lunes, 30 de junio de 2014

LOS AZTECAS

 

 
Como anunciara en el texto "La música de los pájaros", algo
me conducía de ese escrito a los aztecas. Pura asociación,
        es cierto, pero ésta acierta siempre a través de sus lazos ocultos
 a la conciencia. Esto es lo que dice Alva Ixtlilxóchitl acerca de
los jardines en los que se movía el rey y poeta Nezahualcóyotl:
"el aposento en donde el rey dormía era redondo; todo lo
demás de este bosque, como dicho tengo, estaba plantado
de diversidad de árboles y flores odoríferas, y en ellos
diversidad de aves, sin las que el rey tenía en jaulas
y traídas de diversas partes, que hacían una armonía
y canto que no se oían las gentes." (**)


 América empezó más tarde.
 Porque quedaba más lejos, solamente. Más lejos del lugar
en el cual se inició la humanidad. Desde el Africa original,
las primeras migraciones se hicieron al actual Medio Orien-
te y desde ahí a Europa y más tarde a Asia. Algunos mile-
nios más tarde, vía el estrecho de Behring, a América. Los
primeros restos humanos en la región de México datan de
11 mil años antes de Cristo. Esta es también la razón por la
cual los conquistadores tenían superioridad tecnológica. Un
factor decisivo, ya que de haber contado con las mismas ar-
mas, en lugar de una conquista genocida, se hubiese produ-
cido con toda probabilidad, un acuerdo de partes.
 Recién a mediados del siglo XIII penetran en el valle de
México los últimos nómadas, hasta entonces forasteros in-
deseables, los aztecas o mexicas. Para entonces ya estaban
establecidos dos Estados de considerable esplendor: los
Toltecas, al sur de los lagos, y un Estado integrado por et-
nias diversas en el célebre Culhuacan al sur de la actual
ciudad de México DF. La debacle de ambos estados permi-
tió justamente la expansión de esos "bárbaros chichimecas"
del norte. La derrota de Tula (ciudad de los Toltecas) se si-
túa en 1168.
 Los recién llegados habían sufrido incontables vejaciones
previas a lograr instalarse en un islote del lago. Logran fun-
dar su primera ciudad en 1325. Pero sólo un siglo más tarde,
habiendo asimilado la cultura milenaria de los toltecas (ha-
blaban la misma lengua, el náhuatl), los aztecas comienzan
su propia conquista, extendiendo sus dominios desde el A-
tlántico al Pacífico y hacia el sur, hasta la actual Guatemala.
 Munidos de un hondo misticismo guerrero, lograron enri-
quecer enormemente su ciudad, conocida como México-
Tenochtitlán. Esta ciudad superó en poderío a la antigua
Tula de los toltecas.
 Anonadados, los espanoles iban a contemplar por primera
vez esta ciudad extraordinaria en 1519.
 Como escribiera Bernal Díaz del Castillo en Historia ver-
dadera de la conquista de México: "Y después de bien mi-
rado y considerando todo lo que habíamos visto, tornamos
que ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había,
unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor
y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más
que de una legua, y entre nosotros había soldados que habían
estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y
en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasa-
da y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no
la habían visto..."

 Lo cierto es que la ciudad se había ido extendiendo sobre el
lago y constituía un cuadrado que medía unos tres kilómetros
por lado; era la ciudad más grande de América y una de las
seis más grandes del mundo.

 Las conquistas del rey Itzcóatl (1428-1440) y del sabio Ne-
zahualcóyotl (rey de Texcoco) habían establecido lo que se
conoció como la "triple alianza", o la unión de México- Te-
nochtitlán, Texcoco y Tlacopan.
 Lo que poco después iba a sufrir el imperio azteca, tuvo un
antecedente a partir de su victoria militar en 1428 sobre los
antiguos dominadores de Itzcóatl, Tlacaélel y Azcapotzalco,
año en el que se decidió darle una nueva versión de la histo-
ria azteca al pueblo, tal como lo refiere el milagrosamente
conservado Códice Matritense:

 Se guardaba su historia.
 pero, entonces fue quemada:
 cuando reinó Itzcóatl en México.
 Se tomó una resolución,
 los señores mexicas dijeron:
 no conviene que toda la gente
 conozca las pinturas.
 Los que están sujetos (el pueblo)
 se echarán a perder
 y andará trocida la tierra,
 porque allí se guarda mucha mentira,
 y muchos en ellas han sido tenidos por dioses. (1)

