viernes, 8 de junio de 2012

UN RELATO DE ROBERT WALSER: "KLEIST EN THUN"



Hasta donde sé, este relato permanecía inédito en castellano.
(O seré corregido.) Susan Sontag ha dicho de "Kleist en
Thun", de 1913, que "es a la vez un autorretrato y un tour au-
torizado del paisaje mental del genio romántico destinado al
suicidio, y describe el precipicio sobre cuyo borde vivía
Walser. El último párrafo, con sus atroces modulaciones, se-
lla una explicación de la ruina mental tan grandiosa como
cualquier cosa que yo haya conocido en la literatura."

                         KLEIST EN THUN

 Kleist encontró cama y comida en una villa cerca de Thun,
en una isla en el río Aare. Se puede decir hoy, después de
más de cien años, sin ninguna certidumbre por supuesto,
pero pienso que debe cruzado un puentecito, de diez me-
tros de longitud, y haber tirado de la cuerda de una campa-
na. Entonces alguien habrá bajado las escaleras interiores
deslizándose como un lagarto, para ver quién era. "¿Tiene
una pieza para alquilar?". A poco Kleist se puso cómodo en
las tres habitaciones que le asignaron, a un precio increíble-
mente bajo. "Una chica encantadora local de Berna hace el
trabajo de la casa". Un poema hermoso, una criatura, una
acción heroica; estas tres cosas ocupan su mente. Además,
no se siente muy bien. "Dios sabe qué anda mal. ¿Qué me
pasa? Es tan hermoso este lugar".
 Escribe, por supuesto. De vez en cuando toma un coche
hasta Berna, se reúne con amigos literatos y les lee algo que
ha escrito. Naturalmente lo ponen por los cielos, aunque to-
da su persona  les parece algo peculiar. Escribe La Jarra
Rota. Pero ¿porqué tanto lío? Ha llegado la primavera. En
los alrededores de Thun los campos están repletos de flores,
hay fragancias por todas partes, zumbido de abejas, trabajo, sonidos que caen, uno vagabundea; al calor del sol uno po-
drpia enloquecer. Es como si unas ondas rojas radiantes y
estupefacientes se alzaran en su mente cada vez que se sien-
ta a su mesa e intenta escribir. Maldice su arte. Se había he-
cho el propósito de hacerse granjero cuando vino a Suiza.
Linda idea. Fácil de pensar en Potsdam. De todos modos los
poetas piensan esas cosas con bastante facilidad. A menudo
se sienta a la ventana.
 Serán alrededor de las diez de la mañana. Se encuentra tan
solo. Desearía tener una voz junto a él; ¿qué tipo de voz?
Una mano; bueno, ¿y qué? ¿Un cuerpo? ¿Para qué? Allá
enfrente está el lago, esfumado y perdido en una blanca fra-
gancia, enmarcado por las montañas hechiceras e innatura-
les. Todo esto deslumbra y perturba. Todo el entorno cam-
pestre hasta el agua es un puro jardín, parece hervir y com-
barse en el aire azul con puentes llenos de flores y terrazas
llenas de fragancias. Los pájaros cantan muy suavemente
bajo todo este sol y toda esta luz. Está en un estado de de-
leite y de ensoñación. Con el codo sobre el alféizar, Kleist
apoya la cabeza sobre la mano, mira y mira y quiere olvidar-
se de sí mismo. La imagen de su distante hogar norteño le
viene a la mente, y puede ver claramente el rostro de su ma-
dre, viejas voces,... ¡Maldición! Ha saltado y salido corrien-
do al jardín. Allí se sube a un esquife y empieza a remar so-
bre el lago, en la clara mañana. El beso del sol es indivisible,
implacable. Ni un aliento, casi nada se agita. Las montañas
son el artificio de un hábil pintor de paisajes, o lo asemejan;
es como si toda la región fuera un álbum, las montañas dibu-
jadas sobre una página en blanco por un diletante muy dies-
tro para la dama propietaria del álbum, como recuerdo, con
una línea en verso. El álbum tiene tapas verde pálido. Lo
cual es apropiado. Las faldas de las colinas a orillas del lago
son de un verde tan perfecto, tan altas, tan fragantes. ¡La, la,
la! Se ha desvestido y se zambulle en el agua. Esto es para
él inexpresablemente lindo... Nada y oye la risa de una muje-
res en la costa. El bote se desliza perezosamente en el agua
verdosa y azulina. El mundo circundante es como un vasto
abrazo. ¡Qué arrobamiento, pero qué agonía puede ser tam-
bién!
