sábado, 31 de diciembre de 2011

¡AL RESCATE! ULTIMOS AÑOS DE ANTONIN ARTAUD

                                Autoretrato a los 19 años, Marsella (1915)


Reproduzco en esta nota fragmentos del capítulo que Paule
Thévenin titulase "Antonin Artaud" en una edición chilena
de la Ed. Nascimiento, de las "Actas Surrealistas", recopila-
das por el escritor chileno Braulio Arenas que fuera publi-
cada durante la dictadura pinochetista, en 1974.
Parece ser que los más revolucionarios se le escurrían al
régimen.
Me recuerda algo que me contó el gran escritor uruguayo
Eduardo Galeano: resulta que durante el período de la
dictadura en su país, los militares fueron a su casa y revi-
saron de punta a punta su bibloteca, buscando elementos
subversivos. "Entonces", cuenta con una sonrisa Galeano,
"me incautaron un libro sobre el Cubismo, pensando que
se refería a Cuba, y dejaron en el estante >Las venas abier-
tas de América Latina<, creyendo que se trataba de un libro
de medicina."

                                         Con el Dr. Gaston Ferdière, en Rodez, justo antes
                                            de ser liberado del Asilo (24 de Mayo de 1946)
                                       
       ANTONIN ARTAUD por Paule Thévenin (con traduc-
ción de Delia Ayala)

"He aquí algunos recuerdos sobre los últimos años de la vida
de Antonin Artaud.
Debo decir que yo estaba ligada por la amistad a Marthe Ro-
bert ["Y ví a Marthe Robert de París, la ví desde Rodez a Pa-
rís, doblada de rabia en un rincón de mi habitación sellada,
justo enfrente de la mesa de luz, como una flor extirpada con
rabia, en el apocalipsis de la vida" A.A.*] y Arthur Adamov.
En 1946, los dos habían tenido acceso al asilo de Rodez para
visitar a Antonin Artaud y discutir con el Dr. Ferdière, médi-
co jefe de este asilo, las posibilidades de sacarle de allí. (An-
teriormente, en 1945, Jean Dubuffet y su esposa habían visi-
tado a A.A.)
(...)
"Entré. Vi a un hombre que escribía, de pie, en un cuaderno
colocado encima de la chimenea. Se volvió y me miró. A pe-
sar de su mediana estatura, la manera que tenía de voltear la
cabeza, el brillo de su mirada, el azul tan intenso de sus ojos,
destacaban su actitud, no obstante su excesiva delgadez, los
estragos marcados sobre su rostro debido a diez años de pri-
vaciones (no tenía dientes), había en él algo de regio.
(...)
"Así conocí a Artaud. Días más tarde, vino a cenar a casa.
Eramos numerosos y muy jóvenes en ese tiempo. Sin duda
se encontraba a gusto entre nosotros; comenzó a venir cada
día; si al salir se sentía muy fatigado, mandaba llamar por te-
léfono a uno de nosotros para ir rápidamente a verlo.
Quizás esto parezca sorprendente. La imagen que ofrecen de
Artaud está generalmente fuera de la realidad. Ciertamente,
él exigía mucho de los que le amaban, pero era tan atento,
aunque no lo pareciese, y de una gentileza tan grande. Poco
tiempo después de nuestro primer encuentro, vino una tarde
a casa con un enorme ramo.
(...)
Artaud había llegado a esto, lo cual es raro: supo dar un sen-
tido a su vida, e igualmente, a la vida. Uno no puede quedar
insensible a esto. Todo lo que él decía parecía, en el momen-
to en que lo decía, tan evidente, de tal verdad, él mismo era
esa verdad a tal punto que uno lo admitía totalmente.
Un día, en el bulevar Saint-Germain, me había dicho:
-No sé nada, o más bien yo sé, y quizás es peligroso decirlo,
que no es el sentido lo que crea las palabras, sino las pala-
bras las que crean el sentido.
Casi podía decirse de Artaud que él creaba la realidad.
Cualquiera que se le acercaba lo sentía. De esta manera, ha-
biendo conservado de su juventud la costumbre de hacerse
afeitar, iba cada día a casa de un barbero en la calle de la Al-
caldía, en Ivry. Más tarde, fue el barbero quien vino al sana-
torio. Se llamaba Monsieur Marcel y generalmente llegaba
un poco después de las doce. Con paso cauteloso, como un
ministro, en la mano un maletín con los pertrechos, penetra-
ba en la habitación de Artaud, quien muchas veces todavía
estaba acostado. Monsieur Marcel sacaba sus instrumentos y
actuaba. Durante todo ese tiempo Artaud le entretenía con la
afabilidad más grande y en la manera como M.M. le contes-
taba, en la paciencia de afeitarle, había una deferencia y una
ternura que no eran fingidas. Ninguna obsequiosidad, el respe-
to más grande, ese respeto que los antiguos debían sentir por
el Poeta. Vi un día a M.M. bañado en lágrimas: Artaud le
acababa de entregar un ejemplar dedicado del Van Gogh.
(...)
Otro ejemplo, igualmente significativo, aunque más gracioso.
La conserje de nuestro edificio, buena mujer, pero deseosa de
demostrar su autoridad, vigilaba un día desde su habitación la
llegada de Artaud, a quien ella debía hacerle algunas observa-
ciones porque, el día anterior, con las ventanas abiertas, éste
se había dedicado a recitar unos poemas de Gérard de Nerval
y su declamación había pasado los límites de nuestro aparta-
mento. Apenas ella abrió la boca, cuando él la detuvo:
-¡Cállese! ¡Si usted insiste en prohibirme declamar unos ver-
sos de Gérard de Nerval, la transformo inmediatamente en
una serpiente con cabeza plana!
Y la dejó desconcertada al pie de las escaleras. El nos contó,
con mucho humor, el incidente, tanto más divertido cuanto
que la conserje era una bretona con la cabeza singularmente
aplastada.
(...)
Este humor tan propio de Artaud era uno de los elementos de
su seducción. En cierta ocasión en que había llegado bastante
tarde a Ivry [un sanatorio privado en el que permaneció a la
salida de Rodez], se dio cuenta de que había olvidado en su
cuarto las llaves del portón. Todo estaba cerrado, era inútil
buscar un taxi a esa hora y en las afueras; se dispuso a esca-
lar las rejas. Imposible, eran demasiado altas. La pared con-
tigua al pabellón donde se alojaba, igual. Dos agentes de po-
licía que habían visto su manejo le interpelaron. Les explicó
su dificultad, señaló el lugar donde se encontraba su habita-
ción, se mostró tan persuasivo que finalmente los agentes le
hicieron la escalera de mano y le alzaron sobre la pared. Con-
tándonos esa hazaña, Artaud añadió:
-Y se pudo ver ese espectáculo extraordinario: ¡dos policías
ayudando al pensionista de un sanatorio a escalar la pared
para regresar a la casa de salud!
(...)
Artaud trabajaba sin descanso. A cada instante; en cualquier
lugar, bien sea en la mesa, en el metro, en compañía de ami-
gos, por muy incómoda que fuese su postura, extraía de su
bolsillo uno de esos cuadernitos de escolar que él llevaba a
todas partes, y escribía o dibujaba. Le ocurría acompañar su
trabajo con canturreos rimados, haciéndolo en un lenguaje
inventado por él.
(...)
Las últimas semanas repetía con frecuencia:
-Ya no tengo nada que decir, ya dije todo lo que tenía que
decir.
Declaraba que no escribiría más.
Un día, no se había quitado todavía el abrigo, cuando dijo:
-Les anuncio que no escribiré nunca más, ya escribí todo.
Además, fíjense que no tengo cuaderno.
Y mostró el bolsillo interior de su chaqueta, sin el acostum-
brado cuaderno. Riéndome, le contesté que no le creía. En-
tonces, con ostentación, se instaló en una poltrona y se cru-
zó de brazos. Fui a terminar con un trabajo al otro extremo
del apartamento. Al regresar, le oí (y el tono de su voz era
de una cortesía incomparable) que pedía a mi hija:
-¿Mi pequeña Dommine, quieres, te lo ruego, ir a comprar-
me un cuaderno en la papelería?
(...)
En la mañana, cuando murió, estaba solo: no creo que hu-
biese querido tener testigos. Ni "el conde impensable de
Lautrèamont", ni Edgar Poe "sobre su alcantarilla en Balti-
more", ni Gérard de Nerval "ahorcado en un farol", los tu-
vieron.
(...)
"Todas nuestras ideas acerca de la vida deben reanudarse"...
y prefiero ponerme de parte de Maurice Blanchot cuando
escribe: (...) 'es la exigencia de la poesía de modo tal que
ésta no puede realizarse sino rechazando los géneros limi-
tados y asegurando un lenguaje más original, cuya fuente
será tomada en un punto aún más escondido y más aparta-
do del pensamiento'".

