miércoles, 21 de noviembre de 2012

UN CATALOGO DE CUERPOS Y DE OTROS OBJETOS




Si digo que se designa como 'objeto' a todo aquello que
es exterior o interior a un sujeto, difícilmente podría ob-
jetarse esa definición. ("Cierro los ojos y mi cuerpo, en-
tre la yerba/ pertenece enteramente al exterior de quien
cierra los ojos"). Objeto de los objetos, único entre los
objetos del mundo, el cuerpo y sus partes, nombrables
e inefables.
El objeto sería puro si no tuviese un nombre.
Puede haber objetos sin nombre, pero en ese caso o caos,
no podríamos hablar de ello o de ellos.
Un objeto en un planeta al que nunca llegará un ser hablan-
te, ¿sigue estando en la categoría de 'objeto'?
Un objeto en el fondo del mar, que nunca será encontrado...
Y la serie continúa. En serio.
Para hacer sencilla una cosa bastante complicada, he elegido
estos pocos.

Los instrumentos (de sabios y de navegantes del mar) eran
diversos: el Gnomon, el más sencillo, el Astrolabio y la A-
lemna para medir ángulos entre la superficie del mar y los
astros, el Cuadrante y el Sextante para determinar las posi-
ciones y las distancias, el Órganon para escoger la trayecto-
ria, derecho o curvo (Orthódomos o Loxódromos). Se nave-
gaba sin brújula, observando señales naturales, confiando
en la buena suerte, creyendo que el centro o el "ombligo del
mundo" (Omphalós) estaba en el templo de Apolo o en el
oráculo de Delfos...
Predrag MATVEJEVIC. Breviario Mediterráneo.

Mujeres y libros, libros y mujeres. ¡Cuántas veces busqué el
olvido sumergiéndome en ambas cosas!
Alfred DELAQUAY. Diarios.

TENEDOR
Esta cosa extraña debe de haberse arrastrado
directamente desde el infierno.
Charles SIMIC. El mundo no se acaba.

Pensad en las cosas
en la flora
mecánica de los cubiertos.
Valerio MAGRELLI. Vetas y naturalezas.

¡Cómo se acuerdan todavía mis palmas de la arena de
Koktebel! No era arena siquiera, eran piedrecitas irisa-
das, entre las cuales había amatistas y cornalinas tales,
que el regalo no era miserable. ¡Las piedrecillas de Kok-
tebel, de las que todavía aquí conserva un saquito entero
la familia Kédrov, también de Koktebel!
Marina TSVIETAIEVA. Una dedicatoria.

Qué hermosa es una mujer sola, con camisa blanca de
verano y las piernas desnudas.
James SALTER. La última noche.

Aquella cara sólo parecía una reproducción aproximativa,
una traducción del rostro perdido a la lengua extranjera de
otra realidad.
Franz WERFEL. Una letra femenina azul pálido.

La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo 
muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder
y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con
el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que
ver en realidad es con la reconciliación de los seres huma-
nos con el hecho de tener un cuerpo.
David Foster WALLACE. El tenis como experiencia reli-
giosa.

Quiero hablar de sus manos, sus manos sabían de maravi-
lla. Al besarle la mano, inhalé un suave perfume. A un hom-
bre le bastan unos segundos para conocer la mano de una
mujer, su textura, su calor, su fragancia y su carácter, sus
instintos, su obediencia, todo su mensaje. Al besar la mano
de una mujer, alguna vez en la vida he sentido como si la
hubiera besado en los labios.
Erno SZEP. La manzana de Adán.

Por qué una voz envejece,
también en el sonido está el hueso del tiempo
también en el aliento.
Valerio MAGRELLI. La vecindad de la carne.

Tenía los cabellos del color del papel de embalaje, un men-
tón afilado y prominente, y unos dientes también demasiado
largos, siempre estaban a la vista, incluso cuando no sonreía,
cosa que por otra parte, no hacía nunca. Sus dientes no eran
un adorno para la boca, ni siquiera un arma, sino más bien
su cerrojo, algo así como el cierre de boquilla de un mone-
dero.
Willem F. HERMANS. El cuarto oscuro de Damocles.

todos los indios son diminutos, flacos, con cuerpecillos
de niños: estupendos hasta los veinte años, agraciados y
patéticos después.
Pier P. PASOLINI. El olor de la India.

Encendió tranquilamente un cigarrillo; le temblaban un
poco las manos; las puntas de los dedos eran como de
marfil quemado.
Giani STUPARICH. La isla.

"La cara que encendió mil noches"... es una alusión a la
tragedia de Christopher Marlowe (1564-1593) Doctor
Faustus, "la cara que hizo zarpar mil barcos".
Comentario de Laura Freixas en el libro de Elizabeth
SMART: En Grand Central Station me senté y lloré.


Siempre he soñado con ver una tuerca de la Torre Eiffel
caída a mis pies, en el suelo, y convertirla en objeto de
una fotografía.
Marguerite DURAS. El mundo exterior.

Me senté a la vieja mesa de refectorio que utilizaba como
escritorio; era de madera de roble de veinte centímetros
de grosor y la había comprado en un viejo monasterio de
la Alta Hungría.
Sandor MARAI. Lo que no quise decir.

Y si sueño con algo, no es con un hogar, sino con una ma-
leta nueva. Vi una en una lujosa tienda londinense. Nunca
la olvidaré. Su tamaño casi alcanzaba mi estatura. Se abría
como un armario. Tanto por fuera como por dentro era del
mejor cuero trabajado a mano. El interior estaba organizado 
con más perfección que el más perfecto de los armarios del
mundo, con unos compartimientos maravillosos, desde los
más pequeños para las tarjetas de crédito y los cepillos de
dientes, hasta los más grandes para los vestidos de noche, 
los abrigos de piel y zapatos. Costaba ocho mil libras.
Duvravka UGRESIC. No hay nadie en casa.

integrantes diversos de la orquesta del Colón solicitándo-
le discos imposibles a Julio, quien, por supuesto, los te-
nía (por ejemplo, tenía dos grabaciones distintas de la
"Suite Capriole", de Peter Warlock, posibilidad que equi-
valía a encontrar juntos dos tréboles azules de siete hojas...
Jorge SCHUSSHEIM. Todo al costo.

Una nube descansa a la entrada de una cueva
sin hacer nada en todo el día
La luz de la luna penetra en las olas durante la noche,
pero no deja rastros en el agua.
GENRO (s.XVIII). En La flauta de hierro.

el único mobiliario es la cama plegable que hay en el en-
trante de la pared, una cama que parece dejada allí como
parte del equipaje de una expedición
Peter HANDKE. La ausencia.

Los objetos inanimados siempre son correctos y, por des-
gracia, nada se les puede reprochar. Jamás pude ver una si-
lla que cambiase de pie ni tampoco una cama que se enca-
britase. Tampoco, las mesas, incluso cuando están cansa-
das, osan arrodillarse. Sospecho que los objetos lo hacen
por razones pedagógicas, para echarnos siempre en cara
nuestra inconstancia.
Zbigniew HERBERT. En Clarín Cultura. Enero '94.


Domingo, 29 de marzo de 1942. Por la mañana en casa. No
suenan las campanas porque los alemanes las quitaron todas,
seguramente las fundirán para hacer cañones. Sólo dejaron
la de Segismundo, en la catedral de san Vito, que es ahora
la única campana de Praga.
Petr GINZ. Diario de Praga (1941-1942).

Lorenzo Ghiberti le dedicó veintiocho años a la Puerta
Este del Baptisterio de San Juan en Florencia. Miguel
Angel diría que podría haber servido de entrada al Pa-
raíso.
David MARKSON. La soledad del lector.

como el cuerpo de Cristo en el cuadro de Holbein, con 
los pies contrahechos y larguísimas uñas en los pies.
Lukas BÄRFUSS. Koala.

En ocasión del sacrificio de la Sati, la viuda hindú se in-
mola sobre el cuerpo de su esposo luego de haber dejado
la huella roja de su mano en la entrada de la casa. Es el
objeto que deja de su sacrificio (el rastro pintado con la
sangre de su cuerpo desaparecido entre las llamas.
Pascal QUIGNARD. La barca silenciosa.

como una flor de té
abierta en mi regazo
Chantal MAILLARD. India.

