sábado, 31 de diciembre de 2011

¡AL RESCATE! ULTIMOS AÑOS DE ANTONIN ARTAUD

                                Autoretrato a los 19 años, Marsella (1915)


Reproduzco en esta nota fragmentos del capítulo que Paule
Thévenin titulase "Antonin Artaud" en una edición chilena
de la Ed. Nascimiento, de las "Actas Surrealistas", recopila-
das por el escritor chileno Braulio Arenas que fuera publi-
cada durante la dictadura pinochetista, en 1974.
Parece ser que los más revolucionarios se le escurrían al
régimen.
Me recuerda algo que me contó el gran escritor uruguayo
Eduardo Galeano: resulta que durante el período de la
dictadura en su país, los militares fueron a su casa y revi-
saron de punta a punta su bibloteca, buscando elementos
subversivos. "Entonces", cuenta con una sonrisa Galeano,
"me incautaron un libro sobre el Cubismo, pensando que
se refería a Cuba, y dejaron en el estante >Las venas abier-
tas de América Latina<, creyendo que se trataba de un libro
de medicina."

                                         Con el Dr. Gaston Ferdière, en Rodez, justo antes
                                            de ser liberado del Asilo (24 de Mayo de 1946)
                                       
       ANTONIN ARTAUD por Paule Thévenin (con traduc-
ción de Delia Ayala)

