fue dado por los an-
tiguos mexicas y significa "quien camina con flechas" o
"flechadores de pájaros".
 Estos son algunos de los textos conservados.

 EL RÍO PASA

El río pasa, pasa,
nunca para.
El viento pasa, pasa,
nunca para.
La vida pasa, pasa,
nunca vuelve.


UN CANTO TRISTE

Con lágrimas de flores melancólicas,
yo, el cantor, preparo mi canto.
Yo recuerdo a los príncipes,
los destrozados príncipes,
que fueron señores,
que ejercieron su poder sobre la tierra,
los príncipes, aplastados como plumas de quetzal,
quebrados como piezas de jade,
forzados ahora a trabajar
en el más allá, donde ninguna carne permanece.
Tengamos la esperanza de que fue delante de sus ojos,
tengamos la esperanza de que fueron capaces de haber visto,
así como se ve en la tierra,
el conocimiento de nuestro Señor de lo Próximo y de lo Cer-
                                                                                        [cano.

Canto mi tristeza,
recordando a los señores;
si sólo pudiesen ellos regresar, si pudiese llevarlos,
si pudiese sacarlos de allá, del lugar de los descarnados.
Si tan sólo uno pudiese vivir dos veces sobre la tierra,
entonces ellos podrían admirar a los príncipes
que nosotros admiramos.
¿Tal vez ellos estarían pasmados por el amor
del Dador de la Vida?
¿Es posible que esta sea nuestra recompensa?
Si tan sólo pudiésemos saberlo, nosotros los desagradecidos.
Por esto mi corazón solloza,
pongo mis recuerdos en orden, yo el cantor.
Con lágrimas, con angustia, lo recuerdo.

Si sólo pudiesen escucharme,
si les hubiese cantado alguna canción hermosa,
allí en la región de los descarnados;
si sólo pudiese todavía darles felicidad,
si sólo pudiese todavía darles coraje,
en su tormento, en su aflicción.

¿Tal vez debería saberse?
¿Cómo debo intentarlo?
¿Será que jamás podré seguirlos a donde están?
¿Será que nunca podré volver a hablarles como lo hacía en
                                                                                [la tierra?


SEIS CANTOS ERÓTICOS Y UNA DESPEDIDA

I
Gira tu mirada,
estamos yendo ahí.
Gira tu mirada,
estamos trepando hacia allí.
para cuando se enteren,
tu mamá y tu papá,
estaremos de vuelta
de hacer lo que planeamos.

II
¿De qué tienes miedo?
¿De qué tienes miedo?
¿De que te mancharás la enagua?
La, la, la, la.

III
Cuando lo necesitas, lo necesitas.
Cuando no, ¿por qué no?
Cuando te digo que vengas aquí,
No me salgas con un No.

IV
Dile a mi cuata,
para ver si quiere,
porque su tipo
se está muriendo de frío.

V
"No lo hagas de esa manera,
cuñada."
"¿Cómo he de hacerlo
parada sobre el suelo?"

VI
-temblorosos pechos,
manzana, pequeña mujer, ¡caray!
Abre tus hermosos muslos,
tengo una gran urgencia, ¡caray!

Pon el astil en la tierra,
mi preciosa pequeña paloma.
"¿Son bonitas mis enaguas?"
"Son del color de las rosas."

VI
En el cielo, una luna;
en tu rostro, una boca.
En el cielo, muchas estrellas;
en tu cara, sólo dos ojos.


DESPEDIDA

Mañana tu morocho se va,
tu estudiante estará en camino,
dale un pequeño beso, si quieres,
Dios sabe si regresará algún día.



UNA ANOTACIÓN
Una de las metáforas claves en las composiciones de estos
pueblos es la de las flores. En su forma más simple, descri-
be el precioso sonido del tambor; en el siguiente nivel, re-
presenta la belleza tanto como sustantivo como adjetivo; co-
mo parte de las Flores del Atardecer, se refiere a los guerre-
ros mismos; en el difrasismo "flor y canto", forma parte del
concepto de poesía. Las palabras "quetzal y plumas de quet-
zal" están plenas de variadas connotaciones.
Difrasismo: Angel María Garibay lo define como "dos tér-
minos concretos que se usan juntos como una convención
para expresar una idea." La blusa, la pollera : la sexualidad
de una mujer. Jade y plumas de quetzal: belleza.


