lunes, 17 de enero de 2011

DEJANDO BLILKLA: 3 Minucias

TRES MINUCIAS

1.
Un palillo y en la punta, atado con hilo fino,
un "panadero", que gira con el viento,
desplumándose.
Si es uno de los caros, es 'reforzado',
y tarda bastante en desplumarse
y el disfrute del chico es más largo
y, por lo tanto, según se supone, mejor.
En cambio, si es un palillo de los baratos,
un sólo soplo de viento es suficiente
para pelarlo por completo.
El chico se queda un momento mirando el palito,
el hilo, el cabo pelado del "panadero"
y su expresión es, diríamos, "cuajada".
Pero por dentro el chico también
experimenta sensaciones.
Y éstas sensaciones,
seguro,
algo le estarán enseñando.
El palillo educador.

2.
Nel Buio del lenguaje, mete manos
saca, coleteando-aleteando, un par de versos
ariscos, inconexos, de géneros distintos,
que, incluso, de dárseles la chance,
se devorarían entre sí.

3.
Fortificaciones en la selva, entre raíces altas,
las cortinas de lluvia y los mangles palpitantes...
Rostros.
Rostros fugaces, rostros a punto de ser vencidos
por el olvido.

'La fuente vacía', el otro nombre del hastío.

Il buio:
Buio nel' capelli, por ejemplo.
'Oscuridad en su pelo'.
O como lo llama Ondaatje, en cingalés,
"Kaluwan kes kalamba".

Se dice:
"hay que mantener andando el sistema de poleas
que extrae del pozo 'el vital' indispensable
para que las sensaciones se sigan sucediendo".
Que no se detenga su agua.

viernes, 14 de enero de 2011

VUELO INAUGURAL, Un Relato

                                                           Para mi amigo, Horacio Cardo

Volábamos bajo y era domingo. Ambas cosas estaban natu-
ralmente entrelazadas, porque el domingo solía ser el día de
los grandes aburrimientos, sobre todo en verano. Eran días
larguísimos y el pueblo parecía dormir a nuestro alrededor.
Fue Horacio el de la idea, porque Ignacio era un conocido
suyo, primo de un compañero de colegio. Horacio le habló
primero a su amigo, éste a Ignacio - a quien cualquier excu-
sa para volar le encantaba- y luego a mí. Supongo que daba
por descontado que yo no sólo no iba a negarme a tamaña
invitación, ya sea por no mostrar un posible temor, sino por
compartir su entusiasmo. Porque hay que decir que Horacio
aparecía muy entusiasmado con la idea de volar. Había llega-
do antes que yo a la edad de la experimentación de los peli-
gros y del desafío de los riesgos. Bueno, al menos en ese
tiempo pensé que había llegado antes que yo. Después me
fui enterando de que yo no iba a llegar nunca del todo. Tam-
poco sé si cuando me habló con vehemencia y orgullo, por-
que ahora era un 'conocido suyo' el piloto, él estaba despro-
visto realmente del temor que esta aventura despertaba.
Es una de esas cosas -¡tantas!- que nunca se saben bien:
¿Cuánto temor tiene cada uno? Porque aparte del miedo está
el cómo reaccionamos frente a él. Lo mismo pasa con el do-
lor: está el grado del estímulo doloroso y también nuestra
resistencia a sus efectos. Un día, leyendo nada menos que a
Almafuerte, comprendí que era cuestión de suerte tener más
o menos miedo, algo así como que un tipo corpulento va a te-
ner más fuerza física que un esmirriado. ¿Porqué atribuir tan-
to mérito al que soporta más miedo o más dolor?
Bueno, pero el mundo ya viene construido y si alguien quiere
discutir sus fundamentos, lo esperan dificultades suplementa-
rias. "El mundo es así", le dirían, enarcando las cejas, a quien
pusiera en duda nada menos que los pilares del mundo mascu-
lino tal cual lo conocemos, heredamos y luego legaremos a
nuestros eventuales sucesores.

Y llegó el momento de ver el "pájaro metálico" en cuestión.
Lo primero que se podría decir sin temor a equivocarse, es
que no se trataba de un Spitfire pintado de guerra. En su lu-
gar se presentaba una avioneta gastada, que suplicaba la ju-
bilación. "No importa", dijo sin decir nada mi amigo, empu-
jado con tal ímpetu por su entusiasmo que barría de plano
cualquier decepción. ¿Fingía? Nunca me lo confesó.
Lo cierto es que con total naturalidad ocupó el asiento del
copiloto, mientras yo me acomodaba como podía detrás de
los dos asientos sobre unas lonas plegadas. Ignacio se colocó
entonces unas antiparras que debían de haber sido excavadas
de trincheras de la 1° Guerra Mundial, porque en realidad pa-
recían más bien una máscara antigases que un equipo de avia-
dor. Supongo que lo hacía para no desentonar de la avioneta.
La puesta en marcha de "la bestia dormida" fue, cuando me-
nos, fatigosa. Los intentos se sucedían con escasos intervalos,
hasta que los sonidos indicaban la posibilidad próxima de una
muerte segura del motor. Pero, para mi sorpresa, en el vigési-
mo, calculo, intento, arrancó. Y ahora ya íbamos correteando
como un ñandú asustado, intentando llegar a la pista de despe-
gue, tosiendo entre múltiples silbidos de giros en falso. La car-
linga estaba compuesta por esos dos asientos delanteros de
una sola pieza, sin que esto pueda significar ninguna clase de
doble comando: ¡si apenas tenía unos pocos instrumentos el
tablero, ninguno de los cuales funcionaba, y una palanca que
se movía sola con los saltos que daba traqueteando el avión!
Desde mi especie de refugio medio hundido, casi tenía que pa-
rarme -todo inclinado, claro- para ver algo. Y lo que veía era
a Ignacio haciendo gestos con los pulgares, las manos y hasta
los hombros, de que todo iba 'viento en popa, inmejorable, ex-
traordinario'... Pero el motor silbaba y tosía al mismo tiempo,
mientras que el fuselaje parecía anunciar que pasara lo que pa-
sase éste sería su último intento de vuelo, saltando y crujiendo
de dolor.
Debo agregar que los "vidrios" de la carlinga estaban tan gasta-
dos y opacos que parecían láminas de plástico duro o cartílago
de pescado seco, en lugar de vidrios. Tal vez fuese mejor no
ver lo que ocurría afuera, ni las caras de preocupación de los
escasos testigos de nuestra partida.
Horacio estaba concentrado como si el éxito del asunto depen-
diese de él. Preguntaba cosas a Ignacio, a los gritos, porque
hay que decir que el batifondo que producían motor, fuselaje
y rodamiento era de tal intensidad que se imponía la lectura de gestos y labios.
Éstas resultaban también impedidas por los saltos que pegaba
la maldita máquina que a todas luces se sentía incomodísima
en su actuación de aparato volador.
Finalmente alcanzamos la cabecera de una pista que tendría
unos 300 metros de largo. A la izquierda, el hangar y la peque-
ña cabina de control. Ignacio volvió a gesticular su "todo re-
bien, fantástico, nunca mejor", mientras Horacio observaba
como las agujas de los "instrumentos" daban insensatos giros
circulares, y se preparaba el despegue.
De pronto el piloto le dio combustible a la fiera, hundiendo
una palanquita en el tablero. El pajarraco pegó un coletazo
de sorpresa y comenzó un irregular trote por esa calle que
ahora nos pertenecía. Ignacio giró su cabeza y me miró, son-
riendo de oreja  a oreja, volvió a elevar el pulgar derecho y
empujó a fondo de un saque la famosa palanquita. Fue como
una inyección de adrenalina en el cuerpo de un convalescien-
te. El aparato corcoveó, se desalineó un par de veces para ca-
da lado y como si no hubiese más remedio, encaró por fin el
esfuerzo final. Creo que todos pedaleábamos enardecidos gri-
tando "¡Sí, Sí, Sí!" hasta que a  pocos metros de terminarse la
pista el viejo albatros soltó el suelo. El ruido infernal se alivió
al menos de la parte más dura que era la del traqueteo y, gi-
rando hacia la izquierda, logró una pequeña dosis de regulari-
dad.
Ignacio conducía la nave ahora con una expresión de experto
y percibí que Horacio ya lo había condecorado mentalmente, nombrándolo nuestro "maestro del aire".

