viernes, 17 de diciembre de 2010

LA PENSIÓN LEKTÁ

En una pensión de los alrededores de Lektá todos los
cuartos (nueve) están ocupados por unos religiosos
que provienen del priorato de Tolga que fuera cerrado
hace unos años por órdenes provenientes de oscuras
jerarquías.
Todos ellos, viejos y jóvenes, han sido o serán misioneros.
A más de uno le pesa el espíritu.
Un poco más desde que esperan sin saber por cuanto
tiempo, en la pensión.
Dos de ellos ni siquiera hablan la lengua de los demás
y hasta son extranjeros entre sí.
Su única organización ha sido la de colocar una campana
en el vestíbulo de entrada. Un pastor del pueblo recibe
una mínima paga por tañer la campana a las 6 de la
mañana, antes de llevar a pastar al rebaño y a las 7
de la tarde cuando regresa. Pero no se sabe con qué
fin, ya que no se observa ninguna actividad ni religiosa
ni de ningún otro tipo entre los monjes.
Eso sí: le han dado oscuridad a los cuartos, bloqueando
las persianas.
A veces, a las perdidas, se escuchan fugaces murmullos
que podrían ser tomados por rezos.
En esta improvisada trapa esperan instrucciones para
emprender al parecer viajes a tierras remotas o, en
algunos casos, para ser forzados al retiro en sus pueblos
de origen.
Hace un mes atrás, uno de los más ancianos salió muy
temprano y lo encontraron esa noche, en el bosque,
totalmente extraviado geográfica y mentalmente.
Llegó a la pensión conducido por ambos brazos,
lívido, tembloroso y con la mirada aterrada.
No hubo comentarios de los demás, pero poco
después una destartalada camioneta se llevó al
viejo monje de quien ni siquiera conocemos el
nombre. Cuando la moza entró a ordenar su habitación,
encontró en su cabecera esta frase: Quid me alta
silentia cogis/ rumpere et obductum/ verbis vulgare
dolorem?*
Todos parecen ser muy frugales. En contadas ocasiones
se los ha visto traer alimentos del exterior de la pensión.
El comedorcito de la planta baja casi siempre está vacío,
con la excepción de una tarde en la que recibieron la
visita -la única que hayamos registrado-  de alguien que
parecía ser un alto Prior de la Iglesia Central. Estuvieron
varias horas sentados en silencio alrededor del misterioso
personaje que hablaba con una voz muy autoritaria en un
idioma irreconocible.
Lo cierto es que alguien se estaba haciendo cargo de los
austeros gastos, aunque no se supiera quién ni cómo.
En la terraza de la pensión había un viejo palomar, pero
los religiosos parecían tener prohibido cualquier contacto
con las aves.
Hace un par de días llegó, en la misma camioneta, el
reemplazante del anciano que perdió la chaveta. Es un
monje rubicundo, sin duda de las regiones de Rúmpeter,
donde la gente suele estar cargada con excesos de energía.
¡Quién sabe cómo hará para domeñar sus naturales ímpetus
en la mortecina pensión de Lektá!
Las ovejas del joven pastor bloquean la calle delante de
la entrada. La campanada suena a través de sus cuerpos,
suena a través de los viñedos y de los olivares, suena a lo
largo del camino de tierra, hasta perderse, ondulando, en
la tierna luminosidad de la tarde.

* "¿Porqué me fuerzas a romper un profundo silencio
y a divulgar con palabras un dolor secreto?"



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