lunes, 30 de diciembre de 2013

ALLEN GINSBERG ACERCA DE SU ADMIRADO HENRI MICHAUX

                                                     Henri Michaux (sin fecha y de fotógrafo
                                                     desconocido -para mí)

 "En 1948 en un correcto manicomio en el que me quedé ca-
si un año con Carl Solomon como acompañante, encontré
varios textos raros con los que no estaba familiarizado como
estudiante de francés moderno en la Universidad de Colum-
bia. Había sido alimentado con una dieta de Maurice Barrés
para el estudio sintáctico, y otros deprimentes prosa y poe-
sía que ya he olvidado; M. Solomon en nuestro retiro me
proveyó con documentos de la mano de Jacques Vaché, Ri-
gaud, Genet por primera vez (a Celine ya lo había estudia-
do con Burroughs media década antes, y una década des-
pués hicimos una compañía de tarde junto con el artrítico
caballero ojos-de-gay en Meudon), también poesía de
Scwitters, el POUR EN FINIR AVEC LE JUGEMENT
DE DIEU de Artaud, junto a otros, penetrantes versos-pro-
fesía y fotos de mejillas hundidas en KRA, la AGGREGA-
TION de Isou etcétera.
(Representamos algunas de sus piezas de letras-sonido en
el salón del hospital para la aprobación de pacientes y en-
fermeras al boleo), escritos de Crevel y Desnos, y el BAR-
BARIAN IN ASIA de Michaux junto a fragmentos de PLU-
MES.
Yo tenía amable contacto con el poeta americano William
Carlos Williams, asi que esperaba mucho de mis mayores:
franqueza, vulnerabilidad, cortesía, información; asi que
en París en 1958 quería mirar a los ojos a tres hombres vi-
vos tal vez más, Cocteau también alegremente vivo por en-
tonces aunque nunca logré encontrarlo, por cierto no estar
en la misma ciudad y fallar en ver a Céline y a Genet ambos
maestros de poesía-prosa y Michaux quien había emergido
solitariamente sano y renaciendo como un hombre de coraje
profeta después de su investigación con drogas psicodélicas.
Genet estaba escondido o en Córsega estudiando la carne o
en Amsterdam estudiando a Rembrandt. Le envié a Michaux
una correcta nota a la vuelta de la esquina de la Rue Git-Le-
coeur donde yo paraba, le dije que era un jeune poeta ameri-
cano que tenía mucha experiencia en el mismo campo de
los alucinógenos que él, y que me gustaría intercambiar in-
formación con él. (Él era el primer poeta sustancial que yo
había tenido la oportunidad de encontrar que sabía algo
acerca del uso honorífico de drogas- todos los poetas ame-
ricanos más jóvenes de esa época, sin que sus contemporá-
neos franceses lo supieran, habían hecho extensas investi-
gaciones en el campo de la conciencia que podrían ser ca-
talizadas por el peyote y el hashish y la mescalina. Pero ca-
recíamos de un alma mayor en América para chequear nues-
tras experiencias con él.
Michaux tenía la reputación de ser un refinado recluído
(según me contaron Jouffroi y Lebel) así que me vi sor-
prendido cuando recibí una nota de que podría venir a visi-
tarme una cierta tarde, y más sorprendido aún cuando un
hombre mayor de mirada filosa entró en mi lóbrega habi-
tación de hotel mientras me estaba lavando los pies en el
lavatorio.


                                                           Allen Ginsberg, en esos años.