 Para cuando llegaron los españoles, vivían en México-Te-
nochtitlan alrededor de 300 mil aztecas. La nueva versión
de la historia hace que los mexicas aparezcan emparentados
con la nobleza tolteca, que los dioses mexicas, en especial
Huitzilopochtli queden ubicados en el mismo plano con los
dioses creadores, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl. Y, especial-
mente, genera el espíritu místico-guerrero del "pueblo del
sol", que tiene por misión nada menos que someter a todos
los demás pueblos de la tierra, para tomar cautivos, y para
alimentar al dios sol con su sangre.
 Huitzilopochtli dejó de ser el cuidador de una pobre tribu
de nómades perseguidos, y (en especial gracias al consejero
real Tlacaélel), pasó a ser, identificado ya con el sol, el que
da vida y alienta la guerra. Es el consejero real (sobrino del
rey Itzcóatl) el principal mentor de la idea de sostener la vi-
da del dios-sol a través de la sangre de los sacrificios.
 Existe el registro de un discurso de Itzcóatl (ya estaban los
molestos cronistas, en esos entonces) en el que dice: "éste
es el oficio de Huitzilopochtli, nuestro dios, y a esto fue ve-
nido: para recoger y atraer a sí a su servicio todas las nacio-
nes con la fuerza de su pecho y de su cabeza..."
 Es en honor de este Dios que se construye el templo mayor,
que presenciaría tantos sacrificios humanos.
 A las acciones militares se las llamó, porque entonces tam-
bién pululaban los eufemismos, "guerras floridas": la cacería
de víctimas.
 Tlacaélel fue el poder 'en las sombras' durante varios reina-
dos: Itzcóatl murió en 1440 y el primero de los Motecuhzo-
mas murió en 1469. En tanto, este hombre al que el imperio
azteca le debe tanto su concepción guerrera como las refor-
mas de su pensamiento y culto religioso, así como la organi-
zación del comercio y del orden jurídico, no imaginó siquie-
ra que 40 años después de su muerte (en 1480), el imperio
sería destruído por completo por invasores extranjeros.

 Para cuando arribaron estos invasores, los aztecas tenían
dominio sobre varios millones de personas, que habitaban
la zona geográfica que hemos descripto. Parlantes de diver-
sas lenguas y, lo que es importante para la conquista, pue-
blos que mantenían distintos tipos de relación -desde la co-
operación por sometimiento, hasta la enemistad más pro-
funda- con los mexicas. Cortés, que en ese entonces tenía
33 años, reunió una fuerza compuesta por 11 naves, 600
españoles, 200 nativos cubanos, esclavos africanos, caño-
nes, caballos, mosquetes, ballestas y los salvajes perros
de guerra (con armadura) que pesaban hasta 90 kilos, y
que eran alimentados con carne de los indios.
 
Los aztecas estaban divididos en dos clases sociales. Habían
logrado que su primer rey (a los reyes los llamaban tlatoani)
fuese un noble culhuacano, llamado Acamapichtli. Éste tu-
vo muchos hijos con muchas mujeres y esta escena constitu-
yó el inicio de la nobleza azteca por venir. A los nobles se
los denominaba pipiltin, y éstos recibían una educación pri-
vilegiada, además de ser propietarios de tierras tituladas. Só-
lo entre los miembros de esta clase social podían elegirse a
los reyes.
 Luego estaba la clase social de los maccahualtin, o gente
del pueblo. Estaban constituídos por clanes geográficos.
Se educaban ambas clases sociales en las mismas institu-
ciones, pero los nobles recibían instrucción en astrología,
en el arte de interpretar y escribir los códices, en teología
y en la antigua sabiduría de los toltecas.

 Lo interesante es que había una suerte de doble religión
entre los aztecas. La que se centraba en el culto popular
al dios de la guerra o Huitzilopochtli, y otra, producto del
estudio -por parte de grupos de sabios a los que se llamaba
tlamantinimes- del antiguo pensamiento religioso de los
toltecas, antes de la desviación ideológica que representara
la intervención de Tlacaélel. Éstos sabios preservaban la an-
tigua creencia en un dios único que estaba más allá de los
estratos celestiales. Se lo llamaba Ipalnemohuani, o "dador
de la vida", y también Tloque-Nahuaque, o "Dueño de la
cerca y del junto", o, finalmente, Moyocoyatzin o "El que
se está inventando a sí mismo". Este dios supremo tenía
en verdad dos aspectos o rostros, uno masculino y otro fe-
menino, por lo cual se lo conocía también por el nombre de
Ometéotl o "el Dios de la dualidad".
 La diversidad de estos dos 'modos' de la religión azteca es
lo que hizo que los españoles les atribuyeran a los mismos
un politeísmo idólatra, que no se correspondía con la reali-
dad.

 Para los aztecas la guerra era la institución cultural preponde-
rante. Se formaba soldados desde la juventud, en centros es-
peciales de educación. Los jefes superiores lideraban ejérci-
tos de varios cuerpos de guerreros que solían dividirse como
caballeros águilas y caballeros tigres.