 A veces, especialmente en noches hermosas, siente que este
lugar es el fin del mundo. Los Alpes le parecen las puertas
inalcanzables de un paraíso que estuviera en lo alto de las
cumbres. Camina en su pequeña isla andando despacio, ha-
cia aquí y hacia allá. La chica cuelga la ropa lavada entre los
arbustos, en los que brilla luz melodiosa, amarilla, mórbida-
mente hermosa. Las paredes rocosas de las montañas coro-
nadas de nieve son tan pálidas; dominante en todas las cosas
hay una belleza intangible y final. Los cisnes que navegan de
aquí para allá entre los juncos parecen atrapados en el encan-
to de la belleza y de la luz del crepúsculo. El aire es enfermi-
zo. Kleist quiere una guerra brutal, luchar en una batalla; pa-
ra sí mismo le parece ser una especie de persona miserable y
superflua.
 Sale a caminar. ¿Por qué, se pregunta con una sonrisa, por
qué debe ser él que no tiene nada que hacer, nada que atacar,
nada que derribar? Siente la savia y la fuerza de su cuerpo
que se quejan suavemente. Su alma entera se agita por activi-
dad física. Entre altas paredes antiguas trepa y baja por lade-
ras pedregosas en las que se enrosca apasionadamente la os-
cura hierba verde, y sube la colina del castillo. La luz crepus-
cular resplandece en todas las ventanas. Al borde de la pared
rocosa se halla un delicioso pabellón, se sienta allí y deja su
alma volar abarcando la brillante perspectiva santa y silencio-
sa. Se sorprendería si ahora se sintiera bien. ¿Leer un diario?
¿Cómo podría ser? ¿Conducir un debate idiota, político o de
utilidad general con algún funcionario respetado y mediocre?
¿Sí? No es desdichado. Secretamente considera feliz sólo al
hombre que es inconsolable, natural y poderosamente incon-
solable. En cuanto a él, su posición está un poquito más com-
plicada. Es demasiado sensible para ser feliz, está demasiado
abrumado por todos sus sentimientos irresolutos, cautos, des-
confiados. Desearía gritar fuerte, llorar. Dios del Cielo, ¿Qué
me pasa? Y se precipita por la colina que se oscurece. La no-
che lo calma. De regreso a su habitación se sienta, decidido
a trabajar hasta que llegue el frenesí a su mesa de escribir.
La luz de la lámpara elimina su imagen a su alrededor, y le
aclara la mente y ahora escribe.
 Los días lluviosos son terriblemente fríos y vacíos. El lugar
lo hace tiritar. Los verdes arbustos se quejan y gimen y llo-
ran lágrimas de lluvia pidiendo al sol. Sobre los picos de las
montañas se deslizan sucias nubes como si fueran grandes
manos insolentes y asesinas sobre la frente. La campiña pa-
rece querer huir y esconderse de este tiempo maligno, secar-
se. El lago está plomizo y sombrío, el lenguaje de las olas
es impiadoso. El viento tormentoso, lamentándose como
una admonición fantasmal, no encuentra salida, choca de
una escarpa a la otra. Está oscuro aquí, y todo es pequeño,
pequeño. Todo parece apretarse directamente contra la nariz
de uno. Un querría agarrar un mazo y abrir camino para sa-
lir. ¡Escapar, escapar!
 El sol brilla otra vez, y es domingo. Suenan las campanas.
La gente está saliendo de la iglesia de la colina. Las niñas y
mujeres con negros corpiños ajustados de encaje con lente-
juelas de plata, los hombres vestidos con estilo simple y so-
brio. Llevan los libros de oraciones en las manos, y los ros-
tros son hermosos y apacibles, como si se hubiera desvane-
cido toda la ansiedad, y todas las arrugas de la preocupación
y el conflicto se hubieran alisado, y estuvieran olvidados to-
dos los problemas. Y las campanas. Como tañen, brincan,
con repiques y ondas de sonido. ¡Cómo brilla y reluce con
tonos azules y argentinos sobre todo el pueblito dominguero
bañado por el sol! La gente se dispersa. Kleist se queda presa
de extraños sentimientos, en la escalinata de la iglesia y sus
ojos siguen los movimientos de la gente que desciende. Ve
muchos hijos de granjeros que descienden los escalones co-
mo una princesa de nacimiento, que lleva en los huesos la
majestad y la libertad. Ve a hombres jóvenes musculosos del
campo, -y qué campo, no tierra llana, no jóvenes de la llanu-