La segunda noche, mi madre le dijo a mi padre que tira-
ra sus corbatas. Aún no había registros, pero corría el
rumor de que unos jóvenes de pelo largo habían sido
ejecutados y que habían paseado sus cabezas calvas en
picas. Mi padre desapareció en el bosque, con las corba-
tas en la mano, y volvió tras haber ocultado su antigua
vida.
Rithy PANH. La eliminación.

el salón de un dirigible, el Hindenburg, en 1936. La
foto de una aparición, conocimiento secreto de algo
que poco después desaparecería en una llamarada.
Rudy KOUSBROEK. El secreto del pasado.

Un callado auto a batería con cepillos de goma limpió la 
calle en frente de la casa de Ksana. El auto limpió y lus-
tró la calle hasta hacerla brillar. A la noche la calle se
congeló en el reflejo de los edificios iluminados.
Viktor SHKLOVSKY. A Hunt for Optimism.

He pensado en cómo aquel capitán ponía orden en su ca-
bina, arrojando fuera los objetos. He pensado: "No es fá-
cil con los objetos, su presencia es indeleble. A pesar de
que es fácil deshacerse de ellos, son terribles e indefensos."
Daniele Del GIUDICE. El estadio de Wimbledon.

Mi lámpara, colocada junto a mi cama, sobre una mesita
de luz, en medio de frascos, vasos, bebidas frescas, libri-
tos preciosamente encuadernados, cartas de amistad o de
amor, ilumina vagamente el fondo de mi biblioteca.
Marcel PROUST. Correspondencia con su madre (1887-
1905)

las notas que escribía en sus pequeños cuadernos con una
escritura tan minúscula que nunca encontraba una pluma
lo bastante fina para trazarla, lo que le obligaba a escribir
poniendo la punta del plumín al revés sobre el papel. Te-
nía numerosos cuadernos pequeños. Además de aquellos
n los que tomaba notas, tenía uno donde consignaba los
títulos de todos los libros que leía.
Jean SELZ. Cit. en Vicente valero: Experiencia y pobreza,
Walter Benjamin en Ibiza, 1932-33. [Se trata de los cua-
dernos de Benjamin]

Sólo hay una posibilidad de salvarse de la máquina. Y es
ésta: utilizarla. Sólo con un automóvil llega uno a sí mis-
mo.
Karl KRAUS. Contra los periodistas y otros contras.

Entonces solo experimentábamos la vaga y sorda alegría
del cuerpo, de nuestros músculos secos por el hambre, li-
berados siquiera por un instante, por una hora, por un día
de la mina de oro, del maldito trabajo, del odiado esfuer-
zo.
Varlam SHALÁMOV. Relatos de Kolimá. Vol. III.

El almendro en flor lleno de abejas zumbando es también
una catedral.
Pierre-Albert JOURDAN. Cit. por Bonnefoy: 'Lugares y
distancias de la imagen'.

Todos llevan una vestimenta informal que, externamente,
los proletariza. Parece que se hayan vestido mientras huían
de una catástrofe.
Joseph ROTH. Viaje a Rusia.

Sólo su mesa flota por ahí todavía,
una mesa vacía en el Atlántico.
Hans M. ENZENSBERGER. El hundimiento del Titanic.

Una jaula fue en busca de un ave.
Franz KAFKA. Aforismos de Zürau.

Mis zapatos nuevos
me esperan
cerca de la puerta,
brillan intensamente.
Raymond CARVER. Vos no sabés qué es el amor.



Viendo los sarcófagos egipcios, he perdido un poco el mie-
do a estar muerto: el consuelo de ser un ornamento entre o-
tros ornamentos -y los sarcófagos son tan grandes que uno
puede incluso perderse en ellos
Peter HANDKE. El peso del mundo.

las cosas sólo adquieren una forma simple y definida cuan-
do las vemos retrospectivamente.
John BANVILLE. La carta de Newton.

Tarde de ajedrez.
La Reina Negra alzada bien alto
en la colérica mano de mi padre.
Charles SIMIC. 

un frigorífico soviético también muerto -su ronca respi-
ración había cesado para siempre.
Adam ZAGAJEWSKI. En la belleza ajena.

Las mujeres, negras y embozadas, ligeras y silenciosas,
se asemejan, con sus gafas montadas sobre la nariz, a de-
votas lechuzas de iglesia, como las que, después del culto,
cuelgan de vigas y cornisas.
Joseph ROTH. Viaje a Rusia.

Eché mano a mi escopeta, que había sido de mi padre y
pesaba como un muerto.
Richard FORD. Rock Springs.

esa obra de arte, la presentación del general de división
sir George Beverley con todos sus etcéteras, bajo el aspec-
to de una diminuta partícula de cristal, por ejemplo de azu-
fre, ampliada sesenta veces y fotografiada en colores hasta
adquirir el aspecto de una complicada mariposa o de una
exótica flor marina.
Muriel SPARK. La intromisión.

Para la mayoría del los habitantes de Alaska, un plato de
mercurio basta para predecir el tiempo: cuando se hiela, no
hay que salir de casa.
Katherine HARRISON. La mujer de nieve.

Hay muy pocos productos en el negocio, todos muy caros 
y exclusivos. La impresión de una boutique de artículos
mortuorios. El foie gras que venden acá está envasado en
pequeñas urnas de porcelana blanca.
Annie ERNAUX. Diario del afuera.

cigarrillos de contrabando y jerseys de lana sintética de co-
lores que ningún ojo humano antes había visto.
Andrezej STASIUK. El herrero Kruk. En 'Opowiadania',
Antología del nuevo cuento polaco.

Los sellos [las estampillas] son las tarjetas de visita que los
grandes Estados dejan en la habitación de los niños.
Walter BENJAMIN. Calle de mano única.

Las cosas de vidrio no tienen "aura". El vidrio es el enemigo
número uno del misterio. También es enemigo de la posesión.
André Gide, gran escritor, ha dicho: "cada cosa que quiero
poseer, se me vuelve opaca."
Walter BENJAMIN. Discursos interrumpidos I.

Y un humo delgado,
vertical,
en el aire.
Johannes BOBROWSKI. En '21 poetas alemanes' (Visor)

Las cosas se obtienen cuando ya no se desean.
Cesare PAVESE. Laborare Stanca.

Ella lo miró de repente. -¿Trajo el Katung Parang?- pre-
guntó quedamente, escrutándolo con los párpados entorna-
dos.
El sacó el objeto del bolsillo y se lo entregó.
-¿Así que eso se llama un Katung Parang?
- En mi lengua natal Katung Parang significa "libación
del capullo de rosa", dijo ella con gravedad.
Claude DELAURE. El triunfo de los elefantes.

Recordó una novela que había leído sobre un hombre que
había sido encerrado por la Gestapo en una oscuridad total
junto a un objeto siniestro, blando, húmedo, escurridizo,
que el tipo, aterrorizado, imaginó que era toda suerte de co-
sas horribles, como un pedazo de cuerpo humano, cual peda-
zo de carne cruda, pero que no resultó ser otra cosa que un
trapo húmedo.
David LODGE. La caída del Museo Británico.

Todavía no soy consciente -tardaré un tiempo- de que, co-
mo viuda, voy a quedarme reducida a un mundo de cosas.
Y esas cosas no retienen más que un debilísimo atisbo de
su identidad y su significado originales, igual que en la cás-
cara muerta y seca de algo que era orgánico puede perci-
birse un atisbo de su identidad y su significado originales.
Joyce Carol OATES. Memorias de una viuda.

Remuevo mis sentimientos y pensamientos como una carga
de alquitrán tibio.
Imre KERTÉSZ. Yo, otro. Crónica del cambio.

Por aquel entonces, Tsankov era ministro de Educación
Pública, aunque su hoja de servivio reflejaba cimas más
altas que aquella. En 1923, sucedió en el cargo de presi-
dente del consejo al asesinado Stambuliski. La parte del
cielo que cubre la cabeza de Tsankov está cargada de
maldiciones. Fue el gran maestro del "Terror Blanco".
Por eso, en el tejado de su casa, en el lugar de la veleta
han atornillado un fusil ametralladora.
Albert LONDRES. Terrorismo en los Balcanes.

