sábado, 12 de mayo de 2012

'CATALOGO' DE MOMENTOS



Los momentos constituyen una cruza.
En el momento confluyen el tiempo y el acontecimiento.
¿Confluyen dónde? En el móvil, invisible, inapresable
sujeto. Tercero necesario de esa asimilación del tiempo
y las cosas, o del tiempo y el acontecer.
(Ese tiempo de existencia tan cierta y dudosa como la
del mismo sujeto.)
Muchos momentos son en realidad epifanías desconocidas
para quien las vive.
La mayoría de los momentos no son más que la argamaza,
el tejido conectivo de los momentos valederos. ¿Dije 'verda-
deros', acaso?
Pero los otros momentos son los que aparecen como islas
en el mar de la inmemoria.

Prácticamente ha quedado en manos de la literatura y del
psicoanálisis el impedir la fuga de los momentos en el
presente torrencial.

*

¿Cómo era aquello que me decías, Lala? "La importancia se
comprende mucho más tarde"; más tarde, ¿cuándo?
Giorgos SEFERIS. 6 noches en la Acrópolis.

Esme está sentada en el pupitre, inclinada hacia un lado,
con la cabeza apoyada en el antebrazo. Al otro lado del
pupitre Kitty hace ejercicios de verbos en francés. Esme
no mira los problemas de aritmética que le han puesto, sino
el polvo que se arremolina en los rayos de luz, la línea blan-
ca de la raya del pelo de su hermana, los nudos y marcas de
la mesa de madera, que fluyen como el agua, las ramas de
la adelfa del jardín, las leves medialunas que aparecen bajo
sus cutículas.
Maggie O'FARRELL. La extraña desaparición de Esme Le-
nnox.

 En el momento en que el taxista tomaba el Mall y se abría
ante nuestros ojos aquella avenida sombreada por los árbo-
les, los veinte primeros años de mi vida se hicieron polvo,
como un peso, como esposas o arneses de los que no creía
que un día pudiera librarme. Y bien, ya no quedaba nada de
aquellos años. Y si la felicidad consistía en esa embriaguez
pasajera que experimentaba aquella tarde, entonces, por pri-
mera vez en mi vida, era feliz.
Patrick MODIANO. Más allá del olvido.


Cuando el barco entró en la ensenada, se agolparon en las
barandillas, curiosos; de repente parecía como si se navega-
ra por un lago, y al volver la vista atrás ya no se entendía
por dónde se había entrado. Reinaba una calma estática; se
tenía la impresión de que le barco se había vuelto más lige-
ro de golpe y de que apenas rozaba el agua.
Giani SRUPARICH. La isla.

 Había estrellas fugaces. Las luces en Comala se apagaron.
 Entonces el cielo se adueñó de la noche.
Juan RULFO. Pedro Páramo.<

Caía la noche: el lago, allí delante, era atroz en su silencio
primordial, enemigo del hombre. Pero alrededor se oían
voces y risas entre los grupos.
Pier P. PASOLINI. El olor de la India.

Se quedaron un rato contemplando las zonas del lecho mari-
no negras como la tinta, a medida que las pequeñas sombras
de las nubes se deslizaban por encima de ellas; después,
cuando el sol se hundió hacia el oeste, la superficie del mar
se volvió gris rápidamente, y vieron los rizados caminos de
plata que formaban las corrientes que soplaban sobre él.
Alan HOLLINGHURST. El hechizo.

¿Cuántos años tenía entonces? Dieciséis. A los dieciséis a-
ños uno es joven, pero también puede ser un hombre adul-
to. Hoy tengo 41 años, y pienso en aquel tiempo sin pesar,
aunque mi madre y yo no volviéramos a hablar de aquel
modo nunca, y yo no haya oído su voz desde hace tanto,
tanto tiempo.
Richard FORD. Rock Springs.

Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás.
Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin mover-
nos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina
quedó a oscuras.
Raymond CARVER. De qué hablamos cuando hablamos de
amor.

Ah, la juventud. Es como heroína fumada en vez de esnifa-
da. Evaporada tan deprisa que resulta increíble que hayas
tenido que pagarla.
Josh BAZELL. Burlando a la Parca.

Pasadizos que cruzan la muralla romana. La Porte de Breuil,
sus rejas de hierro hundidas en la piedra como clavos de al-
pinistas. Las mujeres suben la cuesta empinada sin resuello,
con los pulmones silbando. Una ciudad en la que todavía
abundan las bicicletas. Por las mañanas pasan silenciosas.
El olor del pan llena las calles.
James SALTER. Juego y distracción.

(Las vacas). Cada nuevo día, cuando salen del extremo más
alejado del establo, es como el próximo acto, o el principio
de una obra nueva.
Lydia DAVIS. Ni puedo ni quiero.

La gente volvió de la revolución y quiere tener destinos per-
sonales.
Víktor SHKLOVSKI. La tercera fábrica.

Se llamaba Rose, le gustaba que le hablara y caminamos
a lo ancho y a lo largo hasta la hora en que los verduleros
dormidos sobre las legumbres, dejan a sus caballos atra-
vesar París desierto.
Jean COCTEAU. El libro blanco.

Ese otoño cantó por primera vez en la iglesia. Se veía su pe-
lo rojo sobresaliendo como una llamarada por encima de la
barandilla del coro. Sí, Paula era pelirroja. En realidad, su
pelo era cobrizo, aunque nadie lo creería. "Guíame, suave
luz -cantaba- en el tenebroso y sombrío mundo, guíame has-
ta el fin." Ninguno de quienes la oímos entonces podremos
olvidarlo jamás.
Torgny LINDGREN. En elogio de la verdad.

 A los 11 años yo tuve una entrada honorífica para el cine de
la esquina de las calles Bassiéinaia y Nadézhdinskaia.
 Recuerdo el espectáculo mágico en colores. Venía coloreado
a mano. El diablo bailaba con dos mujeres vestidas sólo con
maillots. Las agarraba, las apretujaba y las tiraba al fuego.
 Aquí yo empezaba a presentir deseos nuevos.
 Y esta representación comenzaba.
 El timbre de la esquina sonaba con una finita, persistente
trémula voz eléctrica.
 Víktor SHKLOVSKI. Érase una vez.

Luces y humedad de la estación Charles-de-Gaulle-Étoile. 
Unas mujeres compraban bijouterie al pie de las escaleras
mecánicas paralelas. En un pasillo, estaba escrito en el piso,
en un lugar delimitado con tiza: "Para comer. No tengo fami-
lia". Pero el o la que había marcado eso se había ido, el círcu-
lo de tiza estaba vacío. Todos evitaban pisar dentro.
Annie ERNAUX. Diario del afuera.

Fue recién entonces, tal como me dijo al día siguiente, que
la respiración regular de su compañera la ayudó a conciliar
el sueño.
Walter BENJAMIN. Diario de Moscú.

Mi hermana murió prácticamente en mis brazos. Yo estaba
solo en la cabecera de su cama. Recuerdo haberle dicho al-
g como: "No te podés morir, Es imposible." A lo que ella
respondió exactamente con estas palabras: "No pienses en
la muerte. No llores. Nadie se escapa de su destino."
 Yo comprendí, aquel día, que había un lenguaje para la 
muerte, así como hay un lenguaje para la vida.
Edmond JABÉS. Del desierto al libro.

Escucho a Haendel. Y todo en mí se aquieta de sosiego. Eco
de una memoria perdida, de lo que nunca ha existido. Pero
lo que nunca ha existido es lo que valía la pena que existiera...
Vergílio FERREIRA. Pensar.

El Duizenberg que mi tío venezolano Vidal me ha regalado
al cumplir los 18 años, se desliza en el atardecer azul. Fran-
queo la entrada, atravieso un parque que desciende en suave
pendiente hasta el Leman y detengo el coche ante la escali-
nata de una villa iluminada. Unas chicas con vestidos claros
me esperan sobre el césped. Scott FitzGerald ha hablado me-
jor que yo de estos parties en los que todo, el crepúsculo, las
risas y el brillo de las luces, es tan excesivo que no puede
presagiar nada bueno.
Patrick MODIANO. El lugar de la estrella.

Hermoso paseo solitario, después de los excelentes trozos
de Ricardo y Samuel, por el Hradschin y el Belvedere. En la
calle Neruda, un cartel: "Anna Krizova, Modista diplomada
en Francia, alumna de la Duquesa viuda de Hrenberg, ex 
Princesa Ahrenberg." En el primer patio del castillo me quedé
contemplando un ensayo de alarma de la guardia del castillo.
Franz KAFKA. Diarios.

Fue en Crescent City, California, cerca de la frontera con Ore-
gón. Dejé la ciudad poco después. Pero hoy he estado pensan-
do en aquel lugar, en Crescent City; en cómo estaba tratando
de rehacer allí mi vida con mi mujer; en cómo- en el asiento
de aquella barbería, aquella mañana- decidí dejar la ciudad.
Hoy he estado pensando en la calma que sentí cuando cerré
los ojos y dejé que los dedos del barbero se deslizaran por
mi pelo, en la dulzura de aquellos dedos en mi pelo, que em-
pezaba a crecer de nuevo.
Raymond CARVER. De qué hablamos cuando hablamos de
amor.

¡Qué instante ese en el que sintió atravesando su propia ropa
esa vida joven, tierna y vigorosa, ese orgullo que se rendía,
esa fuerza que se abandonaba!
Valery LARBAUD. Amantes, felices amantes...

Un día como el de hoy es para dejar de lado la resistencia al
placer y abastecerse de amor a las cosas creadas.
Harry MATTHEWS. Veinte líneas por día.

No hay dos albas. Todas las mañanas del mundo son sin re-
torno. No hay dos noches. Cada noche es el fondo del espa-
cio en persona.
Pascal QUIGNARD. La barca silenciosa.

El río
    cielo abajo
         arrastra las ofrendas
                                   el olvido
y esta larga noche
         que clava sus estrellas en mi vientre.
Chantal MAILLARD. India.

Era verano, en la ciudad, y cenábamos al aire libre. Había es-
tacionado el auto cerca del restaurante, en una hermosa plaza,
amplia, en bajada, que recordaba las líneas de un anfiteatro. 
Beber, bebimos y comimos tan despreocupados que no recuer-
do nada de esos momentos puros, plenos, repletos, y por lo
tanto vacíos de mí: unas vacaciones de mi perenne incumben-
cia. El guardián dormía.
Valerio MAGRELLI. La vecindad de la carne.

Es así que un día de mi cincuenta cumpleaños no tenía en lo
más profundo de mí mismo sino un sólo deseo temerario: que
se produjera algo que me arrancara de esas seguridades y co-
modidades y me obligara no sólo a continuar sino a recomen-
zar.
Stefan ZWEIG. El mundo de ayer. (Zweig escribió esto en
1941, cuando ya había decidido matarse.)

Levi refiere que un testigo, Miklos Nyiszli, uno de los poquí-
simos sobrevivientes de la última Escuadra especial de Aus-
chwitz, contó que había asistido, durante una pausa del "tra-
bajo", a un partido de fútbol entre las SS y representantes 
del Sonderkommando:
   Al encuentro asisten otros soldados de las SS y el resto de la escuadra, muestran sus
preferencias, apuestan, aplauden, animan a los jugadores, como si, en lugar de las
puertas del infierno, el partido se estuviera celebrando en el campo de un pueblo.
Giorgio AGAMBEN. Lo que queda de Auschwitz.

Ya sentía que a esa altura mis recuerdos eran como un sur-
tido de nostálgicas conservas. Cómo andábamos los sábados
en bicicleta por la antigua fundición y lo maravillosamente
extraño que me sentía, como si fuera otro muchacho en otra
ciudad.
Lucas BÄRFUSS. Koala.

Los mástiles de los barcos zarandeaban las banderas en el
aire.
Viktor SHKLOVSKI. La tercera fábrica.