PAULE THÈVENIN fue secretaria y amiga de Artaud. Ac-
tualmente se encuentra en juicio con los 2 hijos de la herma-
na del poeta, Serge y Ghislaine Malausséna por los derechos
de publicación de sus Obras Completas.
*Agregado mío, extraído de un texto de A.A. llamado "Frag-
mentaciones"

                                           Ultimos años, ya en Ivry. Foto: Georges Pastier

jueves, 29 de diciembre de 2011

CONDUCTORES 2: LAHORE

Relecturas: volví a tres libros de Marguerite Duras que ha-
bía leído entre el '92 y el '98. "La vida material", "Los ojos
verdes" y ""El mundo exterior". Los tres reúnen ensayos
más o menos breves, comentarios y disgresiones. En "Los
ojos verdes", aparece, como una notita colgada en la pared,
 'El libro. La película', un texto de media página donde dice:
"Esta mañana, me obligaba a confrontar el final de Vicecón-
sul con un texto que escribí hace muchos años y me pregun-
taba si lo había repetido al final del libro. Volví a leer, pues,
una parte de Vicecónsul. Cosa extraordinaria: me dí cuenta
de que había olvidado el libro." Por supuesto que eso me
llevó a releer El Vicecónsul del que sólo recordaba vagamen-
te algunas imágenes y que era uno de los libros de Duras que
más me había gustado.
El Vicecónsul es un personaje un tanto misterioso, que se
encuentra en 'espera' en Calcutta, ya que se habían producido
hechos graves durante su gestión en Lahore.
Al día siguiente de esta vuelta al libro de Duras, abro "Ca-
rrying Over", un libro de Carolyn Kizer que reúne páginas
de diario de viaje por Pakistán, junto a traducciones de varios
idiomas, como suele hacer esta políglota autora.
Suelo escribir cosas del momento en la última página de los
libros que voy leyendo:

FRIO
Leo desde adentro de la bufanda
un poema de Tu Fu
en el que se queja del calor
"¡si pudiese caminar sobre hielo, con mis pies descalzos!"
Cada vez que mi nariz exhala
el aire nubla y rubia levemente
mis anteojos de lectura
El pasado pasa
como ráfaga
velando el presente
(En el tren, 1° de julio, 2009)

Sigue así: "leo pág. 48: FLU EPIDEMIC RAGES IN LAHO-
RE". Precisamente, la bufanda cubriéndome la cara es preven-
ción y consecuencia de la epidemia de gripe porcina, que aso-
la Buenos Aires en estos días".

En ese libro, subtitulado"Poems from the Chinese, Urdu, Macedonian, Yiddisch, and French African",  Kizer traduce al inglés un poema de Faiz Ahmed Faiz, 'el mayor poeta Urdu
del subcontinente'. Faiz es un poeta pakistaní, (1911-1984).

El poema dice:

BANGLA DESH: III
RETOMADO DESPUÉS DEL HOLOCAUSTO, 1973

GHAZAL

¿Quiénes son los extranjeros ahora, después de nuestros años
                                                                        de fácil amistad;
Cuántas veces debemos reunirnos, antes de reencontrarnos?

¿Cómo podemos reclamar aquella vieja camaradería?
¿Cuándo volverá el ojo a ver esa primavera de impecable
                                                                                      verde?

¿Cuántos monzones se requieren
Para lavar las manchas de sangre?

Despiadado, despiadado fue el momento en que el amor
                                                                                terminó.
Crueles, crueles fueron las mañanas, dsepués de las noches
                                                                              de ternura.

Mientras el dolor no daba respiro, el corazón añoraba
Discrepar con los amigos de nuevo, después de las plegarias
                                                                           por el perdón.