En diciembre de 1949, las autoridades resuelven que
nueve de los catorce millones de habitantes del país
[se trata de Checoslovaquia] han de felicitar por escrito
a Josef Stalin en su setenta cumpleaños.
Se consigue recopilar las felicitaciones en cuatro días.
Con motivo de la ocasión se decide que en Praga, en
la colina del Moldava, se erigirá el mayor monumento
a Stalin del mundo.
Mariusz SZCYGIEL. Gottland.

Al revés, sobre el retrato normal -rostro desnudo, cuerpo
vestido- se lee el exilio del rostro, lo único vivo encima de
un maniquí de ropas, la angustia de su soledad, cortado del
cuerpo por la corbata y el cuello de la camisa. Se diría que
ese gran animal, cálido, frágil y familiar -nuestro cuerpo-
que durante el día encerramos en una prisión de vestidos y
por la noche en un capullo de sábanas, suelto al fin al aire
y a la luz, nos rodea con una presencia alegre e ingenua
que se refleja hasta en nuestros ojos.
Ése es el reflejo que el retrato-desnudo atrapa y aísla en el
rostro que ilumina.
Michel TOURNIER. El árbol y el bosque.

la bicicleta es muy estimada porque alivia las úlceras de es-
tómago, la flatulencia y la impotencia, dijo Friski, los tres
archienemigos de la gran serpiente Kundalini
Russell LUCAS. La fábrica de hielo. [Nota al pie:
En el tantrismo, serpiente que se supone se halla enroscada
en la base de la espina dorsal de cada persona; en ella está contenida toda la energía cósmica, y el fiel debe hacer, me-
diante determinada práctica, que se enderece e invada todo
su ser, a fin de conseguir la unión mística con la divinidad.]

la jarra blanca que acariciaba las sombras
Jean FOLLAIN. Espacio del instante.

Cuanto más te alejas más se agranda tu sombra.
Robert DESNOS. A la misteriosa. Las tinieblas.

Después de una sola noche nos separaremos como barcos.
Vladimir NABOKOV. Una belleza rusa.

Mamá: como algo de Cézanne (las acuarelas del final).
El azul Cézanne.
Roland BARTHES. Diario de duelo.

Un mirasol, suavemente inclinado
sobre la blanca vida de Sonja.
Georg TRAKL. Obra poética.

UNA MUCHACHA
Si pudiera tocar la mano de esa muchacha
que perdí para siempre...
Jugaba con una rama de mirto
y su pelo
como una rosa daba
leve sombra a su espalda.
ARQUILOCO de PAROS. Greek poetry.

Sus ojos son madera clara del Árbol del Bien y del Mal.
Giogio FALETTI. Apuntes de un vendedor de mujeres.

Si al sentarse Nadja mostraba la espalda a Felix, estaba
tan segura de la justicia de su mirada como lo habría es-
tado de la justicia lineal de un Rops. Sabía que Feliz cal-
culaba con precisión la capacidad de tensión de su espi-
na dorsal, cuya curva ondulante cimbraba hasta la dura,
compacta hendidura de sus nalgas, con tanto donaire e
insolencia como la cola, más obvia, de un león.
Djuna BARNES. El bosque de la noche.

Me miré en el espejo y tengo miedo. Después de mucho
tiempo logré encontrar mi perfil derecho tal cual es en mi
mente, es decir, infantil. Cuanto al izquierdo, me horroriza.
Perfil de plañidera judía. Todo lo que execro está en mi
rostro visto por la izquierda. Y no obstante, a partir del
cuello, quiero decir, del cuello a la cintura, amo más mi
derecha, lo que no sucede de la cintura para abajo. Todo
esto me angustia porque es inexplicable. Pero yo sé a qué
me refiero.
Alejandra PIZARNIK. Diarios.

Una alfombra de seda, tensa entre nosotros, por la que bai-
lar de oscuro en oscuro.
Paul CELAN. Amapola y memoria.

carreteras de madre
perla, tejidas
a lo largo del pasto
cada mañana
por los incansables caracoles
John MONTAGUE. En 'Traslaciones. Poetas traductores
1939-1959'.

 la colección de navajas de afeitar del marajá que éste ha-
bía guardado años y años en pequeños manojos atados con
cordones de seda. cada una de las navajas, de la mejor cali-
dad inglesa, llevaba una pequeña etiqueta de papel en la
que el príncipe había escrito con su flaca mano las fechas
de uso, así como las características de cada una de las pie-
zas: "Suave como la seda, 19-10-03" o "Algo áspera, 3-4-
10".
Ian BURUMA. Mientras se juega el partido. (Hay que te-
ner el cuenta que el personaje descrito por Buruma en es-
te libro extraordinario, habitaba los inicios del siglo XX.)

El piano reposa junto a un muro encalado, en lo que fue
el primer pabellón del hospital, pegajoso como si hubiera
sido ensalivado, tragado y regurgitado por una boa; y sin
embargo, todas las noches durante cincuenta años arrojó
a la jungla y a las fieras la inmensa belleza de las fugas y
las contrafugas.
Patrick DEVILLE. Ecuatoria.

Münster. De la torre de la maravillosa catedral penden unas
singulares jaulas. Me explican su sentido: allí encerraban en
su día a los herejes protestantes rebeldes.
Imre KERTÉSZ. Yo, otro.

El sueño hace que el rostro de mi madre sea una máscara,

una máscara debajo de otra máscara. Respira tan suavemen-
te que parece que vaya a morirse, que nunca vaya a desper-
tar.
Kathryn HARRISON. El beso.

El molino de hierro al atardecer, como un reloj sin agujas,
luchando por abolir el tiempo.
Giorgos SEFERIS. Días.

y entonces miró con interés los papeles que se abarquilla-
ban levemente bajo la luz del sol sobre la mesa.
John BANVILLE. La carta de Newton.

Los cequíes tiemblan en los ejes de las ruedas del molino
de viento
Alfred JARRY. Antología.

Las ígneas ruedas de las estrellas en Anaximandro y su pa-
roxismo en Van Gogh.
Elias CANETTI. El suplicio de las moscas.

La mañana siguiente a aquella noche que todos los no mu-
sulmanes pasaron con el riesgo de ser linchados, las calles
del barrio de Beyoglu y la calle Istikal aparecieron llenas
de objetos que habían pertenecido a las tiendas esquilma-
das, a las que habían roto los escaparates y reventado las
puertas, cosas que los saqueadores no habían podido llevar-
se pero que habían destrozado con sumo placer.
Orhan PAMUK. Estambul. Ciudad y recuerdos. [Se trata
del ataque de los turcos contra los rumíes en ciertos ba-
rrios, llevado a cabo en 1955.]

                                         Foto incluída por Pamuk, como ilustración del
                                         comentario anterior.

Una vez terminada la fiesta, Chéjov se mostró más alegre y
se puso a bromear con respecto a los regalos que había reci-
bido. Consideró que eran demasiado caros y que deberían
estar expuestos en un museo. Cuando le preguntaron qué
objeto le hubiera gustado recibir como obsequio, respondió,
luego de meditar un instante: "-Una trampa para cazar lau-
chas." Dijo también que otro regalo interesante para él hu-
biera sido un irrigador con sus implementos para aplicar e-
nemas. "¿No soy médico acaso?"
Heino ZERNASK. El otro jardín. Vida y obra de Anton
Chéjov.

El campesino se sube al árbol y sacude las peras que caen
ruidosamente en la hierba. Las más maduras estallan, y de
ellas fluyen sus oscuras entrañas del color de los higos ma-
duros. A ellas llegan en picado las avispas, embriagadas por
su dulzura. Las campesinas, que huelen a sudor ácido, rom-
pen las peras con las manos tostadas del sol, buscando las
menos maduras, las más jugosas.
Danilo KIS. Penas precoces.

y veo a un hombre tan cansado que dentro de su ropa no
queda más que una sombra.
Herta MÜLLER. La bestia del corazón.