Encuentran al peón caminero muerto en el camino... lo me-
tene en el vestíbulo y lo colocan luego en su cama; yo ayudo
a desnudarlo, lavarlo, volverlo a vestir... un gran muñeco de
traje de cuero... Botas altas de cuero a la luz de las velas...
el rostro vidrioso del peón caminero... junto a su lecho de
muerte, nosotros, los dos leñadores y yo, nos bebemos su
aguardiente; yo bebo dos vasos, y entonces me llama la a-
tención la sangre que le sale del oído izquierdo... Un cadá-
ver largo y cálido; comemos trozos de tocino con el aguar-
diente; fuera, ante la puerta, el cura pregunta si el peón ca-
minero está ya lavado; yo digo: "Sí, el peón caminero está
lavado, nosotros lo hemos lavado..." -"Está bien", dice el
cura entrando; los dos monaguillos, muertos de frío, le cru-
zan las manos al pobre caminero.
 Seducido continuamente por el recuerdo, por el recuerdo
del recuerdo.
Thomas BERNHARD. Relatos.

Cuando era niña, la noche me parecía inmensa como un
oceáno, profunda y estática. Remabas por ella hora tras
hora, y a veces te perdías tanto en el tiempo y la oscuridad
que creías que nunca llegarías a encontrar la mañana.
Rachel CUSK. La última cena. Un verano en Italia.

La civilización se acerca a su fin cuando los bárbaros esca-
pan de ella.
Karl KRAUS. Aforismos.

Estoy en mi jardín. Hay un candil encendido. Ni una ami-
ga, ni una criada, ni un conocido. No están los fuertes de
este mundo, ni los débiles; sólo el zumbido armonioso de
los insectos.
Joseph BRODSKY. Cit. por Víktor Pelevin en 'La vida de
los insectos'.

Me alojé en la Riva, 4161, quarto piano. La vista desde mis
ventanas era una bellezza; la laguna centelleando a lo lejos,
los muros rosados de San Giorgio, la curva descendente de
la Riva, las islas lejanas, el movimiento en el muelle, el per-
fil de las góndolas. Allí, diligente, escribí todos los días y
acabé, o virtualmente acabé, mi novela. Como digo, era una
vida encantadora; a veces me parecía demasiado improba-
ble, demasiado festiva.
Henry JAMES. Cuadernos de notas (1878-1911).

Qué tiempo eligió Caronte para llevarte hasta el Hades,
crece en los prados la hierba y florecen los almendros.
CANTO AKRÍTICO EN DIALECTO DE KÁRPATOS

Paso una noche encantadora a la sombra de la caravanera.
El aire es cálido y el cielo constelado tiene una pureza que
te reconcilia con el mundo. Me despierto a menudo, como
los niños durante la noche de Navidad, y permanezco con
los ojos abiertos bajo ese cielo mágico.
Bernard OLLIVIER: La ruta de la seda. Viaje en solitario.

Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoqueros con pati-
llas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de
un cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de 
la parada del autobús y varios críos saludan al motoquero
greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los
años cincuenta. Lloro, al fin.
Lucia BERLIN. Manual para mujeres de la limpieza.

Ya era de noche. El automóvil atraía al blanco haz de polvo
transparente, al doble haz blanco de los faros, la carretera
que dócilmente desaparecía bajo las ruedas. El carburador
zumbaba, cristalino y en sordina, aspirando el aire, el coche
vibraba cuando alguna encina solitaria se erguía amenazado-
ramente sobre la carretera y entonces el ruido del motor reso-
naba y se exaltaba, como si alguien cortase las hojas con sil-
bantes látigos. Pasábamos como una flecha, atraídos por la
vorágine de la lontananza...
VIKTOR SHKLOVSKI. Viaje sentimental.

Últimamente me rehúyen los grandes sueños, los que en-
señan el camino. Duermo en vano y me despierto para nada.
Imre KERTÉSZ. Yo, otro.

Y así es como veo el Oriente: siempre desde una pequeña
embarcación; ni una luz, ni un movimiento, ningún sonido.
Hablábamos en susurros, como temerosos de despertar a la
tierra... Todo se concentra en ese momento, el momento en
que abrí los ojos, en plena juventud, para verlo. Llegaba 
ahí después de pelearme con el mar.
Joseph CONRAD. Juventud.

Mi mujer ha estado nadando entre las
Olas y ahora viene hacia mí desnuda por la playa,
Centelleando con el agua y cantando
En voz alta y clara sobre el oleaje. El sol cruza
Las colinas y la inunda y ensalza el mar.
Y en las profundidades de las montañas vacías
Se funden la nieve del invierno y los
Glaciares de hace diez millones de años.
Kenneth REXROTH. Actos sacramentales. [Es el poema
entero]

Los turcos, en 1913, mientras fumaban de su narguile en
una decadencia invisible, perdieron Macedonia.
Albert LONDRES. Terrorismo en los Balcanes.

Si una persona le dice para siempre a un lugar o a otro
mortal -eso sólo significa que esa persona aquí- conmigo
por ejemplo- se siente bien ahora. Así, y no de otra mane-
ra, es como hay que oír las promesas. Así, y no de otra ma-
nera, se puede exigir que se cumplan.
Marina TSVIETAIVA. Una dedicatoria.

Conocí a esa mujer en otra vida y hago esfuerzos para re-
cordarla. Un día, quizás, llegaré a quebrar esa capa de si-
lencio y de amnesia.
Patrick MODIANO. Primavera de perros.

Las mujeres se habían puesto a salmodiar las letanías y tras
dar unos cuantos pasos, me detuve a escucharlas.
 - ¡Mater purissima!- entonaba una. Y las otras le respondían
a coro.
 - ¡Mater inviolata! ¡Mater consacrata!
Con los ojos entornados escuchábamos aquellas voces cono-
cidas, mientras el olor a incienso y el perfume a rosas brota-
ban para nosotras del camino pedregoso. En la penumbra res-
plandecieron los oros de un altar, la frescura de una pila de
agua bendita nos mojó los dedos.
 _¡Rosa mística! ¡Lucero del alba!
Las notas del órgano resonaban en nuestra mente y un deses-
perado deseo de protección, de ternura y de paz nos hizo un
nudo en la garganta.
Liana MILLU. El humo de Birkenau.


Aquella turbonada de viento nocturno me había traido ines-
peradamente, a la piel y a las narices, un gozo remoto, uno
de esos desnudos recuerdos secretos como nuestro cuerpo,
que diríase le son connaturales desde la infancia.
Aquel muchacho podría existir sin mí. De hecho, existió
sin mí, y no sabía que su gozo iba a reaflorar después de
tantos años, increíble, en otro, en un hombre.
Cesare PAVESE. Fiestas de agosto.

 -Hueles a humo- le dijo la señora Phillips cuando entró. Se
había ofrecido a ayudarle varias veces.
 -Sólo eran cosas que no servían para nada- dijo el señor
Phillips, pensando en el pánico momentáneo que le había en-
trado cuando un trozo de chica ardiendo (la parte superior de
una rubia de tetas grandes, del tipo de su padre) había empe-
zado a elevarse sobre las llamas, a la altura de su cabeza, de
forma que por un momento pareció que la brisa se la iba a lle-
var al jardín del vecino, hasta que le falló la corriente de aire
caliente y se vino abajo, chamuscada e irreconocible, un po-
co más allá del borde exterior de la hoguera.
John LANCHESTER. El señor Phillips.



Las calles, vistas desde lo alto de esta nuez, son anchas.
Las casas iguales, como maletas. Por las calles pasean se-
ñores con abrigo de piel de foca y con pesados chanclos de
cuero, y entre ellos tú, con abrigo adornado de piel de foca.
Víktor SHKLOVSI. Zoo o cartas no de amor.

Cada segundo, diez estrellas se hundían más allá del agua
negra del oeste.
Paul BOWLES. Puntos en el tiempo.

A las dos cruza la aldea de Motte. Jamás había pasado por
la pequeña comarca en las horas de clase y se divertía al
verla tan desierta, tan dormida. Apenas si cada tanto, una
cortina se levanta y muestra una cabeza de criada curiosa.
Alain FOURNIER. El Gran Meaulnes.

Trata de conservarlas, poeta,
aunque sean pocas aquellas que se detienen.
Las visiones de tu amor,
Ponlas, medio ocultas, entre tus frases...
Constantino KAVAFIS. Antología de la literatura neo-
helénica.

Entonces me vo obligado a ir por la pala y ella estaba allí
mientras yo cavaba, cavaba justo donde ella había estado
tumbada en la hierba, la hierba estaba resplandeciente co-
mo tras el rocío, y el agua manó casi inmediatamente, no
había cavado ni dos pies, era un chorro como el puño y se
desbordó por encima de los bordes, era realmente una
fuente de verdad.
Torgny LINDGREN. Agua y otros cuentos.

Como un loco espanto, el tranvía atraviesa una calle apar-
tada.
Joseph ROTH. Primavera de café.

Aquí le tenemos, pues, a los treinta y dos años, ante el pro-
blema desmedido de instituir un método universal (...) to-
ma la resolución de ir a vivir a Holanda, cuya lengua igno-
ra.
Paul VALERY. Descartes, por detrás.

Nos liberaron el 15 de abril, pero ni nos dimos cuenta. La
gente estaba tirada por el suelo, arrastrándose; eran figuras
famélicas que no podían ni hablar. No teníamos nada de
nada. Desde el 10 de abril hasta el fin de mes, vivimos en
un estado de pobreza y enfermedad inimaginables.
Annette CHALUT. En "Ravensbrück", de M. Armengou
y R. Belis.

Oímos el crujido de los altavoces que se disponían a anun-
ciar la llegada del tren y luego vimos una luz que se derra-
maba sobre nosotros.
Michael ONDAATJE. El viaje de Mina.

Las estrellas, hundidas por el lamento
Desde lo profundo,
Nadan hacia blindadas franjas de cielo.
Horst BIENEK. Selected Poems.

Jueves, 20 de febrero [1940]
 Carta de Elitis desde el frente:
 "disposición poética inimaginable... y si hoy tengo deseos
de vivir es para poder dar salida a toda esta fecundidad,
aunque sea después."
 Escribe en primera línea. Siento orgullo y envidia.
Yorgos SEFERIS. Días. 1925-1968.

Si salimos a la oscura calle a las cinco de la mañana, llega-
remos a tiempo de ver la última fase de la despedida de
hombres y mujeres, y el paso cansino, a rastras, de una
muchacha de la Friedrichstrasse que esta noche no ha te-
nido suerte y regresa a casa de vacío. LLueve, en algún
lugar se oye un camión, y uno siente un frío amargo.
Joseph ROTH. Crónicas berlinesas.

el día que le habían hecho besar la mejilla del sacerdote
muerto... qui habitare facit sterilem... matrem filiorum
laetantem...luego el Gloria patri... que le había hecho
llorar con un extraño dolor retrospectivo que tuvo que
tragar, porque al tocar la mejilla había besado una pasi-
vidad agresiva, completa y fría.
Djuna BARNES. El vertedero.

Hoy, los historiadores creen que los revolucionarios tras-
ladaron al campo a cerca del 40% de la población total
del país [Camboya). En pocos días. No había ningún plan
de conjunto, ni organización. No había nada previsto pa-
ra guiar, aliemntar, curar o cobijar a esos millones de per-
sonas.
Rithy PANH. La eliminación.

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías
verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blan-
cos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían
a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas.
En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas
del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa
que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las
profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el
hombre y murmuraba muerte.
Cormac McCARTHY. La carretera. [Párrafo final]

Para Navidad ella le había hecho un bordado en la camisa,
y nunca supo que Vasili Timoféyevich Karpenko apenas
había dormido esa noche; con los pies descalzos se acerca-
ba a la pequeña cómoda sobre la cual estaba la camisa, la
acariciaba con la palma de la mano, palpaba el sencillo
bordado hecho en punto de cruz. Cuando trajo a su mujer
de la maternidad a casa, ella llevaba el bebé en brazos, y
él sintió que aunque viviera mil años nunca olvidaría ese
día.
Vasili GROSSMAN. Todo fluye. (El párrafo siguiente di-
ce: "A veces le atormentaba el miedo: ¿de veras era posi-
ble que le hubiese sobrevenido aquella felicidad? La feli-
cidad de despertarse durante la noche y aguzar el oído pa-
ra escuchar la respiración de su mujer y su hijo.")

