La poesía perteneciente al Imperio Otomano nunca adquirió
el lugar que merecía y merecería en Occidente. Quiero decir
que el canon nunca la incorporó.
Esta invisibilidad contrasta con la abrumadora presencia que
tuviera el Imperio, tal vez la fuerza mayor en la política de
Este y Oeste durante un período que se extiende desde media-
dos del siglo XIV a comienzos del s. XX. En el transcurso de
esos 600 años, el Imperio ocupó o controló vastos territorios,
desde las orillas del Caspio a Marruecos, desde las fronteras
de Polonia a toda la costa del Mar Negro y a las tres cuartas
partes de las costas del Mediterráneo. Durante ese tiempo
fue el rival de las ambiciones de los grandes imperios de Eu-
ropa, tanto en la guerra como en la religión, el comercio y la
cultura.
La condición de enemigo de las potencias occidentales le
valió al Imperio Otomano, cuándo no, la mera descalifica-
ción de 'bárbaros'. Sin embargo, mientras en nuestra cultura
la poesía se fue convirtiendo en un arte marginal, para ellos
constituía la actividad literaria central, sin par ni rival.
No voy a extenderme acerca de la historia de los Otomanos,
y de las derivaciones de su Imperio. A fines del s. XIII, el
hijo de Ertogrul tiene un sueño, habiéndose dormido leyen-
do el Corán; en ese sueño ve la ciudad de Constantinopla
(hoy Estambul, "la ciudad") parecida a un gran anillo. En el momento en que iba a colocarse el anillo, despertó. Conver-
tido al Islam, adoptó el nombre de Osmán, u Otman en árabe.
De su nombre deriva el del pueblo que acabaría dominando
Asia Menor y destruyendo el Imperio Bizantino para afin-
carse en Constantinopla. Mahomet II dirigía las fuerzas oto-
manas, que para eludir la enorme cadena que impedía el
acceso al Cuerno de Oro, hizo transportar sus naves a la
Fitzcarraldo, por encima de una colina. En 1529 asciende al
trono Suleimán o Solimán, llamado El Magnífico en Occiden-
te y El Legislador entre los turcos. Formó un fuerte ejército,
que tuvo grandes éxitos en la conquista a la vez que, siendo
un hombre culto, llevó al Imperio Otomano a su máximo gra-
do de desarrollo civil. También en el plano artístico floreció
su nación: es el período clásico de las letras y artes otomanas.
Se fundaron escuelas de teología y de derecho (gratuitas) y se
protegió a eruditos y literatos. Se considera a Baki el mayor
poeta bajo el protectorado de Suleimán hasta la muerte de és-
te, en 1566.
A principios del siglo XX, la fanática Junta de Jóvenes Tur-
cos tomó el poder y llevó a cabo tremendas masacres,
entre ellas el genocidio de los armenios que llevaban siglos
de pacífica convivencia con los turcos. Se estima que hasta
un millón y medio de armenios fueron asesinados o condena-
dos a morir de sed y de hambre en marchas forzadas a través
del desierto. Todo eso entre 1915 y 1916. Para 1918, "diez
años después de tomar el poder, los Jóvenes Turcos habían
destruido el imperio otomano, habían llevado a la muerte a
millones de soldados turcos y habían practicado el asesinato
en masa sobre su propia población civil", dice Tom Reiss en
el extraordinario libro "El orientalista". Y agrega: "la princi-
pal distinción de los jóvenes turcos fue la de introducir el
genocidio en el mundo moderno".
En 1923 se declaró la República de Turquía, sobre las cenizas
del imperio que más tiempo ha perdurado en la historia de la
humanidad.
Como aquí nos dirigimos a traer a nuestra lengua a algunos
de sus grandes poetas, debemos comenzar diciendo que fue
Elias John Wilkinson Gibb, a través de su "Historia de la
Poesía Otomana", quien abrió el camino. Iniciada a fines
del siglo XIX y completada a comienzos del XX por su
amigo, el persianista E.G. Browne, los 6 tomos de la obra
de Gibb sentaron las bases para cualquier desarrollo en
ese camino. Los textos poéticos y la mayor parte de los
comentarios, tanto ciertas aclaraciones idiomáticas, como
las referidas a los autores, provienen del invalorable libro
de Walter G. Andrews, Najaat Black y Mehmet Kalpakli,
"Ottoman Lyric Poetry. An Anthology", editado por la
Univ. of Texas Press, en 1997.

SHEYHÎ (1375-1431)
TU ROSTRO
Tu rostro solar es un espejo del alma
Yo lo sé
Una imagen de ambos mundos se encuentra allí
Yo lo sé
El artista que pudiese pintar un punto
Del círculo de tu belleza
Sería afamado como maestro en este mundo
Yo lo sé
Tu mirada dice "¡Asolaré la ciudad de tu corazón!"
Esta es una orden real del Sultán
Yo lo sé
No entiendo los engaños de tu ojo
Y rostro
Uno es rendición, el otro desastre
Yo lo sé
Has otorgado a tus esclavos el favor
Del tormento
Pero ya hace mucho que no piensas en mi
Yo lo sé
Oh, sufi, que encuentra bondad en tu hipocresía
Abandona esos pensamientos, denigran a la fe
Yo lo sé
Oh Sheyhî, tú necesitas el jardín, la amada,
El vino y el saz
Lo único que permanece es la vida de este instante,
Aflicción y tristeza
Yo lo sé
[Los dos mundos: viniendo-al-ser y saliendo-del-ser, las dos
formas del mundo material que sólo es la emanación última
del verdadero terreno del ser (Dios)
Saz: el instrumento musical turco más común, de 8 cuerdas,
semejante al laúd.]
FIGANI ( 1505?-1532)
Mi triste corazón se quema hasta la negrura en el fuego de
mi pecho
Mis lágrimas espejan tu labio, rojo como el vino color sangre
Sobre el torrente de mis lágrimas, la esfera del Cielo se vuelve
Igual a una rueda de molino sobre un inundante arroyo
Desde que esa dura de corazón destruyó la provincia de mi
corazón
Parece una ciudad en ruinas, no ha quedado piedra sobre piedra
Las nueve bóvedas del Cielo y el poderoso trono de Dios
Sólo parecen burbujas en el vasto mar de mis lágrimas
Oh, Figani, el polvo de tu cuerpo sostenido por tu frío, frío
suspiro
Es sólo un manojo de tierra arrojado al ventarrón
[Muchas veces se compara en la tradición poética otomana
al negro hígado-corazón con el kebab asado. También es
frecuente la imagen del amante sufriente llorando hasta que
sus lágrimas se mezclan con sangre. El viento sarsar men-
cionado más de una vez en el Corán, un viento helado y de
gran violencia.]
FIGANI
ELLA
Tu beso no satisface al corazón,
Está loco de deseo de unirnos.
Amiga, perdóname, pero este mundo
Es un mundo de codicia.
Tu cuerpo se alza como los muertos en el Día del Juicio,
Tú eres mi promesa de Paraíso.
¡Sí! Tú me convertirás en polvo antes
De que realmente haya muerto.
Me enamoré de la que tiene cara-de-luna
Cuyo nombre no puedo mencionar.
Aún en Edirna, ciudad de bellezas,
Ella las eclipsa a todas.
Aquello que me hace delirar de locura,
Vestido en ropajes de luto
Es ella, de las cejas negras y el ojo de almendra.
Oh, Figani, si quieres conocer
A esa boca-de-rosa,
Ella es el ruiseñor que habla en el jardín
De la más honda belleza.