ra, sino muchachos que han brotado de valles profundos co-
mo curiosas cavernas de las montañas, a menudo angostas,
como el brazo de un hombre alto y algo monstruoso. Son los
muchachos de las montañas donde los sembrados de máiz y
las pasturas descienden abruptos hacia las grietas, donde cre-
cen los fragantes y cálidos pastos en manchones pequeños y
chatos sobre las paredes de gargantas horribles, donde las ca-
sas están encajadas como motas en los prados cuando uno se
detiene allá abajo en el ancho camino campestre y mira hacia
arriba, para ver si pueden haber todavía allá arriba casas con
gente.
 A Kleist le gustan los domingos, y también los días de feria,
cuando ondean y pululan las batas azules y las vestimentas de
las paisanas en el camino y en la estrecha avenida principal.
Allí, en esta calle angosta, junto a la vereda, junto al pavimen-
to, se almacenan mercaderías en las bóvedas de piedra, y en
puestos frágiles. Los verduleros anuncian sus tesoros baratos
con gimeintes gritos campestres. Y en esos días de feria suele
brillar el sol más ardiente, más cálido, más tonto. A Kleist le
gusta que lo empujen aquí y allá la muchedumbre brillante y
blanda del pueblo.
 Por todas partes se siente el olor del queso. Las campesinas
serias y a veces hermosas entran a las mejores tiendas, cau-
telosamente, para hacer sus compras. Muchos de los hombres
tienen pipas en sus bocas. Pasan conducidos cerdos, terneros
y vacas. Un hombre está parado allá riéndose y obligando a
andar a su cerdito rosado golpeándolo con una vara. Éste re-
húsa y entonces lo toma bajo el brazo y sigue adelante. Los
olores de los cuerpos humanos se filtran a través de sus ropas
y de las posadas emergen los sonidos de los que beben, bai-
lan y comen. ¡Todo este tumulto, toda la libertad de los soni-
dos! A veces los coches no pueden pasar. Los caballos están
completamente rodeados por los hombres que negocian y
chismosean. Y el sol brilla ardiente con tanta exactitud so-
bre los objetos, los rostros, las telas, los cestos y las mercan-
cías. Todo está en movimiento y el resplandor del sol por su-
puesto debe moverse en armonía con todo lo demás.
 Kleist desearía rezar. Siente que no hay música majestuosa
tan hermosa, no hay alma tan sutil como la música y el alma
de toda esta actividad humana. Desearía sentarse en uno de
los escalones que abren paso a la estrecha calle. Sigue cami-
nando, viendo a mujeres con la pollera recogida, niñas que
llevan cestos sobre la cabeza, calmas, casi nobles, como las
mujeres italianas que llevan cántaros que él ha visto en pin-
turas, hombres gritones y borrachos, policías, escolares que
se mueven en sus andanzas propias, las arcadas sombreadas
que huelen a fresco, sogas, palos, productos alimenticios,
joyas de imitación, mandíbulas, narices, sombreros, caballos,
velos, mantas, medias de lana, salchichas, paquetes de man-
teca y planchas de queso, que brotan del tumulto hacia un
puente sobre el Aare, donde se detiene y se inclina sobre la
balaustrada para mirar a la profunda agua azul que fluye ma-
ravillosamente. Más arriba las torrecillas del castillo brillan
y resplandecen como fuego líquido parduzco. Esto casi po-
dría ser Italia.
 De vez en cuando en días de semana toda la pequeña pobla-
ción le parece hechizada por el sol y la quietud. Se detiene
inmóvil ante el extraño y antiguo edificio municipal, con
los números de su fecha recortados con bordes agudos sobre
la brillante pared blanca. Todo es tan irrecuperable, como la
forma de una canción popular que la gente ha olvidado. Ape-
nas vivo, no, pra nada vivo. Sube la escalera de madera cer-
cada que va al castillo donde vivían los antiguos nobles, y la
madera despide el olor de la edad y de los destinos humanos
desvanecidos. Una vez arriba se sienta sobre un banco verde
ancho y curvo para gozar con la vista, pero cierra los ojos.
Todo parece tan terrible, como dormido, sepultado en el pol-
vo, como si se le hubiera ido la vida. El objeto más próximo
se ve como si estuviera en una lejanía de ensueño, como ve-
lada. Todo está enfundado en una nube calurosa. Verano,
