miércoles, 4 de junio de 2014

INDIOS DE AMÉRICA DEL SUR: LOS AYMARÁ

 



 Hay que decirlo una vez más: es tremenda la escasez de
textos de los indios de América del Sur, en términos gene-
rales. De los cientos de tribus del Amazonas, hay muy es-
casa bibliografía. De los indios que habitaron la Argentina,
salvo excepciones, se ha perdido todo. Así como hay muchos
registros de los pueblos originarios de América del Norte, y
a pesar de Cortés y de los demás conquistadores, existen
numerosos textos aztecas y mayas. Es muy poco lo que ha
quedado registrado de las grandes culturas andinas, inclu-
yendo a los Incas y a sus sucesores, después de la caída es-
trepitosa del Imperio*.
 Este es un pequeño rescate de lo casi nada que he encon-
trado publicado en alguna parte de la cultura Aymará.


 Como sucede tantas veces cuando se trata de pueblos in-
dígenas, hasta su misma denominación pasa por las manos
de los colonizadores. Por eso este milenario pueblo no se re-
conoce bajo esa denominación. Lo cierto es que se trata de
numerosos grupos reunidos por la misma lengua. Habitantes
de la zona denominada 'Andes Centrales'.
 Más aproximado sería el nombre de Quillasuyu o Collasuyu,
un término quechua que significa "la parcialidad de los Co-
llas".
 Tanto los Ayaviri y los Collas de Puno, como los Canas y
los Canchis de Cusco, los Pacaje y los Omasuyos de La Paz,
los Collaguas de Arequipa, los Ubinas de Moguegua, los
Charqas de Chiquisaca, los Lupacas del Lago Titicaca, y los
Quillaga de Potosí, forman parte de las diversas poblaciones
indígenas que recibieron la sorpresiva llegada de los coloni-
zadores.
 Actualmente hay alrededor de 2 millones de Aymarás.



  DEL CÓDIGO MORAL DE LOS CALLAHUAYAS

- El camino de la vida es largo y no tiene sentido andar tro-
pezando con tus propios pies. La mayor de todas las estupi-
deces, es sentirse avergonzado.

- Las mejores palabras son aquellas que se usan para escon-
der la verdad.

- Aprende siempre, pero no enseñes nunca.

- Si un hombre le teme a los espíritus, debería temerle mucho
más a las mujeres que crearon tanto a los hombres como a los
espíritus.

- Nunca mientas, pero esconde prudentemente la verdad. Si
puedes hacer a alguien feliz mintiéndole, sin embargo, enton-
ces miente...

- Se precisa una gran habilidad para escapar de las leyes, pero
cualquier tonto puede caer justo en medio de ellas.

- Uno siempre debería temer a los espíritus, los dioses y los
ancestros, pero nunca  alos vivientes.

- Un hombre debería ser respetado por su riqueza y temido
por su astucia.

- Uno siempre debería conocer los temores de todos los de-
más pero mantener secretos sus propios temores. Esta es la
manera de parecer valiente.

- Así como la decencia corporal consiste en cubrirse, así la
decencia espiritual yace en la humildad.

- En orden de ser feliz, esconde lo que haces así como escon-
des tus ropas viejas, tu pelo que ha sido cortado, y tus uñas
cortadas.

- Sólo los borrachos cantan y hablan en voz alta. Los hombres
decentes deberían hablar siempre bajito...

- Está bien insultar a un hombre, pero nunca enfrente de su
mujer o de sus enemigos.

- Actúa como quieren los otros que actúes, pero nunca trates
de hacerlos actuar de la manera que quieres que actúen.

- El secreto de la vida es no engañar ni ser engañado.


EL ORIGEN DE LA COCA

 En una de las regiones más bellas de los Andes vivía una
vez una mujer que combinaba belleza magnífica con perver-
sa coquetería y sensualidad. Ella era una diosa que desplega-
ba liberalmente sus encantos cuando descendía a la forma hu-
mana. Esta suerte de prodigalidad estimulaba tanto los celos
de otras mujeres como el grito de "Inmoralidad" de los ma-
yores. Los dos grupos se unieron y arrojaron a la mujer por
un peñazco. Ella fue a caer a una porción de tierra fértil so-
bre la cual llovía en forma constante. De las cenizas de la
mujer creció un pequeño arbusto cuyas hojas tenían propie-
dades especiales. Estaban llenas de poder, aliviaban el dolor
y hacían optimista la vida. Y así es como la mujer que habían
asesinado se vengó; todos los novios y maridos del mundo
desde entonces fueron tentados por estas maravillosas hojas
que calladamente ponen a dormir sus deseos sexuales.

[De "La Piedra Mágica- Vida y Costumbres de los Indios Callahuayas de Bolivia"
de Gustavo Adolfo Otero. Instituto Indigenista Intermericano, México.]