¡Era la misma avioneta que habíamos visto pasar muchos do-
mingos sobre los techos de nuestro barrio, pero ahora íbamos
sentados en su interior!

A Ignacio, al parecer, le fascinaba la práctica del vuelo rasan-
te que, como cualquiera sabe, es peligroso hasta para un avión
moderno sobre zonas pobladas.
Y bien, tanto Ignacio como Horacio y yo estábamos viajando
a bajísima altura en esta catramina, una suerte de Citroen 2CV
del aire, sobre nuestras propias casas.
Me produjo entonces una alegría, en medio del desorden de
mis preocupaciones habituales y de las aflicciones actuales,
el contar con vidrios opacados, que hacían imposible que mis
padres me reconocieran a bordo. Por supuesto que ninguno de
ellos sabía que yo iría a embarcarme en este riesgo. Riesgo do-
ble, entonces: el vuelo y que mis padres no se enterasen.
A la tercera levantada y cuando comenzaba un giro amplio
hacia la luz solar, el aparato pareció encandilarse o sufrir un
principio de desvanecimiento, porque el motor cesó de table-
tear y toser. Un gesto de incredulidad corrió por el rostro de
Horacio (a quien veía en tres cuartos de perfil) y me hizo vol-
ver en mí. Porque yo pensaba que esto era parte de la manio-
bra, pero la hiperactividad súbita de Ignacio y la parálisis fa-
cial temporaria de mi amigo de la infancia me sacaron de mi
error.
Merced a los esfuerzos inusitados de nuestro piloto el motor
hizo dos explosiones, semejantes a alguien que tiene algo
atravesado en la garganta y está preparándose para escupirlo.
Pero no lo hizo. El silencio, el sol, el cielo azul, todo era muy
hermoso. Me replegué en mi pequeño espacio satisfecho al
menos de que yo no había sido nunca un entusiasta de esta
expedición y no tenía ni conocimientos ni instrumental para
arrancar a la bestia de su espasmo.
"Es un problemita de pasaje de nafta", gritó a voz en cuello
Ignacio. Horacio asintió mecánicamente. "Lo hace a veces",
gritó de nuevo nuestro ahora cuestionado piloto... e intentó
sonreír. La duda no tenía efecto sobre este tipo. No, no. Lo
que creo -y me animo a decir que Horacio también creía- es
que Ignacio no tenía ninguna certeza de que el motor fuese
a escupir lo que obstruía sus conductos a tiempo. Quiero de-
cir: tal vez sí lo hiciera como consecuencia del impacto con-
tra el suelo si es que a un motor le afligiera estar tapado, aún
cuando todo llevaría a pensar que al motor le daba lo mismo
funcionar o no funcionar, lo cual conduce inevitablemente al
reconocimiento de que no va a hacer nada él mismo por des-
taparse y que el momento en que eso suceda le resulta igual de indiferente.
No sé de cuántos 'tiempos' era el motor de nuestra avioneta.
Lo que es seguro es que ahora estaba en su "tiempo muerto"
y amenazaba con contagiarnos a todos con ese estado.
Entretanto, la "nave" no se daba cuenta de la gravedad del
asunto. Es como si se desentendiera de lo bruto. Del burdo
instinto llamado "motor". La nave ahora navegaba, surcaba,
libre de todo sonido molesto, de cualquier fricción, comple-
tamente distraída de todo. 'Hizo' una larga curva a la derecha.
En leve descenso, supongo, porque sentí la caída en el estó-
mago. Pero parecía sostenida por el espíritu.
Ignacio abrió la carlinga con un movimiento brusco y consi-
derable fuerza, porque la caja de metal y cartílago se le re-
sistió cuanto pudo. Finalmente corrió sobre el oxidado riel y
terminó con un golpe seco, mientras un viento torrencial nos
revelaba su existencia. La fuerza de ese viento inesperado
era descomunal. Nos apretó contra el fondo de la cabina y
sin embargo alcancé a ver el gesto de Horacio cuando com-
probó que no había nada parecido a un cinturón de seguridad
en ninguna parte. Un elemento que en el mejor de los casos
facilita la localización de los cuerpos cuando cae un avión
grande, pero que ahora probaba su verdadera utilidad: impe-
dir que el viento te arranque del aparato volador.
Ahora la avioneta empieza a dar las primeras señales de es-
tar empezando a entender que la supuesta libertad, el vuelo
sin necesidad de combustible, era un tremendo engaño. El
sonido de su trayectoria empieza a parecerse demasiado al
de una picada. Ignacio tiraba de la manguera exterior, luego
la golpeaba con la llave inglesa, aferrado a los bordes de la
carlinga abierta y a punto de salir volando él mismo del a-
vión. Recuerdo que sentí una oleada de apego por Ignacio:
a pesar del odio que le tenía por el momento que estaba ha-
ciéndonos pasar, no quería que nos abandonara.
Me gustaría ser un poco más irresponsable, a veces, y no
afligirme tanto por cosas como la obstrucción en el caño de
alimentación de un estúpido motor, pero el destino decidió
no asignarme una de esas naturalezas.
Así y todo, creo que mis sensaciones divagaban en ese tran-
ce, ya que mi mayor preocupación no consistía tanto en el
despedazamiento que sufriríamos al chocar en tierra, sino en
el enojo de mis padres al enterarse de lo que yo había hecho
a sus espaldas.
El avión descendió unos cientos de metros, pero en forma de
semicírculo. Ya ni pensaba que Ignacio podría estar dirigién-
dolo, sino que el aparato hacía lo que le venía en gana.
Ignacio, entretanto, volvió a asomarse, un poco más todavía,
esta vez. Tenía medio cuerpo afuera y tironeaba de ese caño
de goma de una manera que parecía que lo iba a arrancar en
cualquier momento.
Sin saber mucho (!) de ingeniería aeronáutica, tanto Horacio
como yo que no nos hacíamos ni señas, sabíamos lo suficiente
