lunes, 7 de diciembre de 2015

DOS MITOS DE INDIOS DEL MATO GROSSO

 


 Xingu es un Parque Nacional creado por el gobierno brasi-
leño en 1961 y su área es de unos 30 mil kilómetros cuadra-
dos. Está situado en el norte del Mato Grosso, en una zona
intermedia entre el Planalto Central y el Amazonas.
 Los hermanos Orlando y Claudio Villas Boas viajaron rei-
teradamente a esta zona que llegaron a conocer en profun-
didad. Cuando fueron por primera vez a estas regiones en
1946, encontraron las mismas tribus y la misma distribución
de los poblados que había hallado el etnólogo alemán Karl
von den Steinen en su magnífica expedición de 1887. Las
mismas actitudes amigables de los indios, que tanto habían
impresionado al visitante europeo.
 El único cambio era la notable reducción de la población,
un fenómeno que iba a extenderse a lo largo de las sucesi-
vas visitas de los Villas Boas. Muchas de las tribus desapa-
recieron para siempre. Los etnólogos brasileños se dedica-
ron durante décadas a recoger testimonios de las formas de
vida, las lenguas y, sobre todo, los mitos de estas tribus.
Transcribo aquí tan sólo dos, entre las muchas publicadas
en su obra maestra, en inglés, Xingu. The Indians, Their
Myths, en 1970.


  LOS INDIOS KAMAIURÁ
 
  MAVUTSINIM: El primer hombre

 En el comienzo sólo había Mavutsinim. Nadie vivía con
él. No tenía esposa. No tenía un hijo, ni tenía parientes. Él
estaba completamente solo.
 Un día él convirtió un caracol en una mujer, y se casó con
ella. Cuando nació su hijo, le preguntó a su mujer: "¿Es un
hombre o una mujer?"
 "Es un hombre."
 "Lo llevaré conmigo."
 Entonces partió. La madre del niño lloró y regresó a su al
dea, la laguna, donde volvió a convertirse en un caracol.
 "Somos los nietos del hijo de Mavutsinim", dicen los indios.



 LOS INDIOS KUIKÚRU

 AVINHOCÁ: El origen del arco.

 En las orillas del Río Kuluene, por encima de la boca del
Río Turuine, Avinhocá decidió reunir a todos los indios,
pacíficos y salvajes, para distribuirles armas. El primero
en aparecer fue el Kuikúru, que tomó el arco blanco. Desde
entonces, todos los Kuikúru y sus parientes usaron arcos de
este tipo. Luego apareció otro indio, que tomó un arco hecho
de madera oscura. Finalmente vino otro y tomó el arma de
fuego. Después de hacer esto, Avinhocá les mostró una pe-
queña laguna y les dijo a todos que se bañaran ahí. Dado
que la laguna tenía muchas pirañas, caimanes, serpientes,
etc., los indios tenían miedo, lo que enojó mucho a Avin-
hocá. Los indios sólo se mojaron las manos y corrieron a
secarlas sobre el tronco de un árbol. El árbol tenía la cor-
teza blanca, era un pau-de-leite. Uno más valiente le obe-
deció a Avinhocá y se arrojó a la laguna y eso lo convirtió
en blanco. Ése es el civilizado que tomó el arma de fuego.
Justo entonces un árbol gritó desde adentro de la selva y
los indios contestaron. Avinhocá predijo: "Los árboles
morirán un día y los indios también desaparecerán." Se
escuchó otro grito, esta vez proveniente de una piedra. El
civilizado contestó, y entonces Avinhocá dijo: "La piedra
nunca morirá y, por lo tanto, los caraíbas (Europeos) nun-
ca desaparecerán."
 Después de todo esto, Avinhocá decidió que todos se irían,
cada uno en una dirección diferente. Avinhocá aún estaba
ahí cuando sus hijos, Tivári y Torrongo, arribaron. En ese
momento, Rit-Taurinha apareció. Le dio aceite de pequi
a uno de los hijos de Avinhocá y le dijo que se lo frotase
sobre el cuerpo. Avinhocá no lo dejó, diciendo que el aceite
produciría envejecimiento. Para probarlo, frotó el aceite so-
bre su propio cuerpo y se volvió viejo. Enseguida después
de eso, Rit-Taurinha le dio al otro hijo de Avinhocá un po-
co de tabaco y le dijo al muchacho que lo fumase. Avinhocá
intervino de nuevo, diciendo que aquel tabaco era sólo para
los ancianos. Un hombre joven fumándolo envejece precoz-
mente. Ésa es la razón por la cual sólo los indios ancianos
lo fuman. Rit-Taurinha se fue, dejando a Avinhocá con sus
hijos. Uno de ellos, Tivári, decidió casarse, y con ese propó-
sito reunió a todos los pájaros y animales hembra y se fue
con ellos a la orilla del río. Cuando llegaron ahí, él dijo que
la mujer que fuese con él se convertiría en su esposa. Dicien-
do esto, se arrojó al agua. Todas ellas estaban asustadas, y
hasta los capibaras huyeron. La golondrina, sin embargo, im-
prudentemente, seguía bajando en picada sobre el agua, y
una vez ella rozó la superficie. Tivári la atrapó y la llevó a
su aldea en el fondo del río. Todos creen que en el fondo
del río hay una gran aldea con hermosos jardines.



 FUENTE

 Orlando Villas Boas/ Claudio Villas Boas. Xingu. The In-
dians, their Myths. A Condor Book, Souvenir Press, 1970.
 

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