Mi abuelo procedía de una familia de campesinos, pequeños
comerciantes y posaderos, su padre ni había empezado a
escribir fatigosamente hasta los veinte años y había escrito
a su padre, desde la fortaleza de Cattaro, una carta que pre-
tendía ser de su mano, de lo que mi abuelo dudó siempre.
Thomas BERNHARD. Un niño.

En una especie de danza envolvente Kafka se va apropiando
del objeto amoroso. "La tengo junto a mí -le escribe días des-
pués- la tengo sin que usted se dé cuenta y sin darle opción
a defenderse:"
Luis GRUSS. Lo inalcanzable.

Tu cuerpo real que duerme
Es un frío en todo mi ser.
Fernando PESSOA. 90 poemas últimos.

empieza a enjabonarle los pechos, que relucen como focas
bajo el chorro de agua.
James SALTER. Juego y distracción.

Porqué uno tiene un cuerpo, eso no lo sé. Un apéndice ne-
cesario de la cabeza, supongo. Siempre deseé no tener un
cuerpo. Supongo que le pasa a todos.
Paul BOWLES. Conversations with PB.

Yo desprecio mi envoltura material y todo lo que se le re-
laciona.
Anton CHEJOV. Cuaderno de notas.

Los trajes de los campesinos en otro valle donde hay hena-
res de un gris verdoso bajo el sol y púrpura a la sombra; los
trajes de los campesinos son manchas bermejas con cintos
de un verde esmeralda y camisas purpúreas o blancas, con
delantales de terciopelo negro.
Ford Madox FORD. El buen soldado.

Al principio, edad de la cabeza (¡sorprendente saber profé-
tico!). Y simultáneamente, una auténtica vista de embriólo-
go: igual que en todos los embriones de mamíferos, la cabe-
za del embrión humano es increíblemente gorda...
Sólo la cabeza es indispensable para él.
Henri MICHAUX. Escritos sobre la pintura.

Ahora que todo yace en el pasado,
hasta casi parece que te entregaste
a aquellos deseos -recuerda cómo
brillaban en los ojos que te estaban mirando;
y cómo temblaban en la voz por tí, recuerda cuerpo.
C.P. CAVAFIS. Poemas.

En la penumbra, sobre la almohada blanca, su perfil de
príncipe persa se recortaba con la fineza de una materia
cincelada. (...) Un detalle me conmovió: B. hizo colocar
en el ataúd el reloj, la estilográfica, los gemelos y los
otros pequeños objetos que habían pertenecido a su so-
brino; luego hizo quemar en el hogar y delante suyo, la
ropa blanca y la de vestir del chico.
Roger Martin DU GARD. Confidencia africana.

Tengo la cabeza y las manos tan llenas del tercer acto que
no me sorprendería si yo mismo me transformara en tercer
acto.
W.A. MOZART. Cit. por Ph. Sollers: Misterioso Mozart.

¡Qué pequeño y ligero es el mundo en tus manos!
Dino CAMPANA. Cantos Órficos.  [El poema se llama
"Mujer genovesa"]

Pero entonces fue distinto, ella echó atrás la cabeza apo-
yándola en mi brazo, cerró los ojos, y su boca se volvió
un ser vivo bajo mi beso.
Hjalmar SÖDERBERG. El doctor Glas.

Los dedos del laibon son como hojas enrolladas de tabaco,
como toscos caliqueños. Están secos. Se diría que la piel se
le cuartearía si los frotara.
Justin CARTWRIGHT. Soñando con los Masai.

un hombre de sesenta años, gordo como un pastelero (...)
bailan espalda contra espalda. Él es absurdo, pero muy gar-
boso. Tiene los pies ágiles como un gato.
James SALTER. Juego y distracción.

Una muchacha de cera sonríe desnuda; su bajo vientre se
ha roto en tristes pedazos durante el transporte; tan sarcás-
tico es el contraste entre los labios sonrientes y su cuerpo
desmembrado que un grotesco soplo de vida emana por
primera vez de la figura.
Joseph ROTH. Crónicas berlinesas.

Las tribus indias de las llanuras tenían un ritual muy intere-
sante relacionado con los dedos. Se cortaban uno como se-
ñal de duelo por la pérdida de un ser querido. El meñique
por un hijo, el anular por la esposa, el índice por el padre,
y así sucesivamente. Por eso, si mira con detenimiento las
viejas fotografías de ese trágico período en que el gobierno
los inetrnó en reservas, si se fija en las manos de los ancia-
nos de la tribu, verá que a algunos de ellos no les queda ni
un sólo dedo en ninguna de las dos manos. Sólo se ven mu-
ñones.
Sam SHEPARD. Cruzando el paraíso.

La visión de los pies mutilados, como muñones puntiagudos
que golpean el suelo con un ruido sordo, me oprime el cora-
zón; cuando caminan, sus rodillas parecen carecer de articu-
laciones: grotesca imitación de bailarines moviéndose sobre
las puntas.
Ella MAILLART. Oasis prohibidos.

Lejos de los reinos
¡qué firme es el cuarto!
Ven, respira cerca conmigo
para que pueda descubrir la dulzura
de muchas imperfecciones, alguna muela
faltante, alguna arruga de más, y tu cuerpo
apenas gastado por el descuido.
Patrizia CAVALLI. The Vintage Book of World Poetry.

¡Qué pequeño y ligero es el mundo en tus manos!
Dino CAMPANA. En un poema titulado "Mujer genovesa",
en H. Armani. Poesía Italiana Contemporánea.

UN ESPEJO
Habiendo subido por
escalones de roble oscuro
se encuentra a sí misma ante
un espejo de marco apolillado
contempla en él su torso virgen
todo el campo está en llamas
y mansamente llega a sus pies
una bestia doméstica
como para recordarle
la vida animal
que esconde en sí también
el cuerpo de una mujer.
Jean FOLLAIN. En Milosz...

¿Sabéis cómo llamaban al carozo de la almendra? El último
hueso de la espina dorsal. Era la semilla del cuerpo y desde
la tumba, podía convertirse nuevamente en un cuerpo, como
el capullo del almendro en enero.
David H. LAWRENCE. Fénix.

Los ventiladores en los asilos hacen girar el telar del destino.
Malcolm LOWRY. En 'Hablar de poesía'.

Odiseo sabe exactamente qué traje llevaba 20 años atrás: una
"túnica brillante como el resplandor de la piel de una cebolla
seca."
Peter HANDKE. Historia del lápiz.

Los objetos, como las habitaciones, piensan. Quizá nada
pueda destruirse totalmente. Del mismo modo que nada es
una victoria.
Fleur JAEGGY. Proletaria.

No era lo exótico lo que yo buscaba, sino lo ordinario, ese
enigma que es el más extraño y esquivo de todos.
John BANVILLE. La carta de Newton.

Brilla, lanza de bronce, entre la noche
mientras el viento sopla en los sarcófagos.
SEMÓNIDES  de SAMOS (s. II a.C.)

Transformada en plata surges del plomo
tu brazo de cisne busca una toalla
magia ha sucedido porque
mi afeitadora Excalibur perdió el filo
y el agua que dejaste podría hervir a un hombre
John UPDIKE. Poemas.

"Se diría siempre que acabas de salir del agua fría, a tomar
el sol..." le dijo un día su marido. Ella respondió con una ri-
sita orgullosa, mirándose en el espejo: "Así soy. Fría y so-
leada. Tu pequeño pez de oro."
Victor SERGE. El caso Tuláyev.

pero sus pechos eran rebosantes y bellos, sus caderas de una
anchura perfecta, y sus ojos provocadores, como si siempre
supieran lo que querían.
Karl Ove KNAUSGARD. La muerte del padre.

la tablilla número 12 de la historia de Gilgamesh, directamen-
te traducida del sumerio.(...) Explica el destino de un árbol
que crece desde la creación del universo, cuando fue plantado
por Ishtar en su jardín de Uruk, para utilizarlo en la construc-
ción de su cama -un accesorio importante para la diosa del
amor- y de su silla.
Ioan P. COULIANO. Más allá de este mundo.

