miércoles, 1 de septiembre de 2010

KAFKA EN VIENA








Buenos Aires, 1973. Trabajo
como médico de planta en el
Hospital Psiquiátrico José T.
Borda.
Es un servicio de 30 camas y
las pacientes son mujeres. El
servicio, recientemente inaugurado,
brinda internaciones breves para
pacientes agudos y semiagudos. Es
una perla engastada en el cemento corroído de un Hospicio.
Para 1973 las ideas antipsiquiátricas tienen plena vigencia. La escuela
inglesa es muy fuerte, con Laing y Cooper. También la americana, con
Bateson, Watzlawick, D.D. Jackson, etc, que enfocan a la esquizofrenia
como una patología familiar. En Francia, los Mannoni. En Italia, Franco
Basaglia.
Como subjefe de un sector del servicio, trabajo con un equipo de entre 8
y 10 profesionales. Una vez por semana recorremos, como parte de un
proyecto, los servicios de crónicos del resto del Hospital. Lo cierto es que,
en el tiempo en que todas las instituciones viven procesos revolucionarios
o simplemente revoltosos, el Hospital continúa inerte por completo.
Alrededor de 2400 pacientes vencidos por la psiquiatría, deambulan por
los patios o se mueren en los pabellones. El 80% del presupuesto total del
Hospicio va a parar al servicio de Clínica Médica, cuya finalidad es man-
tener con vida a esos pobres condenados.
 La gran mayoría no recibe tratamiento alguno. Si se visitaban sus historias
clínicas, no era infrecuente encontrarse con que la última anotación o indi-
cación psicofarmacológica tenía de 15 a 20 años de antigüedad.
El Hospital tenía una estructura asilar, con viejos pabellones rotulados con
número, teniendo los pacientes el mínimo de identidad posible para un hu-
mano y no contando con ningún derecho civil.
Pero aunque las condiciones generales fuesen tan siniestras, 2 servicios se
destacaban por su agresividad para con los pacientes a su cargo: el servicio
20 o penitenciario -en el que cumplían condena delincuentes que habían
eludido la cárcel común para venir a esta cárcel 'especial' donde cundían
los tratamientos "a impregnación" (sí, como los bombardeos de Dresde,
por ej) y las series de electroshocks; y el servicio 18 o Chiarugi, en el q se
encerraba a los pacientes que 'se portaban mal', un servicio de castigo. Y
recuerdo de esa visita que mientras el enfermero-jefe (los médicos no solían
visitar los servicios, se abroquelaban en el comedor de médicos, almorzaban
atendidos por pacientes que hacían de mozos, como en una colonia de las in-
dias orientales, y allí recibían la visita del cabo de su servicio de alrededor
de 200 camas que le comunicaba que el paciente de la cama tal estaba excitado
y que habría que hacerle 'una serie'. El médico rápidamente daba su consen-
timiento, no faltaba más, y el cabo se retiraba para realizar el tratamiento in-
dicado. 'Una serie' significaba 15 electroshocks, administrados sin anestesia,
día por medio, durante un mes.) Entonces, mientras este cabo-a-cargo nos in-
formaba en el hall acerca de las virtudes de ese servicio, unos pocos pacientes
se agruparon a nuestras espaldas, con la típica actitud de "no estoy acá",
"no existo", "no se fijen en mí", que los ponía relativamente a salvo de san-
ciones. El cabo nos contaba entonces que la mayor cualidad del Chiarugi era
lo bien provista de psicofármacos -que podían escacear en otros servicios, pero
no en ése- que estaba la enfermería y en ese momento, en el momento en el
que el enfermero resalta ese hecho como "eso es lo bueno", en "off", uno de
los pacientes musita "ése es el problema"... Era imposible no simpatizar con
aquellos que habían sido transportados a la condición de subhumanos por la
vía de la  "ciencia psiquiátrica".
En otra parte hablaremos de cómo se "descubrieron" las cualidades curativas
del electroshock, en Italia, también, pero en un matadero de chanchos.
Pero ahora es el momento de detenernos en Chiarugi, en Vincenzo Chiarugi
(1759-1820).