¿Pero qué clase de verano? No estoy vivo, grita, y no sabe
adónde volver la mirada, las manos, las piernas, y el aliento.
Un sueño. No hay nada allí. No  quiero sueños. Al final se
dice a sí mismo que vive demasiado solo. Se estremece, obli-
gado a admitir qué falta de sentimientos es su relación con el
mundo que lo rodea.
 Luego vienen las tardecitas del verano. Kleist se sienta sobre
la alta pared del cementerio. Todo está húmedo, y sin embar-
go también asfixiante. Se abre la camisa para respirar con li-
bertad. Allá abajo está el lago, como si lo hubiera arrojado la
gran mano de un dios, incandescente, con matices de amari-
llo y rojo, toda su incandescencia parece un arrebol brotado
de las profundidades del agua. Es como un lago de fuego.
Los Alpes han cobrado vida y con gestos fabulosos sumer-
gen sus frentes en el agua. Sus cisnes allá lejos circundan su
tranquila isla, y las crestas de los árboles, con gozo flagrante
y cantarín flotan sobre -¿sobre qué? Nada, nada. Kleist bebe
todo esto. Para él todo el oscuro lago centelleante es un ra-
cimo de diamantes sobre un cuerpo femenino inmenso, som-
noliento y desconocido. Los tilos y los pinos y las flores ex-
halan sus perfumes. Hay en el lugar un sonido suave, apenas
perceptible; lo puede oír, pero también verlo. Esto es algo
nuevo. Busca lo intangible, lo incomprensible. Allá en el la-
go se mece un bote; Kleist no lo ve, pero ve las linternas que
lo guían, que se balancean de uno a otro lado. Allí está sen-
tado, con la cara hacia adelante, como si debiera estar listo
para el salto mortal hacia la imagen de esa atractiva profundi-
dad. Desearía perecer en esa profundidad. Quiere sólo ojos,
para ser un único ojo. No, algo totalmente diferente. El aire
debería ser un puente, y la imagen toda del paisaje una silla
para relajarse, sensual, feliz, fatigado. Llega la noche, pero
no desea descender, se arroja sobre una tumba oculta bajo
unos arbustos, los murciélagos silban a su alrededor, los ár-
boles puntiagudos susurran cuando los aires suaves pasan
sobre ellos. El pasto huele tan delicioso, sirviendo de suda-
rio a los esqueletos de los hombres enterrados. Está tan
tristemente feliz, demasiado feliz, y de ahí su sofocación,
su aridez, su tristeza. Tan solo. ¿Porqué los muertos no pue-
den emerger y conversar media hora con el hombre solita-
rio? En una noche de verano uno debería realmente tener una
mujer para amar. El pensamiento de blancos senos lustrosos
y labios impulsa a Kleist a bajar la colina hacia la orilla del
lago y meterse en el agua, completamente vestido, riendo,
llorando.
 Pasan las semanas. Kleist ha destruido una, dos, tres obras.
Quiere la máxima maestría, bueno, bueno...¿Qué es eso?
¿Inseguro? Rómpelo. Algo nuevo, más fantástico, más her-
moso. Comienza La Batalla de Sempach, en el centro la fi-
gura de Leopoldo de Austria, cuyo extraño destino lo atrae.
Mientras tanto, recuerda su Robert Guiscard. Quiere que sea
espléndido. Ve deshacerse en fragmentos, estallar y tabletear
como cantos rodados que se precipitan por la vertiente de su
vida la buena suerte de un hombre equilibrado con sentimien-
tos simples. Sin embargo lo ayuda, ahora que está resuelto.
Desea abandonarse a la catástrofe total de ser un poeta: lo
mejor para mí es ser destruído lo más rápido posible.
 Lo que escribe le hace hacer muecas: sus creaciones pierden
el sendero. Al llegar el otoño se enferma. Se asombra de la
dulzura que ahora le sobreviene. Su hermana viaja a Thun
para llevarlo a su casa. Hay profundos surcos en sus mejillas.
Su rostro tiene la expresión y el color de un hombre cuya al-
ma se ha consumido. Sus ojos tienen menos vida que las ce-
jas situadas sobre ellos. Sus cabellos cuelgan rígidos como
pesadas madejas puntiagudas sobre sus sienes, que están con-
torsionadas por todos los pensamientos que él imagina que lo
han arrastrado a pozos mugrientos e infiernos. Los versos que
resuenan en su cerebro le parecen como graznidos de cuervos;
desearía erradicar su memoria.
 Desearía derramar su vida, pero antes quiere desintegrar las
cáscaras de su vida. Su furia arde en el colmo de su agonía,