[Tu cuerpo se alza como los muertos, juego de palabras
entre cuerpo -kâmet- y la Resurrección -kiyâmet- de manera
que el cuerpo de la amada se convierte en algo que por la
vía etimológica le recuerda al poeta la Resurrección, es de-
cir la promesa de que los que mueren por amor tendrán un
renacer en el más allá de la muerte]
HAYRETÎ (m. en 1535)
No somos esclavos de Suleimán, ni cautivos de Selîm
Nadie nos conoce, somos esclavos del shah de la generosidad
Uno que es el siervo del amor jamás se ha inclinado
a los nobles de este mundo
Somos los Sultanes de este mundo-
Ey, miren, ¿de quién somos esclavos?
No piensen que estamos sedientos de las dulces aguas
de los ríos del Paraíso
Comemos dolor y tragamos contínuamente sangre
en nuestro lugar de sufrimiento
Oh mi sultán del amor, no creas que nos arrodillamos
ante la nueva belleza de la juventud
Somos esclavos de la antigua seducción de tu radiante rostro
Oh Hayretî, hemos renunciado a la capa de seda,
abandonamos el birrete derviche
Sólo somos esclavos de las ordinarias túnicas de este mundo.
[Hayretî (el Perplejo) era del pueblo de Uardar Yenichesi,
en Macedonia, cerca de Salonika. Se desconoce la fecha de
su nacimiento. Su nombre cotidiano era Mehmed y parece
haber sido un soldado profesional de la caballería feudal (los
Sipahîs). Cuando presentó sus poemas a la Corte, Hayalî in-
tervino en su contra. Parece haber sido un derviche con edu-
cación chiita, tal vez un derviche Bektashi, como muchos de
los soldados.]
[La frase "no somos esclavos", eje de este poema, se refiere
a que en el contexto otomano de la época, los ricos y los po-
derosos gustaban llamarse 'esclavos del sultán'. Hayretî enfa-
tiza las diferencias tanto en su negativa a considerarse escla-
vo de cualquier gobernante como de las túnicas de seda de
los Derviches de clase alta, identificándose en cambio con
aquellos que han renunciado a los bienes del mundo.]
HAYÂLÎ (m. en 1557)
DEL SABER
Ellos no saben cómo buscar al Embellecedor del Mundo en su
[mundo
Los peces viven en el océano pero no saben qué es el océano
Eh, asceta, no hables de las torturas del Infierno a los visitantes
[de las tabernas
Aquellos que viven para el momento no conocen el sufrimiento
[del día por venir
Cubiertos de alba coloreada de sangre, los amantes no ven
[la herida del amor
Ni reconocen la mota de polvo en el rayo de sol,
[ni conocen a la luna en el cielo.
Aquellos que atan el arco de lágrimas a sus doblados cuerpos
Ésos disparan las flechas del deseo, pero no saben para qué
[está hecho el arco.
Oh, Hayâlî, aquellos que se ponen el manto de la pobreza
[sobre sus desnudos cuerpos
Están orgullosos de no conocer el raso y el brocado.
[Embellecedor del Mundo: Dios, responsable de todas las belle-
zas de este mundo.
La flecha del deseo: la imagen del cuerpo doblado como la de
un arco cuya cuerda es un arroyo de lágrimas, se refiere tan-
gencialmente a las personas que vanamente aspiran a los pla-
ceres de este mundo.]
NUESTROS VERSOS
Nosotros estamos entre aquellos que se convirtieron en poli-
[llas de la vela de la belleza
Ah vela destellante, estamos entre aquellos
[que vinieron ardiendo
Los huérfanos de mis lágrimas vagan por tu cuarto
[rogando dádivas y favores
Oh mi amado, estamos entre aquellos que han venido
[para obtener tu misericordia
Ah distractor, para favorecer a los perros
[que custodian tu puerta
Estamos entre aquellos que han venido a acercarse a tí
[de la manera honorable
¡Oh asceta, no nos prohibas nuestro vino
[y nuestra amada!
Desde el inicio, estamos entre aquellos que recorren
[este camino como amigos embriagados
Oh, Hayâlî, hemos reunido un nuevo libro
[en dulce descripción de tu mejilla
Oh mi sultán, estamos entre aquellos que han venido
[a recitar nuestros versos ante tí.
BÂKÎ (1526-1600)
Si tan sólo el capullo se abriera
Como los labios rubí de la amada
Derramaría turquesa y la pradera
Se convertiría en una llanura de verde.
Si fuésemos a obedecer el consejo
Del hombre santo del pueblo
¿Entonces qué sería de la primavera, la amada,
el placentero vino?
He bebido sangre a cada instante
Servida por el saki del destino
Si sólo pudiese abrirme como la amapola silvestre,
Y revelar la quemadura del verdadero amor.
¿Qué ocurre si los corazones lloran a causa
De aquella que es cruel y de corazón duro?
¿Y qué si esa ladrona de amor
fuese coqueta y atractiva?
Oh, Baki, deja que la copa haga una nueva ronda,
Mira la rosa interior
Deja que la amada permanezca siempre cerca,
En fiesta a lo largo de la orilla del arroyo.
[A la orilla del arroyo: juego de palabras que incluye kenár
que significa "la orilla o el borde de algo".]
SHEYHÜLISLAM YAHYÂ (1552-1644)
Saki, ofrece la copa, deja que me llamen borracho
Déjalos decir, "¡Miren al loco-de-amor que se comporta mal!"
Todos aquí están contínuamente llenando su copa
Desde ahora en más, déjalos llamar a esta reunión 'taberna'
Destruyan la morada del corazón, no dejen piedra sobre piedra
Hagan esto, y deja que los viajeros lo llamen una ruina
¿Qué hace una imagen distinta de la tuya en mi corazón?
¿Sería adecuado llamar a la Kaaba un templo de ídolos?
Yahyâ, las palabras revelan la secreta verdad del sentimiento
[amoroso
Puedan los amigos oír bien y decir,
["No se las digas a los extranjeros".
[Ruina: las ruinas son el lugar donde se vende vino, una taberna.
La secreta verdad: Es constante, en la poesía otomana, la rela-
ción establecida por el autor entre el amor terrenal, con su pa-
sión, su vino y su fiesta, con el amor divino.]
COMENTARIO
La forma lírica preferida en la poesía otomana es el Gazal,
un poema breve, con una extensión semejante a la del soneto,
un par de versos iniciales que riman y la misma rima apare-
ciendo en la segunda mitad de cada parte siguiente del poema.
Por convención, la última parte del poema debe contener el
nombre del autor.
Es poesía amorosa, aunque es necesario hacer algunas preci-
siones. La lengua turca no distingue géneros. De ahí que la
identidad sexual de aquél a quien está destinado el poema
no siempre resulta clara. El objeto amoroso puede ser una da-
ma o bien, como suele suceder, un joven. Las mujeres estaban
severamente restringidas en sus apariciones públicas. La sepa-
ración de hombres y mujeres a una edad temprana hacía que
muchos hombres viesen a las mujeres como criaturas muy di-
ferentes y peligrosas (manipuladoras, frívolas, traicioneras).
La poesía otomana, aunque recorre siglos de vigencia, no ha
sido categorizada o periodizada adecuadamente, en especial
por las escuelas europeizantes y etnocéntricas.
Aún las lenguas en las que se expresaron estos poetas varían
entre el turco (la más frecuente) y el persa, el árabe o el tur-
co oriental o chaghatay.
Los poetas lograban acceder a la corte si sus versos eran apre-
ciados por el Sultán.
La cosmogonía turca se mantuvo aferrada a la tradición, a pe-
sar de contar con excelentes astrónomos y geógrafos.
Para esa cosmogonía, la tierra estaba rodeada por nueve círcu-
los, nueve duomos cristalinos o esferas. La más exterior, el no-
veno cielo, es llamado "Cielo de Cielos" o "Esfera sin estrellas"
o "el Trono de Dios". El octavo cielo contiene las estrellas fijas
(como opuestas a los planetas o "estrellas móviles") y las cons-
telaciones. Estas dos esferas son el dominio de los designios
eternos de Dios. Los otros siete círculos son las esferas de los
planetas, que incluyen la luna y el sol.