Paradójicamente, pero, ¿es otra cosa que una suma y combinación despropor-
cionada de paradojas y de absurdos un Hospicio?, Vincenzo Chiarugi fue un
médico dedicado desde joven a introducir reformas humanitarias en los hos-
pitales psiquiátricos. En sus tiempos, el estado italiano de Florencia estaba
gobernado por el Gran Duque Pietro Leopoldo, un iluminista que abolió la
tortura y la pena de muerte, además de ocuparse del maltrato y del abandono
que padecían los enfermos mentales. Chiarugi utilizó las tres categorías del
esquema clasificatorio de William Cullen: Melancolía/ manía/ demencia,
tomándolas como categorías diversas pero flúidas. Sin obtener el reconoci-
miento que recibiera su contemporáneo Pinel, por ser éste francés
-hay que decirlo- gracias a la "ley del insano"(legge sui pazzi) que introduje-
ra el Gran Duque, y a la reconstrucción de un Hospital Público, el Bonifacio,
dedicado a la internación de pacientes considerados insanos, el joven Chiaru-
gi se encontró a cargo del primer hospital de ese tipo en Europa. Su trabajo
con los pacientes recibió el nombre de "tratamiento moral" y estaba basado
en la disciplina moral y en el cuidado psicosocial de los pacientes, que hasta
entonces eran considerados animales salvajes que habían perdido la razón.
El Ospedale di San Bonifazio se transformó más tarde en el Ospedale Neuro-
psichiatrico Vincenzo Chiarugi de Firenze, emplazado en la Via San Salvi y
Via del Guarlone, cerca del Campo di Marte.

Nos trasladamos a unas pocas cuadras de ahí, en el espacio y  en el tiempo:
es la misma Florencia, pero en 1913. Valery Archibaldo Olson Barnabaud
(un 'merge' entre Larbaud y Barnabooth, su heterónimo, creado por V.L en
1902, antes de que Fernando Pessoa iniciara su serie de heterónimos
con Alberto Caeiro, en 1911) recorre Florencia, por segunda vez, durante
dos meses, entre Abril y Junio. A.O. Barnabooth es uno de los hombres más
ricos del mundo, pero eso no impide que se haga las preguntas más vitales
acerca de la existencia.
 Desinteresado del Borgo Santi Apostoli (esos palacios ya no significan nada
para él, el Strozzi, el Altovita, el Giaconi, el Corsini, el Spini-Ferroni, el Ru-
cellai, el Canacci cuyos nombres conoce de memoria, así como a sus dueños
y a sus patios y salones) y recordando el desagradable episodio vivido en el
café La Giubbe Rosse al encontrarse con Papini y Sofficci, (todavía no ha-
bían desembarcado allí Montale, Ungaretti y Quasimodo -Montale iba a di-
rigir la biblioteca del Gabineto Vieusseux, una de las preferidas de Barna-
booth, en el Palacio Buondelmonti), decide alejarse de la vida social.
 Dice Barnabaud: "Ver otra vez las galerías, naturalmente. Porque pese a to-
dos los novelistas y a todos los estetas, Florencia no sería nada sin las gale-
rías. Aparte de la Piazza della Signoria, no hay nada aquí digno de ser amado
en forma constante."
Estamos en las galerías, entonces. Sentados en los bancos de piedra que hay
a lo largo de los Uffizi, "a la sombra de las arcadas". Ya hemos descansado
lo suficiente.
Entramos en la sala 19, que es la de Perugino y de Signorelli. Es necesario
decir que el retrato de Francesco della Opere del Perugino (de 1494, precisa-
mente) tiene algo de paródico y algo de fantástico. Es la visión de un gigante
con un trasfondo de viviendas pequeñas, de árboles hechos de pequeños pé-
talos a la distancia. "Timete Deum" reza un pequeño pergamino que tiene en
 la mano derecha. "Temed a Dios".
Al lado, la sala 18, llamada también Tribunna, octogonal, pintada de escar-
lata con un techo en bóveda incrustado en caracoles de nácar. Por el cenit
del huevo entra luz fresca. En esa sala, una dama de redondeado rostro que
retratara Andrea del Sarto en 1528, tiene en sus manos un alargado libro,
llamado "el petrarchino". (los sonetos de amor de Petrarca). Con el pulgar
derecho señala dos versos del soneto CLIII: "Ite caldi sospiri/ al freddo corre",
mientras que el índice de la mano izquierda roza dos versos del CLIV:
"Le stelle, el cielo et gli/ elementi a prova". Francesco Petrarca que conoció
de chico al Dante en Pisa, recuerda ahora Barnabaud, contemporáneo de
Boccaccio - como lo fueran en el siglo VIII, en China, los tres mayores poetas
chinos, Wang Wei, Li Bai y Du Fu, una corcordancia de hechos para la cual la
casualidad es una exigua explicación- escribe para Laura, su amor
no realizado. Lamenta entonces que no esté en las galerías el retrato que el pin-
tor sienés Simone Martini (amigo de Petrarca) hiciera de esta mujer.
El soneto CLIII dice: "Ígneos suspiros id al pecho frío/ y el hielo abrid que con
Piedad contiende/ y, si al ruego mortal el cielo atiende/ muerte o merced acabe
el dolor mío"
(Este es el 1er cuarteto).
Este poema termina: ("pensamientos dulces") (...) Id seguros, que Amor va a
vuestro lado; que tal vez sea Fortuna más clemente,/ si de mi sol el gesto ha
descifrado". (Es decir, si ha entendido bien el gesto de Laura). Gestos, ya
volveremos a ellos, cuando visitemos a Tiziano en la sala 28.
El soneto CLIV, por otra parte,  comienza "Los cielos y la tierra han puesto a
prueba/ todo su arte y cuidado en la luz pura/ que es el espejo del sol y de
Natura,/ si aquél a lo demás ventaja lleva". El poema termina con una
pregunta: "¿Y cuándo ha sido/ vil querer por beldad suma apagado?"
Ya en 1367 F.P. se queja desde Venecia a su amigo Guido Sette acerca
de la época. "...el cambio de los tiempos hacia el empeoramiento y la
ruina, no dudo que la fuerza de la verdad te obligue a estar de acuerdo
conmigo" (...) " y de este modo podría llevarte por toda Italia, e incluso
por toda Europa, para encontrar por todas partes nuevas razones que
confirmen mi tesis" (ruina y desolación, estragos y desventuras).