como para temer -y mucho- el desprendimiento de esa arteria
externa inundada de combustible.
Ignacio tironeó tres o cuatro veces más y luego recayó en su
asiento. Nos hizo todos esos tics -rituales del piloto kamikaze,
entendíamos ahora- y volvió a insistir con darle arranque al
motor. Éste carraspeó, tosió como un tuberculoso terminal y
cuando ya se aproximaban los techos de las casas al avión,
con un sonido horrible reinició una sucesión de grotescas imi-
taciones de un motor en funcionamiento. El pajarraco se con-
formó, al parecer, con eso porque dejó de perder altura y sua-
vizó el silbido de la picada, hasta convertirlo en un sonido de
los más agradables que he escuchado.
Ignacio trabajaba a destajo con los pocos elementos que ha-
bía a la vista: un par de pedales, un comando que parecía a
punto de soltarse del suelo y tres perillas sobre el tablero.
No tenía tiempo para decirnos "todo OK, vamos re-bien" y
toda esa sarta de cosas todavía, aunque se notaba que lucha-
ba por conseguirlo.
El aparato todavía se balanceaba mucho a derecha o izquier-
da, babor y estribor, o lo que sea, haciéndonos sentir los tri-
pulantes de un ser caprichoso y necio.
Así, con el motor no del todo convencido, dando a entender
con sus toscas señales sonoras que las piezas que lo compo-
nían no tocaban la misma música en ningún compás, logramos
avistar el aeródromo.
Yo quise pensar que ya estábamos a salvo. Que aunque se apa-
gase definitivamente la máquina, el resto del avión tendría los
conocimientos suficientes de navegación aérea como para re-
conocer su hogar y regresar a ella a salvo. Confundía la avio-
neta con un perro. El perro volviendo a su salva madriguera y
nosotros, sus cachorros, conducidos a la seguridad de un han-
gar.
Las toses intermitentes, sin embargo, hacían muy difícil man-
tener una ruta más o menos lineal hacia algún lado. Apuntá-
bamos -Ignacio era el que detentaba el comando, pero en ese
momento los tres piloteábamos como remeros desesperados
ante las cercanías de la catarata- y al momento ya no apuntá-
bamos nada.
Después de un buen rato, como al cuarto intento, parece que
los vientos se apiadaron de nosotros  y nos condujeron como
por una pendiente guiada. Es cierto que cuando golpeamos
tierra y por el impacto salieron despedidos los flaps del ala
derecha, ya nada nos importaba sino saber que aunque el
avión tardase 50 kilómetros en detenerse, estábamos mucho
más a salvo que antes.
Esta vez fue la corrida de un ñandú enloquecido... un ñandú
que ha hecho contacto con la tierra a una velocidad claramen-
te superior a la de sus patas, y que está luchando con el máxi-
mo de sus fuerzas para no volcar.
Pero las ruedas aguantaron y al girar un poco de costado la
avioneta, los fuertes vientos nos empezaron a frenar.
Horacio giró la cabeza hacia mí sin tener claro si debía fingir
que todo el asunto había carecido de peligro o si celebrar con-
migo que nos habíamos salvado por un pelo del desastre.
Después de un extenso traqueteo nos encontramos estacionan-
do el desvencijado vehículo frente al hangar y a la torre de
control. Ignacio sonreía indicándonos que el paseo había lle-
gado a su fin. Se sacó las antiparras como si fuese un pionero
de la aeronáutica y nos empezó a cargar con que si habíamos
tenido algo de miedo.
¡Extraña relación la de Ignacio con el miedo! Parecía no atri-
buirle la condición de indicador de peligro. Era como un ins-
trumento de su tablero: hacía rato que había dejado de funcio-
nar.
Supongo que Ignacio habrá pasado el mismo miedo que noso-
tros, pero obviamente no le daba el mismo significado. Al dar-
me cuenta de eso, le perdí un poco la rabia. Horacio no. Lo
miraba con una expresión torva, intentando inyectarle con la
mirada la noción de que el viaje no había sido lo que él espe-
raba -tal vez una excursión de la Luttwaffe sobre la campiña
francesa, ametrallando convoyes de avanzada.
Entretanto a Ignacio lo llamaban de la torre de control por
los altavoces. Lo llamaban en un tono que a otro le hubiese
hecho el efecto de una condena a perpetua. Pero parece que
todo esto era rutina para él. Nos despidió sin un ápice de
preocupación y, sacándose parte del viejo overol que cubría
su camisa, se dirigió al edificio.
Horacio y yo nos quedamos parados, sin saber si la condena
se extendería a nosotros, pero pronto salimos de nuestro es-
tupor y caminamos juntos hacia donde habíamos dejado las
bicicletas. Pedaleamos de vuelta sin decirnos casi nada. De
nuevo, mi mayor preocupación eran mis padres y mi faltazo
de casa. Al llegar a la esquina, Horacio me hizo un gesto que
podría significar tanto "nos vemos mañana" como "es un mi-
lagro estar vivos".
Años después me contaría que sufría de vértigo. En cuanto
a mí, me sirvió para comprobar qué cosa rara es el miedo:
nos domina por completo en ciertas circunstancias y nos
convierte en temerarios en otras, sin que se pueda elegir
cuáles.
Horacio y yo seguimos siendo amigos como siempre. Ni se
nos ocurría ya decir que estábamos aburridos un domingo.
Pero si volvimos a hablar de lo que sentimos ahí arriba
mientras el avión volaba con el alma apagada, en los días
siguientes, la verdad es que no lo recuerdo.

Ignacio se mató cinco meses después de ese vuelo, en la
misma avioneta, por supuesto, pero sobrevolando el Río de
la Plata. Supongo que no habrá sentido miedo, aunque iba
solo. Que habrá seguido batallando contra esa manguera con
su plena confianza hasta que se lo tragó el inmenso espejo
del agua.