FUENTE

Miguel León Portilla & Earl Shorris. In the Language of
Kings. An Anthology of Mesoamerican Literature- Pre-
Columbian to the Present. W.W. Norton & Co., 2001.






miércoles, 18 de marzo de 2015

MÁS POEMAS DE LA ANTOLOGÍA GRIEGA




La Antología Griega o Antología Palatina, junto al así llama-
do Appendix Planudeana, contiene algo más de 4 mil epigra-
mas, paganos y cristianos, que cubren un período de 1700 a-
ños, desde el 700 a.C. El espectro de temas es enorme, mu-
chos aspectos de la vida griega de esos (largos) tiempos se
ven reflejados en estos versos. La edición en inglés de J.W.
gue siendo hasta hoy la piedra basal de las versiones en in-
glés, a pesar de haberse editado en 1911. Se dice, sin em-
bargo que tanto el tono como la textura de estos epigramas
resisten mal el cambio de lengua. Los autores modernos
han hallado otras fuentes de epigramas, además de los li-
bros citados: inscripciones en tumbas, epigramas citados
por escritores como Athenaios, que tiene varios poemas
de Hedylos y de Poseidipo; y, también algunos epigramas
de Arquíloco, que se hallan en las ediciones modernas de
los poetas tempranos.



SALUDO A LOS LECTORES

Lector, aquí no hay ningún Priamo [Rey mítico de Troya]
Asesinado en el altar,
                   aquí no hay bellos cuentos
Acerca de Medea, de la lloriqueante Niobe,
                   aquí no han de encontrar
Mención alguna de Itis en su recámara
Y jamás una palabra acerca de los ruiseñores en los árboles.

Poetas más tempranos han dejado registros completos de
                                                                           [estos temas.

Yo canto el Amor y las Gracias, yo canto acerca del Vino:
¿Qué tienen en común con el cósmico entrecejo fruncido de
                                                                           [la Tragedia?

ESTRATO DE SARDIS (s. II d.C.)

*

PRIAPOS DEL PUERTO

Ahora la retornante primavera hace señas a los pequeños botes
Para que bailen una vez más en las aguas: las grises tormentas
Que flagelaban el mar se han ido. Ahora las golondrinas
                                                                            [construyen
Sus redondos nidos en las vigas, y todos los campos
Brillan con sonriente verde.
       Vengan entonces, mis marineros:
Aflojen sus goteantes amarres, desde su profundamente
                                hundidas tumbas
Levanten sus anclas, desplieguen sus bravías nuevas velas.

Es Príapo quien les advierte, dios de este puerto.

ANTIPATER DE SIDON (s. II a.C.)

*


Dídime me saludó y me derribó,
y me derretí como cera demasiado cercana al fuego.
¿Y qué si es negra? Así son los carbones que encendemos
Y que arden con el mismo rosa-rojo por dentro.

ASCLEPÍADES (s. III a.C.)

*

Cleombrotus el Ambraciano dijo: "Adiós,
Sol,"* y saltó desde lo alto de una pared para entrar en el Hades.
¿Por desesperación? ¿Para huir de una vida intolerable?
No,
había leído un tratado de Platón acerca del alma,
y lo creyó.


CALÍMACO (300-240 a.C.)

*

ADIVINANZA
Mi suegro mató a mi marido;
mi marido mató a mi suegro;
mi cuñado mató a mi suegro;
y mi suegro mató a mi padre.
¿Quién soy yo?

ANÓNIMO

*

Es difícil decir si Diodoro bostezó o si se tiró un pedo.
Arriba y abajo el mal olor es más o menos el mismo.

NICARCO de ALEJANDRÍA (s. I d.C.)

