martes, 14 de febrero de 2012

LOS TRES RELATOS

1. COMO EN UN SUEÑO

Como en un sueño desmontaban un caballo tras otro la fila
pareciendo interminable cada jinete distinto uniforme al des-
montar un amague de palmada a los mozos de cuadra que
aparecían en el momento exacto también vestidos para la
ocasión pero en este caso todos de la misma manera y toma-
ban las riendas con un gesto confirmatorio y el jinete seguía
un camino al parecer trazado hacia el interior de un gran edi-
ficio que no se podía saber desde donde estábamos situados
si se trataba de un cuartel general o de un palacio pero debía
ser realmente inmenso ya que los jinetes seguían llegando de
uno en uno y desmontando y caminando algunos con unifor-
mes de gala cuyo origen no podríamos precisar y grados de
los que no teníamos noticias y al caminar hacían gestos como
llevar la mano al sombrero o al casco o en otros casos salu-
dando no se sabe a quién con una venia o bien alzando un
brazo o con la mano derecha estirándose la casaca y todo esto
siguiendo un cierto ritmo ya que al ir ingresando los hombres
al cuartel o al palacio nuevos hombres estaban arribando al
lugar del desmonte y se turnaban rápidamente los mozos de
cuadra ágiles y exactos y asimismo la hilera de jinetes tam-
poco parecía tener fin y así pasamos mirando buena parte de
la noche observando todo lo que podíamos desde nuestros
asientos sin que ocurriese nada inesperado
Antes del amanecer entramos al gran salón iluminado


2. QUÉ RETORCIDO ESPECTÁCULO

¡Qué retorcido espectáculo! Uno en uno, como lo ha ordena-
do de seguro su "Suprema Majestad", vienen a rendirlo todo,
incluyendo los honores. Y sin duda ha sido con ese propósito
que esa suerte de túnel, de corredor por el cual deben aproxi-
marse al lugar donde desmontan, el desembarcadero, como lo
llamo yo, produce que las bestias vengan chapoteando en me-
dio de riachos de bosta.
No hay un sólo caballo que no lance su carga de estiércol al
acercarse a la meta, tal vez estimulado por olores que los hu-
manos no alcanzamos a distinguir de la mierda, o asustados
por la muchedumbre que mira y absorbe cuanto puede de la
grotesca escena. Cada cabalgadura que llega agrega su lodo
propio al ya de por sí profundo lodazal del camino. El sonido
que producen normalmente los cascos se encuentra amordaza-
do por esa especie de mullida e inquietante alfombra semilí-
quida. Es más audible el sonido de las nuevas deyecciones.
La bosta humeante, de hecho, recién cocinada, se mezcla con
la bosta ya fría pero aún fresca, que revuelven con sus patas los nerviosos animales.
Y entonces surgen a ultísimo momento los zagales de cuadra,
(los mayorales de la cuadra ni asoman la nariz) ya baña-
dos en mierda hasta el cuello, de tal manera que parecen vestir uniformes, a tomar como puedan las riendas de la bestia, mien-
tras cada jinete busca con lógica desolación un lugar menos profundo de la inmunda pasta para apearse. Hombres que han luchado en terribles batallas, héroes y criminales venidos desde lugares remotos, según dan a entender sus desparejos uniformes, haciendo patéticos intentos por recomponer su ya definitiva-
mente afectada dignidad: tics, gestos insensatos, movimientos compulsivos e involuntarios, mientras se dirigen al desconocido
interior del Inexpugnable. Las tropas derrotadas de tantas nacio-
nes y regiones del vasto continente intentando no resbalar en las marismas que aún se balancean de un lado a otro del desembar- cadero, como un funesto pantano que amenaza con tragárselos.
Ahí van, uno tras otro, a presentarle al Supremo sus creden-
ciales vencidas y a rogar su deferencia.
Entre tantos uniformes de tan diversos colores, no he alcanza-
do a visualizar a ningún representante oficial.
Ligeramente drogado por el insoportable tufo que ha embotado
el aire, dejo mi asiento sin pesar.