                                        Algunos años después.
                                                     Cardo sigue volando, cada vez
                                                                     más alto.

viernes, 7 de enero de 2011

DOS MONÓLOGOS DE "LA SOCIEDAD HARSHÍ"

"La sociedad Harshí" es uno de esos libros que tal vez jamás
conozcan la luz. Es tanto un libro interminado como intermi-
nable. Se viene escribiendo, desescribiendo y reescribiendo
desde hace varios años. Está probablemente destinado a la in-
conclusión.Una cosa segura es que en algún momento llegará
a la interrupción.
Alguien podría asociarlo al libro que Joe Gould escribía o
parecía escribir en Nueva York durante décadas, una "Histo-
ria oral de nuestro tiempo" que incluso Pound y Cummings co-
mentaban mientras esperaban su aparición. Joseph Mitchell,
en "El secreto de Joe Gould", cuenta la historia de ese hombre,
descendiente de una familia tradicional del noreste americano
que se convirtió en homeless después de graduarse en Harvard.
Y devela su secreto.
Pero dicha asociación sólo se sostiene en la aparente seme-
janza entre dos libros que nadie ha visto todavía y cuya exis-
tencia supuesta es razón de fe. Ni Pound ni nadie más está esperando ni anunciando la aparición con vida de "La socie-
dad Harshí".


De "La sociedad Harshí" he extraído dos monólogos. El pri-
mero pertenece a uno de los protagonistas de esa historia que
transcurre en un gran manicomio. Un grupo de psiquiatras-
científicos ha tomado comando del hospicio y, aparatología
mediante, extrae la locura residual de los pacientes, con fines
oscuros. Un médico que hace varios años que ha dejado de
trabajar allí es llamado por un par de colegas preocupados (y
tal vez amenazados) por las actividades de los nuevos directi-
vos del hospital. El secreto "familiar" de la institución es la
quema de un servicio, hace una década, en la que un paciente
chino había comenzado a 'activar' poéticamente a sus compa-
ñeros de pabellón. El grave incidente nunca fue investigado y
no son pocas las relaciones entre los acontecimientos actuales
y la desaparición del chino y de sus discípulos.
El segundo monólogo es de un paciente no identificado, que
habla desde atrás de una suerte de carpa que se ha montado
en su sala, impidiendo su visión. Como tantas otras cosas que
suceden en los manicomios, ésta no tiene explicación oficial,
limitándose a mantener una disposición de larga data.

1.  El relato de DUFRÓN

Los corredores, de noche, están vacíos. El silencio parece
recorrer las tuberías de pasillos del Hospital como una tromba
contínua. Sentados en la guardia, comiendo lo que Dufrón ha
cocinado para los dos, hablamos.


Me dijo: "Una sola vez estuve en la misma habitación con mi
padre. Lo único que alguna vez me habían dicho de él era que
se trataba de un hombre muy... extraordinariamente pensativo.
Siempre estaba pensativo, me dijeron. Me explicaron que mi
padre hacía casi 30 años que no hablaba y cuando coaguló en
mi cabeza que durante ese tiempo me había engendrado a mí,
sentí un horror que puedo recordar con todo el cuerpo con sólo
nombrarlo. Aunque era un horror sin nombre, seguramente.
Hasta ese día yo no había visto a mi padre. Ni una foto, nada.
Él se había ido - o la familia de mi madre lo había echado- y no
había dado ninguna señal de vida desde entonces.
¿Le dije que mi madre murió cuando yo tenía 4 años? Lo que
recuerdo de ella es más lo que me contaron que lo que ví. Igual
hay mucha confusión. La ida de mi padre, la muerte de mi ma-
dre. Mis abuelos maternos odiaban a mi padre, pero nunca pu-
de saber si eso fue lo que lo alejó de nosotros (mi hermano y
yo) ni porqué lo odiaban tanto.
Cuando entré a la habitación en la que estaba mi padre, una
impresión rara se agregó a la agitación que yo llevaba desde al-
gunos días atrás, desde que me anunciaron el encuentro. El
cuarto en el que estaba aquel que era mi padre contenía una
gran cantidad de muebles, sin poder distinguirse aquellos que
pertenecían a la habitación de aquellos que estaban en depósito
allí o simplemente amontonados. Una luz amarillenta provenía
de dos lámparas, aunque juraría que esto sucedió en pleno día.
Me parece que no había ventanas, o que estaban cubiertas por
el abigarrado de muebles de toda clase: cómodas, roperos, me-
sitas, escritorios, baúles, alacenas, sillones. En doble o triple fi-
la. Unos encima de otros. Y parecían muebles de buenas ma-
deras y finas tapicerías. Muebles antiguos. Muy cerca mío,
eso sí lo recuerdo bien, había una estatua de madera un tanto
más alta que yo. ¿Ha notado usted algo particular en mi estatu-
ra? He oído los comentarios. ¿Usted diría...? Tiene razón, prosi-
go mi relato...
La estatua, oriental, de una madera muy seca y que parecía
apolillada a propósito, representaba a un hombre-pez. Yo sólo
había visto o leído pinturas y películas en las que aparecían
mujeres-pez, llamadas... ¡si-re-nas! Sirenas que cantan, o algo
así. En este caso lo que más llamaba mi atención era que tanto
el cuerpo como la cabeza eran en parte de un pez y en parte
humanos. Y la expresión de su cara: era de sorpresa, como si
la persona recién se estuviese dando cuenta de que era en gran
medida un pez o como si un pez se supiera, además, persona.
Mi padre estaba sentado a la sombra de esa estatua, dando a
entender que habría alguna continuidad entre la presencia del
hombre-pez y la del padre. Sólo que él estaba tan inmóvil que
costaba distinguirlo de los demás objetos. Mis ojos barrieron en forma horizontal cuanto se encontraba enfrente mío, dos, tres
veces. Hice ese movimiento llevado por las incontrolables emo-
ciones que me paralizaban en presencia de ese hombre tan
quieto como cualquiera de los muebles. Mi cara se había con-
vertido en un faro sin pensamiento, en una luz que corre.
Pero al pasar mi mirada por la cara inmóvil de mi padre sufrí
un terrible sobresalto. ¡Porque mi padre había pestañeado y
ahora me miraba! Me miraba con una mirada que no podía te-
ner fondo, la mirada de alguien que desde hacía casi 30 años
no pronunciaba una palabra. Estaba tan llena de vacío esa mi-
rada que no puedo decir que intentaba conocerme, o verme si-
quiera. Decía demasiado y nada al mismo tiempo. Todo lo que
sabía, todo lo que había vivido y pensado en su vida extraña,
y también la nada de todo eso, la ausencia más intensa que
pueda existir.
Tal vez se había convertido en nadie. Yo siempre lo había
sido.
No podría decir que yo fuese un desconocido para él, pero sí
para mí mismo. Mi padre me miraba desde ningún lado, para
decir nada, para pedir nada, a nadie. Y nadie venía a ser yo.