*

ADVERTENCIA A LOS MARINEROS
Nunca te acerques al mar.
Si quieres una vida extensa, ara
detrás de un buen par de bueyes.
No se encuentran muchos marineros con canas.

PHALAECO (circa 300 a.C.)

*

EL AMOR QUE ENCIENDE

Enciende ambas velas, si quieres.
Si sólo una se enciende, o bien transfiere la llama a la otra
o bien apaga la primera.

RUFINO (s. IV d.C.)

*

La noche es larga y ventosa, permanecen estrellas lejanas.
Estuve ante su puerta durante horas, y estoy mojado hasta el
                                                                                     [hueso.
Le di mi corazón a una tramposa, y no obtuve amor a cambio,
Sólo una flecha ardiente en la jaula de mis costillas que me
                                                           [causa dolor permanente.

ASCLEPÍADES

*


Baquilis, como saben, es una chica de compañía,
"La esponja de Baco", la llamaban admirativamente
por la cantidad de vino que podía tolerar.
Cuando cayó enferma,
hizo un juramento a Demeter, si la diosa
la sacaba de la fiebre, dejaría el vino
"por un espacio de cien soles."
Es mucho tiempo
para andar sólo con agua y comida.
Pero cuando se recuperó, la ingeniosa joven tomó un colador,
lo alzó, y, mirando a través de su malla,
vio de una sola vez cien soles. Hecho.

ANTIPATER

*


Luego de todos estos años, de pronto eres amable,
me ofreces un 'buen día', y una sonrisa,
y esas mejillas tuyas que fueran una vez tan finas
son una red de alegres arrugas, mientras que tus rizos
cuelgan lacios ahora, idos la sal y la pimienta.
Debiste haberme sonreído hace años.
Lo que yo deseaba, querida, no eran zarzas, sino capullos
                                                                              [de rosas.

RUFINO

*


Zeus le llegó a Danae en una lluvia de oro,
y el significado es claramente el que uno extrae del antiguo
cuento. ¿Estás enamorado? ¿Suspiras? No importan los ramos,
los poemas, o los rezos por los poderes de Afrodita.
Olvida toda esa basura romántica.
Trae efectivo.

PAULO SILENTARIO (s. VI d.C.)

*


ADVERTENCIA PARA EROS

¡Ya has quemado mi alma lo suficiente! Yo digo,
¡fuera de aquí! Tiene alas, también, y se volará.

MELEAGRO   (n. 140 a.C.)

*


MUERTE DE UN ÁGUILA


Un Cretense le disparó una flecha a un águila,
pero el águila cayó del cielo sobre ese mismo Cretense
y lo atravesó con esa flecha, matándolo también.
No mandarse la parte, acerca de la puntería Cretense:
no es nada comparada con la de Zeus.

APPOLÓNIDES (¿s. I d.C?)

*


En la batalla contra los Partianos,
si tan sólo les hubiésemos mostrado a Antipatra, desnuda,
se hubiesen dado vuelta y hubieran corrido por sus vidas.

AMMÓNIDES

*


Eutico, el pintor, fue padre de veinte hijos,
ni uno de ellos se le parecía.

LUCILIO (s. I d.C.)

*


Todos los astrólogos dijeron que mi padre
viviría hasta ser bien viejo.
Todos menos uno.
Hermóclides dijo que mi padre moriría joven,
pero lo dijo en su velorio.

LUCILIO

*


Bebamos el uno a la salud del otro, Prodike, mientras aun
                                                                             [podamos.
La edad espera en las sombras, y detrás suyo, la muerte.

RUFINO

*


¿Así que ha muerto, no? Entre las silenciosas sombras...
Pero, ¿En silencio, Loliano? ¿No está todavía explicando
una maldita cosa tras otra a todos los fantasmas?
Lo que más temo de la muerte es encontrármelo
y teniendo que escuchar de nuevo su interminable cháchara.

LUCIANO

*


Cualquier tonto animal puede coger.
Pero nosotros los humanos, ingeniosos e inteligentes,
inventamos el sexo anal.
Esos pobres bastardos cautivados por mujeres
no son mejores que las bestias.