Se sentó en la cama, yo le expliqué la tradición del experi-
mento con peyote en Estados Unidos durante la última dé-
cada, creo que el estaba alegremente sorprendido de encon-
trar que existía compañía desconocida en el mundo. Me
encantó su afecto y alabanza de Artaud como POETA, y
su simpatizante descripción del revelador sonido físico de
la voz de Artaud. Una cosa que concluí fue que Michaux
aparentemente reticente y solitario era como todos los ge-
nios un hombre lleno de simpatía natural en quien se po-
día confiar que aprobaría el entusiasmo, el corazón, el hu-
mor común o cualquier malhumor humano en tanto fuese
genuino. No tenía él razones para darme su tiempo y para
ser cortés excepto que él era inteligente y respondía a mi
propia curiosidad.
Eso reafirmó un sentido de valor tradicional- ¿la sinceri-
dad?- que yo había encontrada afirmada en los ojos de
William Carlos Williams.
Le pregunté qué jóvenes poetas franceses recomendaba,
me dijo que no había mucho, tal vez Bonnefoy, más tal
vez lo visionario en Joyce Mansour. El DOUVE de Bo-
nnefoy era recomendable. Más que nada hablamos de
la actuación de Artaud en la Radiodiffusion Francaise, y
algunos chimentos acerca de la mescalina- le dí copias
de mi propio libro HOWL [Aullido] y del de Corso GA-
SOLINE. Creo que fuimos a la vuelta de la esquina a la
Place St. Michel y tomamos el té con Gregory Corso que
estaba viviendo conmigo. Pero tuvimos poco tiempo en
este primer encuentro; el suficiente para notar que él era
una presencia benevolente sobre el planeta.


                                                      Gregory Corso, años '60.

Nos encontramos brevemente una vez más, otra vez tuvo
la cortesía de venir a nuestro hotel (o tal vez él quería
mantener su casa tranquila) donde él conoció a Wm.
Burroughs -él había estado echándole un vistazo a los
libros; no creo que sacara mucho de mi inglés, pero por
cierto era sensible al lenguaje de Gregory Corso y se
rió citando una línea que había NOTADO que lo com-
plació -"¿chicos locos de tapas de gaseosas?"- yo tam-
bién pensé que era una frase graciosa, notable e inevi-
table que un hombre-de-lengua francesa superior gusta-
se de ella. Él había traído TOURBILLON DE L'INFINI
[El infinito turbulento] como un regalo de despedida.
"¿Podrías firmarlo, por favor?" le pedí. Creo que él es-
taba divertido de que un bárbaro americano joven estu-
viese afectado de tales gestos, y escribió una nota en el
señalador. Pero Corso y Burroughs querían leer el libro
así que partí para los EEUU sin él, nunca lo volví a ver.
Supe por Burroughs que los dos se encontraron ocasio-
nalmente haciéndose bromas en los cafés locales. Bu-
rroughs comenzó el 'cut-up' de su propio lenguaje para
escaparse de él; y para alterar su conciencia. Escribió
que Michaux, que pasó corriendo como el Conejo
Blanco, se detuvo para comentar que en algún sueño
reverie alucinógeno había encontrado a Burroughs ´
ahí, esperando imperturbable. "Estuve siempre ahí",
afirmó Burroughs. Encantadora, aunque era la histo-
ria del Sr. Burroughs.


                                                     William Burroughs, 1972.