Al conducirme a la habitación en la que se encontraba mi pa-
dre, un hombre bastante siniestro, que podía ser tanto su sir-
viente como su amo, le dijo a mi inmóvil padre al entrar: "Sr.
OLGMAN, su hijo Tobías". Pegué un respingo. Estuve a pun-
to de contestar, airado, a ambos. "¡No me llamo Tobías!". Pe-
ro de inmediato pensé, no sé porqué, que tal vez Tobías era el
nombre que mi padre me había puesto. Tal vez ése era mi
nombre real y el otro, el que siempre había llevado, aquel
nombre que, unido a mi imagen en el espejo, me habían hecho
creer que yo era ése, era falso. Un nombre falso dado por mis abuelos maternos nada más que para alejar cualquier rastro de
mi padre de mi historia y de mi identidad. ¿Un nombre falso y
un falso apellido? Nunca había sentido pronunciar el apellido Olgman. Y enseguida pensé que podría ser una forma de man-
tener oculta la verdadera identidad de mi padre. Y quedé flo-
tando entre desafiar la impostura que se había armado para mí
o cuidar el secreto de mi padre, cuyo sosías podía estar escudándolo. La duda, como se imaginará, era un verdadero
baño de furia, Dr., pero me controlé, quién sabe cuánto me
habrá costado y en qué moneda, pero lo hice, Dr.,  aún  dándome cuenta de que a partir de ese momento jamás podría
estar seguro ni del apellido de mi padre ni del propio.
El supuesto mayordomo lo había pronunciado con cierto esme-
ro. Como dando por sentado que a mi padre le gustaría que se
pronunciase  con ese respeto excesivo su apellido. Especial-
mente, parecía insinuar con su actitud el mayordomo, delante
mío.
"Mi nombre es Óscar", me dijo con una expresión casi diabóli-
ca al salir del cuarto. "Llámeme cuando quiera que lo acompa-
ñe a la puerta". Y ese hombre diabólico sabía todo, lo percibí
de inmediato. Y además, quería que yo supiese eso.
Estaba agrupando en mi mente estos hechos desconcertantes
-ÓSCAR, OLGMAN- cuando reparé en que mi padre ya no me
miraba. Su expresión permanecía inmutable. Podía estar escru-tando las cosas, incluyéndome, hasta el menor detalle, o bien
tener la mente ciega y la mirada muerta. No tenía dónde sentar-
me: los sillones estaban cubiertos de cuadros, cajones de vajilla,
lámparas y otros objetos. La única cama estaba cubierta de tal
cantidad de cosas que enseguida pensé que era imposible que
mi padre la hubiese usado en mucho tiempo.
Asi que me quedé parado ahí, no sé cuánto tiempo. Ya nada
me interesaba, desde que se apagase la mirada de mi padre.
Estábamos rodeados de un tiempo infinito y a pesar de eso,
yo sabía que mi padre no iba a volver a mirarme.
Al rato apareció Óscar, adivinándolo todo -se nota que conocía
muy bien los silencios de la habitación en la que se encontraba
mi padre- y con un gesto me preguntó si ya querría retirarme.
No estoy seguro de si su gesto insinuaba una orden. Pero mien-
tras me acompañaba a la salida -del resto de ese lugar tengo re-
cuerdos tan vagos que no los llamaría recuerdos- me dijo: "su
padre es un hombre de una fortaleza admirable", al tiempo que
sonreía con ambigüedad.
En ese momento me dí cuenta de que Óscar era un impostor.
En ese momento mi cabeza comenzó a girar por dentro, mis
pensamientos corrieron a sus lugares, comencé a relacionar
todo de una manera vertiginosa. Porque en realidad eran varios
cursos de pensamiento los que seguía. Pensé que Óscar era un
impostor, que su verdadera función era ser el carcelero de mi
padre. Que toda esa farsa de mi visita estaba montada para hu-
millarnos a ambos. También empecé a pensar, con la misma
certidumbre, que Óscar era un emisario de mi padre. Que mi
padre era un señor muy poderoso de la región, que prefería mantenerse incógnito, como todos aquellos que teniendo mu-
cho poder quieren aislarse de sus posibles enemigos. Y, al
mismo tiempo, y con la misma fuerza, empecé a darme cuen-
ta de que tanto el lugar como los dos personajes eran un mon-
taje y de que ni mi padre era mi padre, ni Óscar era Óscar, ni Olgman existía siquiera.
Que el apellido de mi padre y por tanto el mío, no era Olgman,
ni ningún otro. Que mis nombres eran un juego de los adultos
a quienes mi vida, mi vida biológica, había sido confiada. Eso
que he oído llamar "la existencia". ¿Escucha Ud., doctor, la 
tremenda ambigüedad de esa palabra?
Tal vez mi padre haya cumplido una misión para su Señor y
haya fracasado. El Señor le exigió a mi padre un autocastigo.
Mi padre decidió sacrificar el habla, ya que a través del habla,
él se había ofrecido para una tarea que luego no supo cumplir.
Pero se dió cuenta de que el Señor seguía molesto con él y en-
tonces mi padre abdicó de su familia. Más tarde de su pueblo,
y, por fin, de su mismo apellido. Un gran exilio. El heredero
del fallecido Señor, no conmuta su pena y lo destina a un depó-
sito, lo obliga a ser un objeto más entre los objetos sin uso del
antiguo Señor. Poco antes de morir mi padre, le dispensan la
posibilidad de verme, pero le prohíben dirigirme la palabra.
Mi padre, entonces, ni asiente ni se niega. ¿Está vencido? Ha
cumplido la pena del silencio y del exilio. ¿Ha triunfado, enton-
ces?
Óscar, el impostor, me ha dicho que mi padre es admirable-
mente fuerte, pero lo ha dicho con cierta sorna.
De pronto, doctor, sí, de pronto, reparé en que Óscar era el 
nombre que me habían dado mis abuelos maternos. ¡¿Cómo 
no lo había recordado antes?! Yo era Óscar y por eso el otro 
era un impostor. Una nueva furia, una furia líquida y helada,
una furia que yo nunca había conocido y cuya fuerza excedía 
las absurdas fuerzas de mi razón, se apoderó de todo lo mío. 
Ya nada se podía remediar.
Hasta entonces, doctor, la caja de mi cabeza estaba llena de 
filas de cuchillos afilados, yo siempre lo había sabido. Pero 
desde ese momento, los cuchillos, entrecruzándose, entrando 
en un desorden perpetuo, impidiéndose unos a otros el menor acomodamiento, la posibilidad de ser tomados por el toma-pensamientos, esa mano que ya no podía entrar en el cajón 
de mi cabeza sin ser mutilada...
He visto varias veces al falso Óscar rondando por acá, doc-
tor. Es sagaz. Pasa como una luz por un pasillo justo cuando 
yo me distraigo. Cuando percibo que alguien se mueve con 
esa sagacidad, con ese mal disimulado disimulo, lo reconoz-
co de inmediato.
E imagino con horror su sonrisa sarcástica.
Durante un tiempo -alguien insinuó que podía ser un efecto de
los remedios que me daban- me tranquilizaba un pensamiento:
creí que lo enviaba mi padre, que mi padre velaba por mí.
¡Todavía insistía en creer! Después me dí cuenta de mi error.
Sé para qué viene Óscar, pero también sé que no debo decír-
selo, doctor. Que no debo decírselo a nadie. De eso depende 
la misérrima seguridad que me queda."





