viernes, 5 de diciembre de 2014

TRES POEMAS DE LA FINLANDESA HELENA SINERVO

 


Nacida en 1962, es crítica literaria, traductora al finés de
Elisabeth Bishop y de Yves Bonnefoy entre otros, y nove-
lista (ganadora del Premio Finlandia 2004 por su En la ca-
sa de un poeta).

 HORA DE VISITA

Deja la puerta abierta, ten la amabilidad.
Nada se compara con el viento.
Mientras sopla a través del edificio desde el patio trasero,
las cortinas se ponen panzonas, las persianas claquean,
la soga del mástil bate
a través del estrecho, debajo del puente, a través del pueblo
nada se compara.
Asi que, en la primavera, sueño con una tormenta de otoño,
como voltea los árboles y los andamios,
arranca los techos, nada se compara.
¿Leíste acerca de la mujer que paseaba a su perro sobre un
                                                                               [puente?
La arrojó al río, ella se ahogó, me hubiese gustado
ver eso, nada se compara.
Me he estado preguntando por qué
vienes aquí, con tu criatura,
tu madre desapareció hace mucho tiempo, ahora ella flota
sobre un mar calmo, calmos los blancos de sus ojos.
Ella ya no te conoce.


 MEDIO BOSQUE

somos dos y las hojas nos tapan
somos dos y las raíces se aferran en nosotros
vos te comés la mitad de las nubes, yo me como la otra mitad
vos aflojás la mitad del sueño, yo la otra mitad
cuando vos mueras, yo me convierto en un perro y aúllo
tu fantasma aúlla la mitad del aullido
cegado por la pena tu fantasma se para sobre una uña
trota la mitad de mi corrida sobre su doloroso pie
y la mitad de mi pata está inflamada en mi mitad
y la mitad de mi pena brilla como carbones bajo tu piel
y yo vuelvo la otra mitad de mi otra mejilla hacia la muerte
                                                                                    [y digo
no ciega pero habiendo visto demasiado lo cual significa la
                                                              [misma cosa y digo:
somos dos por la ventura de una mitad
desde la mitad de este lado a la mitad del lado lejano
como aquel que mira impacientemente
como aquel cuyos cantos los árboles corren a escuchar
como aquel cuya mitad canta y la otra mitad escucha
de los cuales la mitad es dos en la que se sientan los pájaros
y se sientan en nosotros y pican agujeros en nuestro interior


EL PLACER DE TIRESIAS

Pocos olvidan el mar
por una gotita,
pero yo no recuerdo
tu cara, sólo la gotita
que colgaba de la punta de tu nariz
y cayó en el vaso de vino.

Te estaba mirando a vos
o a mí misma, o a algo
entremedio, no me acuerdo
pero la luz incandescente
atravesó a esa gota y relució
y, reluciendo, cayó.

El vino todavía tiembla.

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