jueves, 14 de abril de 2016

OTROS DOS FRAGMENTOS DE LA CARTA DE SARDÍS

   "... se había transfigurado en una palabra inhallable en muchos
idiomas, entre los cuales el punjab no era la excepción; esa pa-
labra que señala al arrepentimordimiento, una condensación
del momento de pasaje en el que el arrepentirse se va transfor-
mando en remorderse..."

 "la medianamente breve permanencia en esa caballeriza trajo
a mi mente ineludibles asociaciones, en especial al pasar por
una salita que hasta entonces no había notado, y que seguía a
la de las monturas y demás correas y herrajes, justo antes del 
doble portón de salida de ese lugar, en la que se guardaba el
forraje. Había allí unos colchones de paja cuyo olor, por razo-
nes que no podría de ninguna manera explicar, me recordaron 
el relato de un conocido de mi padre, que venía cada dos o tres 
años a visitarlo, un hombre bastante áspero, que parecía recha-
zar a los chicos como nosotros, llamado Miklos S., que un día 
que no olvidaré, y también por motivos que desconozco, pero 
que en este caso al parecer tenían que ver con una desgracia 
muy grande que había sufrido recientemente, le contó a mi pa-
dre, con tal intensidad que ni siquiera percibió ni le interesaba percibir nuestra presencia, que cuando fueron prisioneros de 
los alemanes, y debido a los avatares de la guerra, estaban to-
dos, cautivos y soldados alojados en un establo abandonado, 
en el que quedaban unos pocos animales vivos, y que una no-
che de tormenta vio cómo el capitán de las S.S. a cargo del lu-
gar, en una crisis de furia alcohólica, sus fuerzas totalmente 
fuera de control -dijo, porque no hablaba tan bien el castellano, "descarrilantes"- mató a un caballo que saltaba y relinchaba en 
el patio, aparentemente aterrado por la tormenta, golpeándolo 
con una gran pala en la cabeza. 
Tuvo que hacerlo muchas veces, dijo, porque el animal era 
extraordinariamente fuerte, o porque el grado de terror que lo
embargaba lo hacía más resistente a cualquier cosa real. Ese capitán, dijo Miklos con cierta vibración de la voz, estaba
'hienajenado'.  Y, agregó, al día siguiente, porque eso había 
ocurrido al inicio de la noche, "en lo más joven de la noche", iluminada por los relámpagos solamente, por lo que la escena 
había quedado entrecortada en su mente, dijo que al día sigui-
ente debieron alzar entre varios prisioneros el cadáver de esa 
bestia inocente, para transportarla con una primitiva carretilla 
de maderos hasta un depósito helado en el que apenas cabía el
cuerpo muerto entre otros ya congelados, convertidos en
una masa de carne petrificada y de hielo... vacas, perros
y algunos animales silvestres de la región.
 Nunca supo, agregó Miklos S., por otra parte, qué uso, si
alguno, se le daba a esos cadáveres acumulados, o si acaso
sólo se trataba de sumar locura a la locura y terror al páni-
co y para poner a prueba los límites del continente mental,
porque, agregó, muchas veces se había preguntado -y era
evidente que esa pregunta había regresado a él con toda su
fuerza- cuánta era la capacidad de dolor de una mente, antes
de ceder, estallar o hacerse pedazos.
 Muchos años después oí algo en una conversación cercana,
que me hizo pensar desde otro lado en lo que había dicho
Miklos S.: "es querer saber qué hay en el fondo de la razón".
 Locura "acérrima", dijo aquel hombre transfigurado a mi in-
móvil padre, en el borde de saber muy bien y no saber del to-
do lo que significaba esa palabra, como tantas veces ocurre 
cuando pescamos una palabra como la que mejor sirve para 
describir lo casi indescriptible, sea la cosa en sí una monstruo-
sidad o de la naturaleza más delicada que se pueda pensar. Lo-
cura acérrima, hasta el punto de no diferenciarse en ese aspec-
to prisioneros de carceleros, frente al acto de violencia del comandante de nuestro establo-refugio-prisión, ya que tanto 
el frío como la extensión de las matanzas habían generado en 
todos nosotros una verdadera imposibilidad de vislumbrar una 
salida posible a lo inmenso de la crueldad, de la masacre, para 
unos y para otros, era algo que exigía atravesar todas las barre-
ras que hubieran existido, tanto para preservar el más mínimo 
grado de cordura, como para hacer viable la existencia. Esa no-
che, le dijo Miklos a mi padre sin reparar en nuestra presencia, 
y muchos otros días y noches, estábamos casi completamente 
afuera de la realidad y, al mismo tiempo, casi completamente sepultados en ella. Sólo un pie quedaba dentro, sólo un hilo de respirar quedaba afuera.
 Eso es lo que recuerdo de esa conversación, que mi padre 
escuchaba sentado en una posición tan fija, que por momen-
tos pensé que perdería el equilibrio y caería al suelo.
 En otra ocasión le escuché decir al mismo Miklos S. que
casi siempre necesitaba leer mucho para poder escuchar 'al
resto de la gente'.  Estoy seguro de que lo dijo de esa mane-
ra, y de que sentí en esa frase que ese hombre no se veía co-
mo parte de la gente. Tal vez mi padre, que no dejaba
de ser en buena medida un extraño para mí, también haya
sentido, sin embargo, la extrañeza que contenía esa forma
de expresarse.
 Tampoco pude evitar, al salir de la caballeriza en Némecék,
recordar el caballo con las alas cortadas -amputadas- del
cuadro que había entrevisto unos años atrás al cruzar un pasi-
llo del Pizzi, al que por más que volví a recorrer sus salas
y los corredores que las entrelazaban, no pude volver a en-
contrar. En ese momento ya estaba seguro de que era un Pie-
ter Huys que se decía había sido robado del Palazzo durante
la guerra y cuando por fin me obligaron a salir del edificio
porque era hora de cierre, le pregunté a un empleado si el
Pizzi albergaba alguna obra de Pieter Huys, sólo para obte-
ner de ese individuo una mirada llena de sospecha y desdén.
 El caballo con las alas cortadas parecía un ave monstruosa
que había pagado un alto precio por querer volar. Como si el
artista quisiese expresar así los tormentos sufridos por aque-
llos que intentan, como los artistas entre otros, sobrevolar su
época o trasladarse a la siguiente, como si fuesen dioses.
 Como si ese animal mutilado, y en ese sentido era necesario
que fuese un caballo -ya que éste es el único animal que hizo
la historia junto a los humanos-, representase la gran carga de violencia que las costumbres y la imperceptible concepción del mundo de una sociedad significan. Cómo cada sociedad 
intenta neutralizar el paso del tiempo, que significa su propia 
transitoriedad, cómo precisa afirmarse, en un movimiento de 
amarre, como anclas echadas en lo profundo de la tierra bajo 
esos cielos que pintase Huys, de mantos y más mantos de nu-
bes borrascosas ya sea violáceas o negras. Tal vez por eso en 
esa obra maestra del pintor flamenco del siglo XVI, el inmenso caballo se sitúa sobre bizarras batallas navales con sus hundi-mientos y naufragios no sobre los mares, sino en medio de una multitud en una gran plaza, ocupada en sus trabajos y oficios y demás locuras cotidianas, una sociedad encajada en sí misma, capaz de asesinar al que osara intentar hacerla viajar o despla-
zarse, hasta verse a sí misma, o, especialmente, salirse de sí."


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