Pero la palabra que he venido a pronunciar,
Con el ofrecimiento de mi vida como sacrificio,

Esa palabra de reconciliación permaneció sin ser pronunciada
Después de que todo lo demás hubiese sido dicho.

Faiz Ahmed Faiz murió en Lahore en 1984.
El Lahore en el que Kizer leyó un panfleto, llamado "La
Constitución Islámica" publicado por el Khatib de una mez-
quita de la ciudad y firmada por diez ulemas : 'No se pasa-
rán películas en los cinematógrafos excepto aquellas que
tengan un elenco totalmente masculino'. Ordenaban, asi-
mismo la abolición de los bancos y de las aseguradoras y
la reinstauración de la esclavitud.
Y un pequeño agregado de Kizer (pág. 47) "la mezquita
de Bad Shahi, mi estructura favorita en el mundo - ésta, y
el Fuerte de Lahore y la tumba de Jahangir, dos millas afue-
ra de la ciudad, que hacen que el Taj Mahal parezca tallado
en piedra jabón, a mi gusto".

Estos casi intangibles senderos que apenas se cruzan y que
apenas se bifurcan, son trazados en el verano de Buenos Aires,
un 29 de diciembre, en el que un escritor(!) opinó en Clarín
Sociedad que es más que suficiente que los jóvenes argen-
tinos conozcan el significado de 240 palabras. Y puede ser,
¿no? Les alcanzan para nombrar los países que hay en el
mundo, por ejemplo. ¿Qué importancia tiene, después de
todo, esta gran estupidez que es el lenguaje? ¿Qué importan-
cia tiene que una vez nombrados los países del mundo ya no
les queden términos ni para decir "pan" o "caca"?
¿Para qué sirve el lenguaje? No sirve para pensar, pensarse,
sentir, nominar las cosas y los hechos del mundo, ni para sa-
ber, ni para referir la historia, ni para describir la naturaleza
de la naturaleza y/o la naturaleza humana.
Supongo que para este señor las múltiples lenguas existen
para complicarse al pepe la existencia.

[Holocausto de Bangladesh, 1971: Tres millones de civiles
asesinados por Pakistán Occidental en Blangladesh (o Pa-
kistán Oriental), por pretender éstos la independencia. Cual-
quier relación con el genocidio de Bosnia-Herzegovina -"Co-
mo si yo no estuviera"- , no es más que una asociación del
lector. Las violaciones masivas de las mujeres, el asesinato
de niños y las espantosas torturas aplicadas a los hombres jó-
venes, igual.]

miércoles, 28 de diciembre de 2011

UNA SERIE DE OBSERVACCIONES

A punto estaba
de decir
"todo es una cuestión de sensaciones"

Reliquias
de la memoria
que despiertan
y se propagan

Así como sale, airoso, el nadador del agua

Abren los pestillos del sueño de alguien
y asoman la cabeza
en esa otra luz,
en ese otro tiempo,
que intentan, enseguida, absorberla

Quién te dice que este cielo abierto
es también imaginario

Entonaciones que cobra de repente
su memoria,
corriendo enloquecida como rollo
o reel
que sobregira

Años sin oir el murmullo del mar
¿puede atribuírseles
alguna especie
poco conocida
de desdicha?
¿De querer saltar de adentro de uno mismo
por una pequeña y altísima ventana?

Cada cuaderno una ciudad en construcción
construcciones irregulares
todas sin terminar

En su idioma las palabras-tornillo
no se dicen, se incrustan
Para ellas todas son cortezas blandas o duras
viven atormentillándose

O en un idioma como si se dijera:
todo estaba escrito con semillas
Si se las alumbra
se les ve respirar la válvula

Idiomas: ¡muy incómodos!
Algunas palabras tienen como diez botones

El escamado de esas calles
que se dirigían de cabeza al mar

Enrabio como otros se embriagan
Sin radio, los rayos giran
a despropósito
en la anarquía de los sentimientos

Lleno de pensamientos-plaga

¡Alas, viento!

Flores servidas
a la lágrima

La ciudad de los heridos,
me dí cuenta recién, ahorita,
se llamaba Puchkó

A veces sopla el viento
y rugen las ocultas hogueras
en el corazón

Algunos se enfrentaron con su destino

Tijereta sin sentido
de ese pájaro

Miradas que hablan
La suya susurra

domingo, 25 de diciembre de 2011

ENHEDUANNA, LA PRIMERA ESCRITORA

ENHEDUANNA, Princesa Lunar Acadia, hija de Sargón
(2334-2279 a.C.), "Rey de Acad, comisario de Innana, Rey
de Kish, sacerdote de Anu, Rey del País, gobernador de
Enlil", quien fundara el primer Imperio del mundo, entre
Persia y el Mediterráneo, nacida circa 2300 a.C., es la pri-
mera persona que une nombre y obra preservados en la histo-
ria de la literatura.
Palabras atribuídas a su padre, el Rey, aparecen grabadas en
tabletas cuneiformes del temprano primer milenio: "Mi madre
sacerdotal me concibió; secretamente me trajo al nacimiento;
me colocó en un arca; hizo trabar mi puerta. Me confió al
río, que no me hundió. El río me trajo hasta Akki, el labra-
dor, quien me condujo a ser su hijo... Durante mi jardinería,
la diosa Ishtar me amó, y durante cincuenta y cuatro años
mío fue el Reinado".

                                      Probable Cabeza de Sargón. Museo Nacional de Irak.
                                                                    ¿Estará, todavía?

Los poemas de Enheduanna están dirigidos a la diosa Sume-
ria del amor, Innana: le habla a una deidad que a veces trae
la felicidad y a veces el desastre sobre la tierra.
Estas 7 estrofas pertenecen a un sólo poema, llamado "La
exaltación de Enheduanna a Innana", que contiene un total
de 18. Representan una muestra parcial de su estilo poético,
y pueden completarse en una segunda presentación, más ade-
lante. Pero ahora, me he atrevido a agregarle otras versiones,
ya que una escritura en una lengua tan antigua (y 'muerta',
como se las llama cuando ya no las habla nadie) seguramen-
te debe originar distintos ritmos, composiciones (son him-
nos, cantos, no hay que olvidarse de eso tampoco) y estilos.
La idea de este trabajo es dar a conocer algún rostro en me-
dio de las palabras. Un rostro facilita -o debería tender a ha-
cerlo- asociar las palabras con un cuerpo viviente: traer de
un fuerte soplido de la memoria del mundo algo muy lejano
y olvidado, al presente.
¡Ah! En la Universidad de Yale se guardan: un disco de 25
cms. de diámetro, en piedra caliza, en el que aparece la ima-
gen de Enheduanna, acompañada por tres mujeres, y las ta-
bulae cuneiformes en los que se hallan inscriptos estos versos.


