jueves, 8 de diciembre de 2011

PENSANDO

                                        



Iba pensando en el VIXCHÚ, y en su combustible.
Pensaba en sus descendientes y parientes próximos y
lejanos -extrañas relaciones.
Me dí cuenta entonces de que los insectos se cargan de
energía por distintos medios.
Y pensaba en la mano fantasma que recuerda recordar.
Pensaba que las cigarras recargan sus baterías a fricción,
comiendo unas piedritas muy minúsculas, pero durísimas.
Pensaba en el mosquito apenas posado en aguas quietas,
que se dejan sorber largamente, en silencio.
Pensaba en la penumbra de los sonidos.
También, de pronto, en el gigantezco Macrodontia (el Cer-
vicornis) que carga las baterías con una mezcla de furia y
tristeza.
Pensaba en los canales de riego que había visto sembrados
de innumerables Cléridos en marcha, cascarudos de 5 mm
cuyos colores -del cobre al marrón oscuro- dependen de
su estado de ánimo.
En los Gbarni del Ilusta, que viven esperando la precipita-
ción de los rayos, su alimento sagrado.
Y en los Chadiniqui, que se alimentan de su propia frustración.
Pensaba en los Macún, que se alimentan de lava; los Salca-
noli, que se nutren de la grava y de su gravedad; los Pirca-Pir-
ca, que se comen el tiempo abandonado por otros insectos;
las orugas Cilitaínas que se drogan con humo, para lo cual
generan incendios en los lábiles bosques de Quosa, frotando furiosamente entre sí sus caparazones de queratina y yesca.

Pensaba en el dejar de escribir: un gesto.
¿Un gesto-signo hacia los otros? ¿O un mero gesto esquizo,
que ha perdido tanto origen como destinatario?

("Pensaba en el gerundio de Dios", me dijo uno de
ellos una vez. Y estaba bien, porque Dios era el Verbo.)

Acaso se trataba de las confusas señas de una metamorfosis.
Pensándolo un poco, dije, me siento un tanto 'oruga'.
Entonces tomé la pala de puntear (a la otra la llamo "la gor-
da") y empecé a hundirla más y más en la tierra.
Escarbaba, revolvía, hundía el pozo.
Cuando asomaban lombrices, pensaba "tierra sana".
Quistes y embriones de las palabras de alguien.
La tierra, pensaba, nunca había pensado así en la tierra,
la sensación de desgranar los terrones secos, las raicillas,
en manojo, golpear los amasijos de tierra y raíces contra el
suelo, afinar la tierra, hundir, como una espada ancha, la
pala, cortando en el camino raíces de otro mundo, de otra
era. Mojar la tierra, hundir las manos en el barro crudo.
Ese barro que parecía mezclado con linfa.
Pensé que hasta parecía una especie de moral, toda esa cosa.
'Hacer más fértil y receptiva la tierra'.
Entonces mis pensamientos tomaron un brusco rumbo hacia
otra parte. Busqué dos tubos blandos y anchos que tenía, de
nylon, usados en casos extremos, para lavados masivos
del torrente circulatorio, busqué esa pequeña máquina aspi-
rativa que se utilizó más de una vez para drenar toxinas de
los frascos y en pocos minutos, una exhalación reconfortante,
instalado todo el equipito, comencé a incorporar esa linfa es-
pesa en las venas anchas de los antebrazos. Inmediatamente
me vi poseído por una sensación un tanto acuosa, más bien
líquida, líquida-espesa. Los GLUGLUB se extendían a lo
largo y avanzaban sobre lo que parecía el poso central, el
abdomen. Comprendí vagamente algo de los insectos y de la
importancia desmesurada y acumuladora de sus vientres. El
barro-linfa sabía lo que hacía y de a poco una calma que no
sólo necesitaba últimamente, sino cuya existencia siempre
había sospechado, se amigó conmigo. Me deslizaba hacia la
tierra que me absorvía, como esos tubos habían ido absor-
viendo el barro linfático desde el suelo. ¿Era alegría? ¿Era
alegría esa cosa espesa que lamía mis orillas, que iba hacién-
dose parte-de-mí parte yo-de-ella? Sonidos de gargoteo que
se iban apagando a medida que la sustancia colmaba mis
espacios. "No debe ser fácil acostumbrarse a ser líquido",
pensaba, en una total inocencia acerca de lo que podía suce-
der o de lo que estaba sucediendo ya.
Extendí los brazos como si pudiese convertirlos en ramas y
en realidad los sentí más bien como ramas-alas y no ví, toda-
vía, ni las flores ni los pájaros, pero supe que eso era una me-
ra cuestión de paciencia, una paciencia de la que yo literalmen-
te rebosaba. Asismismo los pies, los movía en semicírculos,
esperando la aparición de las raíces que, es cierto, podían lle-
gar a inmovilizarme, pero esas inmensas reservas de paciencia,
esa vocación por la espera, por la conversión del tiempo en
su verdadera substancia, absorvían de inmediato cualquier
brote, cualquier expansión de la angustia. El tiempo, ahora,
estaba en mí, y no afuera, por ejemplo. Toda mi extranjeridad
se había reubicado. Estaba anidando en mi linfa-barro. Con
gusto, con una delicadeza que muy pocas veces había experimentado, natural, como si no hubiese otra cosa.
Ahogándome, sí, se hubiera dicho. Tantas cosas se dicen, se
escuchan; tantos comentarios, opiniones, consejos, adverten-
cias, intenciones se oyen; tantas miradas con mensaje; tantos
anhelos nos abrazan, a veces desolados.
Pensaba en esos insectos, los Chadniqui, los Gbarni, los Sal-
canoli, Los Pirca-Pica, sin un solo abrazo. Los anhelos con-
vertidos en órdenes irrefutables. El solitario Macrodontia,
los mulitudinarios Cléridos, como si sus cuerpos fuesen ese
cuerpo en desaforadas marchas por los canales de riego...
Pensamientos engendrados ahora por la linfa oscura que iba entremezclándose con mis anhelos.
Inundado, todavía miro, toco, escucho, siento, busco: flores,
ramas, brisas, pájaros. El reposo de la tierra, ya que el barro
tira para su especie, su raza, su orden, su pronto-sabré-qué-es.
¡Qué tarde! Me quito los tubos y el pequeño aparejo aspiran-
te. Doy unos lentos pasos que me cansan de un cansancio
desconocido, perfecto. Me siento en un lugar del suelo que
parecía esperar mi llegada. El sol brilla entre las ramas altas.
Un pájaro, girando el cuello para un lado y para el otro, me
observa con curiosidad. Me voy a acostar acá un rato y des-
pués veré qué hago.

¿Dónde estaba esa pregunta mía? La que me parecía que
me hacía ser yo.
¿Hiciste lo que debías? ¿Hiciste lo que querías? ¿Estás sa-
tisfecho?
Y antes de que yo esbozase nada, me respondía: "Podrías
haber hecho mucho, muchísimo más. Y mejor también".
Y, sin falta, me recordaba los versos de Michaux:
"En los brazos torcidos de los deseos para siempre insa-
tisfechos, será su memoria".
Cierto, cierto, tan cierto.
Pero entonces, sorprendiéndome, me dijo: "Pero al menos
hiciste eso" (lo que hiciste, quiso decir, creo).
No, 'no hay paz para tí oh vida mía'.
Ni para el Vixchú, ni siquiera -mucho menos- para la mari-
posa alas-de-cristal.












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