 Por otra parte, la educación general era universal y obligato-
ria. Los aztecas tenían un sistema de escritura con caracteres
pictográficos ('dibujos esquemáticos de objetos y eventos'), ideográficos ('representaciones simbólicas de ideas'), y par-cialmente fonéticos. Muchos de esos caracteres eran de tipo onomástico o toponímico. Sus libros, conocidos como Códi-
ces, estaban hechos de un papel procedente de la corteza de
un tipo de ficus. Su contenido era de tipo mitológico, calen-
dárico, religioso y, a veces, histórico. Han sobrevivido me-
nos de 20 de estos libros, siendo su lectura parcialmente e-
nigmática hasta hoy.

 Tenían los mexicas dos clases de calendario: el xiuhpohua-
lli, que estaba formado por 18 grupos de 20 días (total de
360) al que se añadían 5, considerados nefastos. (Nosotros
solemos tener más de ésos, me parece.) Cada cuatro años se
agregaba un día más, tal como hacemos los occidentales.
 El segundo calendario era el tonalpohualli, formado por
20 grupos de 13 días, que se relacionaban con el otro de
360, no coincidiendo en una misma fecha idéntica, sino
hasta que se cerraba "un ciclo indígena" cosa que sucedía
cada 52 años. Este servía para calcular justamente la apari-
ción de los días nefastos.

 Hernán Cortés inició el asedio final a la isla de los aztecas
el 30 de mayo de 1521. Los aztecas, que en principio habían
tomado a los europeos por dioses, terminaron llamándolos
popolocas, o bárbaros. El asedio duró 80 días. Se hizo por
agua y por tierra y el 13 de agosto de 1521 la ciudad cayó
en manos de los españoles.

 Seguramente Georges Bataille se refiere a Huitzilopochtli
cuando se siente abrumado por "la ferocidad y la extraña ma-
lignidad de los dioses mexicanos". Sacrificios por millares,
abriendo los cuerpos y arrancando sus batientes corazones,
cortando los cuerpos en pedazos, cocinándolo todo y comién-
dolo. "Parece haber existido un excesivo gusto por la muerte
entre esta gente de extraordinario coraje", agrega Bataille.
 Según él, Cortés, el cristiano conquistador, no venció sobre
estos "salvajes" como la historia erróneamente establece: a
la muerte que Cortés traía con su Dios, los aztecas replicaron
con la suya en una especie de delirio hipnótico, "un verdade-
ro encantamiento". Habiendo llegado al sumun de su alegre
vértigo, según Bataille, deseaban a su vez precipitarse al abis-
mo. Sólo esta desaparición tenía el libre e irreprimible carác-
ter de su crueldad juvenil. Era el único resultado posible:
aquel de "un insecto que uno aplasta". Lo compara, en el esti-
lo Bataille, el de un delirio interpretativo, con la tortura ex-
tasiada de Fu Chou Li, aquel guardia del Príncipe Mongol
que asesinó al Príncipe en 25 de febrero de 1905. Fu Chou
Li fue cortado en pedazos ante una multitud, pedazos que se
juntaron en un canasto.
 Alfred Métraux parece darle la razón a Bataille cuando juz-
ga que los dioses aztecas eran "embaucadores, maliciosamen-
te aficionados a chistes fácticos, a menudo tan caprichosos
como crueles". (2)

 Es necesario agregar que los aztecas tuvieron grandes poe-
tas. Algunos de ellos fueron, incluso, reyes, como Tlaltecat-
zin de Cuauhchinanco y Nezahualcóyotl de Tezcoco. Y que
en esta publicación rompo uno de los pilares de la "razónde
ser" de este sitio, como es el de publicar tan sólo versiones
propias (salvo contadas y señaladas excepciones), ya que el
fin es dar a conocer textos que no existían en esta lengua.
Pero en relación a la poesía de los aztecas, son tan importan-
tes como insoslayables los trabajos de Ángel M. Garibay K.,
como los de Miguel León Portilla. De manera que estas ver-
siones les pertenecen. He agregado, sin embargo, tres cantos traducidos del inglés.

     ENIGMA DE VIVIR (Anónimo de Chalco)
(Versión A.M. Garibay K.)

 No es verdad que vivimos,
no es verdad que duramos
en la tierra.
¡Yo tengo que dejar las bellas flores,
tengo que ir en busca del sitio del misterio!
Pero por breve tiempo,
hagamos nuestros los hermosos cantos.


     LA VIDA PASA (Anónimo de Chalco)
(Versión de A.M. Garibay K.)

¡Oh flores que portamos,
oh cantos que llevamos,
nos vamos al Reino del Misterio!
¡Al menos por un día
estemos juntos, amigos míos!
¡Debemos dejar nuestras flores,
tenemos que dejar nuestros cantos:
y con todo la tierra seguirá permanente!
¡Amigos míos, gocemos: gocémonos, amigos!