Debía de haber miles de trenes viajando a través de los
viejos condados de Inglaterra, llevando a todos los mucha-
chos a la guerra.
Sebastian BARRY. Más y más lejos.

Mi corazón está brotando flores en la mitad de la noche.
PRECOLOMBINOS (de México)

De noche, cuando el péndulo del amor oscila
entre siempre y nunca,
tu palabra golpea la luna del corazón
y tu ojo azul tormenta
alza la tierra al cielo.
Paul CELAN. Amapola y memoria.

En aquellos tiempos, nunca pensábamos en el porvenir.
Todavía estábamos, sin darnos bien cuenta de la suerte
que teníamos, en un presente eterno.
Patrick MODIANO. El horizonte.

Hijo mío, salgo de un sueño absurdo y aterrador.
O.W. de LUBICZ MILOSZ. Antología poética.

cuando leí por primera vez que las cosas no eran, sino
que eternamente se volvían...
Fernando PESSOA. Escritos autobiográficos, automáticos
y de reflexión personal.

Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve le-
ve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso
de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muer-
tos.
James JOYCE. Dublineses.

Entonces salió del edificio al vasto espacio, bajo las grúas
inclinadas y las escaleras. La luz de la única lámpara mor-
tecina, en su círculo herrumbroso, caía sobre las pilas de
ladrillos, de madera rota, de polvo; sobre todo eso que en
un tiempo habían sido casas donde la modesta y casi desco-
nocida pero inolvidable gente del pueblo había vivido y
amado, y muerto, y siempre, perdido.
Dylan THOMAS. Retrato del artista cachorro.

Hicimos lo imposible por acercarnos, por aferrarnos el uno
al otro, pero cuando todo volvió a ser como antes, cuando
todo el mundo bajó la vista, hicimos como todo el mundo;
bajamos la vista nosotros también. Y la muchedumbre se
dispersó, y cada uno se fue a su casa con la mirada perdi-
da; y nosotros también, con la muerte en el alma.
Joël EGLOFF. Los asoleados.

¡Ay, y cómo anhelo la salud! No hace falta más que pro-
ponerse algo que ha de durar más que uno mismo, y desde
este momento se siente uno agradecido por cada noche
tranquila, por cada rayo cálido de sol, por cada buena di-
gestión...
Federico NIETZSCHE. Correspondencia.

Sólo la nieve
da luz
a esta hora. El sol
toda una leyenda. Voy por
el camino hacia el horizonte,
la relumbrante carretera
sola. Conmigo
mi sombra. Fuerte.
Ulrich SCHACHT. El sueño tiene su pared. Nueva lírica
alemana.

Ella atravesaba por primera vez esta gran ciudad lavada
por la enorme cantidad de agua y llena de promesas.
Patrick MODIANO. Primavera de perros.

¡Ha vuelto a aparecer! ¿Qué? La eternidad. Es el mar mez-
clado con el sol.
Arthur RIMBAUD. Cit. por Sollers en Diccionario del a-
mante de Venecia.
La perra de caza, sin dientes
Y moribunda, en un enmohecido sótano
Oye solamente el viento.
Allen TATE. En W. Shand/A.Girri, 'Poesía norteamerica-
na contemporánea'.

Los paisajes del atardecer parecían cenas de la naturaleza.
Robert WALSER. La rosa.

Uno de los momentos más desagradables de mi educación
fue tener que levantarme y hablar improvisando en latín
durante cuatro minutos, delante de los otros alumnos y nues-
tro maestro jesuita, sobre la famosa frase de Horacio "Coe-
lum non animam mutant qui trans mare currunt": "aque-
los que cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma."
Me disgustaba, no sólo porque mi latín era malo, sino por-
que la idea me parecía equivocada: de un romano auto-complaciente, insensible al resto del mundo. Horacio el
hegemónico.
Robert HUGHES. La cultura de la queja.

Medianoche. A primera hora de la tarde nevó con ganas;
las calles resbalaban. El papel es ahora para mí como el
cristal que usan los pescadores para ver en el mar.
Yorgos SEFERIS. Días. 1925-1968.


El aire está perfumado
Almizcle ambarino y brote de pomelo
El mero hecho de existir es verdadera felicidad
Blaise CENDRARS. Selected Writings.

Ante la amplia llanura, el ser humano se siente perdido,
pero encuentra consuelo. No es más que una brizna, pero
no puede desfallecer: es como un niño que despierta a
primera hora de una mañana de verano, cuando todos
duermen aún. Se está perdido y protegido a la vez en la
quietud ilimitada.
Joseph ROTH. Viaje a Rusia.

El estremecimiento provocado por la forsythia en flor.
Pierre-Albert JOURDAN. Cit. por Bonnefoy.

Bach, que, cuando murió su mujer, dijo a los criados que
le dijeran a su mujer que se ocupara de las exequias.
Fleur JAEGGY. El último de la estirpe.

Esta es la época del estúpido, porque el inteligente no tiene
motivos para ser menos estúpido que él.
Vergilio FERREIRA. Pensar.

Y así fue como en esa etapa de su vida su mente echó a co-
rrer por delante de su cuerpo.
Michael ONDAATJE. En una piel de león.

El momento en la arboleda donde batió la lluvia.
El momento en la iglesia cruzada al anochecer por la niebla.
Thomas S. ELIOT. La tierra baldía.

Por la noche esa agua se volvía fosforecente. Si se arrojaba
un casquillo, se hundía iluminado completamente, como el
Titanic. La caída de un proyectil encendía en el fondo un
bulevar con tiendas espléndidas.
Jean COCTEAU. Thomas el impostor.

Me bajaba en la primera estación: Saint-Charles-Carabacel
y el funicular seguía subiendo, vacío. Parecía una luciérnaga
grande.
Patrick MODIANO. Villa Triste.

Desde entonces siempre me ocurre lo mismo. A veces no
llego a conocer a un personaje de una de mis novelas hasta
pasado algún tiempo de su escritura y su publicación.
Muriel SPARK. La intromisión.

30 [de noviembre de 1915]. Día prácticamente desperdicia-
do, aunque agradable, porque el cielo estaba despejado, a 
pesar de una breve lluvia, y porque la vida transcurrió agra-
dablemente. Por la noche tuve el placer de oír 2 comenta-
rios distintos (de Cortes-Rodrigues y de Perdigâo) sobre el
gusto con el que me visto (¡oh, yo!), y pasé media hora en
el hotel mirando (y cambiando miradas) conla chica (17
años, magnífico), y le caí simpático, a ella y a su hermana,
e incluso a su madre sorda. Hablé con ella sin embarazo,
incluso mirándola a los ojos. ¡Ay...!
Fernando PESSOA. Diarios.

una vez, la muerte tenía gran afluencia,
te ocultaste en mí.
Paul CELAN. Poemas (Visor).

Por la Plaza del Teatro se entrecruzaban las luces blancas
de los autobuses y las verdes de los tranvías. En lo alto de
una casa de diez pisos, un anuncio luminoso representaba
una mujer bailando, y a cada movimiento suyo se encendía
una letra que era parte de una frase multicolor: "Crédito O-
brero".
Mijaíl BULGÁKOV. Los huevos fatales.

Si hubiera querido, en aquel momento habría podido apren-
der muchas cosas importantes; simplemente con que hubie-
ra preguntado, una voz misteriosa le habría contestado a to-
do con precisión matemática, descubriendo la escencia de
los más duros destinos.
Stanislaw WITKIEWICZ. Adiós al otoño.

Algunos días después abro Rul [un periódico ruso, 'El Ti-
món'], y leo en la sección de la crónica que el día tal de no-
viembre de 1923 el escritor Andréi Biéli se había ido a la
Rusia soviética.
El día tal de noviembre era el mismo día de su lamento diri-
gido a mí. Es decir, se fue precisamente el día en que me es-
cribió aquella carta a Praga. Tal vez la noche de ese mismo
día.
Marina TSVIETÁIEVA. Un espíritu prisionero.

Y después llegábamos a Florencia, y recorríamos la ciudad
a pie. Yo miraba los enormes techos de los Uffizi, aquellos
cuadros misteriosos, aquella tablas impresionantes. De la
mano de mi tío caminaba por el corredor de Vasari. Éste
es un lugar sacrosanto, me decía. Más tarde nos íbamos a
vía Ghibellina, a una vieja casa de comidas. Y mi tío me
preguntaba: ¿te apetece probar unos callos a la florentina?
Antonio TABUCCHI. Viajes y otros viajes.

Nos separamos y caminé por un puente de madera techado
y con asientos a los costados, como bancos de iglesia. Se
acercaron dos niñitas y me tomaron las manos de una ma-
nera bastante peculiar, una a cada lado, como en las imáge-
nes de Jesús acogiendo a niños pequeños, sus ojos almen-
drados de limpia inocencia clavados en los míos.
Nigel BARLEY. No es un deporte de riesgo.

Es un corto paseo hasta el jardín; el criado trae el té, el 
azúcar y la tetera. El carbón y el agua ya están allí. Al
atardecer, cuando las cigüeñas han dejado de dar vueltas y
de lanzar sus gritos de matracas, se enciende el fuego en el
brasero, se prepara el té, y Sidi Driss el Yacoubi le pide a
su criado que toque un rato el laúd.
Paul BOWLES. Desafío a la identidad. Viajes 1950-93.

La intensidad del momento, los cantos, las llamas de las
velas y el incienso, el presagio de la primavera, las aves
sobrevolando en círculos, las campanadas, el coro asoman-
do entre las sombras finas de los juncos y la irrealidad de
la luna sobre los bosques y la lengua de agua plateada, to-
das estas cosas envolvían la noche, santificándola, en un
hechizo de gran beneficencia y poder.
Patrick Leigh FERMOR. Entre los bosques y el agua. (1°
noche en Hungría)

... la televisión, en la que ponían aquella noche Artists and
Models, película que ya había visto Max, quien, cansado,
la apagó poco después de que Dean Martin untara con cre-
ma solar la espalda y los hombros de Dorothy Malone mien-
tras le cantaba Innamorata.
Jean ECHENOZ. Al piano.

La calle estaba fresca y llena de sombras grises. Las luces
empezaban a apagarse en los cafés. Era la hora entre el pe-
rro y el lobo, como dicen.
Jean RHYS. Después de dejar al sr. McKenzie.

El horizonte es de color rosa intenso y la arena del desierto
gris grafito. A esta hora de la madrugada el Nilo es azul
clarosocuro. Sentado en un coche descubierto, tirito de
frío. Tengo escalofríos. A esta hora del día, el desierto es
tan gélido como Siberia, el frío penetra hasta la médula
de los huesos.
Ryszard KAPUSCINSKI. Viajes con Herodoto.

Y cuando en el primer vientito del anochecer se levantaba
con expresión satisfecha y se iba a la cocina a ver si la bo-
tella de vino blanco que había puesto en la heladera antes
de instalarse en la perezosa ya estaba suficientemente fres-
ca, parecía venir de más lejos que del fondo del patio, le
escribe Tomatis al Matemático. De muchísimo más lejos,
le escribe.
Juan J. SAER. Cuentos Completos (1957-2000)

El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme
en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites
del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que
había estado a punto de hacer, relato a imagen de mi vida,
quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza para continuar.
Samuel BECKETT. Relatos.