2. Monólogo del desconocido

"¿Le conté que el mismísimo Edimarco me mandó encerrar en
la Torre de Londres? ¿Que allí encontré, abandonado, por algún
otro desgraciado como yo, la obra de John Locke? ¿Que comen-
cé a leerla pero que pronto comprendí que el libro estaba escrito
en clave y que para desentrañar su código, debía ser leído al
revés? Debí hacerlo 2 veces, porque 1° 'al revés' significaba 'de
atrás para adelante' y la 2° con el libro cabeza abajo.
A la muerte de Edimarco, Edimarco el Poderoso, que reinó sólo
6 años, es cierto, pero vivió más de 70, el que dijo "durante los
años de mi reinado no vivía, reinaba", el que reinó sin culpa, ma-
tó sin temor, el que dijo "Dios haría lo mismo", ése. A la muerte
de Edimarco fui liberado, pero había perdido lamentablemente
el dominio de mis piernas y ya no podría caminar. Lo lamenté,
claro, pero me mandé hacer un carrito y con un par de manoplas
de gruesa madera dura, me las arreglo para andar por la ciudad.
Detesto, eso sí, el empedrado. Más de una vez los caballos de 
la ciudad saltaron sobre mí en mi carrito, creyendo que se tra-
taba de un obstáculo hípico.
Yo había estudiado el caballo griego, pero desconocía estas
otras especies, que tenían algo más nórdico.
Por otra parte, era evidente que intentaban burlarse de mí.
Por eso es que cuando cobré una notable herencia de un tío
que murió en la epidemia de tifus en Macao, me compré un estornino, que es un pájaro cuyo graznido enloquece de páni-
co a los equinos de cualquier raza. Tardé un par de años en
entrenarlo, porque justamente en ese tiempo aparecieron es-
casos caballos en mi camino, como suele suceder y el estor-
nino, habiéndome costado una fortuna, era pardo y no negro,
que son los realmente buenos. Al fin mi pájaro estaba listo y
me dirigí a un grupo de ejemplares muy finos que se prepara-
ban, dotados de vistosos jinetes, ya sea para un desfile o para
una cacería.
 El estornino hizo todo lo que pudo. No era de los mejores, 
pero sustituía calidad con cantidad. Al cabo de un rato no lo-
gró transmitir el pánico entre esos animales, pero sí un alto 
grado de inquietud, que generó actitudes graciosas en los ji-
netes. Los caballos, diré, empezaron a desbocarse y a correr 
en todas las direcciones y continuaron haciéndolo hasta don-
de mi visión -acotada por la altura del carrito- permitía se-
guirlos.
 Me dí por conforme, pero de a poco el estornino comenzó a
convertirse en una carga. Requería alimento varias veces por
día y exigía, según pude detectar por sus insistentes graznidos,
una dieta variada. Es conocida la tosudez del reclamo estorni-
no. Su chillido pronto se enrosca en las curvas del oído como hiedras en los muros. Para colmo, logra atraer la compañía de
varios caprichosos de otras especies, por lo que mis paseos se convirtieron de un día para el otro en una pesadilla. Mi carrito
era sobrevolado por decenas de aves chillonas, por lo que debí encarar el camino costero que conduce a Edimburgo.
Hice noche en una posada cercana a Blyth,  y fue como si el
destino quisiera por fin darme una mano. En la posada conocí
un hindú que era discípulo directo de Vivekananda, que en
ese momento -según me aseguró se trataba de algo absoluta-
mente inusual- se encontraba algo corto de divisas, razón por
la cual podaba los cercos y mantenía prolijo el jardín de la
posada de Mrs. Sumatra a cambio de, decía él, magras por-
ciones de arroz con algunas gotas de curry.
La cuestión de fondo: el hindú, que se llamaba Rajiv Abbini-
thayya (si es que en medio del estruendo de los pájaros le en-
tendí bien), conocía el problema de los estorninos y también
la solución del mismo.
No podía creer la suerte que había tenido. El delgadísimo Ra-
jiv extrajo del bolsillo de su longyi (yo desconocía hasta ese
momento que esa prenda tuviera bolsillos) un bello silbato de
madera pintado de rojo con delicadas líneas blancas y negras.
El silbato, que se veía antiquísimo, soplado por los ínfimos la-
bios del hindú, emitió un quejido apenas audible que parecía
deberse a una falla del instrumento. Pero no fue así, porque
inmediatamente pude comprobar sus efectos. El silbato logró
atraer a una enorme cantidad de aves de las más variadas
especies: palomas, gorriones, patos y ruiseñores, mirlos y ga-
viotas comenzaron a volar en círculos sobre nuestras cabezas. Pensé que la situación había empeorado en lugar de mejorar,
pero el delgadísimo discípulo del Swami me hizo notar la pre-
sencia de un gran número de aves de presa, atraídas e irrita-
das por el sonido de la flauta, que se lanzaron al ataque.
Fue una tarde cruenta, debo decirlo, porque la lucha aérea pa-
recía interminable. Porque si bien las aves depredadoras derri-
baban inocentes enemigas en proporciones notables, el número
de las aves no cesaba de crecer, produciéndose una dantesca
situación en los cielos de la posada.
Tal vez todo hubiese terminado mal, ya que Rajiv seguía tocan-
do su flauta como un poseso y me llevó un buen rato desarmar-
lo, antes de lo cual había logrado atraer a muchos más pájaros
de todas clases, aumentando la carnicería aérea.
Y hubiese terminado mal de no haber sido por la llegada de los
cazadores. Éstos venían disfrazados con ridículos uniformes de
caza, pero estaban provistos de nada ridículas escopetas de re-
petición. Se instalaron en nuestra terracita, haciéndonos impo-
sible la retirada, mía o del hindú, que estaba francamente ate-
rrado. Pronto empezó el cañoneo, que duró por lo menos un
par de horas, ya que el número de aves que nos sobrevolaba
era enorme.
Fue, lo puedo decir ahora, una verdadera masacre, la mayor
que yo haya presenciado y eso que estuve en varios frentes
de guerra, incluyendo el de Verdún.
El piso de madera de la terraza, al igual que el jardín y los te-
chos de la posada de la Sra. Sumatra, así como las casas ve-
cinas, estaban cubiertos de restos de pájaros destrozados. Ha-
bía plumas, vísceras y sangre por todas partes.
 Rajiv lloraba, mientras que los cazadores vivían un jolgorio
extraordinario. ¿Qué me pasaba  a mí? Algo intermedio: no
podía compartir las expresiones de los tiradores, que asegura-
ban que había sido la mejor jornada de caza de sus vidas, por
la cantidad y variedad de especies derribada, pero me sentía
libre de la persecución de los estorninos. De hecho, intenté encontrar al mío entre los cadáveres, pero no me fue posible identificarlo. El hindú se dio a la fuga y pronto supe porqué:
la furiosa Sra. Sumatra se dirigió a mi con una expresión de locura que jamás hubiese esperado de una dama. Me ordenó
pagar los daños y retirarme, cosa que hice con los restos de
la herencia de mi tío de Macao y cuando logré que me abrie-
ran paso para el carrito que para entonces dominaba con 
una soltura tal que podía subir o bajar escaleras sin esforzar-
me. Sin embargo debo decir que las costas escocesas son
sumamente escarpadas y hay una cantidad incontable de acantilados, una coincidencia muy inconveniente para al-
guien que se desplaza sobre un pequeño vehículo con rue-
das, dado que las ruedas tienen verdadera e insana pasión
por las bajadas, así como tienen aversión por las subidas.
En esos terraplenes la cosa fue tomando una velocidad
alarmante y luego de atropellar sin querer a un par de ci-
clistas, que, me veo obligado a decirlo, no deberían aven-
turarse tan cerca de los riscos, me encontré en un sendero
que descendía en ángulo de 45° hacia los acantilados mari-
nos. Durante un tiempo que pareció brevísimo e intermina-
ble, estuve piloteando mi carrito como pude, siempre al bor-
de del fin, tocando a izquierda y derecha con mis manos-de
-taco, hasta que se hizo evidente que el sendero, ahora pe-
dregoso, se dirigía sin más trámite al mar...