Muchos años más tarde, después de algunas horrorífi-
cas experiencias con LSD en América, pasé por París
de nuevo, camino a la India. Almorzamos en un feo
café lejano en el que él me había citado. "Estoy me-
nos interesado en las visiones que tiene la gente con
las drogas, ahora estoy interesado en cómo ellas ma-
nifiestan su experiencia en el después, lo que hacen
con ella luego." Este era su sentido razonable de las
cosas en ese momento, 1961.
De regreso de la India y en París 1965, con Gregory
Corso otra vez, fui a su pasillo y dejé una nota en la
puerta; nos desencontramos durante días, finalmente
volviendo de St. Germain a lo largo de la Rue St. Jac-
ques Gregory lo espió cruzando la calle, y gritó (como
un pandillero del Bajo Este de Nueva York al judío
dueño de una fiambrería) "¡Ey, Henry!"
Henry cruzó la calle, "¿Recibieron mi nota?" "¡No, y
vos, recibiste la mía?" "Te envié una nota haciendo u-
na cita para mañana", y mientras nosotros hablábamos
agrupados alrededor del poste de una luz, extrañamen-
te encontrados sobre el planeta de nuevo, el Sr. Michaux
vio por el rabillo del ojo que, a mitad de camino de la
angosta calle, una joven periodista adinerada, había a-
puntado la cámara hacia nosotros. Dio un paso de costa-
do y dio vuelta la cara. Yo mismo, novato para la fama,
asumí que habíamos sido reconocidos; aunque de hecho
era una suerte que ese inesperado encuentro en la calle
quedase impreso en una sombra permanente. "Querido
poeta Ginsberg", dijo Michaux cándidamente, "ellos
están indudablemente interesados en su foto. Debo dar
un paso al costado." Me sentí avergonzado, tenía miedo
de que él pensase que lo habíamos estado buscando por
las calles con una camarógrafa, lo habíamos encontrado
y atrapado, y estábamos listos para enviar un avión a A-
mérica con todas nuestras imágenes capturadas juntos
para algo como la revista LIFE o alguna otra eternidad.
Estuve a punto de decir, "Pero yo... no, creo que vienen
por VOS", pero estaba demasiado confundido y avergon-
zado como para hablar. La dama entretanto nos estaba
dando instrucciones, ¿nos pedía que la mirásemos y son-
riésemos?
"Podrían por favor caballeros salir del camino, estoy tra-
tando de tomar una foto de esa entrada para carruajes que
está detrás suyo?"
"No, no," dijo Michaux, "por favor Sr Ginsberg, es sólo
para usted esa foto" -no había oído o todavía no le había
entendido a ella y estaba ansioso por retirarse de mi cons-
piración.
"Les digo, caballeros, POR FAVOR, muévanse de la en-
trada para que pueda tomar mi fotografía," dijo la mujer
importunándose. La cara de Michaux se iluminó con ab-
surdidad china y con deleite y nos movimos como exqui-
sitos héroes chaplinescos, haciendo inclinaciones y mos-
trándole el camino el uno al otro patéticamente.
Mientras tanto, lejos de tener un avión esperando, no te-
níamos un lugar donde quedarnos y poco dinero para co-
mida; todos volvimos en sí y Michaux como amable pa-
dre nos ofreció unos miles de francos que yo sentía dema-
siada vergüenza en aceptar. Hicimos una cita para almor-
zar al día siguiente.
Y fuimos, de todos los lugares esta vez, a La Coupole en
un taxi y comimos mariscos y carnes exóticas, y habla-
mos de la India.
"¿Pero dónde está toda la poesía inmortal de la joven
Francia? Leí a Bonnefoy, ¡pero era todo abstracto! ¿Qué
quiso decir Monsieur Bonnefoy?"
"Oh, sólo les dije que Monsieur era interesante, místico,
me preguntaron qué poesía había, pensé que era una pre-
gunta de cortesía para un voyeur literario; una respuesta
literaria." Parecía desalentado de que no hubiese una in-
vención espiritual renovada en París; vi a un solitario,
digno, cráneo de finos cabellos siete años más tarde.
Gregory estaba levemente enfermo, alguna infección
Americana, y se fue temprano; entonces le rogué a Mi-
chaux que me acompañase a la Librarie Mistral -yo pa-
raba en la olorosa habitación de huéspedes tapizada de
libros en el piso superior con vista a Notre Dame (dur-
miendo hasta tarde, después de vagar por ahí solitario
y enamorado de los extranjeros desde Fiacre a La Per-
gola hasta el atardecer, para despertarme rodeado de li-
bros acerca de China Roja)- había comenzado a cantar
mantras en la India, acompañándome con pequeños
címbalos para dedos, y quería por fin manifestarle a Mi-
chaux una cosa nueva para ambos -tal vez relacionada
con este deseo de hacía años de ver los resultados en ac-
ción de la concientización cotidiana integrando alguna
profundidad psicodélica- de cualquier manera, quería
CANTARLE a Michaux, como un poeta debería, al
fin y al cabo.
Este canto es parte de la práctica del Bhakti Yoga, el
Yoga Devocional, donde se entiende que en esta época
de aliento destructivo de esta Kali Yuga, la meditación,
la mente, la inteligencia y los trabajos no tienen posibi-
lidad alguna de elevar el alma fuera de su lodo materia-
lista -sólo la mera alegría nos salvará. ¡Sólo el mero de-
leite! Asi que nos sentamos, al final de la tarde, él pro-
bablemente preguntándose cuál sería mi raro propósito,
en un cuarto que le era extraño, con el Sena fluyendo
detrás de la persiana de hierro, mitad del verano, su
cara no más vieja que mi primer recuerdo de ella pero
ahora más dubitativa, blanda y bondadosa -¡confundido!
Alegremente todo lo que quedaba por hacer era cantar
Hari Krishna Hari Krishna Krishna Krishna Hari Hari
Hari Rama Hari  Rama Rama Rama Hari Hari, el man-
tra hindú JAPA Maha Mantra, y Om A Ra Ba Tsa Na
De De De De De De un mantra silábico Tibetano sin
significado diseñado para ocupar la mente mientras se
circumbalan templos o se acuna un bebé en los brazos.
Saludos al Sí Mismo, el amoroso Maestro."
 