El agua se había retirado a sus lechos y receptáculos habitua-
les, y el sol ya estaba alto en el horizonte cuando, al día si-
guinete, el duque despertó. Se acercó a las almenas para con-
templar, por poco que fuera, la situación histórica. Una capa
de lodo cubría todavía la tierra, pero, aquí y allá, se abrían
pequeñas flores azules.
Raymond QUENAU. Flores azules.

(...) Uno de ellos estudió teología y estaba destinado a ser po-
pe, pero no llegó a serlo. Nunca, nunca olvidaré la vertiginosa
conversación que tuve con él toda una noche, hace cincuenta
años, en Kronstadt (Transilvani). Después de aquella conver-
sación, me parecía tan poco necesario vivir como morir. Si no
tienes en ti la pasión de lo insoluble, no puedes imaginarte
los excesos de que es capaz la negación la despiadada lucidez
de la negación.
Emile M. CIORAN. Conversaciones.

Aquí el domingo empieza ya los sábados. Todo cierra, las
calles se quedan desiertas, y en el día del Señor las campa-
nas repican como si hubieran de convocar a todos los
muertos desde Carlomagno. Nadie acude, en las amplias
avenidas reina un silencio sobrecogedor, las horas se alar-
gan por leyes misteriosas, es hora de pensar en el tiempo.
Cees NOOTEBOOM. La desaparición del Muro. Crónicas
alemanas.

¡Oh, sí! El tiempo ha reaparecido. El tiempo reina soberano
ahora y el horrible viejo ha vuelto con su cortejo demonía-
co de Recuerdos, Añoranzas, Temores, Angustias, Pesadi-
llas, Cóleras y Neurosis.
Os aseguro que los segundos están fuerte y solemnemente
acentuados, y cada uno, al brotar del reloj, dice:" "¡Yo soy
la vida, la insoportable vida, la implacable vida!"
Charles BAUDELAIRE. El Spleen de París.

Cuando las bellas noches lo arrullaban como a un niño y
la liebre, erguida, escuchaba el infinito.
Nikkíforos BRETTACOS. Antología de poesía griega del
siglo XX.

Este es el día en que subían las nieblas desde el río en la
hermosa ciudad, entre paredes y colinas, y la esfuman co-
mo un recuerdo. Los vapores confunden cada verde, pero
aún las mujeres de encendidos colores caminan por allí.
Cesare PAVESE. Poetas italianos del siglo XX.

El buen momento, el kairós del deseo       
Roland BARTHES. Incidentes.

Pensaba en la anécdota de Populia, que sólo permitía algu-
nas infidelidades de su marido cuando estaba embarazada.
Giacomo CASANOVA. Breviario.

Viernes, 19 de setiembre de 1941. Hay niebla. Han sacado
un distintivo para los judíos que es más o menos así:
                                [Jude]
Camino del colegio conté 69 "sherifs"; mamá, más tarde,
contó más de cien.
A la avenida Dlouha la llaman la "Vía Láctea".
Por la tarde fuimos con Eva a Troja y navegamos en una
barca.
Petr GINZ. Diario de Praga ((1941-1942)

Yo escribo un libro. Y mientras, trabajo en Goskino.
Muchas cosas cambiaron. Cayó nieve.
La nieve se queda mucho tiempo tendida, como una mujer
en lo de su amante. El invierno se mudó aquí con una valija.
Víktor SHKLOVSKI. La tercera fábrica. Érase una vez.

Me gustaba el silencio de su casa, las sombras de su patio.
Por la noche sólo se oía el ruido de un perro, tirando de la
correa. Yo sabía que nadie se preocupaba, que nadie me
echaba de menos. Sólo Isti, cuando yo volvía a casa y a-
nunciaba mi llegada con el timbre de la bicicleta, me ob-
servaba con una mirada llena de reproche. Pasaban horas
antes de que volviera a hablar conmigo.
Zsuzsa BÁNK. El nadador.

Hay momentos así, iluminados, quietos, en que el temor
más grave y hondo del corazón aflora con la inocencia en-
soñadora de un barco de papel en un estanque.
John BANVILLE. La carta de Newton.

aquel curioso día sin viento, bajo el frío más bien seco,
como algo que predecía que nada era normal, que hubiera
debido quedarme allí, en París, bajo los tejados, solo, mi-
rando el estanque del jardín de Luxemburgo, que hubiera
podido escarcharse en mi exilio.
Tanguy VIEL. París-Brest.

Se despertó bien entrada la noche. El trineo se deslizaba a
gran velocidad a través de la nada terrestre. Noche de una
transparencia verde. Las estrellas pálidas reinaban; su cin-
tilar pasaba de un azul de relámpago a un dulce verde gla-
cial. Llenaban la bóveda; se les sentía convulsas en su inmo-
vilidad aparente, listas a caer, listas a estallar sobre la tierra
con sus fuegos enormes. Encantaban el silencio; el menor
cristal de nieve reflejaba su luz infinita y soberana. La única
verdad absoluta estaba en ellas.
Victor SERGE. El caso Tuláyev.

Diez años de ansiedades y gritos
Todas mis noches de insomnio
Las vertí en una palabra silenciosa
Y le dije que todo era en vano.
Te alejaste y de nuevo en el alma
Todo quedó vacío y claro.
Anna AJMÁTOVA. Poemas escogidos.

Silencio: el morado de la noche: en arabescos desde las rejas
blancas el azul del sueño.
Dino CAMPANA. Cantos Órficos.

Mientras me despierto
olas de repentina
muerte cardíaca
del otro lado del abismo
W. G. SEBALD. Across the Land and the Water.

Debí de quedarme dormido unos instantes, y me desperté
cuando Emily, sin apartarse de mí, extendió la otra mano
por encima de su hombro, como quien nada de espaldas,
para alcanzar la taza de café. Y enseguida oí los rápidos
sorbos, mi oído contra su cuello. Con la otra mano todavía
apretaba la mía como nadie lo había hecho nunca, conven-
ciéndome de una seguridad que probablemente no existía.
Michael ONDAATJE. El viaje de Mina.

No puedo decir
cuál es cuál:
el incandescente
florecer del durazno es
la luna de la noche primaveral.
Izumi SHIKIBU. Women in Praise of the Sacred.

En noruego no puede decirse que el sol tenga buenas inten-
ciones, pues utiliza despóticamente los momentos despeja-
dos en que reina. Aquí, durante diez meses al año, todo le
pertenece a la oscuridad. Pero cuando llega el sol, les habla
a las cosas en tono imperioso, se las arrebata a la noche co-
mo si fueran suyas y pasa revista a los colores en los jardi-
nes -azul, rojo y amarillo-, a la escolta pulcra de las flores
a las que ninguna copa de árbol hace sombra.
Walter BENJAMIN. Denkbilder. Epifanías en viajes.

Un amanecer en un árbol de pájaros.
Otro.
Y luego otro.
Kenneth REXROTH. Flower Wreath Hill. Later Poems.

Era algo digno de verse, puedo asegurarlo. Cinco mil gan-
sos blancos en el aire, por encima de tu cabeza, creando
una batahola sin parangón con lo que hayas podido oír ja-
más. Pensé: Esto es algo que no volveré a ver en mi vida,
y que nunca olvidaré. Y no me equivocaba.
Richard FORD. Rock Springs.

Nacimiento de un escritor: un hombre joven, educado en
la fe católica, experimenta un descubrimiento deslumbran-
te: de pronto empieza a comprender que, al rezar, no nece-
sariamente debe repetir las palabras de una oración, escri-
tas en un devocionario, sino que puede rezar con "palabras
propias". Él mismo puede componer una oración. Él mis-
mo puede componer las palabras.
Adam ZAGAJEWSKI. En la belleza ajena.
[A mí me pasó cuando tendría 18: por primera vez hablé 
con Dios mientras orinaba, en un sendero que corría para-
lelo a las vías, rumbo a casa, de noche. RR]

Me alejaba hacia ese pueblo. Estaba hechizado por la vi-
sión del saltador. Era sacudido en mi propio espíritu. De
hecho, estaba perdido aunque al mismo tiempo me sentía
llevado hacia una extraña verdad que no podía ver con ni-
tidez. Vi, por el espejo, la imagen inmóvil del puente del
río, que tenía esa música escondida, que cercaba el fantas-
ma de aquello para lo que había sido creado, ese río perdi-
do que en su fondo de arena abrazaba la figura que había
saltado desde el puente y que yo estaba seguro de haber 
visto. Estaba llegando a Riverside y los humos punzan-
tes del molino ya traían lágrimas a mis ojos.
William GOYEN. La misma sangre.

He soñado con Trieste, con el mar, con la lejanía. ¡Oh,
nostalgia! Para consolarme he dibujado un navío ventru-
do de colores variopintos como los que se ven balance-
ándose en el Adriático. Gracias a él, la nostalgia y la i-
maginación pueden alzar velas y navegar largo tiempo
hacia islas lejanas, donde pájaros-joyas se agazapan y
cantan en árboles increíbles. ¡Oh, mar!
Egon SCHIELE. En prisión.

Fijas en la brasa las miradas se apagan.
Gunnar EKELÖF. En O. Paz. Versiones y diversiones.

La luz matutina de octubre bañaba el rápido autobús, el
Greyhound, que navegaba por entre las ramas del bosque,
cantaba derecho hacia el mar, rugía entre las montañas,
rodeaba precipicios inesperados.
Seguían la línea de la costa (...) Y la luz centelleaba, res-
plandecía en las ventanillas en que los pasajeros se veían,
ora a la derecha, envueltos en azul celeste, entre los tonos
escarlata y oro del reflejo de los arces, ora extrañamente
cercados por sus ramas a la izquierda, entre las islas del
Estrecho de Georgia.
Malcolm LOWRY. Ferry de octubre a Gabriola.

Miren como el doble la habita
y se filtra en su mirada. Está allí,
como un espejismo, sosías, cuerpo vicario,
sombra que parece esperar la vuelta
de alguien.
Es el viandante perdido
en la bifurcación de la raza.
Valerio MAGRELLI. Epígrafes para la lectura de un dia-
rio.

TUMBA DE NARCISO
Aquél que en esta agua reside,
descubierto, vivió intrigado.
La muerte, para reírse, lo volvió
al revés, como un dedo de guante.
Jean COCTEAU. Poemas (Letras vivas).

Aquel "cuyo pensamiento es estable", y para el cual no
corre el tiempo, vive en un presente eterno, en el nunc
stans. El instante, el momento actual, el nunc, se deno-
mina en sánscrito ksana, y en pâli, khana. Por el ksana,
por el 'momento', se mide el tiempo. Pero este tiempo
tiene también el sentido de 'momento favorable, oppor-
tunity', y para el Buddha, se puede salir del tiempo gra-
cias a la ayuda de semejante 'momento favorable'. En
efecto, Buddha aconseja que no se "pierda el momento",
porque: "quienes pierdan el momento lo lamentarán."
Mircea ELIADE. En V.V.A.A. Sobre el tiempo.(La Mar-
ca Editora)

Y mientras la madre ata a la niña a la silla con los cinturo-
nes de los vestidos, mientras el barbero corta el pelo al a-
buelo, mientras el padre le dice a la niña que no debe co-
mer ciruelas verdes, durante todos esos años hay una abu-
ela sentada en el rincón. Asiste tan distante a la actividad
de la casa que se diría que ya por la mañana el viento se
ha posado, que en el cielo el día se ha dormido. Durante
todos esos años, la abuela tararea una canción.
Herta MÜLLER. La bestia del corazón.

En fin, que le prometí hablar con su marido sin perder un
día, y se fue. Pero se olvidó los guantes y la sombrilla, en-
tró de nuevo a recogerlos y volvió a marcharse. Brillaba y
lanzaba rayos, feliz y ebria como un niño que ha impuesto
su voluntad y espera una inmensa dicha.
Hjalmar SÖDERBERG. El doctor Glas.

Entre dos momentos amargos no tienes tiempo ni de res-
                                                                                   [pirar
entre tu cara y tu cara
una tierna figura de niño se marca y se borra.
Geoges SEFERIS. Antología poética (Visor).