"LA EXALTACION DE ENHEDUANNA A INANNA"

l. INNANA Y LAS ESCENCIAS DIVINAS

Señora de todas las escencias, luz plena,
buena mujer vestida de esplendor
a quien el cielo y la tierra aman,
amiga de templo de An,
tu llevas grandes ornamentos,
tú deseas la tiara de la alta sacerdotisa
cuyas manos sostienen las siete escencias,
O mi señora, guardiana de todas las grandes escencias,
las has escogido y colgado
de tu mano.
Has reunido las escencias sagradas y las has puesto
apretadas sobre tus pechos.

2. INANNA Y AN

Como un dragón has cubierto el suelo
de veneno.
Como el trueno cuando ruges sobre la tierra,
árboles y plantas caen a tu paso.
Eres una inundación descendiendo desde una montaña,
¡Oh primaria,
diosa lunar del cielo y de la tierra!
Tu fuego sopla alrededor y cae sobre nuestra nación.
Señora montada sobre una bestia,
An te da cualidades, órdenes sagradas,
y tú decides.
Tú estás en todos nuestros grandes ritos.
¿Quién puede entenderte?

3. INNANA Y ENLIL

Las tormentas te prestan alas, destructora de nuestras tierras.
Amada por Enlil, tú vuelas sobre nuestra nación.
Tú sirves a los decretos de An.
Oh mi señora, al oir tu sonido,
colinas y llanuras reverencian.
Cuando nos presentamos ante tí,
aterrados, temblando en tu clara luz tormentosa,
recibimos justicia.
Nosotros cantamos, nos lamentamos, y lloramos ante tí
y caminamos hacia tí a través de un sendero
desde la casa de los enormes suspiros.

4. INANNA E ISHKUR

Tú lo derribas todo en la batalla.
Oh, mi señora sobre tus alas
llevas la segada tierra y embistes enmascarada
en una atacante tormenta,
ruges como una rugiente tormenta,
truenas y sigues tronando, y resoplas
con vientos malignos.
Tus pies están llenos de inquietud.

En tu arpa de suspiros
yo escucho tu canto fúnebre.


5. INANNA Y LA ANUNNA

Oh, mi señora, la Anunna, los grandes dioses,
aleteando como murciélagos delante tuyo,
se vuelan hacia los farallones.
No tienen el valor de caminar
delante de tu terrible mirada.
¿Quién puede domar tu furibundo corazón?
Ningún dios menor.
Tu malevolente corazón está más allá de la templanza.
Señora, tu sedas los reinos de la bestia,
tú nos haces felices.
Tu furia está más allá de la templanza,
¡Oh hija mayor de Suen!
¿Quién te ha negado alguna vez reverencia,
señora, suprema sobre la tierra?

6. INANNA Y EBIH

En las montañas en las que no eres venerada
la vegetación está maldita.
Tú has convertido en cenizas sus grandes entradas.
Por tí los ríos se inflan de sangre
y la gente no tiene nada que beber.
El ejército de la montaña va hacia tí cautivo
espontáneamente.
Saludables hombres jóvenes desfilan ante tí
espontáneamente.
La ciudad danzante está colmada de tormenta,
conduciendo a los hombres jóvenes hacia tí, cautivos.


7. INANNA Y LA CIUDAD DE URUK

Has dicho tu sagrado mandato sobre la ciudad
que no ha declarado:
"Esta tierra es tuya,"
que no ha declarado:
"Le pertenece a tu padre y al padre de tu padre,"
y tú has bloqueado su paso hacia tí,
tu has alzado tu pie y abandonado
su granero de la fertilidad.
Las mujeres de la ciudad ya no hablan de amor
con sus maridos.
Por las noches ellos no hacen el amor.
Ya no están desnudas delante de ellos,
revelando íntimos tesoros.
Gran hija de Suen,
impetuosa vaca salvaje, suprema señora comandante de An,
¿quién se atreve a no venerarte?


DEl "HIMNO A INANNA"

Señora de todos los poderes
En quien la luz aparece,
Una luz radiante
Amada por Cielo y Tierra,
Tiara-coronada
Sacerdotisa del Más Alto Dios,
Mi Señora, tú eres la guardiana
De toda grandeza.
Tu mano sostiene los siete poderes:
Tú alzas los poderes de ser,
Tú los has colgado sobre tus dedos,
Tú has reunido los muchos poderes,
Los has abrochado ahora
Como collares sobre tu pecho.

****

Como un dragón,
Envenenaste el suelo-
Cuando le rugiste a la tierra
En tu trueno,
Nada verde podía vivir.
Una inundación cayó de la montaña:
Tú, Inanna,
Primera en el Cielo y en la Tierra.
Señora cabalgando una bestia,
Tú lloviste fuego sobre la cabeza de los hombres.
Tomando tu poder del Altísimo,
Señora de los grandes ritos,
¿Quién puede entender todo lo que es tuyo?


*****

Fue en tu servicio
Que entré por primera vez
En el templo sagrado,
Yo, Enheduanna,
La más alta princesa.
Portaba el canasto ritual,
Cantaba tu alabanza.
Ahora he sido arrojada
Al lugar de los leprosos.
Llega el día,
Y la luminosidad
Es oculta a mi alrededor.
Sombras cubren la luz,
La entapizan en tormentas de arena.
Mi bella boca sólo conoce la confusión.
Aún mi sexo es ceniza.

****

Oh, mi Señora
Bienamada del Cielo,
He dicho tu furia con verdad.
Ahora que su sacerdotisa
ha regresado a su lugar,
El corazón de Inanna se restaura.
El día es auspicioso,
La sacerdotisa está vestida
En hermosas túnicas,
En femenina belleza,
Como en la luz de la ascendente luna.
Los dioses han aparecido
En sus legítimos lugares,
El umbral del Cielo exclama "¡Salve!"
Alabanza a la destructora dotada de poder,
A mi Señora envuelta en belleza.
Alabanza a Inanna.


