miércoles, 13 de diciembre de 2017

TREN EN VÍA MUERTA




 Estaba en Perú, pero podía ser - todavía - Bolivia. En el re-
cuerdo es un imposible tren que lleva de La Paz a Puno.
Metieron el tren en una vía muerta, lo descabezaron y ahí
quedamos esperando la llegada de una nueva vieja máquina
cabeza. 
 Hablábamos un poco. Una niña me preguntó por qué viaja-
ba solo, si no tenía familia.
 No sé si mi temprana carrera de desafortunado (¿pero qué
palabra debería ocupar este lugar?) era muy visible.
 El tren se convirtió en nuestra prisión. Pero se trataba de un
encarcelamiento amable.
 Estábamos todos sentados en bancos enfrentados, con una
mesa en el centro, cuatro personas por sitio.
 Había mujeres que cargaban bolsas enteras de cuises vivos.
 Habíamos cruzado, cuando todavía marchábamos, varios
puentes sobre riachos. Desde uno de ellos se veían personas
jugando en el agua. 
 La luz hacía toda clase de cosas, tanto en el agua como en
el resto del paisaje.
 Cada uno portaba sus nombres guardados. Como secretos.
 Dilapidamos un tiempo de bajísimo precio.
 No sé si alguna vez traté con un tiempo tan barato. Tampoco
sé si esas personas pretendían tener destinos personales.
 Por extraño que parezca.
 Hay preguntas delicadas.
 Porque atraviesan afiladamente la línea de la delicadeza.
 La niña me siguió mirando, pero ya no me dijo nada más.
 La madre jugaba con el pelo de la niña.
 Las ventanillas estaban cubiertas de polvo.
 Un polvo que provenía de un pasado lejano.
 Como si el tiempo, ahí, hubiese llegado "hasta acá" y ya
no avanzara.
 Es ciertamente extraño cuánto aguanta un corazón.
 No pensábamos, claro, que nuestros compañeros de viaje
se iban a morir.
 Nada más lejano.
 Eran pensamientos terrosos, que en cuanto los apretabas
un poco...
 En algún momento debe de haber arribado nuestra máquina.
No recuerdo que hiciéramos noche en el tren.
 Dormí en Puno, con el frío y la soledad de la meseta duran-
te la noche, en el único hotel, el Ferroviario.
 Esa noche tuve una crisis de frío. He tenido 4 o 5 de ésas en
mi vida.
 Imaginariamente se bordea la muerte.
 Como un vehículo que apenas consigue mantenerse en la
cinta de la carretera en un camino de montaña.
 Hay largos tramos de la vida en la que no existen rieles.
 Ni caminos.
 Me produce felicidad recordarlo.

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