A medida que se acercaban a la guerra, era como si atrave-
saran una serie de puertas, cada una abierta brevemente y
luego cerrada con rapidez después de ellos.
Al principio estaba el mar milagroso y brillante, como si
algún gran mago tratara de convertir un simple metal en un
inmenso espejo, lográndolo a medias, fallando a medias.
Sebastian BARRY. Más y más lejos.

Otakar Svec sale del taller, toma un taxi y se va al Letná
a mirar de incógnito el monumento [a Stalin].
 Le pregunta al taxista qué opina sobre la obra.
 -Le voy a enseñar algo -dice el taxista-. Acérquese a la
zona soviética.
 -¿Qué hay ahí?
 -Ya verá. La guerrillera toma al soldado de la bragueta.
 -¡¿Qué?!
 -En cuanto la inauguren, al que lo proyectó seguro que lo
fusilan.
 Otakar Svec vuelve al taller y se suicida.
Mariusz SZCZYGIEL. Gottland. [Se trata de la construc-
ción del mayor monumento a Stalin, en Checoslovaquia,
durante el régimen.]

VIVIENDO
El fuego en hoja y pasto
tan verde que parece
cada verano el último verano.
El viento soplando, las hojas
temblando en el sol,
cada día el último día.
Una salamandra roja
tan fría y tan
fácil de atrapar, como en sueños
mueve sus delicados pies
y larga cola. Extiendo
la mano abierta para que se vaya.
Cada minuto el último minuto.
Denise LEVERTOV. En A Book of Luminous Things,
de C. Milosz

Una vez al año, en la mañana del decimoquinto día del
quinto mes, todos los médiums deben caer en trance. Es-
ta es la fecha en que, hace de ello once siglos, el usurpa-
dor Lang-darma instituyó, para todos los sacerdotes Bon-
po y budistas, como día de oración para implorar de los
dioses Protectores del Tibet una indicación divina.
Marcelle LALOU. Las religiones del Tibet.

DESPIDIENDO A MENG HAORAN (Que se va a Yang-
zhou)
Terraza Grulla Amarilla: mi viejo amigo se despide.
A Yangzhou en las nieblas y flores de primavera se va.
La lejana sombra de su única vela se disuelve en el vacío
                                                                                     [azul.
Todo lo que veo es el cielo hacia el cual fluye el Yangtzé.
LI BAI. En V. Seth, 3 chinese poets.

Tengo el recuerdo -con estupor, con maravilla- del pasaje
de la lámpara de petróleo a la luz eléctrica (un sentimiento
de inundación, de inundación de luz: la primera noche que
al mover el interruptor se encendieron las lámparas en mi
casa y en las demás).
Leonardo SCIASCIA. La medicalización de la vida.

Luego ha surgido del mar un nubarrón bajo que en un ins-
tante ha llegado a tierra envolviendo el faro y las grúas
que se han disuelto en la niebla; el puerto se ha oscureci-
do y los herrajes han brillado.
Antonio TABUCCHI. La línea del horizonte.

Las violáceas casas de Pérgamo al atardecer de julio
Yorgos SEFERIS. Días.

DIEPPE
de nuevo la última marea
el guijarro ya muerto
luego el giro y los pasos
hacia las viejas luces
Samuel BECKETT. Obra Poética Completa. Hiperión.

Creyó poder ver las montañas, las blancas cumbres, sus
picos resplandecer con el sol poniente, y bosques y más
bosques, y más allá la estéril tundra y los inmaculados y
sólidos ríos, y más allá, muy lejos, donde la noche perpe-
tua ya señoreaba, el mar helado.
Margaret ATWOOD. Chicas bailarinas.

Oigo frenar el auto sobre la grava del sendero, abrirse la
puerta y, entonces, hago lo que mejor sé hacer. No es na-
da en lo que tenga que pensar. Me pongo en movimiento
y corro por el sendero. Mi corazón ya casi no siente que
está en mi pecho sino en mis manos, y eso es lo que es-
toy llevando a toda velocidad, como si me hubiese con-
vertido en la mensajera de lo que está sucediéndome in-
ternamente.
Claire KEEGAN. Tres luces.

Wittgenstein se preguntó en cierta ocasión: "¿Es la rosa
roja en la oscuridad?"
Enrique VILA-MATAS. El viajero más lento.

A las siete semanas, se están formando en el cerebro cien
mil nuevas células nerviosas por minuto; en el momento
del nacimiento, hay cien mil millones de células.
Anne MICHAELS. La cripta de invierno.

Momentos, momentos sin rumbo, sin acotaciones, sin
regresar, sin reunirse, fluyentes, independientes.
Henri MICHAUX. Lugares, momentos, travesías del
tiempo.

Como el viento nos deslizamos por el campo, seguidos
por dos coches negros llenos de bigotes.
Lawrence DURRELL. Esprit de corps.

En Cuzco, con el corazón oprimido por la altura, los ade-
manes lentos, el pecho abrumado como en el fondo de un
lago, tuve que sentarme al borde de la calle. Nadie me pres-
taba atención. En las cercanías vibraba el timbre de un cine-
matógrafo. Entré. Allí recobré poco a poco el aliento, en
medio de indígenas impasibles que escuchaban a Sir Law-
rence Olivier recitarles en verso, en una lengua desconoci-
da, la historia de un danés parricida.
Roger CAILLOIS. La incertidumbre que nos dejan los
sueños.

Cuando el coche se puso en marcha, Kate se asomó a salu-
dar y vio la expresión en la cara de Tom antes de que pudie-
ra cambiarla. "Pero es joven -se consoló-. Su pena no durará
toda la vida."
Elizabeth TAYLOR. En el verano.

Esperé; lo diría. Hay momentos así, iluminados, quietos, en
que el temor más grave y hondo del corazón aflora con la
inocencia ensoñadora de un barco de papel en un estanque.
John BANVILLE. La carta de Newton.

El domingo por la mañana hacía en la barbería un calor so-
focante; un calor, en cierto sentido, de lata de conserva.
Una temperatura seca.
Partido en barras de oro, el sol penetraba en el local por
las persianas. Las tijeras sonaban voraces y se oía el zum-
bido de una mosca grande.
(Ningún poeta ha inmortalizado todavía en la música de sus
versos el verano en una barbería. Sería una tarea digna de
Theodor Storm o de Mörike.)
Joseph ROTH. Crónicas berlinesas.

Estaba en la cocina, de pie y en la oscuridad, agarrada al bor-
de de la pileta. No se movió cuando encendí la luz. Le pasé
el brazo por la cintura, volvimos a su salita y vimos juntos
el resto del programa. Tejía cuadrados de lana que luego, co-
sidos, formarían una manta...
Mavis GALLANT. Elevado en un globo.

El sol salió y, junto a las acequias verdes, los búfalos de agua
adoraban a Amón con ojos marrones.
Ingomar von KIESERITZKY. El libro de los desastres.

Sufriendo estaba
y al subir a una loma
zarzas en flor.
BUSON. Jaikus inmortales.

En tales momentos los seres triviales, un perro, una rata,
un insecto, el seco ramaje de un manzano, el serpenteado
camino trazado por las carretas en la colina, una piedra
musgosa, se me vuelven objetos más preciados que la más
bella y generosa amante, en la más dichosa de las noches.
Hugo von HOFMANNSTHAL. La carta de Lord...

Cuando vengo de noche desde la Torre, a lo largo del
agua, cómo se mueve, lenta y cual un cuerpo, todas las
noches el agua oscura y espesa bajo la luz de la linterna.
Como si guiara la linterna encima de un durmiente, y en
su recorrido por efectos de la luz se desplegara y girase,
sin despertar.
Franz KAFKA. Carta a mi padre.

Salí en la Primavera
a juntar jóvenes hierbas.
Caían tantos pétalos
A la deriva en confuso vuelo
Que perdí mi camino.
KI no TSURAYUKI. 100 More Poems from the Japanese.

Cada mes, cuando sangraban, sangraban joyas, sangraban
rubíes, y usaban esos rubíes como dinero. Como no había
hombres, abrían sus piernas al viento del sur. Cuando éste
las fecundaba, daban a luz sólo hijas.
Kathryn HARRISON. Los pies de la concubina.

Miles y miles de años
no serían suficientes
para decir
el pequeño segundo de eternidad
en que me besaste
en que te besé
una mañana a la luz del invierno
en el Parque Montsouris en París
en París
sobre la tierra
la tierra que es un astro.
Jacques PREVERT. Revista Cero. Agosto del 67, versión
de R. Alonso.

El disco reproducía la voz de Marianne Oswald cantando
una canción moderna, Sourabaya Johnny. Y de repente
su voz entró en la habitación, expresando al fin, realmen-
te, la verdad de su amor desdichado y que valía la pena,
que se dirigía a mí, que yo debía entender.
Henri MICHAUX. La noche se agita.

La aurora entra con sus piececitos
como una Pavlova dorada
y yo estoy cerca de mi deseo.
No hay en la vida cosa mejor
que esta hora de clara frescura,
la hora de despertarnos juntos.
Ezra POUND. Antología de la Poesía Norteamericana
(Fausto)

RECUERDO
Mediodía de verano. Hora de la siesta.
Los hermanos mayores tiran la red al río caminando con el
agua hasta el pecho. Los niños los seguimos por la costa.
Nos arrojan peces y los juntamos en bolsas que chorrean
agua.
Jonas MEKAS. Ningún lugar adónde ir.

El último sol del año seca su piel por encima
de una superficie que es mero mosaico de diminutos
                                                                      [destrozos,
Donde un viento va borrando todas las imágenes en la
                                                          [fluyente obsidiana,
El irse de las ondas incesantemente formándose.
Charles TOMLINSON. La insistencia de las cosas. (Anto-
logía) (Visor).

Para Chateaubriand, el mundo que vemos ya es recuerdo
de esos fenómenos fugaces, efímeros, desaparecidos, aun-
que poco dispuestos a abandonarnos por completo. El pasa-
do no se marcha: lo pasado es lo que experimentamos en
cada momento.
Alberto MANGUEL. Cit. por C. Nooteboom en Tumbas
de poetas y pensadores.

el fuego que enciende los deseos y que ilumina los pensa-
mientos jamás se prolongaba más de unos segundos con-
secutivos; el resto del tiempo tratábamos de recordarlo.
René DAUMAL. La Montaña Análoga. 

Mientras más le perjudica a uno el tiempo, más se quiere
huir de él. Escribir una página sin defecto, una frase sola-
mente, le eleva a uno por encima del devenir y de sus co-
rrupciones. Se trasciende la muerte por la búsqueda de lo
indestructible a través del verbo, a través del símbolo mis-
mo de la caducidad.
Emile M. CIORAN. Del inconveniente de haber nacido.

El Moscú que vio Napoleón aquella soleada tarde de se-
tiembre de 1812 ya no existe. La incendiaron los rusos al
día siguiente para forzar a los franceses a retroceder. En
épocas posteriores Moscú ardió más veces. "Nuestras
ciudades -escribe Turguénev en alguna parte- arden cada
cinco años".
Ryszard KAPUSCINSKI. El Imperio.

VERSOS A BLOK (7 de mayo de 1916)
En Moscú, las cúpulas en llamas.
En Moscú, ya tañen las campanas.
Los sepulcros están aquí, en hilera,
y allí duermen los zares, las zarinas.
Tú no sabes aún que en el alba del Kremlin
se respira mejor que en cualquier otro sitio.
Tú no sabes que en el alba del Kremlin
yo te rezo hasta el alba.
Tú pasas sobre el Neva
y yo sobre el Moscova,
cabizbaja.
Se duermen las farolas.
Te quiero en el insomnio.
Te escucho en el insomnio.
Mientras que por el Kremlin
despiertan campanarios.
Mi río con tu río,
mi mano con tu mano
se ignoran. Cariño mío, alegría
hasta que el alba alcance a la siguiente.
Marina TSVIETAIEVA. Antología poética. (Hiperión)

Los domingos son viudas
con velo negro hasta el mentón
fríos de duelo
niños muestran
zoquetes a los perros que lloran
en torno de la tierra crece una casa de piedra
Rolf HAUFS. Sur. Letras Alemanas.