ALGUNAS REFERENCIAS

INANNA es la gran diosa de Uruk; en Sumerio (una lengua
extraña en el sentido de que no se han podido establecer sus
orígenes, ni su relación con otras lenguas) su nombre signi-
fica "Señora del Cielo" -originalmente "Nin-an-ah"; es la
diosa del amor y de la fertilidad y más tarde se la dotó con
los atributos celestiales de la semítica Ishtar.

AN: o Anu, el cielo y el dios de los cielos, el hijo de Anshar
y Kishar y el padre de Ea.

ANUNNA: también llamados Anunnaki, generalmente los
dioses de las infraregiones; en el texto "El viaje de Inanna
al Infierno", del cual publicaremos fragmentos próximamen-
te, son los siete jueces del infierno.

ENLIL: es el Dios del aire universal, el dios principal de
Nippur (la ciudad sagrada de los Sumerios). Su templo ma-
yor se denominaba 'Ekur', 'La ciudad resplandeciente'.

URUK: es la ciudad bíblica de Erech, la moderna Warka,
una importante ciudad del sur mesopotámico, en la que
Inanna tenía su templo principal.


BIBLIOGRAFIA

William HALLO. The Worlds Oldest Literature. Studies in
Sumerian Belles-Lettres. Brill, 2009.
Thorkild JACOBSEN. Treasures of Darkness. Yale Univ.,
1976.
Aliki BARNSTONE. Women Poets from Antiquity to Now.
Schoken Books, 1992.
Charles DORIA/ Harris LENOWITZ. Origins. Creation Texts
from the Ancient Mediterranean. Anchor Books, 1976.
Jerome ROTHENBERG. Technicians of the Sacred. A Rava-
ge of Poetry from Africa, America, Asia, Europe & Oceania.
Univ. of Calif. Press, 1985.
N.K. SANDAS. Poems of Heaven and Hell in Ancient Me-
sopotamia. Penguin, 1971.
William HALLO/ J.J. Van DIJK. The Exaltation of Inanna.
Yale Univ. Press, 1968.
Diane WOLKESTEIN/ Samuel Noah KRAMER. Inanna,
Queen of Heaven and Earth. Harper & Row, 1983.
Jane HIRSHFIELD. Women in Praise of the Sacred. Harper,
1994.

Para la pregunta irónica que figura al pie de la foto de la pro-
bable cabeza del Rey Sargón, ver "The looting of the Iraq
Museum. Baghdad: The Lost Legacy of Ancient Mesopota-
mia", de Angela SCHUSTER y Milbry POLK.

sábado, 24 de diciembre de 2011

PAJAROS

Pájaros ciegos vacilan
sobre bordes de ramas,
sintiendo las mareas del viento,
oyendo el deslizar del agua.

Creencias de Cielos, estrellas
y lunas, ¡veranos!;
la sed del abismo y
sus cuerpos deseando.

(Probables dragones que marchan
arrastrando sedas terciopelos y escamas;
anticipando el paso
de interminables e inexplicables caravanas)

En su ceguera los pájaros
no terminan de adivinar
las orillas
de nada

Su cámara
demasiado abierta
y la jaula del cuerpo
que ni contiene ni guarda

Sin haber bebido
todavía
inquieto borde vivo
del agua

Misterio tras misterio
caen uno en el otro
y todos en todos
al pozo palpitante
de su insistente existencia

El perfume
de flores distantes
dibuja
un momento
entre plumas de aire
un esbozo de alma

Pían esos ciegos pájaros pequeños,
y logran habitar por un instante el mismo instante
encendido en el abismo infinito
de silencio de lo real

domingo, 18 de diciembre de 2011

"BLUMJE, EL ENVIADO"

"No existirán ya los mares"
me contó mi madre que había dicho Blumje, el Enviado
cuando habló anteayer en el cercano pueblo de Unga
y la frase me asustaba e intrigaba
por igual
-más que cualquier historia que hubiese escuchado.
Camino a la estación
donde una relativa multitud exaltada intercambiaba comenta-
rios y tal vez sin saber si era a propósito o a propósito de qué
se convertían unos a otros en ávidos receptores de la palabra
del predicador Blumje
cuyo tren ya aparecía al final de la curva larga, mientras so-
naban enloquecidos sus bocinazos
Griterío
Mi madre -la estoy viendo- dividida entre el entusiasta deseo
de sumarse a los otros (se notaba ese anhelo en su transpira-
do y nervioso rostro) y a la vez en no perderme de vista, para
lo cual me instó con rudeza a aferrarme a su pollera
El tren se detuvo, sopleteando aire y agua por varios lados
La emoción estaba en su cenit
Cuando al fin apareció el Reverendo Blumje en una suerte
de descanso que había en la parte delantera del vagón, (y ví
que era un hombre más o menos pequeño y me extrañó aún
más que ese hombrecillo hubiese sido capaz de pronunciar
semejante frase) corrió un rumor de voces, como si se extendie-
ra una inmensa alfombra sonora sobre nosotros
y luego se produjo un silencio increíblemente expectante
Blumje, el Enviado, se sacó el sombrero -¡un sombrero de
explorador!- con un gesto lento y pensado
En ese momento ennegreció el espacio de la estación
siguieron ruidos atronadores
y comenzó a llover con inaudita intensidad
y se levantaron de la nada fuertes vientos que hacían que las
cortinas de lluvia girasen, curvándose en distintas direcciones
y mi madre me perdió de vista
y el predicador Blumje desapareció enseguida
y el tren arrancó de un modo brusco
como un gato asustado
y me encontré en un vagón, con las paredes y unos pocos
asientos, todo de terciopelo rojo
y la pequeña comitiva que acompañaba al Reverendo
me miraba, incrédula
aunque pasada la sorpresa noté que su intención era arrojarme
del tren lo antes posible
Pero entonces entró Blumje, el Enviado
y aunque su gesto tampoco fue tranquilizador
a unos metros de distancia reconocí el olor del éter
que conocía del consultorio del dentista
pero que ahora provenía del cuerpo y en particular de la
boca del predicador Blumje,
mientras sus facciones se iban serenando
y, por suerte, cuando llegó a mí, estaba embriagado de paz
de una paz que no resultaba fácil imaginar
porque ese hombre temblaba ostensiblemente
y sin embargo parecía poder verse cómo el éter iba disolviendo
su violenta angustia
"Una paz viciosa", recuerdo que pensé
cuando puso su pesada mano derecha sobre mi hombro iz-
quierdo y volviéndose a los demás con una sonrisa boba
dijo, inundando el vagón con vapores gaseosos
"está bien, este muchacho, bien, parece de los nuestros"
Daría por sentado que yo venía siguiendo sus discursos por
los diversos pueblos recorridos,
sus sermones o prédicas y que, convertido por sus lecciones,
me sumaba como un discípulo
No me atreví a sacarlo de su error
El tren corría escupiendo brasas de carbón
por vías encerradas entre montes boscosos
y ya estaba más cerca nuestro la noche que el día
Asentí, sin decir una palabra
y recorrí, durante los siguientes cinco años,
gran parte de esa región del país
Ví al Reverendo Blumje preparar sus discursos con grandes
gesticulaciones y voces impostadas; lo ví afeitarse, dormir
entre sobresaltados ronquidos, lavarse las manos muchas
veces seguidas -las mismas manos que deslizaba con recato
bajo las polleras de sus admiradoras- Lo ví enfermo, deliran-
do de fiebre, lo ví contando gruesos fajos de billetes. Lo ví
repartir folletos, consejos y lisonjas en cenas montadas por
hombres ricos o influyentes; lo ví esconder algún cubierto
en esas fiestas, drogarse con la máscara de éter -al menos
una vez al día- haciendo de continuo anotaciones que al prin-
cipio creí de carácter religioso aunque luego comprobé que se trataba de números, columnas, cálculos y cifras
Entretanto yo había pasado de ser el chico de los mandados
a 'su mano derecha'