Estas esferas, al orbitar, influyen en la suerte y el destino de los
seres humanos, por lo cual es frecuente que los poetas insulten
o rueguen a los planetas por su mala o buena fortuna.
El Sol es el Sultán de los cielos. La Luna es el Gran Visir. Mer-
curio es el escriba, Venus el músico, Marte el general, Júpiter
el juez, y Saturno el tesorero.
Esto no es más que un mínimo esbozo de la compleja cosmo-
logía otomana, apenas un rozar su compleja mística.
Habiendo arribado a las 200 publicaciones, he aquí un índice
de esas entradas, en orden cronológico -ya que la estructura
del sitio las va montando una sobre otra en sucesivas napas
del tiempo.
1. Inútiles Misterios e Idiomas olvidados. Presentación. (***)
2. Poemas de "La sonrisa Kenuga" (RR) (*+)
3. Poemas de "Blilkla" (RR) (*+)
4. Orígenes. Presentación.
5. Vulnus Crudum (Una suerte de credo poético) (RR)
6. Versiones: Miguel Angel Buonarrotti (1475-1564)
7. "Small talk" (RR)
8. Acerca de la poesía (Un catálogo de definiciones)
9. Lugares (Un catálogo)
10. Cosas para buscanhelar
11. Poemas sin libro (RR) (*)
12. Seis epitafios (griegos)
13. Versiones: Raymond Carver
14. Versiones: Roger Gilbert-Lecomte
15. Versiones: 3 poemas de Paul Bowles (*)
16. Pistas/ Texto de Blilkla
17. Sección "Anhelos y deseos" (Un catálogo) (*+)
18. Kafka en Viena (RR) (****)
19. Del libro "Orígenes". Poesía de los pueblos originarios
20. Un nuevo catálogo de Olores (*+)
21. Textos sin libro: La piedra en Chilx
22. Vida (Un catálogo)
23. Cambio de mundos. Presentación. (*+)
24. Palabras plenas (Colección) (*+)
25. Lo incesante (RR)
26. Antigua Grecia: poemas de amor (**)
27. Glosario erotonáutico (RR)
28. El país del olvido (RR)
29. Dos niños (Kafka y Pessoa)
30. Lejos de Blikla: Keras Thanátoio (RR)
31. Epitafio de Uriel Darrás (Oct 47- Julio 75)
32. El retraso (RR)
33. "Sin Blilkla" (RR)
34. Los 'tankas' de Izumi Shikibu (**)
35. Lejos de Blilkla: Músicas (RR)
36. Una antigua carta de Kramm (RR)
37. Conexiones (Un catálogo)
38. Una metáfora blilkleana (RR)
39. Acerca de 'los ojos de Kafka' (*+)
40. Sigfrid Lachman en viaje (RR) (*)
41. Religiones animales (RR)
42. La pensión Lektá (RR)
43. 'El más perfecto epigrama' (+)
44. Una cajita de palabras (RR)
45. El vagón de soñar (RR)
46. El joven Inca (y su hermana). Un relato. (RR)
47. Acerca de la muerte (Un catálogo)
48. Los tigres de Rajná (RR)
49. Fuera de Blilka: el lectovisor (RR)
50. Pedido de ayuda sobrenatural (Texto Sioux)
51. Tornasoleando (RR)
52. Los Sigúsin (RR)
53. Poemas del sánscrito (**)
54. Dos monólogos de "La sociedad Harshí" (RR) (*+)
55. Vuelo inaugural. Un relato (RR)
56. Dejando Blilka: 3 minucias (RR)
57. Del amor (Un catálogo) (*+)
58. Envejecer en Avindhala (RR)
59. Relato de un dios mirreno (RR)
60. Elegidas (Algunas fotos) (*+)
61. El ministerio de la paciencia (RR)
62. Cuatro poetas medievales coreanos (*+)
63. Mnesis (RR) (**)
64. Del Chino: "Grillos", texto de Yuan Hung Tao (+)
65. Párrafos finales (RR)
66. Dormir (RR)
67. La conversión (RR)
68. Cantos de pueblos originarios de Siberia (*)
69. En el aula. Un relato. (RR)
70. Cuatro poemas de Jean Follain (*)
71. Deriva, derivaciones, derivacciones (RR)
72. Interlíneas (RR)
73. En el Rufus (RR)
74. La condena menor: el insomne y la muerte (RR) (+)
75. Encendimientos (RR)
76. Sensaciones (Un catálogo)
77. La otra noche (RR)
78. Minucias (RR)
79. La tragedia de Ziemrincz (RR)
80. Visita (RR)
81. Tejidos (RR) (+)
82. Escrito acerca de escribir (RR) (+)
83. Conductores (RR) (+)
84. Del lectovisor de Piura (RR)
85. Poemas-canciones de los mongoles (*)
86. Bibrancz (RR)
87. El pez y la ráfaga (RR)
88. Explicacciones (RR) (+)
89. El ablandaser (RR)
90. Los abrasagrados (RR)
91. Hacia el sinsentido (RR)
92. Fiebres (RR)
93. Preferido (El Flatiron de NY)
94. Gustos, gestos, ideas (Un catálogo) (*+)
95. La lengua (RR)
96. Poesía persa clásica y poesía sufí (**+)
97. La expedición (RR)
98. Más textos de los Indios de América del Norte (****)
99. Dilusiones (RR)
100. Fruta fruciosa (*) (RR)
101. Algunos nombres/ Algunas palabras (Un catálogo) (+)
102. Sonidos y silencios (Un catálogo)
103. Bramar (RR)
104. Esa noche (RR)
105. Patrick Leigh Fermor (+)
106. Wundum (RR)
107. Indecible (RR) (+)
108. Venas (RR)
109. Algo más acerca de 'indecible' (RR)
110. Seis poemas de Tomas Tranströmer (*)
111. Lo que vuela entre el tiempo y el silencio (RR)
112. Tres cuerpos (RR)
113. Feticherías (RR)
114. Idiomas olvidados (RR)
115. Darshaxel (+)
116. De los Bahuani (RR)
117. Amalgamas (1)
118. El insomnio (RR)
119. Cuatro poemas de Velimir Khlebnikov (*)
120. Leonardo y un epitafio (RR) (+)
121. Significantes insignificantes (RR)
122. Libros: "Como si yo no estuviera" de Slovanka Draku-
lic (+)
123. Radz (RR)
124. Poesía asiática (1) (*)
125. ¡Al rescate! Pierre Albert-Birot
126. Pensando (RR)
127. Diez composiciones poéticas (***)
128. Homenaje a W.G. Sebald (*+)
129. "Blumje, el enviado". Un relato (RR)
130. Pájaros (RR)
131. Enheduanna, la primera escritora (*+)
132. Una serie de observacciones (RR)
133. Conductores 2: Lahore (RR)
134. ¡Al rescate! Los últimos años de Antonin Artaud (**)
135. "Sé que estoy viajando", dice Arthur Lundkvist
136. Más palabras plenas (*)
137. Tres "wakas" de hace mucho tiempo (RR)
138. Relato del prófugo y escrito del agua. Relato. (RR)
139. Molteni. Relato (RR)
140. Una luna para 8 islas. Tankas japoneses de 8 siglos (*)
141. Idiomas olvidados y el trabajo de la civilización (RR) (**)
142. Un pequeño homenaje a John Tagliabue
143. Poemas de amor del Antiguo Egipto (****)
144. Nómadas (RR) (+)
145. Tres partes de un inescribible poema (RR) (*)
146. Olvido (RR)
147. De un viccionario (RR)
148. Cuatro poemas de Wallace Stevens
149. Poemas fechados de Primo Levi (+)
150. Poemas de los Diarios de Murasaki Shikibu (*+)
151. Residencias (RR)
152. Pound, Chuang Tzu... y un poco de Lacan (RR) (++)
153. Poetisas de Estonia, Letonia y Lituania
154. Un poema (tal vez inédito) de Robert Graves (+)
155. Un fuego (RR)
156. Los tres relatos (RR)
157. Karma fáunico (RR)
158. Poesía oral Malaya (+)
159. Tundra (RR)
160. Once poemas (y etnias) del Africa Negra (**)
161. Sí cielo (RR)
162. Un poema (o cuatro) de Cees Nooteboom: Bashô (+)
163. ¡Al rescate! Hilarie Voronca, poeta rumano-judío-fran-
cés
164. La Wislawa (Szymborska)
165. Conexiones: Los viajes y la soledad (Un catálogo)
166. Una escuelita (RR)
167. Hierro (RR)
168. Más poemas de amor del Antiguo Egipto (**)
169. Una escuelita. 2° parte (RR)
170. Cuatro poemas dístico-místicos (RR)
171. Malasia, 2° parte: figuras malayas
172. Las amantes de Dios (1) Makeda, Reina de Saba (+)
173. Una ensalada medieval: la salsa del siglo XV (RR)
174. Las amantes de Dios (2): Mahadeviyaka
175. Un poema de Michael Ondaatje (y su coda por Vikram
Seth)(+)
176. ¡Al rescate! Antimero, poeta del siglo XII a.C.