Grecia, y la mañana del mundo
En que aún todos los mármoles del Partenón
Nutrían las raíces de los ciclámenes.
Paganas
Violetas, violetas de hocicos rosados
Otoñales
De tiernos rosados,
Con palidez de alba
Entre gachas hojas de sapos
Regando los futuros
Mármoles del Erecteón.
David H. LAWRENCE. En Antología del poema traduci-
do.

Ahora mientras caminamos juntos, mi hija
aferra mi dedo con toda su mano.
Toda mi vida sentiré que invisiblemente un anillo
circunda este hueso con luz: cuando haya crecido,
lejos de hoy como sus ojos ya están lejos.
Stephen SPENDER. Poesía inglesa contemporánea.

...las últimas fotos del conde Tolstoi, en 1910, cuando
abandonó a su mujer para ir a morir en la estación de
tren de Astapovo.
Frédéric BEIGBEDER. Socorro, perdón.

Una vez, en Nápoles -en lo que, tenía que decir, sólo
podía ser descrito como un antro-, ya liberada la ciu-
dad, de repente se apagaron las luces, y el piano dejó
de sonar, y en la subsiguiente penumbra silenciosa
Haffner observó cómo una mujer se desnudaba tan
lentamente, tan torpemente, tan pacíficamente -acom-
pañada tan sólo por el tintineo accidental de las copas
de vino y el breve y sibilante roce de los fósforos- que
todavía hoy, más de cincuenta años después, esa mujer
seguía siendo su ideal de belleza.
Adam THIRWELL. La huida.

SOL DE PRIMAVERA
En el Día de las Comidas Frías
salgo a oler el perfume de las flores
a lo largo de la orilla del río.
Feliz y distendido,
dejo que el suave viento Este me bañe la cara.
En todas partes resplandece la primavera
con diez mil sombras de azul
y diez mil colores rojos.
CHU HSI (1130-1250) 100 Poems from the Chinese. De
K. Rexroth.

Miramos a través de la larga ventana, la única que había,
la espléndida vista del techo de la bombardeada iglesia
de St. Anne, en Old Compton Street, Soho. La veleta en
el chapitel estaba intacta y resplandecía, una flecha dora-
da bajo el sol.
Julian MACLAREN-ROSS. Noches en Fitzrovia.

Antes de nuestra aventura (la palabra me hace pestañear),
antes de que empezase propiamente, yo ya pensaba en su
final. Te reirás, pero me imaginaba muchas veces mi lecho
de muerte: una noche cálida y silenciosa, la lámpara tem-
blequeando y una polilla dando en la bombilla, y yo, niño
agostado, recordando con claridad mágica cómo falla la
respiración en este instante, en este dormitorio al oscure-
cer, la brisa en la ventana, los sicomoros, el corazón de
ella latiendo bajo el mío, y aquel pájaro que canta lejos,
en una tierra perdida, totalmente perdida, sí.
John BANVILLE. La carta de Newton.

Dios no creó los sauces llorones al mismo tiempo que el
resto de los árboles, como los avellanos y los manzanos,
sino después de decidir que los hombres serían morta-
les. Son, por así decirlo, árboles de segunda generación,
flora dotada de intelecto y sensibilidad para lo ceremonial.
Joseph ROTH. Crónicas berlinesas.

Alta, de pecho exuberante, desnudos los brazos hasta el
tupido vellón de los sobacos, exhalando un aroma en el
que un olfato más experimentado (y una naturaleza me-
nos ardiente) habría distinguido el perfume Balenciaga
del olor a sudor, por un  momento dominó al profesor
como la Victoria de Samotracia domina al que sube por
las escaleras del Louvre.
Leonardo SCIASCIA. A cada cual, lo suyo.

y con esencia
floral
te ungiste, y con bálsamo de reyes,
y sobre blandos lechos
delicada
saciabas el deseo,
y no había ningún
recinto o santuario
del que nos mantuviéramos ausentes...
SAFO (s.VII a.C) Poemas y testimonios.

O si no, piensen en los tiburones. La mayoría de las espe-
cies de tiburón se gestan en el vientre de su madre y allí
mismo empiezan a matarse unos a otros. El resultado es
que su cerebro ha permanecido igual a lo largo de sesenta
millones de años, mientras que el nuestro fue incremen-
tando su complejidad hasta hace ciento cincuenta mil, mo-
mento en el cual adquirió la facultad del habla, convirtién-
dose por tanto en humano, y nuestra evolución se hizo en-
tonces tecnológica en vez de biológica.
Josh BAZELL. Burlando a la Parca.

GUARDIA
Cima Quattro, 23 de diciembre de 1915
Una noche entera
echado junto
a un camarada muerto
su boca
gruñona
vuelta hacia la luna llena
la hinchazón
de sus manos
penetrando
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor.
Nunca me he asido
tan
firmemente a la vida.
Giusseppe UNGARETTI. Cit. por P. Auster en Pista de
despegue.

De modo que ahí tenemos al tímido, al introvertido Gödel,
que, a los 32 años, era ya el más grande lógico del siglo
XX, casado y sin trabajo en un piso de Viena y con la sen-
sación apremiante de que si no tomaba rápidamente alguna
medida pronto iba a estar marcando el paso de la oca por
las llanuras nevadas con los demás soldados. [Habla de
marzo de 1939]
Ed REGIS. ¿Quién ocupó el despacho de Einstein?

Fresca como los pálidos pétalos húmedos
del lirio del valle
Duerme a mi lado en la alborada.
Ezra POUND. Antología poética.

Una palada de mirlos
salió disparada desde el borde de la carretera
Dereck WALCOTT. El testamento de Arkansas.

Veo el cielo color de perro que corre
de perro corriente nos veo corriendo perdidos
en la corriente nosotros también nosotros dos
en la corriente como si fuéramos tres
que ninguna noche detiene.
Jean-Jacques VITON. Poesía francesa contemporánea.
Ed. de J. Fondebrider.

Hay un momento en que el cuerpo
se recoge en la respiración
y el pensamiento se suspende y vacila.
También las cosas
que la luna conmueve
sufren el suspiro de las mareas
o las dulces flexiones del eclipse.
Y la madera de las barcas
se hincha en el mar delicada.
Valerio MAGRELLI. Ora serrata.

Ni falta el canario de la vecina, oh mañana de otro tiempo,
ni el sonido (lleno de cestos) del panadero en la escalera
ni los pregones que ya no sé dónde están
Fernando PESSOA. Tabaquería.

Pero era en su arte, en su música, donde Lilian no sólo
se enfrentaba a la enfermedad sino que la trascendía. Era
algo que resultaba evidente cuando tocaba el piano, un
arte que exige y proporciona una especie de superinte-
gración, una integración absoluta de músculos y sentidos,
de cuerpo y mente, de memoria y fantasía, de intelecto y
emoción, de la totalidad del propio yo, de la sensación de
estar vivo.
Oliver SACKS. Los ojos de la mente. [Lilian padece de
Atrofia Cortical Posterior.]

No me dejes
totalmente solo. Espera
hasta que la Estrella
de la Mañana
sea un fantasma
en el cielo
una pálida ala
blanca transportando
al sol.
ION de CHIOS. The Infinite Moment, de S. Hamill.

Cuando mi hermano mayor
volvió de la guerra
portaba en su frente una estrellita de plata
y bajo la estrelllita
un abismo.
Zbigniew HERBERT. Informe desde la ciudad sitiada.

Ella confiesa su amor mientras está medio dormida,
en las horas oscuras,
con medias palabras, en susurros:
mientras la tierra se mueve en su sueño invernal
y hace germinar a la hierba, a las flores
a pesar de la nieve,
a pesar de la nieve que cae.
Robert GRAVES. Cien poemas.

fue el día en el que pudo estrenar su uniforme cuando sin-
tió que definitivamente su vida había ocupado el lugar que
le correspondía en un sistema perfecto o aún en vías de
perfección, en el que la belleza y el horror se hallaban en
una proporción exacta.
Winfred G. SEBALD. Vértigo.

la orquídea Stanhopea, que no florece más que una vez al
año y durante un período máximo de un día.
Susan ORLEAN. El ladrón de orquídeas.

Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui
a nadar.
Franz KAFKA. Diarios. (2 de agosto de 1914)

El tiempo la obsesionaba. La Ostrovsky me recordaba la
sorprendente escena de Muerte a plazos, cuando Celine
quiere detener el bullicio de una calle llena de gente. Gri-
ta, en el papel: "¡Detenlos..., no dejes que puedan mover-
se! ¡Ahí mismo, congelalos... de una vez para siempre!
¡Así no desaparecerán!"
Kurt VONNEGUT. Matadero cinco.

Esa creciente soledad es la plaga más perniciosa del hom-
bre occidental contemporáneo. El hombre sufre cada vez
más de soledad, porque goza de una riqueza y de una li-
bertad cada vez mayores. Libertad, riqueza, soledad o las
tres caras de la condición moderna.
Michel TOURNIER. El viento paráclito.

Los peores años de mi vida, hasta hoy. 1952, por la muer-
te de mi madre. 1962, por la muerte de mi padre. 1972,
porque mis lumbagos pasaron de ser excepcionales a ser
continuos y yo de ser un atleta, o poco menos, a ser un li-
siado.
Adolfo BIOY CASARES. Descanso de caminantes.

Bosum [Congo], 12 de diciembre
Un cielo inefablemente puro. Tengo la impresión de que
nunca, en ninguna parte, el tiempo ha sido tan bueno. La
mañana es fresca, con una luz plateada, que te hace pen-
sar que estás en Escocia. Una ligera niebla cubre las par-
tes más bajas de la llanura. El aire es suave y ligero como
una caricia.
André GIDE. Viaje al Congo.

EL CUMPLEAÑOS DE GOETHE. En el balneario de
Carlsbad, escuchó "con lágrimas en los ojos" cantar a la
Catalani... antes de que una crisis de celos le estropeara
la voz.
Roberto CALASSO. Las ruinas de Kasch.

Deborah comienza a cantar. Canta con una voz profunda,
masculina, que suena como si en la habitación hubiera un
cantante invisible. La voz extraña canta una canción judía
sin palabras, una negra canción de cuna para niños muer-
tos.
Joseph ROTH. Job.

Invisiblemente, el aire (fresco como el aliento del corazón
de un melón) se derrama sobre los alféizares y se mezcla
con el olor de las lámparas agotadas. Hay tal calma que la
voz de un hombre allá arriba, en la penumbra bajo los oli-
vos, perturba y agita como la voz de la conciencia misma.
Lawrence DURRELL. La celda de Próspero.

Haber leído ya los Pickwick Papers es una de las grandes
tragedias de mi vida. (No puedo volver a releerlo)
Fernando PESSOA. El libro del desasosiego.

Mientras se soporta no escribir, no se está obligado a ha-
cerlo. Rilke dice que no se tiene derecho sino cuando se
está obligado.
Thomas BERNHARD. Tinieblas.

Durmamos con las manos enlazadas. El mundo rueda y
en alguna parte hay cosas que no conozco. Durmamos
sobre Dios y el misterio, nave quieta y frágil fluctuante
sobre el mar, he aquí el sueño.
Clarice LISPECTOR. Cerca del corazón salvaje.

Era en el 53... y me acuerdo de la hermana de Visconti to-
mando su avión privado para ir al funeral de Stalin.
Paul BOWLES. Conversations with P.B.

Gloire trata de concentrarse en la intriga, pero en vano:
sin que nada las retenga en ella, las imágenes la atravie-
san como rayos X, como un viento electrónico indife-
renciado, monocromo y liso, tibio y sordo. Encuentra
fuerzas para apagar el aparato antes de la hipnosis.
Jean ECHENOZ. Rubias peligrosas.

