domingo, 3 de agosto de 2014

¿Y SI SE TRATARA?



 ¿Y si se tratara de sacar todas las cosas de la noche interior?
 Llegar a los objetos sin lenguaje. Llagarlos. Legarlos.
 Negarlos.
 Objetos cuya sombra es más importante que la luz.
 Cuyo silencio es más profundo que su sonido.
 O que su voz.
 Arrancar al monje de su cueva.
 El monje de la siniestra.
 Tirar de las mil colas de las serpientes incrustadas en los
muros de la caverna.
 Traer lo inevitable desde su foso.
 Entre las dentelladas, aferrar al monstruo y cavar a su al-
deredor, en el humus maloliente del fondo.
 Nada respira en ese territorio que dejamos afuera de todo
y que se cuela por todas partes.
 Cortamos sus raíces, que se reproducen al instante.
 Somos sus ramas, buscamos escapar hacia el aire.
 Pero no sabemos volar.
 Reptar elegantemente sobre el mundo.
 Llevar el submundo a cuestas, invisible e inmanente.
 Inmanente, subyacente e inminente, también.
 Séneca le dice a Lucilio: in visceribus ipsis sedet. El mal
está en nuestras vísceras. Entonces hay que trabajar para
expurgar, extraer, expulsar ese mal que es interior.

 Otra versión: cada uno tiene un ser 'interior'.
 No es el tristemente famoso y reiterado 'ser interior'.