  SOY RICO (Nezahualcóyotl. 1402-1472. Su nombre signifi-
ca "Coyote hambriento". Autor de más de 30 composiciones
que han sobrevivido y rey de Texcoco durante más de 40 años.)
(Versión de León Portilla)

 Soy rico,
 yo, el señor Nezahualcóyotl.
 Reúno el collar,
 los anchos plumajes del quetzal,
 por experiencia conozco los jades,
 ¡son los príncipes amigos!
 Me fijo en sus rostros,
 por todas partes águilas y tigres,
 por experiencia conozco los jades,
 las ajorcas preciosas...


    FELICIDAD DEL POETA (Un Xochicuícatl o "canto
de flores", de la región de Huexotzinco)
(Versión de Georges Baudot)

  ¿Dónde andabas, oh poeta?
Apréstese ya el florido tambor,
ceñido con plumas de quetzal,
entrelazadas con flores doradas.
Tú darás deleite a los nobles,
a los caballeros águilas y tigres.

Bajó sin duda al lugar de los atabales,
allí anda el poeta,
despliega sus cantos preciosos,
uno a uno los entrega en Dador de la vida.

Le responde el pájaro cascabel.
Anda cantando, ofrece flores.
Nuestras flores ofrece.
Allá escucho sus voces,
en verdad en Dador de la vida responde,
responde el pájaro cascabel,
anda cantando, ofrece flores.

Como esmeraldas y plumas finas,
llueven tus palabras.
Así también habla Ayocuan Cuetzpaltzin,
que ciertamente conoce al Dador de la vida.
Así vino a hacerlo también
aquel famoso sseñor
que con ajorcas de quetzal y con perfumes,
deleitaba al único Dios.

¿Allá lo aprueba tal vez el Dador de la vida?
¿Es esto quizás lo único verdadero en la tierra?
Por un breve momento,
por el tiempo que sea,
he tomado en préstamo a los príncipes:
ajorcas, piedras preciosas.
Sólo con flores circundo a los nobles.
Con mis cantos los reúno
en el lugar de los atabales.
Aquí en Huexotzinco he convocado esta reunión.
Yo el señor de Tecayehuatzin,
he reunido a los príncipes:
piedras preciosas, plumas de quetzal.
Sólo con flores circundo a los nobles.


SOBRE EL ORIGEN DEL ARTE Y DE LOS CANTOS
(Anónimo, rescatado por León-Portilla)

Estos toltecas eran ciertamente sabios,
sabían dialogar con su propio corazón...
Hacían resonar el tambor, las sonajas,
eran cantores, componían cantos,
los daban a conocer,
los retenían en su memoria,
divinizaban con su corazón
los cantos maravillosos que componían. (4)

EL POETA, CREADOR DE INMORTALIDAD (Neza-
hualcóyotl)
(Versión de Georges Baudot)

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso deveras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.


LAMENTO (Versión RR del inglés de Daniel Brinton)

1.

 Alzo mi voz en lamento, estoy afligido, ya que recuerdo
que debemos dejar las hermosas flores, los nobles cantos;
déjanos disfrutar por un momento, déjanos cantar, ya que
deberemos partir para siempre, habremos de ser destruídos
en el lugar en el que vivimos.

2.

Es bien conocido para nuestros amigos cómo me duele y me
enoja que nunca más habremos de nacer, nunca más habre-
mos de ser jóvenes sobre esta tierra.

3.

 Sin embargo un rato con ellos aquí, después nunca jamás
habré de estar con ellos, nunca jamás los disfrutaré, nunca
jamás los conoceré.

4.

¿Dónde morará mi alma? ¿Dónde está mi hogar? ¿Dónde
habrá de estar mi casa? Estoy miserable sobre la tierra.

5.

Tomamos, desenvolvemos las joyas, las flores azules son
bordadas sobre las amarillas, para que podamos dárselas a
los niños.

6.

Deja que mi alma sea revestida de variadas flores; deja
que se intoxique con ellas; ya que pronto deberé ir lloran-
do ante la faz de nuestra Madre.


CANTO DE ANGUSTIA (Anónimo. A estos cantos se los
llama, en náhuatl, Icnocuícatl)
(Versión de Georges Baudot)

Así lo dejó dicho Tochihuitzin,
Así lo dejó dicho Coyolchiuhqui:
  De pronto salimos del sueño,
  sólo vinimos a soñar,
  no es cierto, no es cierto,
  que vinimos a vivir sobre la tierra.
  Como yerba en primavera
  es nuestro ser.  [*]
  Nuestro corazón hace nacer, germinan
  flores de nuestra carne.
  Algunas abren sus corolas,
  luego se secan.
 
[* Me recuerda los versos de Pessoa: "Fui como yerbas,
y no me arrancaron."]


DIÁLOGO GUERRERO MÍSTICO (Anónimo de Tenoch-
titlan)
(Versión de A.M. Garibay K.)