Cinco años después de subir a ese tren
me bajé en la ciudad de Lurga
sin ninguna razón en especial
y me senté en el banco de la solitaria y penumbrosa sala de
espera de la estación
hasta que partió el tren
-no había ya multitudes esperando
a veces no más de 2 o 3 personas, a veces nadie
El Reverendo en ocasiones ni siquiera se asomaba al exterior
pero otras veces, incrédulo, salía del vagón, descendía al
andén, miraba alrededor, amagaba iniciar un discurso, pero
pensándolo mejor volvía al pequeño descanso, se colocaba
el sombrero de explorador  en la cabeza y hasta solía perma-
necer en esa posición cuando el tren ya había recobrado su
velocidad media, para entonces sí, entrar en el vagón rojo
aterciopelado en el que permanecíamos los cuatro que toda-
vía seguíamos a su lado
Y pasaba de largo, mudo, hacia su vagón-habitación, con un
gesto horrible que presagiaba cosas ingratas para todos,
incluyendo el mundo
Supe después que ya no podía seguir costeando el tren y que
con sus escasos ahorros había comprado un vehículo que le
permitía, ya en solitario, seguir adelante con su misión en la
tierra

En la estación de Lurga había un cartel
anunciando su llegada
Alguien, vaýase a saber por qué clase de pago, había clavado
esa hoja de un metro por 80 centímetros de ancho
en la que se veía su imagen de unos años atrás,
rodeado de público
en la terraza-carlinga del famoso tren
de sus mejores tiempos
y decía la fecha de este día
y decía "Reverendo Blumje, el Enviado"
y citaba su frase de cabecera
en claras y bellas letras blancas sobre un fondo bordó
"No existirán ya los males"

Miré alrededor y la estación estaba vacía.
Me abroché el saco
y me dirigí a la calle
Recuerdo bien el momento porque
ésa fue la primera vez
-sólo la primera vez-
en que una nueva vida parecía comenzar
-en ese preciso instante- para mí.



martes, 13 de diciembre de 2011

HOMENAJE A W.G. SEBALD

                                           Retrato por Christian Scholz, en 1997.

Hace hoy 10 años moría de un infarto, mientras manejaba
su auto cerca de Norwich acompañado por su hija, Winfried
Georg Sebald. Porque le parecían de pronunciación dema-
siado germana sus dos nombres de pila, se hacía llamar Max.
Max Sebald nació en Wertach im Allgaü, Baviera, el 18 de
Mayo de 1944. Un pueblo de cerca de mil habitantes, "en un
valle cubierto de nieve cinco meses al año." Su padre era ofi-
cial de la Wehrmacht durante la guerra y, al finalizar ésta,
permaneció en un campo de prisioneros hasta 1947.

A los 17 años se vio confrontado en la escuela (que por una
ley debía proyectar ese documental) con el campo de concen-
tración de Bergen Belsen y ese hecho marcó su vida. Cuen-
ta que "se podia crecer en la Alemania de posguerra sin cru-
zarse jamás con una persona judía".
Nunca tuvo una buena relación con el padre y por eso su-
frió doblemente la muerte de su abuelo, ocurrida cuando él
tenía 12 años de edad.
Estudió lengua y literatura alemanas en la Universidad de
Friburgo, pero decepcionado con sus profesores (ex nazis)
que nunca aludían a ese pasado tan reciente, partió para ins-
talarse en Inglaterra, en 1966. "La conspiración de silencio
ciertamente dominaba las universidades alemanas a lo largo
de los '60 (...) y, de alguna manera, esa conspiración de silen-
cio perdura hasta nuestros días:"

Estudió en Manchester y luego enseñó en la Universidad de
East Anglia, durante 33 años. "Me interesan escencialmente
la historia cultural y la historia social".

Comenzó a escribir "de grande". "Para mí, cuando escribí
mis primeros textos, se trataba de un hecho muy, muy pri-
vado. No se los leía a nadie, no tengo amigos escritores y
todo eso."
Publicó un libro de poemas llamado "Del natural" en 1988.
Y desde el comienzo hasta el final,siempre escribió en alemán.


Luego vinieron las grandes obras que hacen de Sebald uno
de los mayores creadores literarios del siglo. En la primera
de esas prosas que implican un género nuevo, mezclando
ficción y realidad en un estilo hipnótico, Max experimenta,
produciendo "Vértigo" -acerca de las vidas de Stendhal, Kaf-
ka y Casanova- que termina siendo su libro más autobiográ-
fico. (Un comentario de Arthur Lubow se conecta a través
de esa palabra: "El gigantismo de la modernidad -la escala
de los edificios, la aceleración del paso, la profusión de
opciones, afligían a Sebald con una especie de vértigo".)