Estoy inmóvil en un cuarto de hotel
lleno de inmóvil luz eléctrica...
Valery LARBAUD. Obras escogidas de A.O. Barnabooth.

La tarde es ésta. Ahora podemos
bajar hasta que la Osa se ilumine.
(Barcas dominicales sobre el Marne, en carrera
en el día de tu fiesta).
Eugenio MONTALE. Antología de poesía italiana contem-
poránea. (H.A.)

El caos crecía al tiempo que la luz
Mermaba bajo un cielo compacto.
Una noche innatural dilató nuestras pupilas.
Theodore ROETHKE. Poemas. (Girri)

Un esteta puro es ese personaje de Moravia, "El curioso",
que adora levantarse de la cama, incluso cuando hace frío,
para mirar por la puerta entreabierta a una persona que pa-
sa por el corredor. Sabe quién es esa persona, sabe qué ha-
rá, sabe que terminará simplemente desapareciendo detrás
de otra puerta, pero nada para él es más delicioso que ese
fragmento, encuadrado por una hendidura o por el ojo de
una cerradura, de una realidad resplandeciente, inviolada
por su presencia, no contaminada por ningún interés ni
deseo.
Juan R. WILCOCK. Hechos inquietantes.

...encendemos el motor y ponemos proa al norte en la no-
che. Se mueven luces en la oscuridad, rozando apenas la
superficie de la conciencia.
Lawrence DURRELL. La celda de Próspero.

A la medianoche
Bajo la luna brillante
Un gusano secreto
Excava en el castaño
BASHÔ

Son las siete: el curry está a punto de llegar; mosquitos
enormes se pasean sobre este papel, sobre mis manos, so-
bre mi lámpara de petróleo, esta noche te dejo ya, volveré
a estar contigo mañana en Dambulla.
Marcel SCHWOB. Viaje a Samoa.

y la luz
en ese instante se teñía de té como la prosa
Dereck WALCOTT. Omeros.

Un instante es la eternidad;
la eternidad es el ahora.
Cuando ves a través de este instante,
ves a través del que ve.
WU-MEN (1183-1260) En The Enlightened Heart.

Recuerdo la gratísima sorpresa que tuve cuando me dije-
ron en la librería 'El Ateneo', que se habían vendido 37
ejemplares en un año. Le dije a mi madre esa suma. "Es
imposible", me dijo y preguntó "¿Tantos?".
Jorge L. BORGES. Entrev. de Armando Roche.

Caen las olas, callan las ráfagas;
el mar se vuelve dulcísimo.
MARCO PACUVIO (Lat., 220-130 a.C.) Historia de la
literatura latina.

al terminar el día lo único que uno puede hacer es aplicar
su propio remedio casero a su alma. Saber de genética o
bioquímica, o incluso del arte de hacer dinero, no le ayuda
a uno a resolver este problema.
Justin CARTWRIGHT. Soñando con los masai.

Yo creo que cualquier tipo de vida es buena si no estás
con el pensamiento en otra parte.
Bernhard SCHLINK. El fin de semana.

Hay un momento en que se esparce arena sobre el altar.
¿Porqué esa arena? Es la parte de Prajapati que se ha per-
dido. Una parte innumerable, enorme. ¿Quién podría con-
tarla? Cuando Prajapati quedó desarticulado, la parte más
grande de él se perdió (...) Ese polvo que es habitante ex-
clusivo de los cielos nos recuerda cuánto se ha perdido.
Roberto CALASSO. Ka.

Cuando yo iba a romper a hablar, el maitre se aproximó a
nuestra mesa con paso decidido, haciendo resonar el par-
quet con sus zapatos. Sonriendo, y con el ademán de quien
enseña la fotografía de su único hijo, orientó hacia mí la
etiqueta del vino.
Haruki MURAKAMI. La caza del carnero salvaje.

La hora hueca.
En blanco, vacía.
El foso mismo de todas las demás horas.

Nadie se siente bien a las 4 de la mañana.
Si las hormigas se sienten bien a las 4 de la mañana
-tres hurras por las hormigas. Y deja que vengan las 5
si hemos de seguir viviendo.
Wislawa SZYMBORSKA. En Milosz.

HORMIGAS NEGRAS
Con las manos en los bolsillos mira
El mundo de las hormigas negras
Su sangre color de laca
Sus aguijones
Sus larvas blancas
Estremecidas con las vibraciones
De una campana
Su violín de muchacho yace en un cofre
Y la noche siembra sus estrellas
Sobre el mapa celeste.
Jean FOLLAIN. Poesía francesa contemporánea.

NINGUNA PALABRA
Nada real,
el sentimiento de sostener entre mis dedos
una mariposa
BUSON. Haiku master Buson.

Si no nos dormimos es para espiar la aurora
Que probará que al fin vivimos en este instante
Robert DESNOS. Poesía francesa contemporánea.

Abril, y las últimas flores del durazno
se dispersan sobre la hierba negra
antes del amanecer. El sicomoro, la lima
el fulminado pino inhalan
las primeras pálidas insinuaciones del cielo.
Philip LEVINE. En Milosz.

Está pasando un minuto en la vida del mundo. Descríbelo
como es.
Paul CEZANNE. Cit. por J. Berger en G.

¿Cómo engañar al tiempo
con un momento de quietud?
Los labios del corazón son el eco
de una eterna discordia.
Tenesse WILLIAMS. En el invierno de las ciudades.

Juegos y risas
Que cesan:
Luna de otoño.
BASHÔ. Poesía japonesa. O. Svanascini.

Antes de la tormenta. Las casas más claras que el cielo.
Robert MUSIL. Diarios.

Ahora la noche es nada más que un rocío azul, mi padre
         [ha secado la manguera y la ha enrollado.
Abajo, en la extensión de los parques, un hálito de fuego
         [que respira.
Contento, plateado, como un atisbo de luz, cada grillo
         [repite su comentario, una y otra vez, en el patio
         [anegado.
James AGEE. Una muerte en la familia.

mientras el tren conduce a Kruschev a la estación Penn-
                                                                            [sylvania
y la luz parece ser eterna
y la alegría parece ser inexorable
y soy siempre lo bastante tonto como para hallarla en el
                                                                               [viento.
Frank O'HARA. 15 poetas norteamericanos (Girri)

Había una del Oeste que nos gustaba especialmente; salía
Richard Widmark en el papel de un sheriff que debe afron-
tar a la mañana siguiente un duelo que no tiene ninguna po-
sibilidad de ganar; al anochecer llama a la puerta de Doro-
thy Malone, que le ha aconsejado huir, aunque él no le ha
hecho caso. Ella abre la puerta. "¿Qué quieres? ¿Toda tu
vida en una noche?" A veces, cuando yo llegaba rebosante
de deseo, Hanna se burlaba de mí: "¿Qué quieres? ¿Toda
tu vida en una hora?"
Bernhard SCHLINK. El lector.

MORIREMOS
Moriremos en la transparente Petrópolis,
Donde Proserpina es actualmente soberana;
Con cada suspiro exhalamos un soplo fatal,
Y cada hora afirma el año de nuestra muerte.
Poderosa diosa del mar, temible Atenea,
Pon a un costado tu imperial casco de roca.
Moriremos en tu transparente Petrópolis,
Donde no tú, sino Proserpina es soberana.
Ossip MANDELSTAM. Modern European Poetry.

Sintió el ardiente deseo de ser un monje y pertenecer a
una orden muy estricta.
Franz WERFEL. Una letra femenina azul pálido.

Me acompaña hasta la puerta, que ha estado abierta todo
el rato. Durante toda la mañana han entrado la luz y el
aire fresco y los ruidos de la calle, pero no nos hemos da-
do cuenta. Miro hacia el exterior y veo, oh Dios, una luna
blanca suspendida en el cielo de la mañana. No creo ha-
ber visto jamás nada tan extraordinario. Pero me da mie-
do comentarlo. Sí, me da miedo. No sé lo que podría pa-
sar. Hasta podría echarme a llorar. O no entender en ab-
soluto mis propias palabras.
Raymond CARVER. Tres rosas amarillas.

Me gusta esa gigantesca humareda a toda pantalla, pro-
yectada en tiempo real, que escapa de ambas torres, ese
penacho blanco en el azul del cielo, como una bufanda
de seda, volando entre la tierra y el mar. No sólo me gus-
ta por su etéreo esplendor, sino porque sé lo que tiene de
apocalíptico, lo que tiene de violencia y espanto.
Frédéric BEIGBEDER. Windows on the World.

Muchísimos novelistas empezaron tarde: Conrad, Pirande-
llo, incluso Mark Twain. Cuando uno es joven, el ajedrez
está bien, y la música y la poesía. Pero escribir novelas es
otra cosa. Hay que aprender, aunque es algo que nadie
puede enseñar.
James CAIN. Confesiones de escritores 3.

A partir de este punto en nuestras vidas, le había susurrado
ella antes, o encontraremos nuestras almas o las perderemos.
Michael ONDAATJE. El paciente inglés.

Sostengo tu cabeza apretada entre
Mis muslos, y presiono contra tu
Boca, y floto a la deriva
Para siempre, en una barca
De orquídeas en el Río del Cielo.
MARICHIKO. En K.R. Flower Wreath Hill.

La formación de ideas con los amigos más próximos a la
edad crítica entre los 18 y los 30 es absolutamente funda-
mental.
Saul BELLOW. Conversations with S.B.

El aburrimiento de los domingos a la tarde, que llevó a De
Quincey a probar el láudano, también dio vida al surrealis-
mo: son horas propicias para fabricar bombas.
Cyril CONNOLLY. La tumba sin sosiego.

Su alma caía lenta en la duermevela al oir caer la nieve le-
ve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso
de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muer-
tos.
James JOYCE. Dublineses.

oscurecía ya, dijo Austerlitz, y una fina llovizna surgía en
el aire, aparentemente sin precipitarse.
Winfred G. SEBALD. Austerlitz.

Las mujeres de Boralesgamulua
arrancan de raiz lotos en medio del río
piel enrojecida por el polen flotante.
Michael ONDAATJE. Escrito a mano.

Tsitsikar y Kharbín
ya no voy más lejos
Es la útima estación
Desembarqué en Kharbín cuando acababan de prenderle
                                [fuego a las oficinas de la Cruz Roja.
Blaise CENDRARS. Poesía 1912-19.

Terminando Nombres en una habitación de hotel en Ams-
terdam, vi de repente sangre que fluía de mi nariz encima
del papel, era bello... Como si hubiera alcanzado el cora-
zón y la pulsación de la cosa.
Philip SOLLERS. Visión en Nueva York.

Ayer, frío y lluvioso. Un día oscuro, una casa sombría, las
preocupaciones exacerbadas del endeudamiento. Hoy la
luz resplandeciente daña los ojos. Azul y oro flamantes,
desbordantes de brillo. El viento del norte, el aire huele
a agua, púrpura aquí, verde allá. El viento llegó antes del
amanecer. Caen las hojas. Un viento tumultuoso, inofensi-
vo.
John CHEEVER. Diarios.

es primavera me siento en zofin y anoto la fecha
de cuando inventé el aparato de la poesía para todos los
                                                                             [sentidos
deambulamos con teige por las calles
atmósfera de milagros que se viven una sola vez en la
                                                                                   [vida.
Víteslav NEZVAL. Cit. en P. Runfola, Praga en tiempos
de Kafka.

Pero el día que estuve sentado en la orilla en calma, hubie-
ra podido creer estar contemplando la eternidad.
Winfred G. SEBALD. Los anillos de Saturno.

Hundí mi pluma en la tinta y escribí estas palabras, como
si lo hiciese de un modo automático, en una página en blan-
co: Orlando, una biografía. Tan pronto como lo hice, fui
presa de un arrebato, y mi cerebro se llenó de ideas. Escri-
bí sin descanso hasta las 12.
Virginia WOOLF. Cit. por S. Spender.