ESTRATO

*


Dinarco, el avaro, decidió colgarse ayer.
Todo lo que necesitaba era una cuarta de soga.
Intentó regatear con el tendero, pero no hubo caso.
Así que todavía está vivo.

NICARCO

*


Estoy repleto hasta el gemido, y la comida sigue llegando-
como la lluvia una vez concluida la cosecha
o los buenos vientos una vez que la nave está segura en el
                                                                                  [puerto.

LEÓNIDAS de ALEJANDRíA (s.I d.C.)

*


Mira este maravilloso busto en piedra de Gesio,
absolutamente muda/tonta - igual que él.

PALLADAS (n. 319 d.C.)

*


Aelio, el capitán, con muchas medallas en sus vitrinas,
había caído enfermo y sabía que su fin estaba próximo,
así que tomó su espada y se la incrustó en la panza
para evitar que Enfermedad se vanagloriase de una victoria.

APOLÓNIDES

*


El macho cabrío se coló en el viñedo
y se comió todas las hojas de una parra, la cual le dijo:
"Mi tallo está intacto, y yo produciré
más hojas y uvas, las cuales los hombres convertirán en vino
para servir en libación cuando corten tu retorcido cuello."

LEÓNIDAS DE TARENTO (fechas inciertas, probablemente
        inicios del s. III a.C.)

*


Los hombres se bañan aquí de un lado de la cerca,
y, en el otro, las mujeres.
El amor no logra pasar de lado, pero la idea sí lo hace-
lo cual es casi igual de bueno y a veces aun mejor.

PAULO SILENTARIO

*


Marco, el médico, tocó la estatua de Zeus.
Una estatua de mármol, ¿sí? ¿Y de Zeus, el dios?
Aun así, la están enterrando hoy.

NICARCO


*


Socles prometió enderezar la espalda torcida de Diodoro.
Le colocó tres pesadas rocas, cada una de un metro cuadrado,
sobre la columna del paciente. Lo aplastaron, y murió.
Pero la espalda de su cadáver está derecha ahora como la
                                                                [regla de un escolar.

CALLICTER

*


Comienzo cada día en el aula con la cólera de Aquiles,
y regreso a casa a la noche a mi esposa... y a su cólera.

PALLADAS de ALEJANDRÍA (360-430 d.C.)

*


Una vez fui tropa de Acaemenides.
Soy de Memppo ahora, y un día seré de algún otro.
Acaemenides pensó que era mi dueño. También Memppo.
Pero yo no le pertenezco a ningún hombre. Sólo a la Suerte.

ANÓNIMO

*


EPITAFIO PARA SARDANÁPALO

Lo que fuere que comí o bebí, y lo que fuere que aprendí,
y a todos quienes amé, aún los tengo.
¿Mis ricas posesiones? Se han ido, ¿pero quién las precisa?

ANÓNIMO

*


EPITAFIO DE EPICTETO, EL FILÓSOFO

Fui un esclavo y me temblaban los miembros.
Fui tan pobre como Irus [el mendigo] en la Odisea.
Tuve tan poco. Pero los dioses me amaban.

*


Al oír de su impactante belleza y gran virtud,
muchos pretendientes vinieron a la casa de Antibia
pero, abriéndose paso a los codazos, se la llevó el Destino.

ANYTE de TEGEA (s. III a.C.)

*


Esos cabellos grises tuyos denotan sabiduría,
a menos, por supuesto, que hables. Entonces son sólo pelos.

ANÓNIMO

*

¡Tu conejita-amorosa está en camino! ¿Y ahora qué?
En flor de situación estás metido, Automedon. Tu caña
es blanda como una zanahoria hervida.
Se reirá de ti mientras intentas darte a la mar,
un remero sin remo.

AUTOMEDON (no hay fechas)

*


Todo es risa
     todo es polvo
          todo es nada.
De la sinrazón proviene
     todo lo que existe.

GLYKÓN (¿S. III d.C.?)