177. Poemas de Wang Wei (++)
178. Apenas 3 poemas de W.g. Sebald: Across the land...
179. Composición de las sombras (RR)
180. Sueño con señales (RR)
181. Algunas características de la poesía china (+)
182. Los poemas de Yüan Hung Tao (1568-1610)
183. En Prualha (RR)
184. Hacedores de alfabetos (RR)
185. Escrito encontrado en un cuaderno de Sardís (RR)
186. Las amantes de Dios (3) La Sulamita
187. Poemas de Norman Mailer
188. Seis poemas de Charles Simic
189. Poetas tradicionales de Vietnam
190. Poetas del desierto: los Tuáregs
191. Catálogo de Momentos
192. Homenaje a Henri Michaux
193. En Stadivatt (RR)
194. Poemas-canciones de los Indios de América del Sur y
de América Central
195. El idioma del viento (RR)
196. En la lengua Faraii (RR)
197. Un relato de Robert Walser: "Kleist en Thun"
198. Varchevsky
199. Fugas
200. INDICE GENERAL
Los elementos entre paréntesis dan alguna referencia al nú-
mero de visitas que esa página ha tenido, avanzando desde
(+) a (*) y a sus respectivas progresiones.
Fugas del pensamiento -las más frecuentes
No se puede permanecer ahí, en el curso, en el lugar preciso
del pensamiento mucho tiempo. Y los cortos tiempos se acor-
tan, todavía.
Una fuga del pensamiento
¿Cómo entenderla? ¿A la frase? ¿A la fuga?
Como una fuga de gas.
Fuga, como una pequeña nube que escapara del cielo.
Como un pensamiento que sale por las suyas.
Y después están los instrumentos de la mente.
Para asir los hilos de las palabras y de sus asociaciones,
instrumentos muchas veces torpes. Patas de pato. Cuando
se necesitarían dedos finos como agujas y cientos tejiendo
al mismo tiempo... patas de ganso.
Y después está lo inasible. Y después está lo inefable.
Y también la idea fija. La que al fijarse, impide la circulación
de las otras ideas. Las que se fugan, justamente, las que se
mantienen inapresables.
"Fijar vértigos", le llamaba Rimbaud a la actividad poética.
Fugas del pensamiento: por fragmentación, por disolución,
por mezclado.
También está el fugarse del pensamiento mismo.
El sueño del prisionero (no se puede apagar la radio).
Kafka: "en este sentido escribir es un sueño más profundo.
Como la muerte, y del mismo modo que no se saca ni se
puede sacar a un muerto de su sepultura, nadie podrá arran-
carme por la noche de mi mesa de trabajo".
Pero, ¿a quién le escribe Kafka esto? A su prometida, a Fe-
lice, nada menos.
Fugas.
La necesaria fuga de lo que pertenece a la fugacidad o la
fogosidad.
También es una idea que se nos fuga el ser quien somos.
Se fuga hacia el futuro, se fuga hacia el pasado.
Gracias a esas fugas, estamos en alguna parte (en algún-
'aparte').
Para Rick
¿Cómo se llamaba esa afección? Todo lo que lo tocaba, pasa-
ba a pertenecerle. En el acto. Una frase, una idea, una imagen,
se convertían en suyas, al instante de contactarse con él. Si,
por ejemplo, leía un párrafo estaba seguro de que se le había
ocurrido a él (y antes que al autor). "Sí, ya había dicho esto
yo". O: "Claro, es exactamente lo que yo pensaba."
Se volvía muy difícil hablarle, porque lo que el interlocutor le
decía, él lo sentía como un pensamiento propio. "Tal cual",
contestaba, "es lo que venía pensando hace un momento".
Hay una carta de Varchevsky, que es muy interesante, porque
se la escribió a su hermano menor, Serguéi mientras estaba
entrando en esta 'afección'.
En un párrafo le dice: "Todo me va pareciendo mucho más na-
tural, y voy dejando de resistirme. Es esa inseguridad que ins-
tilaron nuestros padres en nosotros lo que me venía impidien-
do acoger plenamente las cosas, Serguéi. Espero que tú tam-
bién te permitas esto. Todo lo que leo, todo lo que me dicen,
yo ya lo sabía. Idénticamente. ¿Dónde lo sabía? ¡Ah, muy
bien, muy bien! Lo sabía en la parte oscura de mi cabeza,
en la sombra de la mente. La que parecía haberlo olvidado
todo. ¿Te acuerdas que muchas veces te molestaba que te
preguntase lo mismo cuando éramos muy jovencitos? Ya
te lo decía entonces: es imposible que las cosas se borren.
Tienen que estar en algún lado. Un lado al que no tenemos
acceso a voluntad, pero que espera en reserva su momento.
Pensaba entonces que podía pasar toda la vida sin que ese
momento llegase y esa idea me angustiaba muchísimo. Pero
ahora los diques se han abierto, y cuento con toda mi memo-
ria junta y al mismo tiempo. Las palabras, sus sonidos, sus
reminiscencias, lo que despierta nuestros sentidos, las ideas,
todo se conecta y entrelaza en una maravillosa, pero no ines-
perada, identidad."
El resto de la historia la conoce ya casi todo el mundo, pero
la refiero, de todos modos. Serguéi viaja a encontrarse con
su hermano mayor. Los hermanos Varchevsky, 'tan pareci-
dos y tan diferentes', habían dicho siempre de ellos los que
los conocieran, se encontraron en el mismo puerto de Pe-
tersburgo, ya que Viktor Konstantin estaba a punto de em-
barcarse. La taberna portuaria rebosaba de parroquianos. El
menor de los Varchevsky presenció, asombrado, cómo su
hermano parecía leer los pensamientos o los comentarios
-porque muchas veces se trataba de frases burdas y hasta
incoherentes, debido a la cantidad de alcohol blanco de ma-
la calidad que circulaba por el organismo de esos hombres
rudos y primitivos. Se superponían la voz de aquel que habla-
ba y la honda voz de Viktor Konstantin, casi como en un co-
ro. A duras penas logró Serguéi apartar a su hermano de los
otros, ya que éste, como parecía ocurrirle desde que se inicia-
ra su 'afección', sentía una dicha incomparable cada vez que
su pensamiento, sus ideas o aún las pavadas más absurdas, o
sus impresiones, se entrelazaban con las de algún otro.