su rencor hacia el colmo de la miseria. Querido, qué te pasa,
su hermana lo abraza. Nada, nada. Eso sería el máximo mal,
que tuviera que explicar cuál era su mal. En el piso de su ha-
bitación yacen sus manuscritos, como niños horriblemente
abandonados por su padre y su madre. Apoya su mano en la
de su hermana, y se contenta con mirarla, largo y en silencio.
Ya parece la mirada vacía de una calavera y la chica se estre-
mece.
 Entonces parten. la niña que cuidó la casa le dice adiós. Es
una brillante mañana otoñal, y el coche rueda sobre puentes,
pasando a la gente, por calles de rústico pavimento, la gente
mira por las ventanas, arriba está el cielo, bajo los árboles
hay un follaje amarillento, todo está limpio, otoñal, ¿qué
más? Y el cochero tiene la pipa en la boca. Todo está como
era antes. Kleist está sentado deprimido en un rincón del co-
che. Las torres del castillo de Thun desaparecen tras una lo-
ma. Más tarde, a lo lejos, la hermana de Kleist puede ver una
vez más el hermoso lago. Está haciendo mucho frío. Apare-
cen casas de campo. Bueno, bueno, ¿fincas tan grandes en
zona tan montañosa? El viaje continúa. Las cosas vuelan
cuando se mira al costado y quedan atrás, bailan, giran, se
desvanecen. Muchas están ya ocultas por los velos del otoño
y todo tiene algo de dorado a la poca luz del sol que atraviesa
las nubes. Ese dorado, cómo reluce, cómo se lo encuentra só-
lo en el polvo. Colinas, escarpas, valles, iglesias, pueblos,
gente que mira, niños, árboles, viento, nubes, sustancia e in-
sustancia -¿Tiene todo esto algo especial? ¿No es todo basu-
ra, sustancias cotidianas? Kleist no ve nada. Sueña con nubes
e imágenes y vagamente con manos humanas cariñosas, con-
soladoras, acariciantes. ¿Cómo te sientes?, pregunta su herma-
na. Kleist frunce los labios, y desearía sonreírle un poco. Lo
consigue, pero con un esfuerzo. Es como si tuviera que levan-
tar una gran piedra en su boca antes de sonreir.
 Con cautela su hermana reúne el coraje para hablarle de que
inicie alguna actividad práctica muy pronto. Él asiente; él
también tiene la misma opinión. Tiene en los sentidos algo
de música y rayos de luz radiantes. A decir verdad, si lo ad-
mite con toda franqueza, se siente muy bien ahora; siente do-
lor, pero se siente bien al mismo tiempo. Algo le molesta, sí,
realmente, es correcto, pero no en el pecho, no en los pulmo-
nes tampoco, ni en la cabeza, ¿qué? ¿En ninguna parte? Bue-
no, no tanto, un poco, en alguna parte, de modo que no puede
decir exactamente dónde es. Lo que significa que no es nada
importante. Dice algo, y entonces vienen momentos en que
está simplemente feliz como un niño, entonces la niña asume
una expresión severa, amenazante, para mostrarle un poco en
qué forma tan extraña él juega con su vida. La niña es una
kleist y ha recibido una educación, exactamente lo que su her-
mano ha querido tirar por la borda. Interiormente está natural-
mente contenta de que él se sienta mejor. El viaje continúa,
bueno, bueno, qué viaje es éste. Pero finalmente hay que de-
jarlo pasar, esta diligencia, y por último uno se puede permi-
tir la observación de que en el frente de la casa donde vivió
Kleist hay una placa de mármol que indica quién vivió y tra-
bajó allí. Los viajeros que van a hacer un tour por los Alpes
la pueden leer, los niños de Thun la leen y la deletrean, letra
por letra, y entonces se miran a los ojos interrogantes. La pue-
de leer un judío, y también un cristiano, si tiene tiempo, y
si su tren no sale en ese mismo instante, un turco, una golon-
drina, siempre que le interese. También yo, puedo leerla de
nuevo si quiero. Thun está situada a la entrada del Oberland
de Berna y cada año la visitan miles de extranjeros. Conozco
un poco la región tal vez, porque trabajé como empleado en
una destilería de cerveza allí. La región es considerablemente
más hermosa que lo que he podido describir aquí, el lago es
dos veces más azul, el cielo tres veces más hermoso. En
Thun se realizó una feria de productos, no puedo decir exac-
tamente, pero creo que hace cuatro años.