 Hablo del que va en nosotros desde siempre, sin voz.
 El destinado a permanecer mudo y, la mayor parte del
tiempo, completamente invisible.
 Sólo que en algunos momentos da señales.
 Hace lo único que puede hacer, ya que carece de herra-
mientas verbales.
 Agita, desasosiega, pide, pone en movimiento la máquina
de hacer angustia.
 Cuando no es escuchado, este pequeño mudo, emite más
angustia. 'Satura el sistema'.
 Aún así, la mayoría de las veces no es escuchado.
 ¿Quién debería escucharlo?
 Ah, ése es el secreto de la cosa.
 El que debería escucharlo no está.
 Tal vez estuvo, tal vez no estuvo nunca.
 Queda, entonces, una sola posibilidad: que escuche el que
está 'al mando de la cosa'. El patrón (o patrona, porque en
este asunto no hay diferencia alguna), el que tiene boca y
la usa para hablar. El que hace las pases, mal o bien, con el
mundo. El intermediario inevitable.
 Es el único candidato posible para escuchar.
 "¿Qué carajo está pasando/me?"
 Ese último "me" lo agrego yo, porque el que siente el orga-
nismo plagado de angustia, en general le busca las razones al temporal en un 'afuera'. No se le ocurre apelar a la vocesita
interior del mudo. 'Afuera' es, de hecho, donde querría que
estuviese lo que siente. Y 'afuera', también, donde querría
que estuviese el mudo.
 El mudo, como los chicos muy chicos, no habla. Hay que
preguntarle. Si es posible, con afecto. Con verdadera aten-
ción. Quiere, necesita decirnos algo. Algo que hemos pasa-
do por alto. Bueno, no cualquier cosa que pasamos por alto
porque eso serían demasiadas cosas. Sólo que en este caso
hemos pasado por alto algo que para el mudito es ineludi-
ble. ¿Para qué? Se me ocurre decir 'para el sistema de la
verdad'. Pero no en el sentido habitual de esta expresión,
no en relación a un tema moral. No se trata de la conciencia.
La conciencia moral. Ésa también coexiste con nosotros,
somos varios, por supuesto, pero en este caso se refiere a una verdad en el sentido de 'no podemos soslayar lo que estamos
sintiendo'. "¿Quiénes?", preguntaría con cierto enojo el man-
damás. "Nosotros", daría a entender el mudo.
 Golpea la puerta y si no se lo oye, golpea más fuerte.
 Algunos lo duermen a pastillazos.
 Otros a 'trompadas': desacreditación, movimiento ascenden-
te de los hombros. "¿Y yo cómo puedo saber lo que pasa?"
 Puede, claro, pero tiene que escuchar.
 Al mudito.
 Al que siente la verdad. O de verdad. Al que aguanta todo,
que la vida siempre sigue (hasta que no sigue, pero entonces
ya no importa), que hay otras cosas concretas de las que
ocuparse, que tengo problemas 'reales'. O distracciones, có-
mo necesitamos las distracciones. El mudo no opina al res-
pecto, Si no es imperioso, calla y aguanta. Le han indicado,
la sociedad y el sujeto que intermedia con ella, que ése es su
lugar, que ésa es su posición.
 "Si tengo (tenés) todo, ¿qué te pasa? ¿Qué te falta?"
 Si anda todo más o menos bien...
 Es lo que antes se llamaba 'consultar con la almohada'. es-
cuchar lo que sentís, lo que realmente sentís. Por eso es que
la almohada resultaba ser el corazón. El mudo. La criatura
postergada por el 'crecimiento'. "Soy grande, no voy a andar
pensando estas pavadas".
 El mudo puede ser llamado también -confundido con- "el
loco". El que siente disparates. "¿Cómo te voy a prestar
atención, si son disparates lo que sentís?"
 El mudo, si pudiera, corregiría: "Sentimos".
 Pero el otro no se da cuenta, no se quiere dar cuenta.
 Prefiere la versión de la locura. Lo fuera de lugar.
 Porque sino lleva tiempo, porque cuesta trabajo, porque sig-
nifica asumir que la vida es en buena medida, trabajo; porque
genera sufrimiento. Un sufrimiento que despejaría de otros:
éste es un sufrimiento necesario. ¿Necesario para qué? Para
la vida, se me ocurre decir. Hay un sufrimiento necesario en
la vida, en el hecho de vivir.
 Si queremos ligar esta manera de interioridad con los grie-
gos, ahi está disponible Filodemo de Gadara, que habló de
la parrhesía: la apertura del corazón, la necesidad de que
ambos interlocutores no se oculten nada de lo que piensan
y hablen francamente. Sólo que yo tomo la versión en la que
ambos interlocutores son aspectos de la misma 'persona'.
 Un estoico, llamado Musonio Rufo dice que podemos sal-
varnos si nos atendemos sin cesar. En griego suena bello,
además: to dein aei therapeuomenous.
 Entre los griegos las preguntas por la verdad (¿cómo acceder
a la verdad?) y la cuestión de la espiritualidad (¿Qué transfor-
maciones debe realizar el sujeto para tener acceso a la ver-
dad?) nunca estuvieron separadas. Este es uno de los secre-
tos de la vigencia de aquellos pensadores.
 Siempre me gustó una idea leída en mi juventud: "la angus-
tia y la locura se disuelven cuando el corazón habla".
 El mudo ése. Al que hay que acercarse, sentarse en un ban-
quito, y sintonizar. Eso que él siente es lo más cerca que es-
taremos nunca de la verdad. ¿Una verdad tan subjetiva?
¡Precisamente! Precisa, preciosa precisada la mente del
mudo, de el que sabe, ése al que llamamos vagamente
"corazón".

 Lo más parecido que hay al mudo, especialmente para aque-
llos que quieren ahorrarse el trabajo que genera escucharlo,
conectarse con él, son las mujeres (por lo menos para los hom-
bres). Creo que por eso es tan frecuente que las tildemos de
estar locas, cuando leen en nosotros, cuando hablan desde lo
que sienten. Y creo también que en ciertos casos -quiere decir
no todas y no siempre- están naturalmente más cerca de su pro-
pio corazón. Sólo que el de esas mujeres no permanece mudo.
No es una reliquia abandonada en la infancia.


1 comentario:

Amapola Azzul. dijo...

Tu corazón tampoco está mudo.
Abrazos.