domingo, 1 de mayo de 2011

LA CONDENA MENOR: El INSOMNE Y LA MUERTE

A las 4 y media de la mañana un solitario pájaro silba, con el
tono de un trabajador distraído en su tarea. No es un llamado,
es compañía a sí mismo, distracción y, probablemente, distrac-
ción de la soledad.
Terminé de leer un relato que había leído hace unos cuantos,
¿cuántos? años, quizás 25. Era bastante diferente de lo que
recordaba, ya que según mi memoria, la escena que permanecía
era la del hombre joven, el hijo, en el puente, una carta que no
debía enviarse, un padre en la casa y el joven desapareciendo
en el río.
Todo eso era cierto, pero mucho más lo era el diálogo casi dis-
paratado que tuvo lugar en la penumbrosa habitación del padre
y la absurda atribución de fuerzas que el hijo hace al padre
cuando éste obviamente ha comenzado a declinar. Pero no será
el hijo quien cause la debacle del padre. Preferirá morir confir-
mando la potencia de su progenitor a ser el que termine derri-bándolo de su supuesta fuerza.
Al terminar el cuento, distraído como ese pájaro, pero sin canto,
sólo con el hilo de pensamientos que van desde una conferencia
que terminó al anochecer a una perrita confundida que quería seguirme a casa, comencé a perder ese hilo de la consciencia
en un desvanecimiento que parecía el retorno del sueño, pero
que en realidad era otra cosa. Y entonces me dejé llevar por
ese adormilante camino hacia disolverme en mi propia muerte,
aunque ciertas voces me indicaran que debería luchar con to-
das mis fuerzas contra ese suave deslizamiento.
Y sin embargo, me dejé deslizar.
Y cuando creí que ya estaría muerto, me desperté - debe de
haber sido enseguida y me dio risa -a veces siento un poco de
ternura por mí y pienso en alguien que sé y que no sé quién es-
y recordé la parte de "Pequeño gran hombre" en la que un an-
ciano cacique sioux siente que ha llegado su hora. Se aleja con
una discreta solemnidad, y permanece sentado sobre su manta
en un borde de roca alto, en plena naturaleza, esperando el
cumplimiento de su intuición. Pero al cabo de una noche entera
en vela, debe admitir que los Dioses no han venido a buscarlo.
Alza sus escasos elementos y regresa -¿ligeramente avergonza-
do?- hacia el campamento.


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