Aún no ha desarrollado el máximo de su genio. Éste apare-
cerá en su segunda "prosa ficción", en "Los emigrados",
cuatro historias de desterrados que hablan ahora sólo indi-
rectamente de él mismo. Abriga en su semilla la historia que
desarrollará de un modo diferente en "Austerlitz". Todos son
'parientes', Sebald, los cuatro emigrados, Austerlitz, Kaspar
Hauser. Seres a los que se les ha privado de cierta parte de su
identidad (siendo ésta una relación del sujeto con el Otro, e
incluyendo en ese otro el lugar, la 'Patria', ¿el padre-Patria?).



Ya se ha desplazado de sus textos, y
aparece como un narrador cuya trayectoria es producto de
los recuerdos que va enhebrando mágicamente. Influído
por el conocimiento de Jean Amery y su libro más impor-
tante


Sebald girará en torno del genocidio causado por sus compa-
triotas, en una mezcla de melancolía y lucidez notables.
Incluirá un capítulo acerca de Amery y sus padecimientos a
manos de la Gestapo en uno de sus libros de ensayos

 

y su manera de relacionarse con Alemania siempre quedará
marcada por esta profunda ambivalencia. En otro libro de
ensayos, se abocará a la literatura alemana con un título
inequívoco


Su tercera obra de "prosa-ficción" es tal vez su mejor traba-
jo, a mi entender realmente deslumbrante. Con una sensibi-
lidad imparable va relacionando por el vuelo de la
memoria temas en apariencia muy diversos. Es frecuente que
diga "eso me recuerda que..." y entonces pasa de narrar sus
caminatas por regiones inglesas que han conocido (y perdido)
el esplendor del siglo XIX, a contarnos la pesadilla de la
ocupación belga del Congo, la historia de Sir Thomas Brow-
ne (del que también se ha ocupado recientemente Roberto Ca-
lasso), el cultivo de los gusanos de seda en China y todo esto
mientras continúa enhebrando relaciones originales y cauti-
vantes. La que me parece esencial de "Los anillos..." es la
relación metafórica entre escritores y tejedores: ambos como
unos melancólicos que producen modelos complejos, siempre
temerosos de haber escogido el hilo equivocado. Es una repa-
ración, una reconstrucción: "Hay algo terriblemente atractivo
para mí en el pasado. Apenas me interesa el futuro. No creo
que guarde muchas cosas buenas. Pero al menos acerca del
pasado se pueden tener ciertas ilusiones".


Poco antes de morir produce un nuevo giro en su escritura,
contando la historia de otro dañado por la guerra, un perso-
naje real que Sebald ha conocido y al que incorpora a su
libro de tal manera que realidad y ficción se potencian in-
terminablemente. "Austerlitz" es la historia de un hombre en
busca de su identidad perdida. Uno de esos niños que fue
subido a un tren y enviado a Gran Bretaña antes de la Segun-
da Guerra y que ha perdido todo contacto con su origen.


Gran admirador de Kafka y Robert Walser (a quien ama un
poco más que al checo, al parecer, porque hay mucho en es-
ta gran cuestión que llamamos "literatura" de amores tan
inexplicables como cualquier otro amor), Max Sebald esta-
ba en el pico de su creatividad en el momento de su muerte.


("El paseante solitario" es un pequeño libro dedicado a
Robert Walser.)

Cada uno de sus libros es un nuevo salto hacia otra parte,
o en realidad hacia nuevas formas. Sus temas son los de
alguien profundamente afectado por el dolor de los demás;
su obra un ejercicio pleno de la memoria, de lo que no hay
que simplemente 'dejar atrás'.


Luego de su muerte, se multiplica el interés por este hombre
de una gran modestia, que desapareció antes de que el mun-
do lograse neutralizar su misterio por la vía de la notoriedad.

Asimismo, se genera un deseo de seguir conociéndolo, tanto
en los detalles biográficos -fue un hombre muy discreto-, co-
mo en los textos que pudieran permanecer inéditos, ya que
resulta difícil aceptar que la inmensa promesa que significa-
ba su talento, no podrá rendir nuevos frutos.







Otras obras de Sebald: dos de poemas en inglés, y uno
acerca de los tremendos e injustificables bombardeos
aliados sobre Alemania, cuando ya se había inclinado
la balanza de la Guerra







Recientemente han aparecido dos nuevos libros: uno que
colecciona todos sus poemas y otro que reúne textos de
diversos autores y datos biográficos y bibliográficos:
Across the Land and the Water. Selected Poems, 1964-2001
y
Saturn's Moons. W.G. Sebald. A Handbook. Jo Catling and
Richard Hibbitt, editors.
La de Sebald es una obra interminable en el sentido de que
sus libros siempre logran generar nuevas lecturas. Y, algo
que pertenece al orden de lo inefable, Max se hace querer
entrañablemente, no sólo por los alumnos que guardan un
recuerdo entre admirativo y amoroso, sino por sus cada vez
más numerosos y consecuentes lectores, conducidos por
su escritura conmovedora.

                                                          Foto de Chris Buck

lunes, 12 de diciembre de 2011

DIEZ COMPOSICIONES POÉTICAS

I. INFANCIA

Quiero saber de quién
es mi pasado (1)
¡También de tí siento nostalgia,
oh santa infancia mía!(2)
¿Haber tenido una infancia,
no es mucho ya?
Nadie podrá arrancarla de mí.(3)
También la infancia estaría
en cierto modo por hacerse,
si no se la quiere considerar
perdida definitivamente.(4)
Y el niño
se acuerda
de una gran
desorden claro.(5)
¿O todo ha sido
la memoria de nadie?(6)


II. VER

Puedes ver la brisa de la mañana
soplando en los pelos
de la oruga (7)
Amo el día en nuestros ojos
lo invisible en estas flores (8)
Porque yo soy del tamaño
de lo que veo y no del tamaño
de mi estatura (9)
Las manos quieren ver
los ojos quieren acariciar (10)
Nunca volveré a ver
este alto prado verde, cubierto
de grandes árboles negros (11)


III. SOLEDAD

En la soledad el solitario
se roe el corazón;
en la multitud es la muchedumbre
quien se lo roe.
¡Elegid! (12)
¿Mejor soportar la angustia
que la compañía? (13)
... una existencia que escape al destino (14)
La soledad me desola
la compañía me oprime (15)
El instante en que uno
se pertenece a sí mismo (16)
Decide no hacer nada
que fuese indiferente al alma (17)
Permaneciendo así, tan inactivo,
uno advierte de repente qué fatigoso
puede ser existir. (18)