*


Ni los olivos silvestres, ni las rocas fatales
  que soportan estas letras cubren los huesos.
No, la ola Icariana los rompe en pedazos
 sobre los guijarros de Doliche bajo el Monte Drakanos.
No hay hospitalidad apilada para Polimedes
 sino la tierra vacía sobre los resecos campos Driopanos.

EUFORION (n. 275 a.C.)

*

Carecer de gracia
     belleza
da placer pero
    no aferra-
como una carnada
    flotando
sin un anzuelo.

CAPITO (s. IV d.C.)

*


Me enamoré. La besé.
La suerte estuvo conmigo. Obtuve lo que quería.
Ella me ama. Pero quién es ella,
o quién soy yo, o cómo
sucedió, sólo Kypris lo sabe.

ANÓNIMO

*


¿Tiene sexo todavía el viejo Favorino? Oh, sí,
me aseguró que aún lo tiene con su propia boca.

MELEAGRO

*


¡No es un montecillo! Esto es una tumba, granjero,
refrena tu tiro [de animales]; levanta la reja del arado,
ya que éstas son cenizas. Aquí sólo se siembran lágrimas.

ANÓNIMO




FUENTES
David R. Slavitt. Poems from the Greek Anthology. The Sheep
     Meadow Press, 2010.
Peter Jay. The Greek Anthology. Penguin, 1981.
Willis Barnstone. Greek Lyric Poetry. Bantam, 1962.
Dudley Fitts. Poems from the Greek Anthology. New Direc-
      tions, 1956.
Kenneth Rexroth/ David Mulray. Poems from the Greek An-
      thology. Arbor Ann Books, 1999.

                                                                        














viernes, 6 de marzo de 2015

UN TEXTO CASI DESCONOCIDO DE RAYMOND ROUSSEL

 


Mucho se ha escrito y probablemente se siga escribiendo
acerca de este hombre enigmático. Ha despertado admira-
ción, curiosidad y rechazo por partes iguales. Michel Fou-
cault le ha dedicado un libro y el mismo Roussel ha escrito
otro revelando ciertas claves de su escritura. Tanto "Locus
Solus" como "Impresiones de África" han sido escritos con
este método extremo. Uso este término para calificar uno de
los bordes del lenguaje. James Joyce exploró otro, en espe-
cial en el "Finnegan's Wake", en este caso 'jugando' con las
palabras, extrayendo unas de otras como en un enloquece-
dor (por lo inagotable) proceso de derivación infinita de los
significantes. Roussel, en cambio, opera por las dos puntas
de una frase. Agrega, altera, extiende, sustituye palabras o
frases que modifican, claro está, el sentido una y otra vez,
hasta generar un estado de incomodidad particular, produc-
to en parte de la frialdad del procedimiento. Porque el au-
tor, según da a entender, no quiere decir nada. No tiene men-
saje que transmitir, la trama es vagamente absurda. Digo 'va-
gamente', porque sigue un rumbo, sólo que este está ocupado
por lugares y máquinas, máquinas para las que se puede usar
el mismo término que tanto se ha utilizado para describir al
mismo Roussel: "extravagantes"; máquinas y mecanismos
sin sentido, en el que los personajes son absolutamente eso:
figuras detrás de las cuales no hay sentimiento ni pensamien-
to alguno. El mismo Roussel dice algo acerca de esto en una
nota que publicó Michel Leiris con fragmentos de ensayos y
de cartas suyos: "Quisiera hablar ahora de un hecho bastante
curioso. He viajado mucho. [Roussel fue el heredero de una
de las mayores fortunas de Europa, que, en su extravagancia,
dilapidó por completo]. Especialmente en 1920-1921 di la
vuelta al mundo, pasando por la India, Australia, Nueva Ze-
landa, las islas del Pacífico, China, Japón y América. (...)
Ya conocía los principales países de Europa, Egipto, todo el
norte de Africa, y más tarde visité Constantinopla, Asia Me-
nor y Persia. Sin embargo, ninguno de esos viajes me procu-
ró el menor material para mis libros. Me pareció que valía
la pena señalar este hecho, porque muestra de un modo muy
palpable que para mí la imaginación lo es todo."
 He remarcado (las cursillas son mías) en este párrafo esa
frase, ya que Roussel escribió dos libros ("Impresiones de
Africa" y "Nuevas impresiones de Africa") en los cuales no
hay, salvo por la mención de Tombuctú, por ej., nada que
relacione esos textos con alguna realidad.
 Se dice que Raymond Roussel se suicidó (a los 56 años, y
de la forma que describe Leonardo Sciascia en un pequeño
libro que escribió acerca de esa circunstancia) a causa de la
frialdad con la que fueron recibidas sus 'novelas' frías.
 Lo hizo en Palermo, acompañado de Charlotte Dufrène, la
mujer que estuvo a su lado durante muchos años, en un pa-
pel misterioso, ya que al parecer no hubo una relación físi-
ca entre ellos.
 Jean Ferry (verdadero nombre, Jean Levy), que vivió entre
1906 y 1974 y que se autodenominó un "seguidor de la tra-
dición patafísica" fue uno de los mayores conocedores y ad-
miradores de la obra de Roussel. Escribió, por ejemplo,
 "Cuando Raymond Roussel llegó después de su muerte al
país al que tenía derecho, pero en donde, en los primeros
momentos no se reconocía, Jules Verne y Camille Flamma-
rion se acercaron a él y le guiaron con bondad, tomándole
cada uno de una mano. (...)
 "Esa gloria perdida hacía ya más de treinta años, esa gloria
cuyo denso centro era él mismo, y de donde cegadores rayos
partían para bañar a los ciegos, esa gloria lo envolvía por
entero.  (...)
 Más tarde, Raymond Roussel llegó a ser muy amigo de Dios,
y hacía de él, en la intimidad, de sus amigos, unas imitacio-
nes muy bien logradas, lo que le valió que los ángeles le tri-
butaran algunas ovaciones suplementarias."