Ahora es la hora en que nada ocurre
como si el mundo no respirase, como si la lluvia no se de-
                                                                               [rramara
un sueño encerrado en la oscuridad de una avellana
una piedra olvidada debajo del cuerpo de una colina
Mateja MATEVSKI. Citada por C. Kizer.

Mañanas con nubes. Mañanas ventosas. Mañanas de vien-
to negro que corre como agua.
James SALTER. Juego y distracción.

ella, sin embargo, estaba excesivamente alegre, y de la ma-
nera más natural: recuerdo que bromeó cariñosamente con
su madre, cosa rara en ella. Esta alegría, ahora que sé todo
lo que ocurrió antes y después, es un recuerdo que bastaría
para matar a un hombre. Pero, en aquel momento, la veía
alegre, y yo me alegraba también.
Maurice BLANCHOT. La sentencia de muerte.

Landor, no hallando ninguna conversación interesante,
tenía que pretender que a veces aquella existía.
Si uno ha de medir solamente por la brillantez, lo máximo
que conocí fue en la casa de Picabia, un domingo de 1921
o 1922.
Ezra POUND. Guía de la Kultura.

(en la confitería Dehmel) El mes de mayo, el mayo oficial
de Viena, se esponjaba en las pequeñas tazas doradas ribe-
teadas de plata, aleteaba sobre los cubiertos, sobre las ba-
rritas infladas de chocolate relleno, los pasteles de crema
rosa y verde que hacían pensar a uno en pequeñas y comes-
tibles joyas.
Joseph ROTH. La cripta de los capuchinos.

La flota de don Juan de Austria en el Estrecho de Messina
el jueves 23 de agosto de 1571. La habían esperado tanto,
que llegó de manera inesperada.
Leonardo SCIASCIA. Crucigrama.

Me gusta
este vino fino
tomado a solas
cuando el atardecer ilumina las colinas de color bronce
Ningún cazador despliega sus miradas
sobre la caza de las llanuras
Las hermanas de nuestros amigos
parecen más hermosas
Hay sin embargo amenaza de guerra
un insecto aterriza
y despega nuevamente.
Jean FOLLAIN. En Modern European Poets.

Una tarde mi padre operaba en el hospital cuando el rayo
entró por la puerta, se extendió por el suelo, sin ruido, fun-
dió las patas metálicas de la mesa de operaciones y quemó
las suelas de caucho de mi padre; luego se le unió el relám-
pago y huyó por donde había entrado, como un ectoplasma,
para volver al fondo del cielo.
J. M. LE CLEZIO. El africano.

Este es el momento en que los árboles, heridos por una cierva,
esperan que ella vuelva a lamerlos.
Vladimir HOLAN. Una noche con Hamlet y otros poemas.

Ayer a la tarde fui a la cocina, en un cobertizo, me senté
con las mujeres y las chicas y dejé que me hablaran.
Werener HERZOG. Conquista de lo inútil.

En el cuarto al revés
una nube se desmorona
La noche sale de un relámpago.
Pierre REVERDY. Cuaderno de traducciones.

Era la hora que sigue a la salida del trabajo, cuando el
agua de los aspersores centellea en el aire, las colinas han
empezado a oscurecer y los prados son como estanques.
James SALTER. Anochecer.

ROMANTICISMO
Las noches son bastante difusas aquí.
Pero si la luna está llena, lo sabemos.
Sentimos una cosa un minuto,
otra cosa el siguiente.
Raymond CARVER. Incendios.

Retorno burlesco y virgiliano con tren perdido, pantalones
blancos, automóvil de alquiler cuyo chofer borracho... ¡pre-
tende "hacer sus necesidades" y conducir a la vez!
Jean COCTEAU. Cartas a la madre.

Hacia el final de un cálido día de primavera, el aire vesper-
tino, lleno del grito de los pájaros, se prepara para la escar-
cha.
Charles TOMLINSON. La insistencia.

NINGUNA PALABRA
Los árboles cuelgan silenciosos
en el calor...
Desata tu corazón
Dime tus pensamientos
Lo que eras
Y lo que eres...
Como campanas que nadie
ha tañido nunca.
Kenneth REXROTH. Flower W. Hill.

Por fin, la bahía lechosa, recoge el resplandor y las gaviotas
que flotan en el agua trémula, brillan como sombras en una
perla.
Katherine MANSFIELD. Diario.

Una vez en un rickshaw chino sintió auténtica condescenden-
                                                                                            [cia
hacia el presente, amándolo, y sintiéndose más grande
que ese antiguo torturador, él mismo... ¡Ah, nuevas identi-
                                                                                    [dades!
Malcolm LOWRY. Poemas. (Visor)

Camino a Teherán, pasé una noche en Ecbatane, capital de
Darius y Xerxes. Fui de paseo el Mar Caspio, el reino del
caviar. Esperaba comer los extra-frescos pero ahora no es
temporada, y el que me convidaron estaba un poco salado.
Si allí llegué demasiado temprano para el caviar, aquí en
Ispahán, llegué demasiado tarde para las rosas. Persia es
muy curiosa, pero poco confortable. Parece que estuviera
en el 1346 de la era cristiana y no de la hégira.
Raymond ROUSSEL. En Tsé-Tsé N° 11, versión de D.
Tabarovsky.

iluminado por aquello que me apaga
transportado por aquello que me ahoga
río soy dentro del río que paso,
soy un río dentro del río que pasa
que no caiga en la tentación de detenerme
de fijarme, de situarme
que ya no caiga en la tentación de interferir
Henri MICHAUX. El pulso de las cosas.

Cuando, en la relativa seguridad y cordialidad que reina en
las trincheras, llega la orden de avanzar, es como si se orde-
nara pasión a hombres serenos y tranquilos.
Robert MUSIL. Diarios.

A veces era un escolar en una pequeña ciudad oriental
Walter BENJAMIN. Haschisch.

Amor mío estaba en tus brazos
Alguien murmuró fuera
Una vieja canción de Francia
Mi mal fue por fin reconocido
Y su estribillo como un pie desnudo
Turbó el agua verde del silencio
Louis ARAGON. Poesía francesa contemporánea.

Sus ojos se cruzan justo el tiempo suficiente como para
darle esperanzas.
Kathryn HARRISON. La mujer de nieve.

Ella no dijo nada de los besos; pensé que probablemente
los había olvidado, y tampoco dije nada. Pero luego recor-
dó nuestras carreras de camellos por la playa de Juhu, y la
leche de coco fresca, bebida directamente del árbol. No se
había olvidado.
Salman RUSHDIE: Oriente, Occidente.

Recuerda que aunque la embriaguez inicial desaparece,
sin embargo esas cosas, en ese momento, te conmovieron
hasta hacerte llorar, y convirtieron una simple mirada por
la ventanilla del vagón restaurante en una plenitud insopor-
table.
Elizabeth SMART. En Grand Central Station me senté y
lloré.

Un día, durante una visita al Museo de la Revolución
(hoy Museo Carnavalet), en París, se detuvo largamente
ante un grabado en el que se veía a Voltaire, que acababa
de levantarse y, mientras metía una pierna en el pantalón
agitaba la mano y empezaba a dictar una carta a su secre-
tario, impetuosamente, como devorado por las ideas que
nacían en su cabeza. Max Brod recordó en su autobiogra-
fía 'Vida combativa', el momento en que Kafka, sorprendi-
do por esa imagen, lo miró con los ojos muy abiertos como
diciéndole: "¿Lo ves? Así es como el espíritu debe atrapar-
te."
Patrizia RUNFOLA. Praga en tiempos de Kafka.

Cada momento es dos momentos. Einstein: "... todos nues-
tros juicios en los que el tiempo juega un papel son siempre
juicios sobre acontecimientos simultáneos. Si, por ejemplo,
digo que el tren llegó a las 7, lo que quiero decir es: la ma-
necilla corta de mi reloj marcando el 7 y la llegada del tren
son acontecimientos simultáneos... la hora de la llegada no
tiene ningún significado funcional". El acontecimiento tiene
significado sólo si hay testigos de coordinación del tiempo
y el espacio.
Anne MICHAELS. Piezas en fuga.

La noche era clara. Con cada sonido del agua, con cada pez
que se daba la vuelta durante su sueño, parecía que había
vida cerca, que algo se movía. Habría sido exactamente
igual, tal vez con cada árbol, cuando los monjes iban reman-
do de isla a isla en el siglo VII.
Colin TOIBIN. Mala sangre.

También en el tren era el único pasajero, y mi entrada soli-
taria, en plena noche y cuando la nieve amortiguaba todos
los sonidos, me hacía experimentar la ilusión de que me
estaba deslizando por Rotterdam y Europa a través de una
puerta secreta.
Patrick LEIGH FERMOR. El tiempo de los regalos.

Por un instante, el pensamiento me llevó lejos de aquella
laguna, a la otra punta del mundo, a una ciudad balnearia
del sur de Rusia, donde tomaron la foto hacía mucho. Una
niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre. Llora
por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja.
Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfu-
man en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez
que ese disgusto infantil?
Patrick MODIANO. Calle de las Tiendas Oscuras.

Una agitación excepcional de los anfitriones de la selva
acompaña esta breve lujuria del cromatismo; los animales
diurnos se preparan ruidosamente para dormir mientras
las especies de las tinieblas se despiertan para cazar con
apetitos carnívoros. Los olores también son más nítidos,
pues el calor del fin de la tarde les ha dado un cuerpo que
el sol no ha tenido la capacidad de disipar. (...)los órganos
sensibles son de pronto asaltados al crepúsculo por una
multiplicidad de percepciones simultáneas que hacen muy
difícil toda discriminación entre la vista, el oído y el olfa-
to. Con esta brutal excitación de los sentidos, la transición
entre el día y la noche adquiere en la selva una dimensión
particular, como si la separación entre el cuerpo y su entor-
no se aboliera por un corto momento ante el gran vacío del
sueño.
Philippe DESCOLA. Las lanzas del crepúsculo. Relatos
jíbaros Alta Amazonia.

Le contó que, cuando ella tenía catorce años, su madre
había tomado su muñeca favorita, la había llevado al río
y la había tirado al agua: sus días de infancia habían ter-
minado.
James SALTER. Anochecer.

Todo me resultaba habitual: los silbidos de las locomoto-
ras, los vagones en movimiento, la estación, el miliciano,
el mercado junto a la estación; era como si simplemente
hubiera estado soñando durante muchos años y entonces
hubiera despertado. Y me asusté, mi cuerpo se cubrió de
un sudor frío. Me espantó la terrible fuerza del hombre,
la voluntad y la capacidad de olvidar que tiene el ser hu-
mano. Descubrí que estaba dispuesto a olvidarlo todo, a
tachar veinte años de mi vida. ¡Y qué años! Y en cuanto
lo comprendí me vencí a mí mismo. Sabía que no le per-
mitiría a mi memoria olvidar nada de lo que había visto.
Entonces me calmé y me quedé dormido.
Varlam SHALÁMOV. Relatos de Kolimá. Volumen III.
El artista de la pala. [Narra el día de su salida del Gulag,
después de 20 años de prisión y trabajos forzados]

Los heridos morían de sus heridas, de hambre, de sed, de
tétanos, del fuego enemigo. La víspera, en el hospital, aca-
baban de comunicar a un artillero que era necesario cor-
tarle la pierna sin cloroformo, que era la única posibilidad
de salvarlo; fumaba, palidísimo, un último cigarrillo antes
del suplicio, cuando un obús pulverizó el material quirúr-
gico y mató dos ayudantes mayores. Nadie se atrevió a
volver a presentarse ante el artillero. Tuvo que dejar que
la gangrena lo invadiese, como la hiedra una estatua.
Jean COCTEAU. Thomas el impostor.











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