Kafka nunca visitó Florencia.
Hablaremos más adelante del viaje de Franz K. a Venecia, Verona
y al Lago di Garda. Digamos por ahora tan sólo que el autor de
El Proceso pasó 45 días en total en el extranjero. Visitó Berlín,
Munich, Zurich, París, Milán, Trieste, Venecia, Verona, Viena
y Budapest. Tal vez soñó con viajar a los Estados Unidos, como
su personaje de "América", pero ciertamente era su deseo, hacia el
final de sus días era establecerse en Israel, aún sabiendo que debido
a su precaria salud nunca lo lograría.

Kafka viaja a Viena en setiembre del 13
teniendo por finalidad manifiesta asistir a dos Congresos.
Durante su breve estadía permaneció en el Hotel Matschakerhof, en la
Seilergasse ("clean, quiet, and moderate", dice una guía de viajes del
sur de Alemania.)
Visitó tan sólo dos cafés de Viena:
el escasamente conocido Cafe Beethoven y el más conocido Cafe Museum
Se mantuvo bastante aislado, pero coincidió que durante su visita
Musil, Kokoshka y Alma Mahler estaban de vacaciones,
Trakl estaba en el Tirol
y Peter Altenberg, que recién emergía de una internación en un instituto
psiquiátrico, vivía desde entonces en el Lido de Venecia.
Pudo haberse encontrado con Karl Kraus. Es más, de haber estado
el 9 de setiembre en el Cafe Imperial, sobre el Kärtner Ring, a 10 minutos
de marcha, hubiese presenciado cómo Karl Kraus era presentado al amor
de su vida, Sidonie Nádherny.

De todos modos, el problema de un encuentro entre K y KK, era Max Brod.
Éste había atacado tanto verbalmente como por escrito a Kraus de manera
inconciliable y sólo debido a la superioridad tanto lingüística como intelectual
del gran orador-periodista-pensador austríaco.

