domingo, 24 de agosto de 2014

EXTRAVÍOS

 

Hay un museo bastante especial, en Holanda, que consis-
te en un recorrido por los diversos asilos que hubo a tra-
vés de la historia y en los más variados países y reinos.
Uno de los más antiguos pertenece al siglo XIII, y parece
estar al borde de un lago, ya que desde sus ventanas se ob-
serva una buena extensión de color pizarra. Es, en todo ca-
so un agua fija, lo que no debería extrañarnos, porque el
agua del lago puede haber enloquecido por proximidad y
contagio a través de los siglos. No se observa persona al-
guna. El lugar parece abandonado, aunque esté muy cui-
dado.
 En un Hospicio hindú, cuyo nombre, Haddhuani, tiene
cierta similitud con el hospicio Kashuanni en plena costa
del Báltico, hay trazas de elefantes en el patio. Las barra-
cas de madera siguen en pie y casi se adivina cómo aque-
llos refugiados espiarían por las mirillas. Una foto mues-
tra el equipo de guardianes armados, junto a dos delgadí-
simos encargados de los elefantes. Éstos no aparecen en
la foto. Los planos están obviamente retocados, disimulan-
do tanto la precariedad de los pabellones, como su mínima
superficie y la enorme cantidad de jaulas colgantes de sus
espigados techos. Todavía se encuentran numerosos alto-
parlantes de metal oxidado en muros y torres. Se los usa-
ba con un fin terapéutico-atormentante (al mismo tiempo
se intentaba curar a los de buena conducta y castigar a los
rebeldes) y transmitían músicas narcóticas, así como vie-
jos mensajes políticos y otras formas de publicidad pobla-
das de gritos y de aclamaciones.
 Aphrosýnê y Kakoboulía, se llama el asilo griego. Parece
que eran portátiles y que se instalaban preferentemente en las
altas montañas. Los dejaban ahí, según indican unos carte-
les. En un retrato de Cappouradis aparecen tres picos neva-
dos y un verdadero racimo de asilos aferrados a ellos como
los mejillones de una roca marina. Los dirigían ciertos mon-
jes cuyas facultades estaban afectadas por los vientos y el si-
lencio de esos parajes. No se sabe cómo lo hacían. No se lle-
vaban libros y, al parecer, carecían de órdenes así como de
cualquier clase de supervisión. Algunos viajeros que busca-
ron 'asilo' -hay que admitir que la palabra conduce rectamen-
te a la confusión- por una noche, 'no regresaron al mundo an-
terior'. No se precisa qué viene a ser 'el mundo anterior', y
menos aún qué otro mundo es el que pasaron a habitar.
 En las Indias Orientales no se suele hablar del Hospicio de
Aaltje. Estuvo prohibido hacerlo bajo regímenes dictatoria-
les como los de la dinastía Swarong, que duraron innumera-
bles cien años, y es muy posible que eso haya incidido en el
silencio de la población hasta la actualidad. Lo cierto es que
cunden las versiones de que en medio de esas húmedas sel-
vas sigue habiendo internos en ese Hospicio: sin duda se tra-
ta de personas extraordinariamente longevas. Más de una co-
misión científica del país colonizador ha ido a investigar las
causas del alargamiento de la vida en esa colonia maldita.
Pero la longevidad allí parece ser una cosa de lento contagio,
algo muy parecido a la lepra. Se necesitan generaciones de es-
tadía en medio de insectos y bestias, tormentas e inundaciones,
para adquirir el hábito de vivir hasta los 160 años.
Es que la palabra "vivir" ha incorporado muchos modos ex-
tremos, demasiadas acepciones y excepciones, hasta el punto
de distorsionar y retorcer cualquier precepto o condición que
se tuviera de ella.
 Por último, no queremos dejar de mencionar el abarrotado
Hospicio de Inlajhamad. Ese verdadero panal de torres, só-
tanos, laberintos de corredores, pasadizos, escaleras y túne-
les, por el cual pasa en algún momento de su vida la casi to-
talidad de la población de las Tres Grandes Ciudades.
No olvidaremos las miradas aterradas mezcladas con las mi-
radas y muecas aterradoras que hemos presenciado en las fil-
maciones del Museo: en esas salas inmensas sin un camastro siquiera; esos apiñamientos de cuerpos y mentes atravesados
al mismo tiempo por la locura interior y exterior, en medio de
una multitud en contínuo crecimiento... ¿Gritos? También los
gritos se enroscan con los demás gritos. Nada es de uno solo.
La hora en que se les arroja la 'comida', al parecer desde aguje-
ros en el techo, o que se deja chorrear las escasas canillas que
se ven dispuestas en la parte alta de las paredes, significan una calamidad tan extrema -y cotidiana- que, acompañada por la
obvia abundancia de toda clase de deyecciones, de voces que claman o ruegan o profieren, más las órdenes que son aulladas
por los parlantes, interrumpidas cinco veces al día por las sire-
nas que obligan a la oración; todo eso que aplasta buena parte
del espíritu de quien lo observa aunque sea por un momento,
es el aquí-y- ahora contínuo y muchas veces interminable, en
las mazmorras del Sagrado Hospicio de Inlajhamad.

 Ya muchos dicen que los Hospicios son cosa del pasado. De
ese pasado que se quiere enterrar bajo la gran alfombra del ol-
vido. ¿Hay pueblos sin esas alfombras? ¿Individuos? La ver-
güenza es una fuerza invisible y poderosa. Creó los Hospicios
para que no se viera a los internados. Y ahora crea el borrón-y-
cuenta-nueva, para que no se vea a los internadores. Pero...
¡seguimos adelante! ¡Eso es lo que cuenta! ¡Adelante, adelan-
te!
Ningún pasado podrá impedir a la humanidad ir hacia el futu-
ro. ¿No es eso cierto?


 Había un estanque en el patio. El agua de ese estanque ten-
dría miles de años. O tal vez no tuviese edad alguna. Recibía
las brisas de la mañana y, luego, las brisas de la tarde. Llovía
muy raramente. Nadie se acercaba a ese estanque. Y a nadie
se le hubiese ocurrido hacerlo desaparecer. Era más importante
que las personas. Era más importante que los Estados y las autoridades. Los internados no tomaban ni tocaban el agua.
Nadie podía hacerlo. Pero se pasaban muchas horas, de día o
de noche, desde las ventanas enrejadas, mirándolas. No es agradable ese misterio, probablemente. No es algo que poda-
mos entender. Puede, incluso, que no tenga nada que ver con
lo que llamamos 'humano'. O sí, pero en ese caso, sería algo
muy lejano, algo asombrosa y absolutamente adverso a la ra-
zón.


2 comentarios:

volt303 dijo...

Fabulosa esta entrada.
Su potencia es infinita.
Como infinito es todo
lo que los humanos dejamos
a nuestra espalda para
el olvido. No sé qué hospicio
nos merecemos para el futuro,
si el de Aaltje o el de Inlajhamad.
Pero siempre quedará el estanque
del patio como el océano de Solaris.
Gracias por el rescate una vez más.

Robert Rivas dijo...

Gracias, volt303 por tu comentario. A veces la realidad supera a la ficción y otras veces no.