-¿Dónde váis? ¿Dónde vaís?
-¡A la guerra, al agua divina:
allí tiñe a los hombres
Nuestra Madre Itzpapálotl,
en el campo de batalla!
El polvo se alza
dentro del agua de la hoguera:
sufre el corazón del dios Camaxtle:
oh Mactlacueye, oh Macuil Malinalli:
¡como una flor es la batalla:
vais a tenerla en vuestras manos!


ATAVÍOS DE LA DIOSA DE LAS AGUAS QUE CO-
RREN
(Versión que presenta M.A. Asturias. Fuente: fray Diego
de Durán, "Historia de las Indias de Nueva España")

Señora de la falda de jade,
compañera de Tláloc, Dios de la Lluvia,
por tu pintura facial,
por tu collar verde,
por tu casco de papel con penacho de quetzales,
por tu camisa bordada con ondulaciones de agua,
por tu falda bordada con ondulaciones de agua,
por las campanillas con tintineo de torrente
y ruido de agua que llevas en las piernas,
por tus sandalias,
por tu escudo con una flor acuática,
por el palo de sonajas en tu mano,
por tu nombre con sentido de agua,
por tu nombre con sonido de agua,
agua, agua, agua,
con sonido de agua,
Chalchiuhtlicue, te reconocemos.

[Es notable que también en la cultura azteca, la mujer
haya sido asociada con el agua]


POEMA DE TEMILOTZIN DE TLATELOLCO (Un
famoso guerrero, un tlacatécatl o "comandante de hom-
bres, héroe en la defensa de la ciudad sitiada)
(Versión León Portilla)

He venido, oh amigos nuestros:
con collares ciño,
con plumajes de tzinitzcan doy cimiento,
con plumas de guacamaya rodeo,
pinto con los colores del oro,
con trepidantes plumas de quetzal enlazo
al conjunto de los amigos.
Con cantos circundo a la comunidad.
La haré entrar al palacio,
allí todos nosotros estaremos,
hasta que nos hayamos ido a la región de los muertos.
Así nos habremos dado en préstamo los unos a los otros.

Ya he venido,
me pongo de pie,
forjaré cantos,
haré que los cantos broten,
para vosotros, amigos nuestros.
Soy enviado de Dios,
soy poseedor de las flores,
yo soy Temilotzin,
he venido a hacer amigos aquí.


ENIGMA DEL MÁS ALLÁ (Anónimo, de Chalco)
(Version de A.M. Garibay K.)

¿Qué es lo que piensas?
¿Qué es lo que meditas, amigo mío?
¿Es que no te place tomar el canto?
¿Es que no deseas las flores que da la vida
¡Goza al lado del atabal
y aléjate cuando gustes!
Mariposa florida entre los hombres pasa:
¡liba la miel de nuestras flores!
Con nuestras flores, con nuestros banicos,
con nuestras pipas de tabaco se entrelaza
y se detiene allí a gozar al lado del atabal*.
¿Dónde iré, dónde iré?
¡No es que todos nos vamos al reino de los descarnados?
¡Con todo aquí en la tierra es el lugar de la unión!
¡Todos nos vamos, todos nos vamos
a la Casa del Sol:
nadie por largo tiempo en la tierra perdura
y nadie dice, al fin: ¿Dónde están mis amigos?

*[Atabal= tamboril]


EPíLOGO EN LOOR DE LOS POETAS (Anónimo, parte
de los poemas llamados de Huexotzinco)
(Versión de A.M. Garibay K.)

Oh, príncipes, vosotros vivísteis en cantos,
abrísteis cual flores vuestras corolas:
yo sólo soy un tejedor de grama, yo Tochihuitzin:
acá ha llegado el sartal de flores.

El tamboril y las sonajas las mueve el que da la vida:
vosotros habéis escrito en libros pintados vuestros cantos,
y los váis abriendo en el lugar de los atabales:
Motenehuatzin, cual árbol que se mece,
con las flores de la guerra da placer al dios.

[Animación a la guerra, "institución formidable que gravita-
ba sobre las almas y absorvía todas sus actividades", dice el
mismo Ángel Ma. Garibay K.]


CANTO DE LOS PÁJAROS, DE TOTOQUIHUATZIN
(Versión de Angel Ma. Garibay K.)

Estoy tañendo el tamboril: gozaos amigos míos.
Decid: Totototo tiquiti tiquiti.

Las flores benignas digan en casa de Totoquihuatzin:
Toti quiti toti totototo tiquiti tiquiti.

Gócese alegre la tierra: totiquiti toti.
Toti quiti toti totototo tiquiti tiquiti.

Es de piedras finas mi corazón: totototo,
son de oro las flores conque me aderezo:
variadas flores son mis flores que algún día daré en homenaje:
Toquiti toti. Oh, qué canto: tiquiti tiquiti.

