sábado, 5 de febrero de 2011

EN EL AULA. Un relato

 Cada mañana llego al aula en semi-penumbras. Los objetos
(pupitres, percheros, pizarrón) están en desorden. Por supues-
to, ya ha llegado Bonara. Arriba tan temprano que más de una
vez he imaginado que se había quedado desde el día anterior.
Bonara me observa desde su silencio. Y la costumbre me ha
hecho no distinguirlo del todo del desorden de la sala: ésa es
su forma de ser. En lugar de levantar los pupitres caídos o de
alinear mínimamente los que están de pie, Bonara se sienta en
alguno que esté alejado y permanece ahí hasta que se puebla
el aula. El resto de los chicos, que tienen una desidia insopor-
table para cualquier cosa útil, ordenan de mala gana, mientras
yo, sentado ante mi escritorio, los observo con una ligera irri-
tación por encima de mis anteojos.
Arrastran los muebles, produciendo chirridos que se mezclan
con los gritos de los que resultan atropellados, aumentando en-
seguida un par de puntos mi intolerancia.
Siempre tengo que ordenarles varias veces que se sienten.
Es como si ciertas palabras, como teclas muertas de un piano,
hubiesen dejado de sonar para ellos.
¡A cuántos saberes se resisten estos niños obsecados, estos
expertos precoces en obstinación!
Si tienen que estar sentados, o guardar silencio, o prestar aten-
ción, harán todo lo contrario, sin esfuerzo alguno.
Tendré que decírselos una vez más. Y luego repetirlo, cambian-
do el tono de voz, alzándola, y luego poniéndome de pie, ame-
nazante, dispuesto ya a atacarlos, como una tormenta que se
cirniese de pronto sobre sus pequeñas almas.
Entonces se sientan, colocando sus portafolios sobre el pupitre
haciendo saltar la tinta de los tinteros, que por milagro aún contienen alguna gota de ese elemento, inmundo para ellos.
Sacan libros desvencijados, con rabia y con un desgano tal que
si pudiera los enviaría de inmediato a sus casas para siempre.
Los libros no sólo están destrozados por el uso, o porque los
han heredado de hermanos mayores o de conocidos de la fami-
lia, ni porque los hayan abierto en sus hogares. Sólo de entrar y
salir con violencia de esas valijas de cuero duro y desgastado,
sólo de ser usados como instrumento de guerra entre ellos, ago-
tados por el odio de estos chicos, sólo por eso están casi inusa-
bles esos libros.
Ahora, una vez que he gritado como un maniático para que se
sentara cada uno en un lugar, interrumpiendo las batallas por
asientos que hasta hace unos minutos no le pertenecían a na-
die, y cuando aplastado en mi silla espero que se calme mi pe-
ligrosa agitación, los alumnos han hecho un simulacro de obe-
diencia y esperan en silencio el inicio de la clase.
Recorro sus rostros, mientras me repongo, uno por uno. Son
once los días de asistencia completa, que son los más raros.
El aula contiene más de 15 asientos, por lo cual siempre pare-
ce mayor que el real el número de ausentes.
Soy, habitualmente, un hombre observador. Mi vida solitaria
me ha llevado a mirar el mundo que me rodea más que aque-
llos que están ocupados en una vida familiar. Por esa razón,
con un solo vistazo de un rostro puedo hacerme una buena
idea de lo que pasa por su cabeza-o-alma. Es por eso que no
me canso de mirar día a día a estos chicos, que constituyen
buena parte de mi mundo exterior.
¿Y qué veo? ¡Nada! Apenas ese desgano, ese desprecio por
cualquier enseñanza, ese hastío del mundo adulto mucho antes
de haber entrado en él.
De todos modos, yo no dejo de insistir. Me acerco a esos hol-
gazanes desprolijos y les acaricio las cabezotas todavía despei-
nadas por la almohada. Les digo que se acomoden la ropa. Al-
guna vez tomo uno de esos portafolios y lo ordeno un poco
mientras están copiando algo del pizarrón.
Estoy convencido de que si escribiera en otro idioma en ese
pizarrón, ellos no lo notarían. Copiarían las palabras con la
misma falta de actitud, ficticiamente concentrados, mordis-
queando un extremo del lápiz, inclinándose para un lado de
esos grandes cuadernos donde acumulan sus pequeños desas-
tres cotidianos en forma de borrones, manchas y tachaduras.
Pero no, no escribo en otro idioma. Aún no he abandonado
la razón por la que estoy acá.

Invierno. A la hora del comienzo de las clases, aún está oscu-
ro. El aula, iluminada con una luz insuficiente, con sus mue-
bles en desorden, con los chicos fastidiados. Si no supiera que
no hay otra vida posible para mí en este pequeño pueblo, me
preguntaría ¿qué hago acá?

Morfino me trae la hoja en la que copió el dictado. No me mira
a los ojos, Morfino. Nunca lo hace. Creo sinceramente que si
me cruzara por la calle no me reconocería. No es un chico mal-
vado, nada de eso -ninguno de ellos lo es, todavía. Su padre, a
quien he visto una sola vez, en la cafetería, es un hombre de
una vulgaridad y de una agresividad asombrosas. Supongo que
esa ya es una carga para la pequeña vida de Morfino. Ese día,
por una pequeña discusión que fue elevando su tono, el padre
de Morfino golpeó a alguien con una botella, desmayándolo.
Al tomar la hoja me doy cuenta de que ha transcripto la mitad
de lo que he dictado. Igual, lo retengo de la manga y le digo
algo como "muy bien, Morfino, veo que te esforzaste, muy bien".
Medio dictado es una cantidad sobresaliente para este chico.
Entonces Morfino esboza una sonrisa tímida, al tiempo que la-
dea la cara como con vergüenza de que se note que se ha enor-
gullecido por mi comentario. Y ahí va, corpulento para su edad,
vuelto más torpe que de costumbre por el embarazo del momen-
to, de regreso a su pupitre.
Larson, su compañero de hilera, lo recibe contento, sin faltar
en su expresión un poquito de sorna. Los demás chicos aprove-
chan el momento para desatar una gritería y armar un festejo a
todas luces excesivo. Pronto debo poner orden porque están
todos algo descontrolados, manotenado a Morfino, en una esce-
na de ansiedad y entusiasmo.
Cualquier situación puede ser propicia para desatar sus incon-
sistentes pero voraces emociones.
Morfino, sin embargo, luce contento. Tan a gusto entre sus dos
compañeros como inhibido conmigo. Se ríe, todavía ruborizado,
y devuelve los golpecitos de un lado y de otro.
Hasta Bonara que nunca cambia de lugar ni de actitud está esta
vez próximo a los otros chicos y como a punto de dar a luz
una sonrisa. Entonces me fijo en su rostro. "Bonara tiene luz",
pienso muy rápido. Pienso: "es el más lindo gesto que he visto
en mi vida". Pienso:  "En pocos instantes todo esto habrá pasa-
do. La luz, la cuasi sonrisa de Bonara, la alegría agitada de to-
dos los demás chicos, la mañana, el invierno, el pequeño pue-
blo de Vismara, los años, la vida de todos nosotros...Todo esto habrá sido LANZADO como por una catapulta hacia atrás, ha-
cia afuera, a la oscura y silenciosa bruma que nos rodea."
Pero es probable que estos pensamientos se deban a que no
me he sentido muy bien últimamente.
Alzo la voz, golpeo el escritorio, y poco a poco la habitualidad
del aula regresa, intacta.


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