"He aquí algunos recuerdos sobre los últimos años de la vida
de Antonin Artaud.
Debo decir que yo estaba ligada por la amistad a Marthe Ro-
bert ["Y ví a Marthe Robert de París, la ví desde Rodez a Pa-
rís, doblada de rabia en un rincón de mi habitación sellada,
justo enfrente de la mesa de luz, como una flor extirpada con
rabia, en el apocalipsis de la vida" A.A.*] y Arthur Adamov.
En 1946, los dos habían tenido acceso al asilo de Rodez para
visitar a Antonin Artaud y discutir con el Dr. Ferdière, médi-
co jefe de este asilo, las posibilidades de sacarle de allí. (An-
teriormente, en 1945, Jean Dubuffet y su esposa habían visi-
tado a A.A.)
(...)
"Entré. Vi a un hombre que escribía, de pie, en un cuaderno
colocado encima de la chimenea. Se volvió y me miró. A pe-
sar de su mediana estatura, la manera que tenía de voltear la
cabeza, el brillo de su mirada, el azul tan intenso de sus ojos,
destacaban su actitud, no obstante su excesiva delgadez, los
estragos marcados sobre su rostro debido a diez años de pri-
vaciones (no tenía dientes), había en él algo de regio.
(...)
"Así conocí a Artaud. Días más tarde, vino a cenar a casa.
Eramos numerosos y muy jóvenes en ese tiempo. Sin duda
se encontraba a gusto entre nosotros; comenzó a venir cada
día; si al salir se sentía muy fatigado, mandaba llamar por te-
léfono a uno de nosotros para ir rápidamente a verlo.
Quizás esto parezca sorprendente. La imagen que ofrecen de
Artaud está generalmente fuera de la realidad. Ciertamente,
él exigía mucho de los que le amaban, pero era tan atento,
aunque no lo pareciese, y de una gentileza tan grande. Poco
tiempo después de nuestro primer encuentro, vino una tarde
a casa con un enorme ramo.
(...)
Artaud había llegado a esto, lo cual es raro: supo dar un sen-
tido a su vida, e igualmente, a la vida. Uno no puede quedar
insensible a esto. Todo lo que él decía parecía, en el momen-
to en que lo decía, tan evidente, de tal verdad, él mismo era
esa verdad a tal punto que uno lo admitía totalmente.
Un día, en el bulevar Saint-Germain, me había dicho:
-No sé nada, o más bien yo sé, y quizás es peligroso decirlo,
que no es el sentido lo que crea las palabras, sino las pala-
bras las que crean el sentido.
Casi podía decirse de Artaud que él creaba la realidad.
Cualquiera que se le acercaba lo sentía. De esta manera, ha-
biendo conservado de su juventud la costumbre de hacerse
afeitar, iba cada día a casa de un barbero en la calle de la Al-
caldía, en Ivry. Más tarde, fue el barbero quien vino al sana-
torio. Se llamaba Monsieur Marcel y generalmente llegaba
un poco después de las doce. Con paso cauteloso, como un
ministro, en la mano un maletín con los pertrechos, penetra-
ba en la habitación de Artaud, quien muchas veces todavía
estaba acostado. Monsieur Marcel sacaba sus instrumentos y
actuaba. Durante todo ese tiempo Artaud le entretenía con la
afabilidad más grande y en la manera como M.M. le contes-
taba, en la paciencia de afeitarle, había una deferencia y una
ternura que no eran fingidas. Ninguna obsequiosidad, el respe-
to más grande, ese respeto que los antiguos debían sentir por
el Poeta. Vi un día a M.M. bañado en lágrimas: Artaud le
acababa de entregar un ejemplar dedicado del Van Gogh.
(...)
Otro ejemplo, igualmente significativo, aunque más gracioso.
La conserje de nuestro edificio, buena mujer, pero deseosa de
demostrar su autoridad, vigilaba un día desde su habitación la
llegada de Artaud, a quien ella debía hacerle algunas observa-
ciones porque, el día anterior, con las ventanas abiertas, éste
se había dedicado a recitar unos poemas de Gérard de Nerval
y su declamación había pasado los límites de nuestro aparta-
mento. Apenas ella abrió la boca, cuando él la detuvo:
-¡Cállese! ¡Si usted insiste en prohibirme declamar unos ver-
sos de Gérard de Nerval, la transformo inmediatamente en
una serpiente con cabeza plana!
Y la dejó desconcertada al pie de las escaleras. El nos contó,
con mucho humor, el incidente, tanto más divertido cuanto
que la conserje era una bretona con la cabeza singularmente
aplastada.
(...)
Este humor tan propio de Artaud era uno de los elementos de
su seducción. En cierta ocasión en que había llegado bastante
tarde a Ivry [un sanatorio privado en el que permaneció a la
salida de Rodez], se dio cuenta de que había olvidado en su
cuarto las llaves del portón. Todo estaba cerrado, era inútil
buscar un taxi a esa hora y en las afueras; se dispuso a esca-
lar las rejas. Imposible, eran demasiado altas. La pared con-
tigua al pabellón donde se alojaba, igual. Dos agentes de po-
licía que habían visto su manejo le interpelaron. Les explicó
su dificultad, señaló el lugar donde se encontraba su habita-
ción, se mostró tan persuasivo que finalmente los agentes le
hicieron la escalera de mano y le alzaron sobre la pared. Con-
tándonos esa hazaña, Artaud añadió:
-Y se pudo ver ese espectáculo extraordinario: ¡dos policías
ayudando al pensionista de un sanatorio a escalar la pared
para regresar a la casa de salud!
(...)
Artaud trabajaba sin descanso. A cada instante; en cualquier
lugar, bien sea en la mesa, en el metro, en compañía de ami-
gos, por muy incómoda que fuese su postura, extraía de su
bolsillo uno de esos cuadernitos de escolar que él llevaba a
todas partes, y escribía o dibujaba. Le ocurría acompañar su
trabajo con canturreos rimados, haciéndolo en un lenguaje
inventado por él.
(...)
Las últimas semanas repetía con frecuencia:
-Ya no tengo nada que decir, ya dije todo lo que tenía que
decir.
Declaraba que no escribiría más.
Un día, no se había quitado todavía el abrigo, cuando dijo:
-Les anuncio que no escribiré nunca más, ya escribí todo.
Además, fíjense que no tengo cuaderno.
Y mostró el bolsillo interior de su chaqueta, sin el acostum-
brado cuaderno. Riéndome, le contesté que no le creía. En-
tonces, con ostentación, se instaló en una poltrona y se cru-
zó de brazos. Fui a terminar con un trabajo al otro extremo
del apartamento. Al regresar, le oí (y el tono de su voz era
de una cortesía incomparable) que pedía a mi hija:
-¿Mi pequeña Dommine, quieres, te lo ruego, ir a comprar-
me un cuaderno en la papelería?
(...)
En la mañana, cuando murió, estaba solo: no creo que hu-
biese querido tener testigos. Ni "el conde impensable de
Lautrèamont", ni Edgar Poe "sobre su alcantarilla en Balti-
more", ni Gérard de Nerval "ahorcado en un farol", los tu-
vieron.
(...)
"Todas nuestras ideas acerca de la vida deben reanudarse"...
y prefiero ponerme de parte de Maurice Blanchot cuando
escribe: (...) 'es la exigencia de la poesía de modo tal que
ésta no puede realizarse sino rechazando los géneros limi-
tados y asegurando un lenguaje más original, cuya fuente
será tomada en un punto aún más escondido y más aparta-
do del pensamiento'".

PAULE THÈVENIN fue secretaria y amiga de Artaud. Ac-
tualmente se encuentra en juicio con los 2 hijos de la herma-
na del poeta, Serge y Ghislaine Malausséna por los derechos
de publicación de sus Obras Completas.
*Agregado mío, extraído de un texto de A.A. llamado "Frag-
mentaciones"

                                           Ultimos años, ya en Ivry. Foto: Georges Pastier

3 comentarios:

Rodrigo N. dijo...

Me permito un comentario, digno de un patriota, Braulio Arenas es chileno.

Robert Rivas dijo...

¡Sin duda! Perdón.

Robert Rivas dijo...

Para colmo lo confundí con Reinaldo Arenas, que tampoco es boliviano. La mente hace cosas extrañas con nombres y recuerdos.
El de la mente es un mundo alucinante, especialmente antes del alba.