Le contó al incómodo Serguéi que le sucedía también al leer,
cosa que hacía ahora con una pasión desbordante por la in-
creíble cantidad de coincidencias que se iban produciendo en-
tre escritor y lector. Si es que se pudiese concebirlos como
dos entidades separadas, algo en cuya casualidad, explicó
V.K.V. había dejado de creer desde el momento de su recupe-
ración de la integridad de su memoria. Ahora, para él, no ha-
bía tal cosa como un escritor y un lector, al menos no en el or-
den en que habitualmente situamos esos términos.
Es que en cuanto comenzaba a leer, se daba cuenta de que
él mismo era el escritor -y a su vez el lector- así como el otro,
el que el común de la gente situaría en el lugar del autor, era
un par, un par en el que anverso y reverso eran contínuos.
En ese momento el hermano mayor señala el barco que van a abordar y le dice: "Nos llevará de vuelta a la infancia, Ser-
guéi. ¡Ah, pero tú eras tan pequeño!"
Serguéi estuvo confundido durante todo el viaje a Vyborg.
De hecho, ni siquiera registró adónde se dirigían.
Nevaba suavemente cuando desembarcaron.
Caminaron en silencio, ya que Valeri Konstantin ya había
hecho suya la molestia de Serguéi, alejándose del puerto.
No había nadie en la calle principal y siguieron caminando
hasta que el frío los empujó en busca de algún reparo. En el
frente de un negocio de ramos generales había un gran car-
tel: "Sekkatawaarankauppa". El hermano mayor comenzó a
leer el cartel y a Serguéi se le iluminó el rostro. Antes de que
Valeri Konstantin hubiese terminado de pronunciar el extraño
nombre de la tienda, el menor de los Varchevsky supo que
estaban en Finlandia y supo lo que quería decir ese cartel en
finlandés. Cruzaron las miradas y sus memorias parecieron
adosarse.
A partir de ese instante, se entendieron en una for-
ma de entendimiento que llamaron "el enlace simultáneo".
Serguéi abrió la puerta de la tienda y entraron a su calor y
a sus tufos, como si ingresaran jubilosamente a una nueva
vida. A una vida sin estrenar.
RR
Hasta donde sé, este relato permanecía inédito en castellano.
(O seré corregido.) Susan Sontag ha dicho de "Kleist en
Thun", de 1913, que "es a la vez un autorretrato y un tour au-
torizado del paisaje mental del genio romántico destinado al
suicidio, y describe el precipicio sobre cuyo borde vivía
Walser. El último párrafo, con sus atroces modulaciones, se-
lla una explicación de la ruina mental tan grandiosa como
cualquier cosa que yo haya conocido en la literatura."
KLEIST EN THUN
Kleist encontró cama y comida en una villa cerca de Thun,
en una isla en el río Aare. Se puede decir hoy, después de
más de cien años, sin ninguna certidumbre por supuesto,
pero pienso que debe de haber cruzado un puentecito, de
diez me-tros de longitud, y haber tirado de la cuerda de una
campana. Entonces alguien habrá bajado las escaleras interio-
res deslizándose como un lagarto, para ver quién era. "¿Tiene
una pieza para alquilar?". A poco Kleist se puso cómodo en
las tres habitaciones que le asignaron, a un precio increíble-
mente bajo. "Una chica encantadora local de Berna hace el
trabajo de la casa". Un poema hermoso, una criatura, una
acción heroica; estas tres cosas ocupan su mente. Además,
no se siente muy bien. "Dios sabe qué anda mal. ¿Qué me
pasa? Es tan hermoso este lugar".
Escribe, por supuesto. De vez en cuando toma un coche
hasta Berna, se reúne con amigos literatos y les lee algo que
ha escrito. Naturalmente lo ponen por los cielos, aunque to-
da su persona les parece algo peculiar. Escribe La Jarra
Rota. Pero ¿porqué tanto lío? Ha llegado la primavera. En
los alrededores de Thun los campos están repletos de flores,
hay fragancias por todas partes, zumbido de abejas, trabajo,
sonidos que caen, uno vagabundea; al calor del sol uno po-
dría enloquecer. Es como si unas ondas rojas radiantes y
estupefacientes se alzaran en su mente cada vez que se sien-
ta a su mesa e intenta escribir. Maldice su arte. Se había he-
cho el propósito de hacerse granjero cuando vino a Suiza.
Linda idea. Fácil de pensar en Potsdam. De todos modos los
poetas piensan esas cosas con bastante facilidad. A menudo
se sienta a la ventana.
Serán alrededor de las diez de la mañana. Se encuentra tan
solo. Desearía tener una voz junto a él; ¿qué tipo de voz?
Una mano; bueno, ¿y qué? ¿Un cuerpo? ¿Para qué? Allá
enfrente está el lago, esfumado y perdido en una blanca fra-
gancia, enmarcado por las montañas hechiceras e innatura-
les. Todo esto deslumbra y perturba. Todo el entorno cam-
pestre hasta el agua es un puro jardín, parece hervir y com-
barse en el aire azul con puentes llenos de flores y terrazas
llenas de fragancias. Los pájaros cantan muy suavemente
bajo todo este sol y toda esta luz. Está en un estado de de-
leite y de ensoñación. Con el codo sobre el alféizar, Kleist
apoya la cabeza sobre la mano, mira y mira y quiere olvidar-
se de sí mismo. La imagen de su distante hogar norteño le
viene a la mente, y puede ver claramente el rostro de su ma-
dre, viejas voces,... ¡Maldición! Ha saltado y salido corrien-
do al jardín. Allí se sube a un esquife y empieza a remar so-
bre el lago, en la clara mañana. El beso del sol es indivisible,
implacable. Ni un aliento, casi nada se agita. Las montañas
son el artificio de un hábil pintor de paisajes, o lo asemejan;
es como si toda la región fuera un álbum, las montañas dibu-
jadas sobre una página en blanco por un diletante muy dies-
tro para la dama propietaria del álbum, como recuerdo, con
una línea en verso. El álbum tiene tapas verde pálido. Lo
cual es apropiado. Las faldas de las colinas a orillas del lago
son de un verde tan perfecto, tan altas, tan fragantes. ¡La, la,
la! Se ha desvestido y se zambulle en el agua. Esto es para
él inexpresablemente lindo... Nada y oye la risa de una muje-
res en la costa. El bote se desliza perezosamente en el agua
verdosa y azulina. El mundo circundante es como un vasto
abrazo. ¡Qué arrobamiento, pero qué agonía puede ser tam-
bién!
A veces, especialmente en noches hermosas, siente que este
lugar es el fin del mundo. Los Alpes le parecen las puertas
inalcanzables de un paraíso que estuviera en lo alto de las
cumbres. Camina en su pequeña isla andando despacio, ha-
cia aquí y hacia allá. La chica cuelga la ropa lavada entre los
arbustos, en los que brilla luz melodiosa, amarilla, mórbida-
mente hermosa. Las paredes rocosas de las montañas coro-
nadas de nieve son tan pálidas; dominante en todas las cosas
hay una belleza intangible y final. Los cisnes que navegan de
aquí para allá entre los juncos parecen atrapados en el encan-
to de la belleza y de la luz del crepúsculo. El aire es enfermi-
zo. Kleist quiere una guerra brutal, luchar en una batalla; pa-
ra sí mismo le parece ser una especie de persona miserable y
superflua.
Sale a caminar. ¿Por qué, se pregunta con una sonrisa, por
qué debe ser él que no tiene nada que hacer, nada que atacar,
nada que derribar? Siente la savia y la fuerza de su cuerpo
que se quejan suavemente. Su alma entera se agita por activi-
dad física. Entre altas paredes antiguas trepa y baja por lade-
ras pedregosas en las que se enrosca apasionadamente la os-
cura hierba verde, y sube la colina del castillo. La luz crepus-
cular resplandece en todas las ventanas. Al borde de la pared
rocosa se halla un delicioso pabellón, se sienta allí y deja su
alma volar abarcando la brillante perspectiva santa y silencio-
sa. Se sorprendería si ahora se sintiera bien. ¿Leer un diario?