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Heinrich von Kleist (1771-1811).
Uno de los grandes escritores románticos. Hace 200 años se suicidaba junto a su amada, mientras el invierno comenzaba
a cernirse sobre Berlín.
Como escribe Marcelo Burello: "Pocos días atrás, Kleist le
había confesado a su prima Marie: <Te juro que me resulta  absolutamente imposible seguir vivo; mi alma está tan herida
que casi diría que cuando asomo la nariz por la ventana, me
lastima la luz del día.> Y esa misma mañana le había dejado
escrito a Ulrike, su queridísima hermana mayor: <La verdad
es que nadie en la Tierra podía ayudarme.>"

Lo particular de este relato de Robert Walser, escrito en 1913,
es que se refiera a un ser real, con su nombre y con sus datos
biográficos, identificándose, es cierto, pero desplazándose
a su vez a la piel de Kleist, algo que no creo que haya hecho
Walser en ningún otro caso. Su original enfoque se basa jus-
tamente en la idea de que la verdad de la escritura puede des-
regular o negar las referencias, mientras parece sostenerlas.
Es lo que Roberto Calasso ha descripto como "la prosa wal-
seriana navega sin tripulación."

Walser vivió en Berna entre 1921 y 1932. Allí tuvo lugar su
primera internación psiquiátrica, consentida por él, hasta el
punto de que continuó escribiendo en el Hosp. Psiquiátrico Waldau. Luego fue transferido contra su voluntad al de Heri-
sau en Appenzell, en el 33. Cuando Carl Seelig, que se con-
virtió en su albacea legal a fines de los años '30, le preguntó
si estaba escribiendo algo, Walser le respondió: "No estoy
aquí para escribir, sino para estar loco."


                                     Robert Walser en 1909.


                                                          Y en 1928.


DOS BREVES AGREGADOS

1) CARTA DE KLEIST A WILHELMINE (Wilhelmine
von Zenge, su prometida)
"La vida merece la pena sólo cuando no le concedemos va-
lor... sólo podemos usarla para un gran fin si estamos dis-
puestos a desecharla con alegría y ligereza. Quienquiera
que se aferre a la vida está ya moralmente muerto; la dis-
posición a sacrificar la vida es la escencia de la vitalidad
que se pudre cuando uno se cuida a sí mismo."

2) APUNTE EN LOS DIARIOS DE PAUL KLEE (del
año 1903)
"Estuve cuatro días en Oberhofen a orillas del lago Thun,
para descansar (hasta el Viernes Santo). Dos días hizo buen
tiempo, los otros dos nevó. Me entregué entonces a la lec-
tura: Gorki: Mi compañero de viaje, El vagabundo, La
estepa. Esta última es especialmente buena."



FUENTES

R.Walser. Selected Stories. Farrar-Straus-Giroux, 1982.
Carl Seelig. Paseos con Robert Walser. Siruela, 2000.
Las 2 fotos de R.W., pertenecen a "Robert Walser. Una bio-
grafía literaria", de Jürg Amann, Siruela, 2010.
La nota de Marcelo G. Burelo: "Heinrich von Kleist. El fraca-
so del romanticismo", apareció en Ñ, suplemento cultural de
Clarín, el 7 de enero de 2012.

El retrato de Kleist proviene de: The Hulton Getty Picture
Collection. The German Millennium. Editado por Nick Yapp. Köneman, 2000.
El comentario de Calasso pertenece al posfacio de "Jakov
von Gunten", en la edición de Barral, 1974.
El fragmento de la carta de Kleist aparece en "Verdades y
mentiras en la literatura", de Stephen Vizinczey. Ediciones
1992, 1995.
El fragmento de Klee es de sus "Diarios 1898/1918", Biblio-
teca Era, México, 1970.





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