El armario de libros de los primeros años es el acompañante
del hombre a lo largo de toda su vida.
Osip MANDELSTAM. El sello egipcio/ El rumor del tiempo.

La caja donde venían mi fuerza y mi suerte está vacía y
vibra un poco.
Harold BRODKEY. Esta salvaje oscuridad.

Stendhal nunca ha sido para mí un alimento; pero siempre
vuelvo a él. Es mi piedra de afilar; allí me aguzo el pico.
Andre GIDE, Cit. por I. Calvino en Crucigrama. [Lo cual
nos recuerda dos versos de Viktor Sklovski:
'No nos expliquen quiénes somos.
Somos las piedras en las que afilan la verdad.'
En. V.S. La tercera fábrica/ Érase una vez.]

es muy probable que el hombre de Neanderthal recogiera ob-
jetos moluscos fósiles, por ejemplo, lo que testimonia el in-
terés que suscitaban en él los objetos raros de formas hermo-
sas.
André LEROI-GOURHAN. Las raíces del mundo.



Los autobuses de la terminal, a la espera de un nuevo día,
descansan mientras su armazón metálica se relaja y encoje
hasta encajar , sosegándose y refrescándose tras dieciocho
horas de calor y ruido, dieciocho horas de entrecruzar la
ciudad como lana en un telar.
Jon McGREGOR. Si nadie habla de las cosas que importan.

a mi regreso a Budapest, muchas veces me veía obligado a
saltar de los tranvías porque avanzaban tan despacio, con
tantas paradas y sacudidas que no podía soportarlo; más
tarde, la pobreza y la indiferencia me reconciliarían con los
tranvías y llegaría a tomarlos para hacer recorridos largos(...)
Los tranvías de Budapest tenían el ritmo paralizante, ador-
mecedor, desarrapado, típico de las ciudades orientales, y
me costaba mucho adaptarme a ese trajín constante e inefi-
caz.
Sandor MARAI. Confesiones de un burgués.

Cuando cierro los ojos, siento cómo mi cuerpo percibe todos
los mínimos matices de movimiento del avión. Mi sangre
tiene el ritmo y el impulso de las hélices. Me expando en la
máquina. La lleno con mi vida. Mi corporeidad adopta las
dimensiones de la máquina. Soy la cosa volante.
Joseph ROTH. El juicio de la historia.

¡Qué delicia fue aquel barquito en el bosquecillo primaveral
aún helado!
Si hubiera sido de mazapán, me lo habría devorado entero.
Robert WALSER. La rosa.

Abandonado en la playa
repleto de agua,
un desgastado bote
refleja el cielo blanco
del joven otoño.
Yosano AKIKO. 100 More Japanese Poems (Rexroth)

En "Vivir con las cosas como ellas existen", Louis Zufofsy
decía: "El objeto es. Pero entonces, qué no son los objetos?"
Emmanuel HOCQUARD. Antología de la poesía francesa.

Los filósofos deberían tratar de ser escultores; no deberían
hacer cuadros sino monumentos que presentasen varias ca-
ras (intercambiables) y formadas de elementos cuya signifi-
cación cambiase según el lado desde el que se mirase.
Jean DUBUFFET. Witold Gombrowicz-Jean Dubuffet. Co-
rrespondencia.

El nahua se detiene junto al curso
del agua,
del tiempo.
Toma la arena suave entre sus manos,
alumno del mixteca,
aurífice, sensible,
religioso en sí mismo.
Asoma el oro diminutas luces:
"son las heces del dios",
musita el indio.
Carlo A. CASTRO. En Cormorán y Delfín, N° 3.

SEÑORITA DELPHINE
En las calles por donde Cornell caminaba hace cuarenta
años había aún vendedores de sanguijuelas para curaciones,
importadores de carne de armadillo y de huevos de avestruz.
Había gente como la señorita Delphine Binger, coleccionis-
ta de huesitos de la suerte de pechugas de ganso, pavo y po-
llo; los hervía y pulía y decoraba con amuletos y listones. Se
los enviaba a los presidentes, estrellas de cine y políticos fa-
mosos; como Cornell enviaba de regalo trozos de papel y ob-
jetos extraños a las bailarinas a quienes amaba.
Charles SIMIC. Cornell's Notebooks.

La protuberancia de la ingle con que se sostenía de la barra
(mientras apoyaba un pie tras la rodilla de la otra pierna)
era sólida, especializada y bruñida como el roble. La tela
de la malla ya no era una funda para su cuerpo, era ella
misma: y la parte que enfundaba fuertemente sus entre-
piernas se había convertido a tal punto en su carne que
Frau Mann era tan asexuada como una muñeca. La aguja
que al coserla, hace de la muñeca el objeto de una criatu-
ra, hacía de aquéllas el objeto de ningún hombre.
Djuna BARNES. El bosque de la noche.

No puedo olvidar lo mucho que lloró con el dorso de las ma-
nos en los ojos, mientras sostenía entre los dedos las trenzas
juntas, como un nudo cortado del que se hubiera escapado
una vida.
Tess GALLAGHER. El amante de los caballos.

Cuenta la leyenda que cuando Felipe II de España encargó
a Juan Bautista de Toledo y a Juan de Herrera diseñar el pro-
yecto del Palacio Real y del Monasterio de El Escorial les
dijo: "Hacedme un edificio que haga creer a la posteridad
que estábamos locos."
Antonio TABUCCHI. Viajes y otros viajes.

...un caos de troncos talados apisonaba hasta el último res-
quicio de hierba. Me recordaba a las lenguas de nieve que
había visto en los bosques de los alrededores del Danubio
austríaco y a los troncos de pino que rodaban por ellas co-
mo cerillas derramadas.
Patrick Leigh FERMOR. Entre los bosques y el agua.

Pero también la imprevista delicia:
la mano pequeña que todavía pasa a contrapelo
por el cabello del hermano menor
que cortaron al rape.
Arturo CARRERA. Tratado de las sensaciones.

y su espléndida cabellera de caramelo negro, densa y mag-
nífica, como un músculo que le corriera por la espalda.
Anne MICHAELS. Piezas en fuga.

Los cabellos son desnudez.
El TALMUD

Porque se habla de que los músculos pequeños de la garganta
son lisos, iguales a los del corazón.
Nicolás PEYCERE. Los días sentimentales.

El juego de los capricos y los ascos, de las necesidades y los
extravíos humanos es tal que los dedos de las manos signifi-
can las acciones hábiles y los caracteres firmes, los dedos de
los pies la torpeza y la baja idiotez.
George BATAILLE. La conjuración sagrada.

UN TAXIDERMISTA
Un taxidermista está sentado
ante los pechos bermejos
las alas verde y púrpura
de sus pájaros cantores
soñando acerca de su amante
con un cuerpo tan distinto
y aún así tan próximo a veces
al cuerpo de los pájaros
que le pareció
muy raro
en sus curvas y sus volúmenes
en sus colores y sus atavíos
y sus sombras...
Jean FOLLAIN. En Milosz...

Agatha me observaba contínuamente, pero cuando mante-
níamos algún esporádico contacto físico era como chocar
con una bolsa de herramientas.
Alan WALL. Bendito sea el ladrón.

¡Cómo están carcomidos tus viejos huesos de mariposa!
René CHAR. Antología.

Cuerpo- desnudo e iluminado.
Cuerpo- de luna y de sol.
Cuerpo- silencioso y paciente.
Cuerpo- que ninguna mirada ha recordado.
Giovanni GIUDICI. Cit. por Simona Vinci en 'En todos los
sentidos...'

esas pildoritas de papel que hacen en China, que las dejas
caer en el agua y se abren con la forma de un tigre o una pa-
goda.
Michael HERR. Despachos de guerra.

llevaban en sus bolsillos una pequeña estatuilla de sal re-
presentando al dios de la ironía. No había en aquel tiempo
divinidad mayor.
Zbigniew HERBERT: Informe desde la ciudad sitiada.

Como dijo Emerson, un libro es una cosa entre las cosas,
una cosa muerta, hasta que alguien lo abre.
Jorge L. BORGES. Diálogos.

el timbre no sonaba en absoluto a menos que lo apretaras
oblícuamente con el pulgar en dirección norte noreste
Julian BARNES. Hablando del asunto.