¿Cómo podría ser? ¿Conducir un debate idiota, político o de
utilidad general con algún funcionario respetado y mediocre?
¿Sí? No es desdichado. Secretamente considera feliz sólo al
hombre que es inconsolable, natural y poderosamente incon-
solable. En cuanto a él, su posición está un poquito más com-
plicada. Es demasiado sensible para ser feliz, está demasiado
abrumado por todos sus sentimientos irresolutos, cautos, des-
confiados. Desearía gritar fuerte, llorar. Dios del Cielo, ¿Qué
me pasa? Y se precipita por la colina que se oscurece. La no-
che lo calma. De regreso a su habitación se sienta, decidido
a trabajar hasta que llegue el frenesí a su mesa de escribir.
La luz de la lámpara elimina su imagen a su alrededor, y le
aclara la mente y ahora escribe.
Los días lluviosos son terriblemente fríos y vacíos. El lugar
lo hace tiritar. Los verdes arbustos se quejan y gimen y llo-
ran lágrimas de lluvia pidiendo el sol. Sobre los picos de las
montañas se deslizan sucias nubes como si fueran grandes
manos insolentes y asesinas sobre la frente. La campiña pa-
rece querer huir y esconderse de este tiempo maligno, secar-
se. El lago está plomizo y sombrío, el lenguaje de las olas
es impiadoso. El viento tormentoso, lamentándose como
una admonición fantasmal, no encuentra salida, choca de
una escarpa a la otra. Está oscuro aquí, y todo es pequeño,
pequeño. Todo parece apretarse directamente contra la nariz
de uno. Un querría agarrar un mazo y abrir camino para sa-
lir. ¡Escapar, escapar!
El sol brilla otra vez, y es domingo. Suenan las campanas.
La gente está saliendo de la iglesia de la colina. Las niñas y
mujeres con negros corpiños ajustados de encaje con lente-
juelas de plata, los hombres vestidos con estilo simple y so-
brio. Llevan los libros de oraciones en las manos, y los ros-
tros son hermosos y apacibles, como si se hubiera desvane-
cido toda la ansiedad, y todas las arrugas de la preocupación
y el conflicto se hubieran alisado, y estuvieran olvidados to-
dos los problemas. Y las campanas. Como tañen, brincan,
con repiques y ondas de sonido. ¡Cómo brilla y reluce con
tonos azules y argentinos sobre todo el pueblito dominguero
bañado por el sol! La gente se dispersa. Kleist se queda presa
de extraños sentimientos, en la escalinata de la iglesia y sus
ojos siguen los movimientos de la gente que desciende. Ve
muchos hijos de granjeros que descienden los escalones co-
mo una princesa de nacimiento, que lleva en los huesos la
majestad y la libertad. Ve a hombres jóvenes musculosos del
campo, -y qué campo, no tierra llana, no jóvenes de la llanu-
ra, sino muchachos que han brotado de valles profundos co-
mo curiosas cavernas de las montañas, a menudo angostas,
como el brazo de un hombre alto y algo monstruoso. Son los
muchachos de las montañas donde los sembrados de maíz y
las pasturas descienden abruptos hacia las grietas, donde cre-
cen los fragantes y cálidos pastos en manchones pequeños y
chatos sobre las paredes de gargantas horribles, donde las ca-
sas están encajadas como motas en los prados cuando uno se
detiene allá abajo en el ancho camino campestre y mira hacia
arriba, para ver si pueden haber todavía allá arriba casas con
gente.
A Kleist le gustan los domingos, y también los días de feria,
cuando ondean y pululan las batas azules y las vestimentas de
las paisanas en el camino y en la estrecha avenida principal.
Allí, en esta calle angosta, junto a la vereda, junto al pavimen-
to, se almacenan mercaderías en las bóvedas de piedra, y en
puestos frágiles. Los verduleros anuncian sus tesoros baratos
con gimientes gritos campestres. Y en esos días de feria suele
brillar el sol más ardiente, más cálido, más tonto. A Kleist le
gusta que lo empujen aquí y allá la muchedumbre brillante y
blanda del pueblo.
Por todas partes se siente el olor del queso. Las campesinas
serias y a veces hermosas entran a las mejores tiendas, cau-
telosamente, para hacer sus compras. Muchos de los hombres
tienen pipas en sus bocas. Pasan conducidos cerdos, terneros
y vacas. Un hombre está parado allá riéndose y obligando a
andar a su cerdito rosado golpeándolo con una vara. Éste re-
húsa y entonces lo toma bajo el brazo y sigue adelante. Los
olores de los cuerpos humanos se filtran a través de sus ropas
y de las posadas emergen los sonidos de los que beben, bai-
lan y comen. ¡Todo este tumulto, toda la libertad de los soni-
dos! A veces los coches no pueden pasar. Los caballos están
completamente rodeados por los hombres que negocian y
chismosean. Y el sol brilla ardiente con tanta exactitud so-
bre los objetos, los rostros, las telas, los cestos y las mercan-
cías. Todo está en movimiento y el resplandor del sol por su-
puesto debe moverse en armonía con todo lo demás.
Kleist desearía rezar. Siente que no hay música majestuosa
tan hermosa, no hay alma tan sutil como la música y el alma
de toda esta actividad humana. Desearía sentarse en uno de
los escalones que abren paso a la estrecha calle. Sigue cami-
nando, viendo a mujeres con la pollera recogida, niñas que
llevan cestos sobre la cabeza, calmas, casi nobles, como las
mujeres italianas que llevan cántaros que él ha visto en pin-
turas, hombres gritones y borrachos, policías, escolares que
se mueven en sus andanzas propias, las arcadas sombreadas
que huelen a fresco, sogas, palos, productos alimenticios,
joyas de imitación, mandíbulas, narices, sombreros, caballos,
velos, mantas, medias de lana, salchichas, paquetes de man-
teca y planchas de queso, que brotan del tumulto hacia un
puente sobre el Aare, donde se detiene y se inclina sobre la
balaustrada para mirar a la profunda agua azul que fluye ma-
ravillosamente. Más arriba las torrecillas del castillo brillan
y resplandecen como fuego líquido parduzco. Esto casi po-
dría ser Italia.
De vez en cuando en días de semana toda la pequeña pobla-
ción le parece hechizada por el sol y la quietud. Se detiene
inmóvil ante el extraño y antiguo edificio municipal, con
los números de su fecha recortados con bordes agudos sobre
la brillante pared blanca. Todo es tan irrecuperable, como la
forma de una canción popular que la gente ha olvidado. Ape-
nas vivo, no, para nada vivo. Sube la escalera de madera cer-
cada que va al castillo donde vivían los antiguos nobles, y la
madera despide el olor de la edad y de los destinos humanos
desvanecidos. Una vez arriba se sienta sobre un banco verde
ancho y curvo para gozar con la vista, pero cierra los ojos.
Todo parece tan terrible, como dormido, sepultado en el pol-
vo, como si se le hubiera ido la vida. El objeto más próximo
se ve como si estuviera en una lejanía de ensueño, como ve-
lada. Todo está enfundado en una nube calurosa. Verano,
¿Pero qué clase de verano? No estoy vivo, grita, y no sabe
adónde volver la mirada, las manos, las piernas, y el aliento.
Un sueño. No hay nada allí. No quiero sueños. Al final se
dice a sí mismo que vive demasiado solo. Se estremece, obli-
gado a admitir qué falta de sentimientos es su relación con el
mundo que lo rodea.