Ea, en tu corazón entona el canto: Totototo.
Aquí ofrezco vergeles de rosas y libros pintados:
Toquiti toti -que algún día daré en homenaje.
Toquiti totiquiti tiquiti tiquiti

[Interpreto que se representan aquí, por el título del poema,
los cantos de los pájaros]


SE HA PERDIDO EL PUEBLO MEXICATL (Estos cantos
son llamados Icnocuicatl, "cantares tristes" y pertenecen a
los últimos días del pueblo azteca, ya derrotado)
(Versión de A.M. Garibay K.)

El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco.
Por agua se fueron ya los mexicanos;
semejan mujeres; la huída es general.

¿Adónde vamos? ¡Oh, amigos! Luego ¿fue verdad?
Ya abandonan la ciudad de México:
el humo se está levantando; la niebla se está extendiendo...

Con llanto se saludan el Huiznahuácatl Motelhuihtzin,
el Tlailocátl Tlacotzin,
el Tlacatecuhtli Oquihtzin...

Llorad, amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho el dador de la vida en Tlatelolco.
Sin recato son llevados Motelhuihtzin y Tlacotzin.
Con cantos se animaban unos a otros en Acachinanco,
ah, cuando fueron a ser puestos en prisión allá en Coyoacán.


Y TODO FUE DESTRUIDO
(De M.A. Asturias, fuente original no citada)

...Todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos,
nosotros los admiramos.
Con suerte lamentosa nos vimos angustiados.
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos, es como haber bebido agua de
                                                                            salitre.
Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red de agujeros.
En los escudos fue su resguardo:
¡pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad!
Hemos comido palos de eritrina,
hemos masticado grama salitrosa,
piedras de adobe, ratones, tierra en polvo, gusanos.
Todo esto pasó con nosotros.

[Me doy cuenta ahora de que se trata de una adaptación que
hiciera Miguel Angel Asturias de un poema que aparece en
"Visión de los vencidos", de A.M. Garibay K., llamado
"Los últimos días del sitio de Tenochtitlán". Tomado de un
manuscrito indígena de 1528 y que proviene de los "Canta-
res Mexicanos".]


CANTO DE AMOR (Mujer de la Sierra de Tamaulipas)
(Versión RR de Daniel Brinton)

No sé si tú has estado ausente:
me acuesto contigo, me levanto contigo,
en mis sueños estás conmigo.
Si las gotas tiemblan en mis oídos,
sé que eres tú moviéndote dentro de mi corazón.

 


 A mi entender, los aztecas suscitan dos grandes preguntas.
La primera de ellas es: ¿cómo se explica que un pueblo ten-
ga dioses tan crueles, a los que hay que satisfacer ofreciéndo-
les en tributo no símbolos, sino corazones reales y en gran-
des cantidades? La intuición de Bataille me parece que res-
ponde en buena medida a esta pregunta. Esto me recuerda
el comentario que hizo más de una vez Wilhem Reich: "no
hay que preguntarse por qué la gente hace huelga, sino más
bien por qué la gente trabaja". En otras palabras, se puede
plantear la afinidad de los aztecas en forma paradojal. ¿Có-
mo es que no ha habido muchos más pueblos tan próximos
a la muerte? Al leer sus poemas, se percibe rápidamente en
ellos la preocupación constante por el tema del paso del tiem-
po y de la futilidad de la vida. ¿Causa o consecuencia de sus
creencias religiosas? ¿Hasta dónde la cultura moldea a sus
individuos? Por supuesto que ha habido otros grandes cultos
a la muerte, dos de ellos en pleno siglo XX, en ambos casos
conducidos por místicos laicos.
 La segunda pregunta es: ¿cómo entender que un ejército tan
poderoso -y agresivo- como el ázteca se haya sometido a las
mucho menores tropas (numéricamente hablando) de Hernán Cortés? En este caso se puede apelar a los diversos Códices
preservados. Éstos narran la historia de la conquista desde
diversos ángulos. Hay tres grandes grupos de textos: los que
cuentan la cosa desde el punto de vista de los mexicanos,
(los 2 más conocidos son el Códice florentino y los Anales
históricos de Tlatelolco); los relatos provenientes de regio-
nes en las que Cortés reclutó a sus aliados, como el Códice
Aubin (de Tlaxcala), y el relato de Diego Durán, de Texco-
co; y un tercer grupo proveniente de los aliados de Cortés-
básicamente el Códice Ramírez y el de Tlaxcala (con texto
de Muñoz Camargo). El famoso Sahagún trasmitió el más
indígena de los textos, el Códice florentino.
 La historia relatada en esos diversos textos es la misma, só-
lo que enfocada desde distintos ángulos. Pero todos ellos ha-
blan de una serie de hechos que han sido considerados la
más plausible explicación de la conducta de los aztecas ante
los conquistadores. Se trata de los presagios. El libro trans-
mitido por Sahagún refiere ocho prodigios que fueron consi-
derados por los aztecas como signos anunciadores: un incen-
dio, un rayo, un cometa, las aguas del lago que hierven, hom-
bres de dos cabezas, una extraña voz de mujer, otros cometas
y, finalmente, un pájaro con diadema. También algunos otros
hechos: un águila que se lleva a un campesino, interpretado
como "ya se le acaba su mando y su soberbia". La hipótesis
de Tzvetan Todorov, es que estos 'presagios' y 'prodigios'
fueron o bien fabricadas a posteriori o bien se trata de "pros-
pecciones retrospectivas". En otras palabras, ciertos aconteci-
mientos reales, existentes, fueron luego de la conquista inter-
pretados como anuncios o anticipos de la catástrofe que iba a
tener lugar. Para Todorov, en el mundo azteca no puede suce-
der nada nuevo o sin razón: sólo puede producirse lo que ya
ha sido anunciado. Esa es su concepción del tiempo, dice el
filólogo de origen búlgaro: que cuando surge un aconteci-
miento totalmente inédito, como la aparición de los españo-
les, se tratará de trasponer ese hecho a un esquema preexisten-
te para hacerlo al menos parcialmente aceptable. De hecho,
desconcertado, Motecuhzoma (el último rey azteca), intenta
encontrar indios ancianos para consultarlos acerca de este he-
cho inexplicable, buscando en el pasado antecedentes que le
permitan ubicar en la cadena del tiempo y de la razonabilidad
esto que le resulta incomprensible,
 El Códice florentino refiere así esta circunstancia:

 Ningún conocimiento aquí, verdaderamente nada,
ni ninguna palabra se decía respecto de los españoles,
antes de que llegaran aquí, antes de que se conociera su
                                                                       [reputación.
Apareció primeramente un presagio desafortunado en el
                                                                                [cielo,
se asustaron, como si se tratara de una flama...

Todorov dice que no hay contradicción en estas líneas: que
justamente porque no se sabía nada de los españoles, hubo
que buscar anuncios de alguna clase de su llegada.

Esos dioses que Cortés y sus hombres significaron para los
mexicas (más allá de si lo eran por el color de la piel o por
los caballos o por las armas de fuego o por las embarcacio-
nes que los traían de ultramar), no podían ser sino Quetzal-
cóatl, un dios y rey legendario que había sido expulsado de
su trono y que había prometido volver algún día.
Un destino, entonces. El destino de los aztecas parece haber
sido que un día vendrían dioses vengativos. Y en su lugar
vinieron éstos, extraordinariamente crueles 'dioses' a segar
sus vidas, su historia y su soberbia guerrera, por algo más
que "un puñado de oro".
De hecho, la conquista de América cambió el destino del
mundo, enriqueciendo inmensamente a los sanguinarios ven-
cedores, que esperaban allá lejos, en sus tronos, los resulta-
dos del proceso "cristianizante y civilizatorio". Nada menos
que los preámbulos de la modernidad, y el germen pleno
del capitalismo.(5)


BIBLIOGRAFÍA

Ángel Ma. Garibay K. Poesía indígena de la Altiplanicie.
Univ. Autónoma de México. 1962.
Miguel León-Portilla/ Ángel Garibay K. Visión de los venci-
dos. Relaciones indígenas de la conquista. Univ. Autónono-
ma de México. 1972.
Miguel León-Portilla. Trece poetas del  mundo azteca. Sep/
Setentas, 1972.
Ángel Ma. Garibay K. La literatura de los aztecas. Joaquín
Mortiz, 1974.
José Luis Martínez. Nezahualcóyotl, vida y obra. FCE, 1972.
Miguel Angel Asturias. Poesía precolombina. Fabril, 1960.
Georges Baudot/ Tzvetan Todorov. Relatos aztecas de la con-
quista. Grijalbo, 1983.
Margot Astrov. American Indian Prose and Poetry. Capri-
corn, 1962.
Georges Baudot. Las letras precolombinas. Siglo XXI. 1979.
Ricardo Piqueras. La conquista de América. Antología del
pensamiento de Indias. Península, 2001.
Fray Ramón Pané. Relación acerca de las antigüedades de los indios. Siglo XXI, 1987.
Xokonoschtletl. Lo que nos susurra el viento. La sabiduría
de los aztecas. Plaza Janés, 1998.
Michel Surya. Georges Bataille. An Intellectual Biography.
Verso, 2010.
Tzvetan Todorov. La conquista de América: la cuestión del
otro. Siglo XXI, 1982.
También ver: Luis de Zulueta. El rapto de América, una edi-
ción de 1952.
M. Leon-Portilla/ A. Barrera Vasquez/L. González/ E. De la
Torre/ Ma. Velazquez. Historia Documental de México. To-
mo I. Univ. Nacional Autónoma de México, 1974.
Walter Krickerberg. Mitos y leyendas de los aztecas, incas,
mayas y muiscas. FCE, 1980.
Ronald Wright. Continentes robados. América vista por los
indios desde 1492. Anaya & Mario Muchnik, 1994.
Es muy recomendable, en inglés, el libro de Miguel León-
Portilla & Earl Shorris: In the Language of Kings. An An-
thology of Mesoamerican Literature- Pre-Columbian to the
Present. W.W. Norton, 2001. El libro de más de 700 págs.
está dividido en tres partes: Los Nahuas mexicanos, los Ma-
yas y Otro pueblos Mesoamericanos.
Alberto M. Salas. Para un bestiario de Indias. Losada, 1968.