EL GRAN DIOS, LOS MUERTOS, DIOSES PEQUEÑOS
BUENOS Y MALOS


 En el tope del panteón de los Aymará está Viracocha, el su-
premo creador del universo... para los Aymarás Viracocha es
un espíritu poderoso y temible, que sostiene y protege a la
raza humana... Viracocha, como todos los altos dioses, es
exigente con sus adoradores, y puede obtener sus demandas
porque él controla cualesquiera dioses o demonios entran en
la vida de cada individuo. Es un participante íntimo de la vi-
da de todos...
 Los dioses menores de los Aymará derivan directamente de
la naturaleza. Hay un Dios de la Nieve del Tope de la Monta-
ña, llamado Khunu, un Dios del Trueno llamado Khon, y un
Dios del Relámpago, llamado Jilpa.
 Otra parte importante de la religión Aymará es el Culto a
los Muertos. Para el Indio Andino, la muerte es sólo otra cla-
se de vida... El cuerpo muere pero el alma continúa su vida
cotidiana. Cuando el cuerpo muere los bienes, los objetos
que pertenecieron a la persona muerta, también mueren y de-
ben ser enterrados con él. Ellos creen que el alma del muerto
sobrevuela alrededor del cuerpo, siendo esa la razón por la
cual el cuerpo debe ser enterrado tres días después de que la
persona haya muerto... para los Aymarás una tumba no es
solamente el depósito del cuerpo, sino también del alma. To-
do el asunto de un Culto a la Muerte -o "Alma"- gira en torno
a la idea de mantener una relación entre los vivos y los muer-
tos. Ellos creen que los muertos quieren oir pronunciar sus
nombres y recibir mensajes de recordación. Los Aymarás
también creen en una suerte de "corporalidad" del alma, que
ella puede aparecer de repente, hacerse manifiesta- o ser con-
jurada por rituales mágicos. Ellos creen que los muertos re-
cientes son visitados por las almas de amigos y ancestros-
y esa es la razón por la cual esparcen cenizas en un cuarto
vacío durante el velorio. Las almas visitantes dejan sus pi-
sadas en las cenizas, lo cual hace posible distinguir tanto el
sexo como la edad de esos visitantes.
Aquí hay una típica oración Aymará a los muertos grabada
por José María Camacho:

Oh alma muerta, vete, vete,
Vete adonde vas y descansa,
Pero no te olvides de la familia que dejas detrás,
Tus campos y el resto de tus bienes.
Alma muerta, vete, vete.

Los Aymará creen en la resurrección de la carne y en el casti-
go eterno y ven la próxima vida como una suerte de imagen
especular de ésta. Los muertos, una vez que han llegado a
Upamarca, el Mundo del Silencio, siguen haciendo lo que
hacían antes de morir.
La religión Aymará también tiene un lado demoníaco. Los
demonios como Supaya y Auka causan todos los males terre-
nales. En cierto sentido, el demonismo Aymará es sólo otro
aspecto del Culto a los Muertos; no sólo explica la muerte,
sino también todos los demás males de la vida en términos
de la constante, maléfica presencia de demonios.
Los anti-demonios en la tradición Aymará son las Achachi-
las. El espíritu de las Achachilas es el espíritu de la natura-
leza que vive en las montañas, los ríos, y los lagos. Las A-
chachilas son espíritus protectores; son expresiones del
Bien Universal y están siempre ayudando a la humanidad
contra las enfermedades y los sufrimientos.
Los Ayamarás están siempre intentando encontrar conex-
iones entre los dioses y la humanidad. El hombre ofrece a
los dioses sus sacrificios, su comida, su bebida y a cambio
es bendecido. Los templos de los Aymarás se llamaban
Huacas; sus sacerdotes, Huillas; sus confesores, Ichuns;
sus Sacrificadores, Huilano. Los Ayamarás incluso tenían
un oráculo sagrado en la Roca de Iticaca, y luego el nombre
se cambió a Titicaca, que en tiempos coloniales encontró
su expresión en el Santuario de Copacabana. Los sacerdo-
tes, que en cierta forma "llevaban a cabo la voluntad" del
Divino, eran llamados Laikas y Yatiris.
La oración está en el centro mismo de la religión Aymará,
siendo lo más habitual rezar en grupo. Ellos creen que para
que Dios los escuche, los mejores intermediarios son los
niños, y en orden de rezar por lluvias o por evitar epide-
mias y hambrunas que ellos creen son traídas por eclipses
del sol o de la luna, hacen llorar a los chicos, cuyos gritos
y llantos supuestamente complacen a los dioses.


[De Hugh Fox, First Fire. Central and South American Indian Poetry. Anchor Books,
1978]




* Es muy poco y, para colmo, la mayor parte del legado
recibido de estos pueblos fue registrado por religiosos ca-
tólicos, que consideraban las creencias indígenas con cierto
desprecio. Un ejemplo de ello es el texto conocido como
"Ritos y fábulas de los Incas", de Cristóbal de Molina,
quien junto a los mestizos Garcilaso de la Vega (autor de
Comentarios Reales) y Blas Valera (autor de Historia del
Perú) es considerado una autoridad en estos temas. De Mo-
lina era cura en una parroquia del Cuzco. Los demás cro-
nistas de las antigüedades incaicas, Sarmiento de Gamboa,
Bernabé Cobo, Juan de Betanzos, Miguel Cabello Balboa,
sufren del mismo mal. Por ejemplo, el texto más conocido
de Pablo de Arriaga se titula "La Extirpación de la Idolatría
en el Perú".
En el caso de Cristóbal de Molina, éste refiere la Fábula de
las Guacamayas, que habla nada menos que de la historia
de la gran inundación, un tema casi universal en las leyendas
y mitos de los pueblos más diversos del mundo (no sólo en
los bíblicos). Inmediatamente después de completar el rela-
to, de Molina agrega: "Estos y otros desatinos semejantes
decían y dicen haber pasado, que por prolijidad, como dicho
tengo, no los pongo. Causóse de todo esto, demás de la prin-
cipal causa, que era no conocer a Dios y darse a vicios e ido-
latrías, no ser gentes que usaron escritura, porque si la usa-
ran no tuvieran tan ciegos y torpes y desatinados errores y
fábulas..."
En manos de esos proto-etnólogos ha quedado la escasa
transmisión de las creencias y tradiciones de aquellos pue-
blos.

 









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