miércoles, 14 de septiembre de 2011

ESA NOCHE

Regresó al Hospital como cada noche que se escapaba.
Ultimamente sus formas de sorpresa y de desconcierto varia-
ban tanto que decidió dejar de prestarles atención.
Por eso es que, a pesar de lo inexplicable que resultaba lo
que vio al ingresar al pasillo principal -al Gran Corredor, al
Canal Maestro- no hizo ningún gesto, ni sintió perturbación.
El pasillo -el Hall Magno, el Camino Ancho- con su ilumina-
ción de tubos de luz blanca, ligeramente ácida y venenosa,
estaba ocupado por sucesivas, innumerables, mesas de billar.
Mesas de las grandes, cada una provista de su lámpara pro-
pia, que derramaba una luz amarilla y antigua, mientras los jugadores se desplazaban en silencio, ya sea poniéndole tiza 
a los tacos, mirando con fijeza las posiciones sobre el verde y gastado paño, haciendo cálculos mentales que intentaban 
siempre lo mismo: desentrañar las insondables relaciones en-
tre las tres bolas distribuídas por la lógica de las esferas complementarias.
A veces, para avanzar y llegar a su remota sala, debía esperar
un buen rato -lo cual estiraba su ausencia- a que el jugador
terminase de estudiar las posiciones y los ángulos, para eje-
cutar su jugada. Trataba de no mirar lo que pasaba en cada
una de las mesas, porque temía distraerse tanto de sí mismo
que ya no supiera ni adonde se dirigía, ni quien.
Cada mesa parecía un tablero de ajedrez y los pensativos y
muy concentrados jugadores lo ignoraban como si no estuvie-
ra efectivamente allí.
Sus mínimos gestos parecían haber sido estudiados durante dé-
cadas, o heredados de padres jugadores-maestros de billar.
Cada paso de aproximación o de distanciamiento de las mesas
parecía constituir otro juego, paralelo al de los movimientos 
largos y curvos o brevísimos y acariciantes, de las tres bolas
mágicas. 
Observó que los que jugaban no parecían pacientes. No reco-
nocía, por otra parte, a nadie. Y sin embargo, todos tenían al-
go en común con el resto, algo físico, más allá de la gestuali-
dad, del ritmo de los movimientos, del ritual.
Pensó que podían ser enfermeros, pero lo descartó enseguida.
No eran ninguna otra cosa que jugadores nocturnos en pasillos
de Hospicios de billar. Nunca lo habían sido, nunca lo serían
tampoco.
Se dio cuenta de que a medida que avanzaba, a un ritmo tan
irregular, las mesas parecían multiplicarse, en forma lenta y
visible, dándole a entender que no llegaría a su pabellón has-
ta muy entrada la mañana.
Sintió las dos amenazas sin un exceso de sorpresa y sin dejarse
ganar por el desconcierto.
Se le ocurrió volver atrás, pero no era posible.
Se le ocurrió desdoblarse y volar. O  volverse invisible.
Se le ocurrió que la mente tiene a veces demasiadas habitacio-
nes, que se podría vivir más simplemente, en un solo cuarto,
con una sola silla y que la ventana de la mirada podría permane-
cer siempre cerrada.

El sonido perfecto de una tacada, lo despertó brúscamente
de su pensar.

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