Luego vienen las tardecitas del verano. Kleist se sienta sobre
la alta pared del cementerio. Todo está húmedo, y sin embar-
go también asfixiante. Se abre la camisa para respirar con li-
bertad. Allá abajo está el lago, como si lo hubiera arrojado la
gran mano de un dios, incandescente, con matices de amari-
llo y rojo, toda su incandescencia parece un arrebol brotado
de las profundidades del agua. Es como un lago de fuego.
Los Alpes han cobrado vida y con gestos fabulosos sumer-
gen sus frentes en el agua. Sus cisnes allá lejos circundan su
tranquila isla, y las crestas de los árboles, con gozo flagrante
y cantarín flotan sobre -¿sobre qué? Nada, nada. Kleist bebe
todo esto. Para él todo el oscuro lago centelleante es un ra-
cimo de diamantes sobre un cuerpo femenino inmenso, som-
noliento y desconocido. Los tilos y los pinos y las flores ex-
halan sus perfumes. Hay en el lugar un sonido suave, apenas
perceptible; lo puede oír, pero también verlo. Esto es algo
nuevo. Busca lo intangible, lo incomprensible. Allá en el la-
go se mece un bote; Kleist no lo ve, pero ve las linternas que
lo guían, que se balancean de uno a otro lado. Allí está sen-
tado, con la cara hacia adelante, como si debiera estar listo
para el salto mortal hacia la imagen de esa atractiva profundi-
dad. Desearía perecer en esa profundidad. Quiere sólo ojos,
para ser un único ojo. No, algo totalmente diferente. El aire
debería ser un puente, y la imagen toda del paisaje una silla
para relajarse, sensual, feliz, fatigado. Llega la noche, pero
no desea descender, se arroja sobre una tumba oculta bajo
unos arbustos, los murciélagos silban a su alrededor, los ár-
boles puntiagudos susurran cuando los aires suaves pasan
sobre ellos. El pasto huele tan delicioso, sirviendo de suda-
rio a los esqueletos de los hombres enterrados. Está tan
tristemente feliz, demasiado feliz, y de ahí su sofocación,
su aridez, su tristeza. Tan solo. ¿Por qué los muertos no pue-
den emerger y conversar media hora con el hombre solita-
rio? En una noche de verano uno debería realmente tener una
mujer para amar. El pensamiento de blancos senos lustrosos
y labios impulsa a Kleist a bajar la colina hacia la orilla del
lago y meterse en el agua, completamente vestido, riendo,
llorando.
Pasan las semanas. Kleist ha destruido una, dos, tres obras.
Quiere la máxima maestría, bueno, bueno...¿Qué es eso?
¿Inseguro? Rómpelo. Algo nuevo, más fantástico, más her-
moso. Comienza La Batalla de Sempach, en el centro la fi-
gura de Leopoldo de Austria, cuyo extraño destino lo atrae.
Mientras tanto, recuerda su Robert Guizcard. Quiere que sea
espléndido. Ve deshacerse en fragmentos, estallar y tabletear
como cantos rodados que se precipitan por la vertiente de su
vida la buena suerte de un hombre equilibrado con sentimien-
tos simples. Sin embargo lo ayuda, ahora que está resuelto.
Desea abandonarse a la catástrofe total de ser un poeta: lo
mejor para mí es ser destruido lo más rápido posible.
Lo que escribe le hace hacer muecas: sus creaciones pierden
el sendero. Al llegar el otoño se enferma. Se asombra de la
dulzura que ahora le sobreviene. Su hermana viaja a Thun
para llevarlo a su casa. Hay profundos surcos en sus mejillas.
Su rostro tiene la expresión y el color de un hombre cuya al-
ma se ha consumido. Sus ojos tienen menos vida que las ce-
jas situadas sobre ellos. Sus cabellos cuelgan rígidos como
pesadas madejas puntiagudas sobre sus sienes, que están con-
torsionadas por todos los pensamientos que él imagina que lo
han arrastrado a pozos mugrientos e infiernos. Los versos que
resuenan en su cerebro le parecen como graznidos de cuervos;
desearía erradicar su memoria.
Desearía derramar su vida, pero antes quiere desintegrar las
cáscaras de su vida. Su furia arde en el colmo de su agonía,
su rencor hacia el colmo de la miseria. Querido, qué te pasa,
su hermana lo abraza. Nada, nada. Eso sería el máximo mal,
que tuviera que explicar cuál era su mal. En el piso de su ha-
bitación yacen sus manuscritos, como niños horriblemente
abandonados por su padre y su madre. Apoya su mano en la
de su hermana, y se contenta con mirarla, largo y en silencio.
Ya parece la mirada vacía de una calavera y la chica se estre-
mece.
Entonces parten. la niña que cuidó la casa le dice adiós. Es
una brillante mañana otoñal, y el coche rueda sobre puentes,
pasando a la gente, por calles de rústico pavimento, la gente
mira por las ventanas, arriba está el cielo, bajo los árboles
hay un follaje amarillento, todo está limpio, otoñal, ¿qué
más? Y el cochero tiene la pipa en la boca. Todo está como
era antes. Kleist está sentado deprimido en un rincón del co-
che. Las torres del castillo de Thun desaparecen tras una lo-
ma. Más tarde, a lo lejos, la hermana de Kleist puede ver una
vez más el hermoso lago. Está haciendo mucho frío. Apare-
cen casas de campo. Bueno, bueno, ¿fincas tan grandes en
zona tan montañosa? El viaje continúa. Las cosas vuelan
cuando se mira al costado y quedan atrás, bailan, giran, se
desvanecen. Muchas están ya ocultas por los velos del otoño
y todo tiene algo de dorado a la poca luz del sol que atraviesa
las nubes. Ese dorado, cómo reluce, cómo se lo encuentra só-
lo en el polvo. Colinas, escarpas, valles, iglesias, pueblos,
gente que mira, niños, árboles, viento, nubes, sustancia e in-
sustancia -¿Tiene todo esto algo especial? ¿No es todo basu-
ra, sustancias cotidianas? Kleist no ve nada. Sueña con nubes
e imágenes y vagamente con manos humanas cariñosas, con-
soladoras, acariciantes. ¿Cómo te sientes?, pregunta su herma-
na. Kleist frunce los labios, y desearía sonreírle un poco. Lo
consigue, pero con un esfuerzo. Es como si tuviera que levan-
tar una gran piedra en su boca antes de sonreír.
Con cautela su hermana reúne el coraje para hablarle de que
inicie alguna actividad práctica muy pronto. Él asiente; él
también tiene la misma opinión. Tiene en los sentidos algo
de música y rayos de luz radiantes. A decir verdad, si lo ad-
mite con toda franqueza, se siente muy bien ahora; siente do-
lor, pero se siente bien al mismo tiempo. Algo le molesta, sí,
realmente, es correcto, pero no en el pecho, no en los pulmo-
nes tampoco, ni en la cabeza, ¿qué? ¿En ninguna parte? Bue-
no, no tanto, un poco, en alguna parte, de modo que no puede
decir exactamente dónde es. Lo que significa que no es nada
importante. Dice algo, y entonces vienen momentos en que
está simplemente feliz como un niño, entonces la niña asume
una expresión severa, amenazante, para mostrarle un poco en
qué forma tan extraña él juega con su vida. La niña es una
Kleist y ha recibido una educación, exactamente lo que su her-
mano ha querido tirar por la borda. Interiormente está natural-
mente contenta de que él se sienta mejor. El viaje continúa,
bueno, bueno, qué viaje es éste. Pero finalmente hay que de-
jarlo pasar, esta diligencia, y por último uno se puede permi-
tir la observación de que en el frente de la casa donde vivió
Kleist hay una placa de mármol que indica quién vivió y tra-
bajó allí. Los viajeros que van a hacer un tour por los Alpes
la pueden leer, los niños de Thun la leen y la deletrean, letra
por letra, y entonces se miran a los ojos interrogantes. La pue-
de leer un judío, y también un cristiano, si tiene tiempo, y
si su tren no sale en ese mismo instante, un turco, una golon-
drina, siempre que le interese. También yo, puedo leerla de
nuevo si quiero. Thun está situada a la entrada del Oberland
de Berna y cada año la visitan miles de extranjeros. Conozco
un poco la región tal vez, porque trabajé como empleado en
una destilería de cerveza allí. La región es considerablemente
más hermosa que lo que he podido describir aquí, el lago es
dos veces más azul, el cielo tres veces más hermoso. En
Thun se realizó una feria de productos, no puedo decir exac-
tamente, pero creo que hace cuatro años.
