miércoles, 3 de febrero de 2016

UN VOLCÁN




 Estas cosas llevan al menos un par de miles de años.
¿Parece mucho? Un volcán se lleva una ciudad en un rato.
Llena o vacía, al parecer le da lo mismo. Bueno, ¿qué sa-
bemos? Pero una ciudad tan erótica y artística...

 El volcán dice: "No hago planes. Sigo lo que siento. Siento
lo que es. ¿Dicen que lo sepulto todo? Se dicen demasiadas
cosas. No estoy para responderlas. Tampoco doy lecciones.
Si alguien saca conclusiones, son las suyas, nunca las mías.
¿Lo sepulté todo? ¿En serio? Creí que se habían preservado
unas docenas de frescos, pisos y estatuas. El arte resiste, la
gente es muy frágil. Son como flores. Arden o se ahogan.
Pero a las ménades que van a devorar crudo al rey Penteo,
que yo sepa, las dejé intactas en la casa de los Vetti. Y en
la casa de los Dioscorus, de cuyos habitantes no recuerdo
nada, dejé en perfecto estado el fresco de Medea observan-
do a sus hijos antes de matarlos. También viven esos dos
que estaban teniendo sexo en un muro de la casa del Cen-
tenario. Y no dejo de pensar en el rostro de esa mujer del
fresco de la villa de los Misterios, ni en los rostros de Esta-
bias y de su novia, en la villa de Carmiano. No soy yo quien
decide, de todos modos. Quién vive y quién no. Sí, llamo
vivir a perdurar. Es una licencia. Amar, morir, es casi na-
tural. Lo que no justifico es la venganza. Haberme puesto
ese nombre, que parece el de un pescado que se vende en
las ferias... ¡Seres retorcidos! Les dí señales, muchas, di-
versas. No escuchan nada, pero luego se quejan amarga-
mente de lo que insisten en llamar 'destino'. ¡Cómo si es-
tuviesen dotados de alguna posibilidad de saber algo de
eso! El nombre de un pescado, les digo..."




                                               *

 He conocido pueblos que, sabiendo hablar, habían dejado
de lado las palabras. ¿Qué hacían? Se miraban, en lugar de
hablarse. ¿Qué más? ¡Ah, sí, ¿qué más?! Se tocaban. Se to-
caban es una forma burda de decirlo. Era una gama inter-
minable de maneras de tocarse. A veces con la yema de un
dedo, o de otro, o de otro. Con la palma, con el dorso, con
los codos, las muñecas, las caras, las narices, la oreja, con
la frente, con el hombro, la rodilla, el empeine, la punta de
los dedos de los pies. 'Conversaciones' breves. En unos po-
cos toques, se había dicho lo suficiente, al parecer. O tal
vez eran, además, parcos, no lo sé. Sí, también se tocaban
con la boca, con el borde de un labio, con las comisuras,
pero también con pequeños o medianos soplidos, algunos
como arrullos, otros como gritos entelados en aire. Recuer-
do un encuentro en la calle. Ella sonreía. Abrazarse, al pare-
cer era impúdico, no se abrazaban así nomás. Pero la canti-
dad y variedad de toques que intercambiaron, los roces de las miradas, la intensidad impregnada de silencio que pasaron 
del uno al otro, en un momento, me hizo saber que el lengua-
je verbal, el prolífico mundo de las palabras, podía, en su
ausencia, enriquecernos, y mucho.
 Eran los Istaq, barridos en una sola noche por la gran fiesta
de una tormenta a la que se le ocurrió invitar al mar. 




                                                          *

 afuera estaba el llanto

 en su gélida estación

 dulce y codiciable

 el deseo se desdicha

 esta primavera sembrada de otoños

 una piedra en el lecho del río
 fui

 y no conocí ni viento ni lágrimas

 la espera sí

 y difuminadas estrellas

 y luego el resplandor del agua

 las estaciones sí
  
 y tal vez sabía que, de tener un corazón
 desearía también tener sus alas

 sigue estando fuera del tiempo el susurro

 que pusiste entre mi cuerpo y mi carne







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