He estado no hace tanto en un museo de Rotterdam en el que
se conservan los objetos de Johan IV, también llamado el 
Zurdo, el Absurdo, el Príncipe y el Idiota. Me asombró la 
cantidad de efectos personales de Johan IV que habían sido
conservados durante cuando menos 300 años. Los juguetes
de su infancia, su cuna, la colección de trompos, sus útiles escolares, sus libros, sus tazas y zapatos, sus pipas, sus li-
bros, todo, todo lo que había poseído Johan IV el Príncipe
Idiota estaba guardado con gran esmero en esas tres salas
del museo. Y quiero decir todo, su cama, su ropa, sus esca-
sas herramientas, sus cartas, sus pañuelos, su colección de
barquitos de baño. Una serie de carteles explica a los visi-
tantes del Museo la conjunción de circunstancias favora-
bles que permitieron conservar desde el primero al último
de los objetos del Príncipe.
Sin embargo, yo no pude evitar de ninguna manera sus-
traer al menos un objeto de la muestra, uno cualquiera,
en este caso, ¿porqué no mejor dos? sustraje un peine y
un espejo. No soporté la idea de que todos los objetos
estuviesen allí para siempre.
Ahora estoy muy aliviado por haberlo hecho, ya que de
sólo pensar que todos esos objetos podrían infaliblemente
estar todavía en el Museo... En realidad ahora estoy seguro
de que no necesito regresar a ese lugar.
Me pregunto si a los demás visitantes no les ocurrirá lo mis-
mo que a mí.
Lo digo así, porque me surge y me urge decirlo. Hace ya un
buen tiempo que me dejo guiar por esa especie de brújula
alocada que se ha despertado en mi interior. ¡Mi interior!
[Se exalta] ¡Como si mi interior me perteneciera! Esa brú-
jula tampoco me pertenece, así como los objetos del Museo
ya no le pertenecen a Johan, el Zurdo Idiota. Yo he deci-
dido pertenecerle a ella. Lo que tenemos para perder es
todo lo que tenemos. O lo único que tenemos.
De manera que a partir de haber perdido mi libertad -¿a
quién se la habrá dado o vendido Edimarco?- comprendí que
debía seguir perdiendo cosas en orden de poder seguir ade-
lante. Mis piernas, claro, y lo demás. Como un globo aeros-
tático que arroja lastre para mantenerse volando- sólo que
en mi caso parece que hubiera una cantidad inagotable de
lastre. A veces pienso si las cosas sucederán por alguna ra-
zón. Pero muy pronto me deshago de ese estúpido pensa-
miento que me asola desde la infancia. ¡Alguna razón,
alguna razón! ¿Cómo puede alguien creer tal cosa?"


lunes, 3 de enero de 2011

POEMAS DEL SÁNSCRITO

Cuando hablamos de la poesía sánscrita clásica, nos referi-
mos a la poesía -lo que los hindúes llaman kavya- escrita en
el Período Clásico, entre 300 y 1200 d.C. La palabra 'Sáns-
crito' significaba originalmente "refinado" o "perfeccionado",
porque eso es lo que le sucedió a la lengua que se hablaba
en el Norte de la India, a partir del 500 a.C. Los grandes gra-
máticos (sí, con "g" y no con "d"), especialmente Panini (¿s.
IV a.C.?) y Patanjali (s. II a.C.) establecieron las reglas de
esta lengua, que en ese sentido (el gramático) no han sufrido
cambio alguno desde entonces.
Han existido numerosas antologías de la Época Clásica, com-
piladas a partir del siglo XI. Las más conocidas son:
Subhasita-ratna-kosa "Un tesoro de finos versos" (s. XI)
Subhasitavali "Un collar de finos versos" (s.XII)
y Padhati  "Manual" o "Antología" (s.XIV)

La palabra sánscrita para esta clase de versos es, como
puede verse, subhasita, literalmente, "aquello que está bien
dicho". En otras palabras, que contiene mérito literario.
No todo lo que en sánscrito se denomina kavya es en verdad
poético. Abundan los versos didácticos, relacionados con la
filosofía, el ritual y hasta la medicina y la astronomía.

El sánscrito es una lengua muy inflectiva. Más elaboradamente
inflectiva que el latín o el griego. Esa característica produce
infinitas variaciones del orden de las palabras, sin afectar el
sentido. Otro rasgo: el sánscrito produce palabras compuestas,
como ésas que aparecen en el alemán y, en menor medida, en
el inglés. La oración se  puede tornar monolítica.
El sánscrito es una lengua que se puede considerar 'artificial'.
Lo es en el mismo sentido que el latín medieval, como lenguas
segundas, aprendidas después de una lengua natural, de acuer-
do a las reglas. Quiere decir que sólo aquellos hindúes que per-
tenecían al sacerdocio o a la nobleza o que se dedicaban a
ciertos estudios (médicos, astrológicos) accedían a aprender
el sánscrito.
Finalmente diremos, en esta brevísima introducción, que el
rasgo principal del sánscrito es su inmenso vocabulario. La
cantidad de sinónimos es interminable. Eso hace que la
distinción entre palabras poéticas y palabras factuales no
siempre sea sostenible. De ahí el comentario de Cioran:
"El día en que leí la lista de casi todas las palabras de que
dispone el sánscrito para designar lo absoluto, comprendí
que me había equivocado de camino, de país y de idioma."