Los vestidos eran de esas gasas aéreas que nunca terminan
de posarse sobre la piel
Tomás E. MARTINEZ. La mano del amo.

El zapato del libro de cuentos
que nunca más será
agraciado por ruedos de pantalones
yace en el bosque
como un hongo de cuero
mientras cae la luz a través
de los árboles como monedas pesadas.
Rex BURWELL. Poesía minimalista norteamericana.

lo veo siempre en el banco de su casa de la Selva Negra,
sentado junto a su mujer que, con su perverso entusiasmo
por tricotar, le tricota ininterrumpidamente medias de in-
vierno con la lana tundida por ella misma de las ovejas
heideggerianas. A Heidegger no lo puedo ver más que en
el banco de su casa de la Selva Negra, y a su lado a su mu-
jer, que durante toda su vida lo dominó totalmente y le tri-
cotó todas las medias y le hizo a ganchillo todos los gorros
y le cocía el pan y hasta le fabricó unas sandalias.
Thomas BERNHARD. Maestros antiguos.

En Donietsk vi una mujer que vendía pezuñas de vaca. Vi
el cuadro en una de las calles principales. La mujer, de pie
y helada de frío, se frotaba las manos detrás de la mesa en
que tenía expuesta su mercancía: unos cuantos pares de pe-
zuñas de vaca descamadas. Me acerqué a ella y le pregunté
para qué servían. Se pueden usar para hacer sopa, contestó,
en las pezuñas hay grasa.
Ryszard KAPUSCINSKI. El Imperio.

Una abeja se alimenta del polen de una flor, luego convierte
el polen asimilado en miel de panal. El proceso se da en un
ciclo que pone en juego series diferentes, una flora, una fau-
na, esa sustancia límite llamada miel -como la seda- de la
que habría que preguntarle a un especialista a qué reino per-
tenece.
Tomás ABRAHAM. Situaciones postales. [Hablando de De-
leuze]

la seda salvaje del deseo
Lorand GASPAR. Revista Tsé Tsé, 11.

LA HIERBA
No es la guadaña la que muerde a la hierba
es la hierba la que al final
devora a la guadaña convirtiéndola en una hoja finísima de
                                                                                       acero
-anestesiado hasta el óxido
duerme luego
en la hierba crecida.
Lennart SJÖGREN. Poesía nórdica.

Tao Yuanming no conocía la música, mas guardaba en su
casa un laúd sencillo, sin cuerdas, y cada vez que, merced
al vino, gozaba de un sentimiento de plenitud, tañía el laúd
para expresar aquello a lo que aspiraba su corazón.
Francois JULLIEN. Elogio de lo insípido. [Tao Yuanming,
poeta de los siglos IV-V]

Atraviesan el Ecuador ríos de color achocolatado. Orillé
uno durante todo el día. estos ríos, durante su paso, consu-
men muchas tierras. Más de una vez, las aguas se precipi-
tan desde lo alto.
Al precipitarse, el agua parece polvo, abajo humo, humare-
da asfixiante, en lo alto cacao hirviente.
Henri MICHAUX. Ecuador.

Escuché la lluvia de botones, dientecitos blancos.
Anne MICHAELS. Piezas en fuga.



De toda la leña que quemo en mi chimenea, los troncos del
cerezo son los más duros. Un tronco macizo de cerezo pare-
ce tan resistente a las llamas como el cemento. Después, en
orden de combustión difícil, vienen el cedro, el roble y el ol-
mo.(...) Ninguna de estas maderas chisporrotea, mientras que
la acacia es mortal. (...) Al prender las llamas, el fuego empe-
zó a hacer un ruido como si estuviéramos en el centro de Bei-
rut, chasqueando con disparos esporádicos.
William BOYD. Las aventuras de un hombre cualquiera.

Hace calor y por ser un pueblo pequeño la gente se queja mu-
cho más que en los lugares más grandes. En las galerías de
las casas, todo está a la vista: las esteras, los muebles de mim-
bre, los floreros en las mesas, los viejos Reader's Digest y, a
las cuatro, una jarra de refresco.
John CHEEVER. Diarios.

y tu perdido cerdito de hojalata que toca "Maxixe"
cada vez que le tuerces el rabo, tu pequeño cerdito,
de hojalata de colores, ¡que no se te olvide!
H.M. ENZENSBERGER. El hundimiento del Titanic.

En pocas palabras, el T [Tractatus] entero puede tomarse co-
mo el gran intento de Wittgenstein por construir el muro del
lenguaje. ¿En función de qué necesidad debía levantarse ese
muro?
Samuel CABANCHIK. Wittgenstein, una introducción.
[La famosa y primera proposición del Tractatus: "El mundo
es la totalidad de los hechos, no de las cosas."]

En el camino de la Gstättengasse, en la acera, delante de la
capilla de Bürgerspital, pisé un objeto blando y, al mirar ese
objeto, creí que se trataba de una mano de muñeca, pero era
una mano de niño arrancada a un niño.
Thomas BERNHARD. El origen. [Había habido un bombar-
deo aliado]

Ciertos objetos rituales empleados en algunos cultos del bu-
dismo tántrico, así como del Bon, son fabricados con mate-
rial humano: trompetas hechas de tibias, copas de cráneos;
pequeños tambores de dos caras formados con dos huesos
del cráneo y recubiertos de piel humana. Los hay más refi-
nados, como el tambor hecho con los cráneos de niños in-
cestuosos muertos a ocho años de edad, cuyo sonido posee
extraordinarias propiedades mágicas; o la trompeta fabrica-
da con el fémur de la hija de dieciseis años de un brahmán,
que constituye una pieza muy codiciada.
Marcelle LALOU. Las religiones del Tibet.

Y la cama enorme,
como un camión de bomberos, nos precipita en el sueño.
Con mirada lejana trepamos sus escaleras de bronce...
Tenessee WILLIAMS. En el invierno de las ciudades.

CERCA DEL TAMESIS
Una escalera que no sirve para nada.
Camino, la veo.
Subir algunos escalones, volver a bajar algunos escalones.
Para nada.
S. MOUSSEMPES. Antología poesía francesa.

Un objeto escrito que no es leído constituye un extraño es-
tado ontológico.
John BARTH. Entrevistas a narradores norteamericanos.

Sobre el carácter efímero de la 'realidad absoluta' (por su-
puesto en el marco de la existencia humana, no en el Cos-
mos). Imagino a un hombre muriéndose de sed en el de-
sierto. En ese momento, el agua tiene el carácter de la rea-
lidad absoluta. El resto no tiene interés. El agua es la úni-
ca cosa verdaderamente real, la única que puede salvarlo.
E imagino a este hombre salvado en el último momento,
ya sea porque encuentra agua o porque alguien se la traiga,
etc. En unos instantes, el agua pierde su carácter de reali-
dad absoluta, vuelve a ser lo que es para todos nosotros,
una cosa importante, pero fácilmente accesible, y como
tal, sin interés.
Mircea ELIADE. Fragmentos de diario. [El objeto a, ex-
plicado a lo Eliade].

Los hypomnémata, cuadernos de compilación de cosas leí-
das y oídas.(...) Las cosas leídas no son del género de la
consolación. La humedad afirma la playa arenosa.
Nicolás PEYECERE. Additamenta.

A menudo la gente se refiere a ellos como si fueran pájaros,
grandes pájaros en majestuoso vuelo, pero para mí son gigan-
tescos peces plateados que flotan en la misma agua invisible
que surcan las nubes.
Ernst WAIGEL. Zeppelin.

EL PEZ
(...)
Me había equivocado, no lo conocía,
esa gris y monótona alma del agua,
ese intenso individuo en la sombra,
vida de pez.
No conocía a su Dios.
David H. LAWRENCE. Cit. por W.H. Auden en 'La mano
del teñidor'.

Caminando por un campo desolado.
Levanté el peine de una mujer.
Debe haber venido aquí
A arrancar flores en primavera.
SOIN. Zen poetry.

Ella mudó
todo mientras él estaba pescando, pero una horquilla
quedó adherida en su jabonera. Para Aquiles
esto probaba
que ella iba a regresar.
Derek WALCOTT. Omeros.