 

 
 Este texto aparece en una extraña antología de Braulio
Arenas que he mencionado en otra ocasión (un texto acerca
de Artaud), llamado "Actas surrealistas". De hecho, Roussel
no perteneció a ese grupo, si bien parece que hizo varios in-
tentos por ser conocido (y reconocido) por André Breton y
los demás integrantes de ese movimiento. El último de los
cuales fue dejar listos para su envío post- mortem varios
ejemplares de sus obras dirigidos a un buen número de poe-
tas surrealistas.
 La vida de Roussel sí que puede ser calificada de surrealista,
pero como un calificativo tendiente a evitar las categorías
diagnósticas. Digamos que padecía o portaba una locura muy
Rousseliana.
 Arenas no menciona la fuente. Publica tres textos del autor
de "Locus Solus" ("El bretón Lelgoualch", "Vesper" y "El
cleptómano"). Tanto el primero como el tercero de estos re-
latos me parecen pueriles. Sin embargo el otro parece reve-
larnos cosas del mismo Roussel. Por eso lo publico aquí.

                                        VESPER

 Desde 1756, Haendel, viejo ya y privado de la vista desde
hacía más de cuatro años, no salía nunca de su mansión en
Londres, a la cual concurrían en gran número sus admirado-
res.
 Una noche, el ilustre músico se encontraba en su sala de tra-
bajo del segundo piso, habitación amplia y suntuosa, prefe-
rida por él a sus salones de la planta baja, a causa de un órga-
no magnífico adosado a uno de los muros.
 En la espléndida sala iluminada, algunos invitados conversa-
ban bulliciosamente, estimulados por una copiosa comida que
les había ofrecido el maestro, gran conocedor de platos deli-
cados y de los buenos vinos.
 El conde de Corfield, que se encontraba presente, puso el
tema del genio del anfitrión, cuyas obras maestras alabó con sincero entusiasmo. Todos le hicieron coro, y cada cual ad-
miró el poder del don creador e innato, imposible de ser ad-
quirido por el vulgo, ni siquiera al precio de un trabajo encar-
nizado.
 Según el decir de Corfield, una frase brotada de una frente
adornada con la chispa divina podía, trivialmente desarrolla-
da por un simple técnico, animar una cantidad de páginas
con su aliento. Por el contrario, agregaba el conde, un tema
ordinario, tratado por un cerebro inspirado, debía fatalmente
conservar su pesadez y torpeza, sin conseguir disimular la
marca indeleble de su ordinario origen.
 A estas últimas palabras, Haendel protestó, asegurando que
aun sobre un motivo construido mecánicamente según un
proceso suministrado por el azar, se sentía capaz de escribir
un oratorio digno de ser citado en su lista de obras.
 Como esa aseveración provocara algunos murmullos dubita-
tivos, Haendel, animado por las libaciones del festín, se le-
vantó bruscamente, declarando que quería inmediatamente,
y delante de testigos, establecer honorablemente la armazón
del trabajo en referencia.
 A tientas, el ilustre compositor se encaminó hacia la chimenea
y sacó de un vaso algunas ramas de acebo provenientes de la
Navidad recién pasada. Las alineó sobre el mármol, llamando
la atención acerca de su número, que se elevaba a siete; cada
rama debía representar una de las notas de la gama y portar un
signo cualquiera, propio para hacerla reconocer.
 Magda, la vieja ama de llaves del maestro, muy experta en
trabajos de costura, fue la encargada de suministrar al instante
siete cintas de matices diferentes.
 La ingeniosa mujer no se preocupó por tan poco, y después
de una corta ausencia, volvió con siete "favores" que ofrecían
cada cual la muestra de uno de los colores del prisma.
 Corfield, a instancias del gran músico, anudó un "favor" en
torno de cada tallo, sin romper la regularidad del alineamiento.
 Terminada esa tarea, Haendel invitó a los asistentes a contem-
plar por un momento la gama figurada bajo sus ojos, y a que
se esforzaran en grabar en su memoria la correspondencia de
los colores y de las notas.
 En seguida el maestro, con su tacto prodigiosamente afinado