IV. UNA EPIFANÍA

Cierro los ojos y mi cuerpo,
entre la yerba, permanece
enteramente al exterior
de quien cierra los ojos (19)
Paisajes como cubrirse
con una manta la cabeza (20)
La vida es un largo
aprendizaje musical
del silencio (21)
Mi corazón sereno:
flor de durazno
que arrastra la corriente (22)
Escucha, tonto,
el sonido de tu deseo (23)
Aquel que sueña
se mezcla con el aire (24)


V. SER

No se puede escapar
a sí mismo (25)
El hombre es la criatura
que no puede salirse de sí misma (26)
Arrancarme de mí mismo...
Pero -me pregunto-
¿Cómo? (27)
Qué es este espacio
que somos
una idea fija
una leyenda infantil (28)
Bebe, duerme, muere,
es preciso librarse de sí mismo
de una ú otra manera (29)
Llega un momento
en que la vida de todo hombre
es una derrota aceptada (30)
Nada somos
que valga,
lo somos
pero en vano (31)


VI. LA NOCHE, EL DÍA

Vivimos gracias a la hipótesis
de que los problemas son insolubles de noche
y solubles de día (32)
El día te engaña
pero la noche no tiene decorado (33)
Siempre nuevo es lo malo.
Siempre joven el dolor
y el terror virgen siempre (34)
Vivo únicamente porque puedo morir
cuando quiera: sin la idea
del suicidio, hace tiempo
que me hubiese matado (35)
Mi sensación de inmortalidad:
no seré inmortal,
fui inmortal a veces (36)
Como todos los soñadores,
confundí el desencanto con la verdad (37)
Toda la noche el mismo
sonido,
la caída de las camelias blancas (38)
¿Y la lujuria
de no tener
ya
esperanza? (39)



VII. LA VIDA

Todo el secreto de la vida
se reduce a esto: no tiene sentido;
pero todos y cada uno de nosotros
le encontramos uno... (40)
Aprender es ser joven
aunque se sea viejo (41)
El hecho lamentable
es que arribamos improvisados
y partimos sin la oportunidad
de practicar (42)
Era demasiado tarde pero hasta ahora
no lo había sabido. Su vida
no había sido aquel ensayo
para otra vida
que creía haber vivido:
había sido la única posible,
la única concebible. (43)
La edad convierte
en una trampa de hierro
la vida del hombre (44)
Me sostengo gracias a la convicción
de que no es posible
no volver a encontrar mi terreno y,
en efecto, un día,
tarde o temprano,
aparecerá. (45)
Tengo la sensación
de que vendrá algo
que volverá a despertar todo
un poco a la vida (46)


VIII. TIEMPOS

El luchador, a la vejez
cuenta a su mujer
el combate que no debió perder (47)
Miro hacia atrás y suspiro;
miro hacia adelante y suspiro.
¿Hay algo sólido en la vaporosa gloria de la vida? (48)
Puede que viva hasta extrañar
este tiempo
en el que estoy tan infeliz,
y recordarlo tiernamente.(49)
Qué feliz sería si pudiera
olvidar de recordar
lo triste que estoy (50)
¡Qué insípido hubiera sido ser feliz! (51)
La vida fluctuante,diferente,
termina por educarnos en lo humano.
¡Pobre gente! ¡Pobre gente toda la gente! (52)


IX. SENSACIONES

Cuántos océanos de luz
tiemblan inadvertidos por el mundo (53)
Es extraordinaria la cantidad de cosas
que nos han enseñado a no comprender (54)
Nunca en mis sueños un amigo me nombra (55)
Urracas devoran orugas de primavera (56)
Qué fácilmente la granadina efervescente
se mete en la nariz
cuando uno ríe (57)
¡Qué hermosa me parecería esta vida
si en lugar de vivirla la mirara vivir! (58)
Si hubiera por lo menos
sin que se la pudiera alcanzar
una bella pradera
hacia donde ir (59)



X. LO INASIBLE

Los sueños, como los olores,
rehúsan entregar
a la palabra
su más íntimo ser (60)
Perdidos
los que se asen
de lo inasible (61)
Hace tanto
que entendí
que mi destino
es abrazar
sombras (62)
¿Qué podemos
amar
que no sea
una sombra? (63)
Las almas olfatean
lo invisible (64)
Yo tenía un vicio:
querer expresar lo impalpable
de una sugestión (65)
Yo podría
tocar el alma. (66)





(1) J.L. Borges; (2) W. Gombrowicz; (3) C. Lispector; (4) R.M. Rilke; (5) G. Schehadè;
(6) P. Lastra

(7) Buson; (8) E. Lindegren; (9) F. Pessoa; (10) J. von Goethe; (11) V. Segalen;

(12) F. Nietzsche; (13) P. Handke; (14) G. Pommier; (15) F. Pessoa; (16) V. Segalen;
(17) R. Musil; (18) R. Walser,

(19) F. Pessoa; (20) H. Michaux; (21) A. Pizarnik; (22) Li Po; (23) M. Lowry;
(24) G. Schehadè;

(25) S. Freud; (26) M. Proust; (27) W. Gombrowicz; (28) A. Pizarnik; (29) O.W. Milosz;
(30) M. Yourcenar; (31) F. Pessoa;

(32) T. Bernhard; (33) J. Grenier; (34) P. Valery: (35) E. Cioran; (36) P. Handke;
(37) J.P. Sartre; (38) Rankô; (39) F. Pessoa;

(40) C. Lispector; (41) Esquilo; (42) W. Symborska; (43) P. Bowles; (44) T. Bernhard;
(45) H. Michaux; (46) T. Bernhard;

(47) Busson; (48) Li Po; (49) F. no Kiyosuki; (50) E. Dickinson; (51) M. Yourcenar;
(52) F. Pessoa;

(53) H. Michaux; (54) O. Wilde; (55) V. Hugo; (56) A. Laiseca; (57) F. Kafka;
(58) J. Renard; (59) P. Reverdy;

(60) I. Dinesen; (61) O. Elytis; (62) C. Pavese; (63) A. Pizarnik;  (64) Heráclito;
(65) F. Picabia; (66) J. Fijman


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