Las ramas curvas de los árboles se inclinan hasta tocar el
agua con la punta, como dedos que tocan notas musicales.
En el medio del río, en un día de sol como ese, se forma un
sendero de luz intensa que cuesta mirar sin entrecerrar los
ojos. Por ese sendero en los domingos concurridos avanzan
las lanchas adornadas con sombrillas y banderines; también
las canoas con sus remos que parecen patas de insectos y es
como si extrajeran el sol del agua al elevarse.
V. S. PRITCHETT. Amor ciego.

no es casual que Sor Juana haya escogido el senhal Lysi
para nombrar a su amada: Lysis significaba en griego abso-
luto o absuelto. No percibimos jamás la cosa misma sino so-
lo alguno de sus aspectos, de sus cualidades, de sus determi-
naciones. Sor Juana acababa de decir, sin ir más lejos, que
la hermosura de Lysi era "tan inaccesible/ que quien más la
alaba/ menos la define."
Dardo SCAVINO: El señor, el amante y el poeta.

La verdad era que había perdido lo más importante que ne-
cesita un hombre en libertad para empezar una nueva vida
con espíritu animoso y con la energía que augura el éxi-
to; había perdido la fe, que es la patria del alma. Y también
su cuerpo carecía de patria.
Joseph ROTH. La rebelión.

El enfermo no está confinado a su cuarto, ni a su cama, sino
a su cuerpo. (...) el cuerpo es el universo del enfermo.
Adolfo BIOY CASARES. Descanso de caminantes.

No poseemos nuestras sensaciones, ¿podríamos poseer un
cuerpo?
Franz KAFKA. Diarios.



El campo era un lodazal en el que nos hundimos hasta los
tobillos. Al poco rato la pelota se convirtió en una torta a
medio hacer.
Lawrence DURRELL. Esprit de corps.

Desde que la tierra es una pelota, cualquier bribón puede
hacerse con ella.
Elias CANETTI. El suplicio...

Lluvia de primavera que cae
Y empapándose en ella, sobre el tejado
La pelota de trapo del niño.
BUSON. En Revista Ficción: Poesía japonesa por O. Sva-
nacini.

Ahora en el cuarto de baño, las maquinillas de afeitar
        esperan como una fila de pequeños amigos,
(...)
relucen, relucen doloridas, llenas de electricidad propia,
relucen en la oscuridad.
Brian PATTEN. Antología.

He encontrado un nuevo tipo de lápiz: el mejor que he te-
nido por supuesto, cuesta tres veces más que los otros,
pero es negro y suave y la mina no se rompe. Creo que
usaré éstos. Se llaman Blackwings [alas negras] y, de ver-
dad, planean sobre el papel.
John STEINBECK. Conversaciones con escritores.

Siempre llevaba en el bolsillo un largo lápiz de la marca
Black Prince que, en lugar de ser redondo, era rectangu-
lar, como los lápices de carpintero.
John BERGER. Aquí nos vemos.

Al retirar un lápiz de la casa de empeño (que había olvida-
do en el chaleco empeñado), le cuenta al propietario que
con él había escrito su tratado de la Conciencia Filosófica
en 3 volúmenes. Admite que es un lápiz insignificante, pe-
ro dice que para él tiene un valor sentimental.
Paul AUSTER. Pista de despegue.

las torres de vigilancia a lo largo de las vías del Imperio
[Chino], ¡de 5000 en 5000 pasos!
Victor SEGALEN. Antología.

estoy a veces
deprimido sin saber
por qué pero sospecho
que otro mundo aún más
sombrío está adherido
a esta bóveda celeste que la noche
contempla.
Gyrdir ELIASSON. Poesía nórdica.

El escritor es como un artesano que fabricase concienzuda-
mente un objeto complicado sin saber según qué modelo ni
para qué uso, análogo al homeóstato de Ashby.
Roland BARTHES. Ensayos críticos.

¿A qué se parece este trabajo de Alekan? A una platería
antigua, bruñida como una nueva. En algunas piezas de
plata bruñidas con gamuza, hay una suerte de dulzura, de
suavidad centelleante.
Jean COCTEAU. La bella y la bestia. [Alekan es el ilumi-
nador de la película]

Yo sé cuan profundo es el doblez de una servilleta
hecho por una mujer cuyo cabello se tornará blanco
Derek WALCOTT. Cit. por Joseph Brodsky. Vuelta N°16.

y las nubes que se balanceaban como vacas medio borra-
chas allá arriba, en la imprecisión celeste.
Alain BOSQUET. Una madre rusa.

Las nubes tienen proyectos tan secretos como los de los
hombres.
René CHAR. Común presencia.

A las tres de la mañana la máquina de chicles del andén
desierto, con su espejo recién pulido, es un nuevo ícono
de la Santísima Virgen, capaz de cumplir milagros.
Chales SIMIC. Alquimia de tendajón.

según la metafísica india, lo más específico de la India es
la cama
Mircea ELIADE. La India.

Los almohadones
son budas
que han estado sentados aquí más tiempo.
Charles CAMERON. Poetry of the Underground in Britain.

como esos magníficos surtidores de agua que lanzan al aire
bolas de oro
Hugo Von HOFMANSTHAL. La carta de Lord Chandos.

la sangre de lápiz labial barato mama
los muertos muñones de las colillas
Vasko POPA. Vintage Book...

En el Atlas Nacional de Sri Lanka hay 73 versiones de la
isla; cada plantilla representa un solo aspecto, una obsesión:
las lluvias, los vientos, la superficie del agua en los lagos,
las masas de agua más extrañas atrapadas en las profundi-
dades de la tierra.
Michael ONDAATJE. El fantasma de Anil.

el relato de Musset El hijo de Tiziano en la edición de la
Pleiade, excelente edición con todo su aparato crítico de no-
tas valiosísimas y gratísimas de roer como huecesitos de co-
nejo.
Jean P. TOUSSAINT. La televisión.

El objeto más bello
es aquel que no existe
Zbigniew  HERBERT. Informe desde la ciudad sitiada.

pero su mejor amigo era su pequeño Chevie negro,
guardado en el garaje como un novillo sacrificial
con cascos dorados,
y sin embargo sensacionalmente sobrio,
y con menos flancos que una vieja zapatilla de baile.
Robert LOWELL. Poemas.

Uno puede deducir y concluir que cada objeto tiene dos fa-
cetas: una vigente, casi siempre visible y vista por los hom-
bres comunes; y la otra, espectral y metafísica, vista sólo
por unos cuantos individuos en momentos de clarividencia.
Giorgio DE CHIRICO. Cit. por Charles Simic.

de una carre
tilla roja

barnizada de
agua de lluvia.
William C. WILLIAMS. En O. Paz: Versiones y diversio-
nes.

CANCIóN DE LA FLECHA
Roja es su punta.
Indios CHIPPEWA. Antología Poesía Norteamericana.

Es como si tuviese una moneda y no supiera en qué país
vale.
Clarice LISPECTOR. La pasión según G.H.

Los cuerpos de la noche tórnanse mar
Georges SCHEHADÉ. Poesía.

Cuando se miran las mejillas de la Srta. Benjamenta, no se
desea seguir viviendo, porque se tiene la sensación de que
la vida ha de ser un tropel de despreciables vulgaridades.
Robert WALSER. Jakov von Gunten.

nadan sobre pechos amarillos
atravesando la fugacidad de primaveras tristes
muchachas de abrigos negros con olor a manzana
Thomas BERNHARD. In hora mortis. Bajo el hierro de la
luna.

Todas mis mariposas
las deslicé en tu jardín
Else LASKER-SCHÜLER. Poesía alemana siglo XX.

Y he deseado siempre pintar la sonrisa, sin lograrlo nunca.
Francis BACON. Entrevistas con FB.



"¡El pecado! ¡La vergüenza!", vociferaba mi madre con vio-
lencia, mientras su doble papada oscilaba y temblaba como
la yema de un huevo.
Witold GOMBROWICZ. Bakakai.

Los soldados que perforaban las manos de Cristo no son más
culpables que los clavos.
Viktor SKLOVSKI. Zoo.