por su ceguera, procedió a un minucioso examen de la lana,
registrando cuidadosamente en su mente cada particularidad
creada por la disposición de las hojas o por la separación de
las espinas.
 Una vez completamente seguro, Haendel reunió las siete ra-
mas de acebo en su mano izquierda y designó la dirección de
su mesa de trabajo, encargando a Corfield que tomara la plu-
ma y el tintero.
 Salido de la habitación, y guiado por uno de sus fieles, el
maestro ciego se hizo conducir  a la escalera, cuyo pasama-
no liso y blanco se prestaba admirablemente bien a sus pro-
pósitos.
 Después de haber mezclado por largo rato las ramas de ace-
bo, para que no guardaran la huella de su primitivo orden,
Haendel llamó a Corfield, el cual le entregó la pluma llena de
tinta.
 Con los dedos disponibles de su mano derecha, rozó al azar
una de las cintas con espinas, la que para él tenía una perso-
nalidad reconocible al tacto, y se aproximó al pasamano, en
donde escribió sin esfuerzos, en letras corrientes, la nota in-
dicada por el rápido contacto.
 Bajó un peldaño, barajando de nuevo el espeso ramo, y
Haendel, por el mismo procedimiento anterior de palpar las
cintas al azar, recogió una segunda nota, que inscribió un
poco más abajo en el pasamano.
 El descenso continuó, lenta y regularmente. A cada escalón,
el maestro, concienzudamente, removía la gavilla en todos
los sentidos antes de arrancar, con la punta de sus dedos, la
designación de tal sonido inesperado, el cual era inmediata-
mente grabado en caracteres suficientemente legibles.
 Los invitados seguían a su huésped paso a paso, verificando
fácilmente la rectitud del trabajo por el examen de los "favo-
res" diversamente matizados. De vez en cuando Corfield to-
maba la pluma y la llenaba en el tintero antes de entregársela
al ciego.
 Al cabo de diez minutos, Haendel escribió la vigésima ter-
cera nota y bajó su último peldaño que le depositó en el pri-
mer piso. Se acercó a una banqueta, se sentó por un momen-
to y descansó de su trabajo, dando a sus amigos la razón
determinante que le había conducido a escoger un modo de
inscripción tan extraño-
 Como sabía que su fin estaba próximo, Haendel había legado
a la ciudad de Londres su mansión, destinada a ser erigida en
museo. Una gran cantidad de manuscritos, de curiosidades y
recuerdos de toda especie, prometía ya hacer muy cautivante
la visita a tan ilustre morada. Sin embargo, el maestro estaba
obsesionado por el deseo de aumentar incesantemente la atrac-
ción del peregrinaje futuro. Por esta razón, aprovechando una
ocasión propicia, había esa noche autografiado un monumen-
to imperecedero, grabando un tema incoherente y original en
una escalera cuyo número de peldaños ignoraba primitivamen-
te, pero que habían fijado al azar la extensión de esta obra mu-
sical, con lo que agregaba una particularidad suplementaria al
lado mecánico de la composición.
 Después de descansar por algunos instantes, Haendel, escol-
tado por sus amigos, volvió a la sala de trabajo, en la cual la
velada se terminó alegremente. Corfield se encargó de trans-
cribir musicalmente la frase elaborada por el capricho del
azar, y el maestro prometió seguir estrictamente las indicacio-
nes del borrador, reservándose solamente dos libertades, la de
los valores y la del diapasón, que evolucionarían sin cortapisa
de una a otra octava.
 A la mañana siguiente, Haendel se puso a la tarea con la ayu-
da de un secretario habituado a escribir bajo su dictado.
 La ceguera no había de ninguna manera debilitado la activi-
dad intelectual del célebre músico.
 Tratado por él, el tema de relieves fantásticos tomó un giro
interesante y hermoso, debido a las ingeniosas combinacio-
nes de ritmo y de armonía.
 La misma frase de veintitrés notas se reproducía sin cesar,
y presentada cada vez bajo un nuevo aspecto, vino a cons-
tituir por sí sola el famoso oratorio "Vesper", obra poderosa
y serena, cuyo éxito se mantiene hasta nuestros días.


