lunes, 27 de octubre de 2014

POEMAS DE ELISABETH RYNELL

 



Elisabeth Rynell nació en Estocolmo, en 1954. Su padre
era profesor de inglés en la Universidad de Estocolmo, y
su madre era enfermera. Al terminar sus estudios secun-
darios, Elisabeth viajó a Londres, donde permaneció du-
rante un año. Al regreso de ese viaje, emprendió otro, a
la India, pero por tierra, recorriendo Irán, Afganistán y
Pakistán. Luego trabajó en diversos hospitales de la ca-
pital sueca. Vivió un acontecimiento muy penoso con la
muerte por cáncer de su madre, en 1975. Desde muy tem-
prana edad, quiso vivir en el norte de su país. En 1977
con su marido y su primer hijo, emprendieron el duro
sueño de vivir en el helado norte sueco, en un pequeño
pueblo en el que vivían tan sólo diez personas. Al prin-
cipio, dividieron su tiempo entre Estocolmo y el sur de
Laponia, pero en 1980 se mudaron al norte en con la idea
de pasar allí el resto de sus vidas. Lamentablemente su
marido murió en forma súbita en 1987, y Elisabeth tuvo
que resignar su granja y su paisaje. Desde entonces vive
con sus dos hijos en Norrberg, algo al norte de Estocolmo.
Ha publicado alguna novela, que fuera premiada, y algunos
ensayos, pero la parte más importante de su obra está dedi-
cada a la poesía.


ANTES DE LAS PALABRAS

Era simple entonces.
Era antes de que hubiese palabras
Era un cuarto ilimitado

Ahí estaba yo pasto amarillo
Ahí había rostros de ladrillo
Ahí las zanjas se cruzaban entre sí
en una interminable llanura

Era simple entonces.
Yo vivía en ojos de animales
Grande, viendo
A las personas enjambradas de
rostros

Los días se devoraban entre sí
y crecían hacia dentro de otro
La amarilla luz solar saltaba
en un grueso cilindro
desde el altavoz
Dentro del cilindro
millones de partículas de polvo bailaban
como si hubiese música

En ciertos días había viento y una luz filosa
En otros había sombras
e incomprensibles cortinas
en angostos cuartos grises
Las palabras eran cantos
un juego de la boca y de la lengua
un borboteo
sobre jubilosos pies

Era simple entonces.
Era antes de que hubiese palabras
No existían los caminos
La leche me llenaba la boca
y la transformación era constante


DOS INSTANTÁNEAS

1.
 Nuestra primera noche juntos. Acordate de cómo pasé
sin un sonido sobre el piso y me acurruqué en la cama
con vos. Cómo nuestras manos. Y bocas. Así nomás,
pensé. Esa boca que yo había estado esperando. Tembla-
mos por dentro tocándonos el uno al otro casi castamente.
No podíamos dormir. Estábamos tan despiertos. Tan sor-
prendidos.
 Tal vez al amanecer dormimos un rato.
 La mañana siguiente extrañamente cansados, manejamos
a través de Sörmland. Era un templado y callado día de
Noviembre. Paramos junto a un viejo molino. El molino
como tal ya no estaba, pero sus cimientos aún estaban ahí.
Y el suave, reflejante lago. Nos deslizamos dentro de la
rueda del molino a través de un agujero en la pared de pie-
dra. Nos sentamos silenciosamente agazapados ahí adentro
y experimentamos el poder, el descomunal, el mortífero pe-
ligro de si la enorme rueda hubiese estado en movimiento.
 Todo estaba curiosamente calmo. Experimentamos algo
más, también. Vos y yo estábamos de pronto fijados como
en una pieza de joyería. Nuestras vidas. Y ese silencio en-
volviendo nuestro encuentro.


2.
Tuvimos un sueño conjunto. Un paisaje. Muy callado.
Las perdices blancas invisibles en la nieve. C.F. Hill ha-
bía pintado los abetos allí. Y las montañas en su silencio.
Desnudos amanecer y atardecer. Dejar que los vientos ha-
gan estragos. Fue tremendo, aunque silencioso. Como un
Buda que vi una vez. Había unas pocas casas pero más que
nada uno veía chorros de humo alzándose al cielo. Ahí las
nubes navegaban como veleros, justo encima de nuestras
caras. El verano era celestial, rojo-ardiente. Entonces cre-
cieron blancas flores alpinas. Las sombras de las nubes cru-
zaban entre las montañas. Y nosotros estábamos ahí mano
en mano, golpeados por una nostalgia que demostró ser mu-
cho mayor que nosotros mismos. Las aguas agitadas del
Gran Lago Ara. La tierra que se estiraba calladamente en
todas las direcciones. Nuestra casa en la colina, tan cerca
del cielo. Fue una plegaria que pronunciamos juntos, casi
asustados por nuestra gravedad.



FUENTE

William Jay Smith/ Leif Sjöberg: The Forest of Childhood.
Poems from Sweden. New Rivers Press, 1996.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Simplemente hermosa la poesia y
las instantaneas.Es transparente y triste.
E.R.enciende todas las sensaciones
y si la lectura la acompañamos con
el Op.66 de Chopin hacemos bailar
verdaderamente las particulas de polvo y
todo termina
"...fijado(s)como una pieza de joyeria"
Ojala haya un bis.
Gracias por acercarla al blog.

Robert Rivas dijo...

Muchas gracias por tu comentario. Espero traducir más poesía sueca, y nórdica en general, pronto.