Kafka asiste a un Congreso de compañías de seguro que se realiza en los
suntuosos salones del parlamento vienés.
Y luego asiste al congreso sionista, que se llevó a cabo en la sociedad musical
de Karlsplatz y al que asitieron 10.000 judíos de Europa, Palestina y Sudáfrica.
K. se aburre en ambos congresos, aunque presente un trabajo en el de los
seguros, como empleado de Assicurazione Generale, con sede original en Trieste
y sucursales en varias ciudades europeas, entre ellas Praga, debajo de cuyas
oficinas hoy se encuentra una tienda de ropa de origen sueco.

K: "¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo
 mismo."

En Vértigo, Sebald ubica al Dr. K en 2 capítulos consecutivos, aunque la única
relación entre ambos sean sendos viajes a Italia: de Sebald en el capítulo llamado
All'estero y de Kafka en el llamado justamente Viaje del Dr. K a un sanatorio de
Riva. En este último comienza mencionando la llegada de Kafka a Viena, el sábado
6 de setiembre de 1913, para luego llevarlo, al año siguiente por un extraño periplo
por el norte de Italia, entremezclando, como tan excelsamente sabe hacerlo WGS,
el viaje de K con una serie de hechos y recuerdos que tornan al relato en una suerte
de mezcla de sueño y de diversas realidades. Como dice el autor de "Los emigrados",
él no trabaja con la ficción, sino con la prosa.
Sebald parte de un ensueño de Kafka, transcripto el 25 de junio de 1914 en su diario,
para reinventar el viaje de K. a Trieste y para ello ubica la visión del escritor checo
el día 14 de setiembre de 1913, la noche de la llegada de K a esa ciudad en ese
entonces austríaca. Mezcla de fechas y lugares, preñados ambos con la misteriosa
atracción que ejerce FK para nosotros y que, según los más variados testigos, ejerció
también en sus contemporáneos. Pudo, de acuerdo con las fechas de su visita a
Trieste haberse encontrado con Joyce y con Svevo, pero hasta donde sabemos, no
lo hizo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Quedó algo de ese proyecto luego del golpe del 76'? Imagino que no, que se habrá vuelto a las viejas prácticas. Y hoy, después de casi 30 años del retorno de la democracia, cómo estarán el Borda y el Moyano, y todas las instituciones públicas de salud mental en general?
muy bueno el blog
cordiales saludos
Lic. Alejandro Bogado

Robert Rivas dijo...

Las actividades antipsiquiátricas,
al igual que las de intervención social, sufrieron un duro golpe
con el Golpe del '76. La psiquia-
tría dura reapaldó entusiastamente
el ataque a las instituciones más
progresistas. Ahora las cosas es-
tán peor que antes, en cierto modo,
ya que la política 'empresario-in-
mobiliaria' quiere desalojar a los
pacientes -como sea- para utilizar
los amplios y cotizados terrenos que ocupan.
Gracias por tu comentario y por el
apoyo. RR

Alejandro Bogado dijo...

Tuviste que padecer esto en carne propia? Quiero decir? Estabas aún en el servicio cuando llegó la intervención? Debe haber sido algo muy duro de digerir para vos, que tenés un criterio progresista, haber sufrido los embates de esa barbarie y ver como se perdía todo lo que lograste hacer.
gracias por tu respuesta
saludos
Alejandro Bogado

Robert Rivas dijo...

En realidad fue peor: me fui del Borda por diferencias ideológicas
insalvables en el 74. ¿Adónde? Al
Hospital Aráoz Alfaro (o Evita) de Lanús. Compañeros secuestrados, cierre de sectores (Hospital de Día, a cuyo cargo estaba en ese
momento), 'inspecciones' enviadas
por Salud Mental, conformadas por la gente con la que tenía las dife-
rencias en el Borda, ya en el '77,
muho riesgo. Pasé del Borda al borde.

Anónimo dijo...

Que imagen fuerte: del Borda al borde! Claro, cómo las fuerzas de la reacción no se iban a ensañar con una institución que fue paradigma de las corrientes psiquiátricas progresistas, con el Dr. Maurico Goldenberg a la cabeza y su programa de psiquiatría comunitaria.
Bueno,Robert,gracias por compartir tus experiencias y hasta un nuevo intercambio.
De nuevo: enriquecedor el blog.
un saludo
Alejandro Bogado