3. SOY MAGUER DE HOLUVIA

Soy Maguer de Holuvia. Ante la mención de mi nombre, no
pocos han temblado. El Terror de los Bosques Orientales, así
me llaman o llamaban. Circunstancias que el destino ha mane-
jado tan a su antojo como yo he conducido a naciones enteras
durante años, me han traído a estas filas. Los deseos de los
dioses nunca dejan de asombrarme. ¿Porqué podrían querer
ellos que yo estuviese hoy alineado con Rupert de Brandinen,
con el Duque de Groesse, con el Mariscal Milut, con innumera-
bles coroneles y tenientes y vulgares capitanes de tropas que
nunca estuvieron a mi altura? ¿Por qué pueden haber querido
que asistiese hoy con mi uniforme incompleto, muertos mis
mejores asistentes, debiendo ser vestido por un mancebo que
no ha recibido la menor preparación, si una vez en viaje me doy
cuenta de que me ha provisto de un sable capturado a los sar-
cinos, en lugar del sable ritual de mis ancestros? Ese del uni-
forme blanco, el Coronel Fijudi, ¿cómo no está muerto? Envió
a sus hombres a una muerte segura en los montes albinos, don-
de desde las alturas eran arrancados como hojas, a veces de a
una, pero otras veces de a montones. Libros enteros de hombres,
arrancados en un par de horas. ¡General Gunnar Staklesson!
Enlistó a los niños, los ancianos, las mujeres. Le encantan las
masacres, sin importarle demasiado el resultado de los comba-
tes. ¿Qué hace aquí? ¿Quién puede querer reunir a los sabios,
estudiosos de la guerra, aquellos que cuidan a sus tropas como
a sus propios hijos, con locos asesinos de niños, incendiarios de
pacíficas colonias de refugiados o de lisiados de guerra?
¿Nos espera alguna clase de justicia? No, no es preciso respon-
derme. Habrá, por cierto, ahí, en el interior luminoso como de
una poderosa lámpara en la totalidad de la noche, alguna suerte
de justicia. A eso se nos ha convocado. Todo aquel que ha lu-
chado, matado, visto morir aullando a sus mejores compañeros,
intuye desde lo más profundo de la resaca de dios que nos ha-
bita, que hemos vivido esperando esto, precisamente esto: una
justicia cualquiera, arbitraria, despótica, absurda tal vez o casi
con seguridad, pero una justicia al fin. Que ponga término a los
actos imparables e interminables. Aunque nos decapite a TO-
DOS. Algo que cierre este hálito que nos empuja hacia la gue-
rra, la masacre y el dominio. Aunque deba mutilarnos a cada
uno, arrancarnos los ojos, cortar todos nuestros miembros. Na-
da puede llamarse "cruel" después de todo lo que hemos visto y hecho.
El interior del Castillo, al acercarse, es una bella fiesta de flo-
res y de frutos, de bebidas intensas y mujeres hermosas e insi-
nuantes. El Salón, en efecto es tan amplio como una ciudad.
Noto la sopresa en los otros, Pochevski, uniforme azul; el cé-
lebre Señor de Jaddaliyya, en su negra túnica de guerra; Vikttor,
el pequeño pero refinado tenientillo que devoró la carne de la
familia Real de Tilde y se convirtió en Emperador de sus culti-
vadas tierras. Los conozco a todos, también a los bárbaros. Así
se los ha seguido llamando, burlonamente, claro, porque cual-
quiera de nuestros ejércitos era tanto o más 'bárbaro' que ellos.
Pero no olvido que seguramente hemos venido a recibir justi-
cia, o bien a su hermano de acción: el ajusticiamiento.

Los círculos concéntricos e hipnóticos del Gran Salón nos as-
piran a su centro. Nos conduce una música dulce, en realidad
la música más dulce que puede haber existido nunca.
Parece ser que el Supremo no ha venido.
La hija de Radwichuk, el Carnicero de los Zirdstanes me sonríe
al mirarla. Sabe cómo alzar la barrera de su extraordinaria belle-
za con una mirada.
Esta música. Esta música que me conduce lejos, afuera del mun-
do humano.
¿Quiere acaso decir que los dioses sí han venido?
¿Y que estamos todos en sus impredictibles manos?

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