La escultura que encabeza esta publicación es una "Serpiente de dos cabezas"
hecha en turquesa y que está en el Bristish Museum. (3)

La escultura en piedra de arena corresponde a un observador de la Corte. Se
encuentra en el Metropolitan Museum de Nueva York.


(1) Ciertos Códices aztecas refieren que Huitzilopochtli era
un dios menor, al que se representaba con escudo y jabalina
en mano y munido de una armadura de plumas de pájaro mos-
ca. Uno de los informantes de Sahagún lo describe como "can
maceoalli, can tlacatl catca, naualli, tetzauitl": "un hombre
corriente, sólo un hombre, un brujo, una aparición".

(2) "no sólo abrían el pecho de las víctimas para arrancarles
el corazón y presentárselo al Sol, sino que también hacían
danzar, en honor de las diosas terrestres, mujeres vestidas
y adornadas como ellas que decapitaban con un gesto pare-
cido al de los campesinos que cortan con un golpe seco una
espiga de maíz; había víctimas que se arrojaban a la laguna
para apaciguar a Tlaloc, y unas que quemaban para celebrar
el dios del fuego y otras que se mataban y después desolla-
ban en los ritos de Xipe Totec, el dios de los orfebres y de la
primavera; sin hablar del joven perfecto en todos los respec-
tos que se criaba durante un año en medio del lujo más refi-
nado antes de sacrificarlo a Tezcatlipoca, ni de las jóvenes
cortesanas sacrificadas en ofrenda a su graciosa patrona Xo-
chiquetzal. De las 18 fiestas anuales que se celebraban en
México cada veinte días, apenas hay cuatro, según el Códi-
ce florentino que no hayan visto correr la sangre de hombres
y mujeres sacrificadas." Jacques Soustelle. Los cuatro soles.
Origen y ocaso de las culturas. Guadarrama, 1969.

(3) La serpiente de turquesa, o xiuhcoatl, viene de xiuitl,
"turquesa" como equivalente del fuego tletl, y en el lengua-
je teológico es el arma del dios solar Huitzilopochtl.

(4) Los himnos rituales eran muy arcaicos. Sahagún opina
que "se cantan sin poderse entender lo que en ellos se trata".
En cambio Durán (cit. por José Luis Martínez), dice:
"Todos los cantares de éstos son compuestos por unas me-
táforas tan oscuras que apenas hay quien las entienda, si muy
de propósito no se estudian y platican para entender el senti-
do de ellas. Yo me he puesto a propósito a escuchar con mu-
cha atención lo que cantan y entre palabras y términos de la
metáfora, y paréceme disparate y después, platicado y confe-
rido, son admirables sentencias, así en lo divino que agora
componen, como en los cantares humanos que componen."

(5) Entre los años 1503 y 1660, llegaron a San Lucas de Ba-
rrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata,
provenientes de América. Uslar Petri afirma que el arranque
del capitalismo y la actual civilización europea, se deben a
la inundación de metales preciosos arrancados de América.

(**) La única cuestión que no anuda bien en esos lazos aso-
ciativos es que las múltiples menciones de pájaros así como
su notable arte plumaria, se refieren justamente al plumaje
de estas aves diversas (son muchas las descriptas, sólo men-
ciono a las más conocidas: el huitzitzilin dotado de "pluma
rica" y el quetzaltótotl, cuyas plumas de la cola verdes y res-
plandecientes, eran muy valoradas). No he leído, en cambio,
una sola referencia al canto de estas aves.

NOTA
 Siempre he sentido un fuerte rechazo por la civilización az-
teca. Mis acercamientos eran sólo a la obra de Nezahualcó-
yotl y su poesía metafísica. La lectura de la biografía de G.
Bataille me generó la intriga acerca de por qué los aztecas
obedecían a dioses tan crueles. En realidad, crueles para los
demás. Pero ahora, al preparar esta nota, y comprender cómo
su ideología acerca del sacrificio y de la muerte los llevó a la destrucción, veo cómo una cultura puede virar por la influen-
cia de un personaje histórico, como lo fuera, en este caso,
Tlacaélel. Y cómo el destino de un pueblo se juega en el pla-
no de la coincidencia entre ciertas 'ideas' (como el origen bár-
baro o inferior de estos chichimecas) y ciertas 'real-idades'
históricas (lo contingente), como la llegada de los conquista-
dores. 




 

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