El cuerpo se acuerda de un amor como encender una lámpara.
Alejandra PIZARNIK. En Teoría del Cielo (Carrera/ Arijón)

La vieja teología (...) nos dice que a la llamada de las trom-
petas del Juicio Final, nos será devuelto un cuerpo provisto
de los cuatro atributos gloriosos, que son la impasibilidad,
la sutileza, la agilidad y el resplandor.
Michel TOURNIER. El árbol y el camino.

Vi los labios abrirse
pétalo a pétalo
Giorgos SEFERIS. Mithistoria y otros poemas.

la sábana mojada alrededor del cuerpo
huidizo
Henri MICHAUX. Poemas.

"Sobre el vestido ella tiene un cuerpo"
Cit. por Blaise CENDRARS. Antología poética.

Siempre había llevado a misa su cuerpo, no su mente.
V.S. PRITCHETT. Amor ciego.

Tenía un cráneo inmenso, fuerte, calvo y brillante, de anti-
guo mármol pario, ese mármol de color marfil que los si-
glos tiñen de un color humano maravilloso.
Curzio MALAPARTE. Diario de un extranjero en París.

aquella rubia esbelta y magnífica, que parecía una galga
atada.
COLETTE. La mujer oculta.

Y tú, cuerpo mío, maldice los sentidos como un lisiado
sus muletas.
Rene CREVEL. Antología de la poesía surrealista (Visor)

Los misterios del amor crecen en las almas
Pero su libro es el cuerpo.
John DONNE. Antología de la poesía traducida (Galtier)

Nada hay más misterioso que el destino de un cuerpo.
Emile CIORAN. Desgarradura.

el que me vivió,
y murió abandonado en la tumba de otro.
Thomas BERNHARD. Ave Virgilio.

Sus ojos eran como violetas húmedas por la tormenta
Charles BAUDELAIRE. Cit. por R. Musil: Diarios.

En general, nuestros cuerpos desnudos son un espectáculo
penoso, por cuanto están desprovistos de cualquier intención.
Max FRISCH. No soy Stiller.

No tengo miedo de los espectros. Sólo son terribles los vivos,
porque poseen un cuerpo.
Margueritte YOURCENAR. Las caridades de Alipo.

Dime, con tu dulce voz,
si he de pintar tus pies
con la brillante laca.
Ellos superan, en belleza,
a los lotos de los campos;
son la delicia de mi corazón,
la excelencia de nuestros juegos amorosos.
El GITA GOVINDA

¿Quién podría aún hallar en Rusia pies bonitos de mujer?
Tardé mucho en olvidar dos pies... Estoy cansado, estoy
triste; pero me acuerdo de ellos; y en sueños vienen a tor-
turar mi corazón.
Alexandr PUSHKIN. Eugenio Oneguin.

Muerte ejemplar.
Junto a la de Italo Svevo, otra muerte admirable, que hace
bueno el dicho de genio y figura hasta la sepultura: "Si mis
fuentes son veraces, Buster Keaton tuvo un final ejemplar.
Alguien, junto a su cama de enfermo observó: "Ya no vi-
ve." "Para saberlo", respondió otro, hay que tocarle los
pies; la gente muere con los pies fríos." "Juana de Arco,
no", dijo Buster Keaton y quedó muerto.
Enrique VILA-MATAS. El viajero más lento.

-¿Te gusta el aire felino de las uzbecas con el iris negro?
Porque no conoces a las kirguizas de rasgados ojos ocre.
-Los labios carnosos de las kazakas, ¿estás bromeando?
Espera a sentir la boca orlada de las tártaras de Crimea.
-¿Admiras la sensualidad de las tadjiks de piel azul? Date
prisa en acariciar a las turkmenas de bustos menudos y per-
fumadas con canela.
Frédéric BEIGBEDER. Socorro, perdón.

Amor delicia y órgano
pies desnudos en un jardín de hélices
Roland GIGUERE. En: Poetas de Quebec.

Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la
noche(...) Mis yemas tocan tu sangre. Toda mi alegría es sen-
tir brotar tu vida de tu fuente, flor que la mía guarda para lle-
nar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos.
Frida KAHLO. Diario.

mi mano al final de un largo, largo camino escrito
Henri MICHAUX. Poemas.

...tocó las manos de Sarrouth [una bailarina camboyana],
fundientes, movedizas... André Issard guardó entre las suyas,
mientras Sarrouth escuchaba a Pierre Guesde, aquellas ma-
nos pasivas y frescas como un follaje carnoso.
COLETTE. La mujer oculta.

Mi cuerpo nunca más
podrá recordarse
Alejandra PIZARNIK. Extracción de la piedra de la locura.

tu cuerpo de mono ciego
Jacques IZOARD. Antología de la poesía francesa actual.

El cuerpo es el buen perro de nuestra alma ciega.
Jules RENARD. Diarios.

Tenía el pecho asimétrico, como una papa pelada a la buena
de Dios.
Justin CARTWRIGHT. Míralo de esta manera.

Bonita boca la de la hija del casero,
pulpa de fruta de un corazón para comer...
Fernando PESSOA. Tabaquería.

Una vena de su cuello late como un reloj, sólo que líquido.
Allan GURGANUS. Blancos.

Por eso tampoco me extraña que un maestro de Detmold me
contara hace poco que, de joven, en los años inmediatos a la
guerra, había visto con frecuencia, en una librería de Ham-
burgo, cómo se manoseaban a escondidas fotografías de los
cadáveres que yacían en las calles después de la tormenta de
fuego, como si se tratara de productos pornográficos.
Winfried G. SEBALD. Historia natural de la destrucción.

El cuerpo que se ha resignado a la oscuridad de la noche con
el servilismo de los criados y no quiere nada más que fingir
ausencia.
Cees NOOTEBOOM. La historia siguiente.

mi cuerpo nunca más
podrá recordarse
Alejandra PIZARNIK. Extracción de la piedra de locura.

Su cuerpo no tiene olor: una flor sin aroma.
James JOYCE. Giacomo Joyce.

el hombre mantiene con su cuerpo una relación comparable
a la de la araña con su tela
Friedrich NIETZSCHE. Cit. por Le Breton.

Está cubierta de nieve la colmena de mi corazón;
de nada vale el sueño.
Oscar W.L. MILOSZ. La bruma y otros elementos.

El cuerpo al cuerpo es medicina.
Branko MILJKOVIC. Revista Cormorán y Delfín N° 3.

Su cuerpo se parecía a una bolsa de lotería.
Jean COCTEAU. El gran extravío.

Praxíteles sólo conocía seres vivos en plena acción o en el
recogimiento que precede al esfuerzo. Por razones de reli-
gión o de costumbre, nunca había abierto un cadáver. Hu-
bo que esperar hasta el Renacimiento -y especialmente al
flamenco André Vésalio- para que se transgrediera la in-
terdicción que afectaba a la disección humana. Desde en-
tonces, todos los artistas se precipitaron a los cementerios,
bajo los cadalsos o en las cámaras de tortura.
Michel TOURNIER. El árbol y el camino.




Pasé la mañana con el doctor; entre el dispensario y el hos-
pital. Vi ancianas con tatuajes en el rostro que semejaban
hojas y pechos marchitos como guantes vacíos. Un hombre
de manos y pies sin dedos cuidaba a un niño. Otro hombre
con elefantiasis y testículos como balones de fútbol. Muje-
res tuberculosas (parece injusto que, además de ser leproso
uno deba sufrir también otras enfermedades). Un anciano
de rostro dulce y suaves modales que se había retirado a la
choza de barro existente detrás de su casa, para morir...
piernas de niño y rostro de santo. Una mujer sin piernas ha
dado a luz a un niño.
Graham GREENE. En busca de un personaje.

Seguramente había
instalado en un rincón de su jardín
un columpio
y al ser hamacada en él
veía por momentos
por encima del cerco
y mucho más allá
Veía ir y venir la vida
como si en esos momentos
entrara y saliera
muy adentro
de su cuerpo
del mundo
de su cuerpo
del mundo
como en un sueño
o en un milagro
fugaz
e inolvidable.
RR


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