Hay un término sánscrito, sobre el que René Daumal escri-
bió un bello librito, que es rasa. Algunos dicen que es el
término que nosotros permutaríamos por "poética", pero
hay quienes creen que debe traducirse como "estado de
ánimo". Los hindúes que han pensado en la poética, están
divididos entre aquellos que creen que los "estados de ánimo"
constituyen el alma de la poesía y aquellos que piensan que
ese efecto lo produce sobre todo la "sugestión". Los hindúes
han caracterizado 9 "estados de ánimo" (algunos los llaman
también "sentimientos") básicos, que a su vez tienen infinitas
ramificaciones. Aún siendo de origen un 'hindú' del sur (nació
en Sri Lanka), Michael Ondaatje -sus padres eran de origen
holandés- ha dedicado toda una sección de su notable libro
de poemas titulado "Escrito a mano" a  'Los nueve sentimien-
tos'. Daré dos ejemplos solamente: sambhoga-srngara o el-
amor-disfrutado y vipralamba-srngara o el-amor-en separa-
ción.

Una sola cosa más, antes de pasar a los poemas: sólo en algunos pocos casos es posible adscribir fechas a los autores. En su gran
mayoría son una parte del río de las Antologías, apenas distin-
guidos de los otros por un nombre.

***

Deja que mis ojos, temblando,
se aparten cuando él me vea;
deja que el pobre cinto caiga
y el corpiño se rompa por el palpitar de mi pecho.
Aún así, no he de volver a hablarle
a mi prometido que es falso;
esto es, salvo que mi corazón
estallase dentro mío a causa de mi silencio.

AMARÜKA

Este es el país de los Vindhyas,
con sus varas de bambú verdes como las alas de los loros
y sus árboles rotos por los colmillos de elefantes jugando;
donde en las enramadas junto a los arroyos
el viento dispersa las gotas de sudor
reunidas en las mejillas de las jóvenes de las montañas
que se ejercitan en el amor.

DAKSA

Una vez más está turbada, luego vuelve a reir;
Está cansada, luego vuelve a ocuparse de lo que hacía.
Con un adorno en la frente mojada de transpiración
Y rulos del pelo cayendo más allá de las cejas,
¡Qué atractivo es su rostro cuando cambia de papel en el amor!

SURABHI


Después de la lluvia surge una suave brisa
mientras que el cielo se encuentra cubierto de nubes;
uno ve el horizonte de pronto en un destello del relámpago:
la luna, las estrellas y los planetas dormidos;
un impetuosa escencia brota de las kadambas mojadas de lluvia
y el sonido de los sapos se extiende en la total oscuridad.
¿Cómo puede el amante solitario atravesar estas noches?

YOGESVARA (700-800 d.C.)


Cien veces se besan, y luego
Mil veces se abrazan,
Y se detienen sólo para recomenzar:
Y no hay tautología en ese caso.

BHARTRHARI (400 d.C.)


Rápido, en secreto,
Protegiendo a la muchacha
Cuyo amante ha abandonado,
Los amigos
Recortan los capullos
que van apareciendo
en el jardín.

RAJASHHEKHARA


Tan sólo
Las turgentes aguas
Del río Godavari
Y las noches y
Medianoches de lluvia
Han visto
Su buena suerte
Y mi poco femenino
Atrevimiento.

MAKARADHAVAJA


Un pellizco de sueño,
La invención de un prestidigitador,
Hacerle el amor a ella
Dura el pestañeo de un instante,
Después, desilusión.
Cien veces
Me digo esto a mí mismo
Pero aún así no logro olvidar
Esos ojos de antílope.

DHARMAKIRTI (700 d.C.)


Mi amada, si tú me amas verdaderamente,
¿Para qué me sirven los goces del cielo?
Pero si tú no me amas verdaderamente,
¿Para qué me sirven los goces del cielo?

SUDRAKA


Por la mañana sus amigas
le exigen detalles
de la noche anterior.
Ella desvía el rostro-
un capullo sin abrir no da perfume.
Pero mientras ornamentan
sus pechos con trazos
de almizcle y azafrán,
temblores involuntarios
exponen los inadvertidos arañazos.

MURARI (800-900 d.C.)


"Recuérdame",
pero es algo que no puedo hacer:
el corazón que debiera recordarte
se va contigo.

BHARTRHARI (400 d.C.)


La lluvia sesga contínua
a través del bosque de palmeras
Ceñido por la noche.
Ocultos por inmensas frondas
Los elefantes
Con los ojos a medias abiertos,
Con las trompas izadas sobre la punta de sus colmillos
Escuchan el initerrumpido
Aguacero.

HASTIPAKA


Llorando
Ella apila
Las últimas flores
De madhuka-
Duele mirarlas-
Como si
recogiera huesos
De la tierra incendiada.

SHRIBALA


El oro de la poesía
Se funde y refina
El habla de
Los hombres irreflexivos.
Vayamos
alegremente entre ellos
Con mente serena.

VARAHAMIHIRA


Vírgenes ojos de gacela, difíciles de hallar,
Caballos de noble linaje,
Y parásitos que desoyen
Palabras de desprecio, y bardos para cantar
Su miserable alabanza: a todos estos un rey
Compra costosamente, y vacía su tesoro.

YASOVARMAN


Nubes oscuras
Montan las direcciones,
El cielo parece arrojado
Con llama y vapor.
La tierra oscura
Empuja flores blancas
Fuera del enredado pasto.
Tiempo de
Estar juntos,
Hablar, comer, hacer el amor.
Aquella cuyo amante
La ha dejado
Va al pabellón
De la Muerte.

VIDYA


El año pasado y cada
Año antes,
El canto de los pájaros y el aroma del viento
Descendían volando desde las
Colinas kerala.
Pero inquieto, dsencajado,
Mis talentos, amigo,
Jamás han estado
Tan distraídos como este año.

UTPALARAJA


Los críticos se burlan
De mi trabajo
Y declaran su desdén.
Sin duda poseen
Su propio pequeño saber.
Nada escribo para ellos.
Pero a causa de que el tiempo
Es interminable y nuestro planeta
Vasto, escribo estos
Poemas para una persona
Que nacerá un día
Con mi clase de corazón.

BHAVABHUTI (725 d.C.)


El destino es un cruel
Y experto alfarero,
Amigo mío. Torneando
Enérgicamente el disco
De la ansiedad, alza la desdicha
Como una herramienta cortante.
Ahora, habiendo amasado mi corazón
Como un bollo de arcilla,
Lo coloca sobre su
Disco y lo hace girar.
Lo que intenta lograr
No lo sé.

VIDYA

BIBLIOGRAFÍA (DEL INGLÉS)
Daniel INGALLS: Sanskrit Poetry from Vidyakara's Treasury , Harvard Univ. Press, 1965.
Andrew SCHELLING: Droping the Bow. Poems from Ancient India. Broken Moon Press, 1991.
John BROUGH: Poems from the Sanskrit. Penguin Books, 1968.
W.S. MERWIN/ J. MOUSSAIEFF MASSON: The Peacock's Egg. Love Poems from Ancient India. North Point Press, 1981.
Barbara S. MILLER: Bhartrihari: Poems. Columbia Univ. Press, 1967.
Rene DAUMAL. Rasa. New Directions, 1982.