 Dos pequeños comentarios: en primer lugar, Roussel parece
encontrar un paralelo entre la forma de producción de esta
obra musical y su propia obra literaria, en la cual la homoni-
mia (la repetición de "las mismas notas presentadas bajo un
nuevo aspecto") constituye la base de su método. En segundo
lugar es importante recordar que Raymond comenzó su carre-
ra artística como músico, siendo un pianista de buen nivel,
antes de abandonar esa forma de expresión para emprender
la literaria.


PARA LEER DE Y SOBRE ROUSSEL

R. Roussel. Locus Solus. Seix Barral, 1970. (Cuenco de Pla-
    ta, 2003)
R. Roussel. Impresiones de Africa. De la Flor, 1973. (Siruela,
    1990)
R. Roussel. Cómo escribí algunos libros míos. Tusquets, 1973.
R. Roussel. Nuevas impresiones de Africa (no parece estar edi-
    tado en castellano)


Leonardo Sciascia. Actas relativas a la muerte de Raymond
     Roussel. Gallo Nero, 2010.
Mark Ford. Raymond Roussel y la república de los sueños.
     Siruela, 2004.
Michel Foucault. Raymond Roussel. Siglo XXI, 1999.

Como dije, el texto "Vesper" está tomado del libro de Braulio
Arenas, "Actas surrealistas", Editorial Nascimiento, Chile,
1974.
 

CASUAL
 Dos días después de publicar esta nota, mientras leo algu-
nos textos acerca del opio, éste comentario de Jean Cocteau:
"Raimundo Roussel o el genio en estado puro, inasimilable
para la élite. Locus solus fiscaliza la literatura toda y me
aconseja una vez más que tema la admiración y que busque
el amor, misteriosamente comprensivo."
(...)
 "Bajo el opio se siente el deleite de un Roussel, y se procura
no compartir el gozo. El opio nos desocializa de la comuni-
dad."
Jean Cocteau. Opio. Crónica de una desintoxicación. Dintel,
1959.