jueves, 8 de marzo de 2012

LAS AMANTES DE DIOS (I) MAKEDA, REINA DE SABA

MAKEDA, REINA DE SABA (ca. 1000 a.C.)

Iniciamos aquí una serie de notas dedicadas a las amantes de
Dios, desde la Antigüedad hasta la Edad Media.



Una de las primeras amantes de Dios es Makeda, la famosa
Reina de Saba (territorio ubicado en los actuales Yémen y
Etiopía). La historia del viaje de Makeda y de su encuentro
con el Rey Salomón tiene al menos dos versiones: la bíblica
y la del Kebra Nagast, una antigua crónica abisinia acerca de
la realeza etíope.

Según la versión bíblica, Makeda, renombrada por su pureza,
belleza y amor de la sabiduría supo que había un rey al norte
de su propio reino, reputado por su sabiduría. Viaja entonces
a la corte de Salomón, llevando varios cajones de piedras pre-
ciosas y oro y, luego de reunirse con él y comprobar que su
fama era bien merecida, le ofrece el tesoro portado y se con-
vierte a la creencia en un sólo Dios. La Biblia agrega que en-
tonces Salomón a cambio le otorgó "todo lo que ella deseara",
y que ella regresó a su patria.

La versión del Kebra Nagast difiere bastante de la bíblica. En
primer lugar aclara que Makeda permaneció en la corte del
rey durante seis meses. También cuenta que Salomón era un
"gran amante de las mujeres" y que tenía cuatrocientas espo-
sas-reinas y seiscientas concubinas. Que el rey no podía dejar
pasar la ocasión de seducir a una mujer tan bella y que ordenó
hacer una gran fiesta a cuyo fin invitó a la reina de Saba a su
recámara. Ella aceptó poniendo como condición que él no la
tomaría por la fuerza durante el sueño. Salomón se comprome-
te a ello, pero a su vez reclama la promesa de Makeda de que
no tomará nada de su casa sin permiso.
Por supuesto, después de algunas horas de sueño, ella despier-
ta sedienta y se desliza de la cama para tomar agua. Pero antes
de que pueda beber su primer trago, el rey, que fingía dormir,
la detiene y le dice que está rompiendo su voto. Ella bebe de
todos modos, liberándolo a él de su promesa. Regresa embara-
zada a su reino. Para la crónica abisinia, Makeda no es en mo-
do alguno víctima de un truco de Salomón, sino que es fiel a
su amor por la sabiduría y todo su pueblo disfrutará de ese ac-
to -la transmisión de algo sagrado. Según esta historia la pure-
za es un gran valor, pero hay un momento en el cual la total sa-
biduría requiere tomar una decisión por fuera de las convencio-
nes morales.
El resto de la historia no es menos compleja: el hijo de
esa unión es Menyelek, que viaja de joven a Israel, para cono-
cer a su padre. Al regreso, acompañado de varios medio her-
manos, resulta que el príncipe ha robado el Tabernáculo -ver-
dadera representación de la sabiduría divina- un acto cuya sig-
nificación es que, contra las tradiciones occidentales, la sabidu-
ría no se da sino que se toma, y que sólo es obtenible rompien-
do un tabú.

Dos textos de Makeda. El 1° refiere sus palabras antes de via-
jar a Israel. El 2° es parte de la bienvenida que le diera a los
hijos de Salomón, cuando llegan a su palacio acompañando a
Menyelek.


                                                 1

La sabiduría es
más dulce que la miel,
trae más dicha
que el vino,
ilumina
más que el sol,
es más precioso
que las joyas.
Ella hace
que los oídos escuchen
que el corazón comprenda.

La amo
como a una madre,
y ella me envuelve
como a su propia criatura.
Seguiré sus huellas
y ella no me me empujará de sí.


                                                 2

He caído
a causa de la sabiduría,
pero no fui destruída:
a través de ella me sumergí
en el gran mar,
y en esas profundidades
atrapé
una perla que otorga riqueza.

Descendí
como el gran ancla de hierro
que los hombres usan para estabilizar sus naves
en la noche de los bravos mares,
y sosteniendo alzada la brillante lámpara
que ahí recibí,
trepé por la soga
al barco del entendimiento.

Mientras estaba en el oscuro mar,
dormí,
y no abrumada allí
soñé: una estrella
se encendió en mis entrañas.

Me maravillé
con esa luz,
y la aferré,
y la alcé hasta el sol.
Me acosté sosteniéndola,
y no he de soltarla.



Fuente: Jane Hirshfield. Women in Praise of the Sacred. 43
Centuries of Spiritual Poetry by Women. Harper Perennial,
1995.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sin duda alguna, hermosas palabras.