***********
Heinrich von Kleist (1771-1811).
Uno de los grandes escritores románticos. Hace 200 años se suicidaba junto a su amada, mientras el invierno comenzaba
a cernirse sobre Berlín.
Como escribe Marcelo Burello: "Pocos días atrás, Kleist le
había confesado a su prima Marie: <Te juro que me resulta absolutamente imposible seguir vivo; mi alma está tan herida
que casi diría que cuando asomo la nariz por la ventana, me
lastima la luz del día.> Y esa misma mañana le había dejado
escrito a Ulrike, su queridísima hermana mayor: <La verdad
es que nadie en la Tierra podía ayudarme.>"
Lo particular de este relato de Robert Walser, escrito en 1913,
es que se refiera a un ser real, con su nombre y con sus datos
biográficos, identificándose, es cierto, pero desplazándose
a su vez a la piel de Kleist, algo que no creo que haya hecho
Walser en ningún otro caso. Su original enfoque se basa jus-
tamente en la idea de que la verdad de la escritura puede des-
regular o negar las referencias, mientras parece sostenerlas.
Es lo que Roberto Calasso ha descripto como "la prosa wal-
seriana navega sin tripulación."
Walser vivió en Berna entre 1921 y 1932. Allí tuvo lugar su
primera internación psiquiátrica, consentida por él, hasta el
punto de que continuó escribiendo en el Hosp. Psiquiátrico
Waldau. Luego fue transferido contra su voluntad al de Heri-
sau en Appenzell, en el 33. Cuando Carl Seelig, que se con-
virtió en su albacea legal a fines de los años '30, le preguntó
si estaba escribiendo algo, Walser le respondió: "No estoy
aquí para escribir, sino para estar loco."
Robert Walser en 1909.
Y en 1928.
DOS BREVES AGREGADOS
1) CARTA DE KLEIST A WILHELMINE (Wilhelmine
von Zenge, su prometida)
"La vida merece la pena sólo cuando no le concedemos va-
lor... sólo podemos usarla para un gran fin si estamos dis-
puestos a desecharla con alegría y ligereza. Quienquiera
que se aferre a la vida está ya moralmente muerto; la dis-
posición a sacrificar la vida es la esencia de la vitalidad
que se pudre cuando uno se cuida a sí mismo."
2) APUNTE EN LOS DIARIOS DE PAUL KLEE (del
año 1903)
"Estuve cuatro días en Oberhofen a orillas del lago Thun,
para descansar (hasta el Viernes Santo). Dos días hizo buen
tiempo, los otros dos nevó. Me entregué entonces a la lec-
tura: Gorki: Mi compañero de viaje, El vagabundo, La
estepa. Esta última es especialmente buena."
Y UNA NOTA POSTERIOR (23 de octubre de 2019)
"La primera obra en prosa que leí de Walser fue la que tra-
ta de Kleist en Thun, en la que habla de los tormentos de
un hombre desesperado de sí mismo y de su oficio, y del
paisaje extáticamente bello que lo rodea. Una y otra vez
me he sumido en las pocas páginas de ese relato y, a partir
de él, he explorado el resto de la obra de Walser, en excur-
siones breves o relativamente largas."
"... en la segunda mitad de los sesenta encontré también una
hermosa fotografía en sepia de la casa totalmente rodeada
de árboles y arbustos de la isla de Aare, en la que Kleist, en
la primavera de 1802 escribió el drama de la locura de La
familia Ghonorez, antes de que, enfermo también, tuviera
que ir a Berna para ser tratado por el Dr. Wyttenbach."
"Desde entonces he aprendido a comprender lentamente có-
mo, por encima del espacio y de los tiempos, todo está vin-
culado entre sí, la vida del escritor prusiano Kleist con la
de un poeta en prosa suizo que pretende haber sido emplea-
do de una sociedad cervecera en Thun, el eco de un disparo
de pistola sobre el Wansee con vistas a una ventana del psi-
quiátrico de Herisau, los paseos de Walser con mis propias
excursiones, las fechas de nacimiento con las de fallecimien-
to, la suerte con la desgracia, la historia de la Naturaleza con
la de nuestra industria, la de la patria con el exilio."
W.G. SEBALD. El paseante solitario. En recuerdo de Robert
Walser.
FUENTES
R.Walser. Selected Stories. Farrar-Straus-Giroux, 1982.
Carl Seelig. Paseos con Robert Walser. Siruela, 2000.
Las 2 fotos de R.W., pertenecen a "Robert Walser. Una bio-
grafía literaria", de Jürg Amann, Siruela, 2010.
La nota de Marcelo G. Burelo: "Heinrich von Kleist. El fraca-
so del romanticismo", apareció en Ñ, suplemento cultural de
Clarín, el 7 de enero de 2012.
El retrato de Kleist proviene de: The Hulton Getty Picture
Collection. The German Millennium. Editado por Nick Yapp. Köneman, 2000.
El comentario de Calasso pertenece al posfacio de "Jakov
von Gunten", en la edición de Barral, 1974.
El fragmento de la carta de Kleist aparece en "Verdades y
mentiras en la literatura", de Stephen Vizinczey. Ediciones
1992, 1995.
El fragmento de Klee es de sus "Diarios 1898/1918", Biblio-
teca Era, México, 1970.
En la lengua Faraii
unos grupos de palabras
emboscan a otras
Entiendo que este hecho -o su relato-
no le interese a nadie
(tampoco sé por qué debería interesarles)
En esa lengua, además
hay muchas palabras curvilíneas
entre tantas otras cuadradas
y algunas de esas curvilíneas
producen diversas clases de goces y estragos
cuando 'dicen' lo suyo
No le interesa a nadie
pero tuve ganas de consignarlo.
Esta brisa te habla al oído
-secretos.
Secretos secretos.
Este viento hace nudos con el aire.
Te lo enrosca al cuello,
la voz te sale-
cóncava o convexa,
según te hables
o le hables.
Esos vientos han encontrado
la fórmula del goce en remolino.
Nadie los para,
se cansan simplemente
en algún lado
donde no los ve nadie.
Este viento contínuo
en la patagonia de la mente,
en tus tierras áridas y abandonadas;
nada para levantarte del suelo,
pero sí para hundirte en él
como piedra y semilla.
Esos pájaros conocen
el lenguaje de los vientos
y el lenguaje de la brisa,
y los escuchan a ambos
con el oído del cuerpo.
Pastos altos.
Molinos.
Montañas.
Velas.
Florizales.
Con ellos habla el viento
mejor
que con nosotros,
los Otros,
los innaturales.
'De nada habla el viento',
dicen los árboles,
'somos nosotros sus voces,
y la hierba alta'.
Tormentas de viento
Nubes de paz
Nubes de guerra
¿La voz de quién?
¿El aullar de qué?
¿Contra qué luchan los vientos, las tormentas,
el oleaje, la rotación del planeta, la migración de los astros?
Cada uno
de los nuestros
un mirador:
nosotros
somos
los que
miramos.