                                                       A.G.


Diciembre de 1965.


Fuente. Este texto aparece como prólogo de un pequeño
libro de Michaux editado en inglés en la India, titulado
"By surprise", que me trajera mi hijo Darshan de su viaje
a ese lugar hace ya algunos años. Espero presentar partes
de ese texto magnífico en esta página.

[Agregado]
UN POEMA (hasta donde he podido comprobar, inédito
en castellano) de HENRI MICHAUX

                                   NOCHE DE BODAS

Si en el día de tu boda, al regresar a casa, pones a tu mujer
en un aljibe para que remoje durante la noche, ella quedará
aturdida. Sin darle alivio a ella que ha tenido siempre una
vaga inquietud...
"¡Ahí tienes, ahí tienes!", dirá ella, "así es como es el ma-
trimonio. Es por esto que mantienen su práctica en secreto.
Me he dejado atrapar en este asunto."
Pero, aún molesta, no dirá nada. Es por ello que tu podrás
sumergirla por largos períodos y muchas veces, sin causar
escándalo alguno en el vecindario.
Si ella no ha comprendido la primera vez, tiene pocas po-
sibilidades de comprender ulteriormente, y tú tendrás mu-
chas oportunidades de continuar sin incidentes (exceptuan-
do la bronquitis) si es que eso aún te interesa.
En cuanto a mí, dado que sufro más aún en otros cuerpos
que en el propio, tuve que renunciar a todo esto enseguida.

[Comentario: tal vez el gesto de Michaux en la foto es el
que tenía cuando Ginsberg comenzó a cantar su mantra.
En cuanto a qué estaría pensando de todo eso, no diré na-
da; pocas personas tan imaginativas como Michaux.]


Más tarde el mismo día (30 de diciembre) me cruzo con
un artículo que Michael Reck publicó en la revista Ever-
green, en junio del '68. Se llama "Conversación de Ezra
Pound con Allen Ginsberg".
En ese tiempo, Pound pasaba los veranos en Rapallo y
los inviernos en Venecia. Es aquí donde se produjo el en-
cuentro. Para ese entonces, Pound se había sumergido en
el silencio y era muy difícil arrancarle alguna palabra. Sin
embargo, Ginsberg lo consiguió. Primero preguntándole
acerca de ciertos lugares de Venecia citados por Pound
en los cantos Pisanos, que Ginsberg no había logrado u-
bicar. Pound le indicó cuáles habían desaparecido y don-
de estaban los restantes. El maestro atravesaba una etapa
muy autocrítica. "Mis escritos. Estúpido e ignorante a ca-
da paso. Estúpido e ignorante. A los 70 me dí cuenta de
que en lugar de ser un lunático soy un tarado."
Allen Ginsberg le recuerda poco después que Hemingway
había escrito que había aprendido más de Pound sobre
cómo escribir y sobre cómo no escribir que de cualquier
otra persona. Le dijo al autor de los Cantos que la univer-
sidad de Buffalo tenía un gran interés por la poesía con-
temporánea, preguntándole si estaba pensando en regresar
a los Estados Unidos. Luego le dijo que su poesía era la
mejor de su tiempo, a lo cual Pound respondió: "Todo lo
bueno que yo haya hecho ha sido estropeado por malas
intenciones... La preocupación por cosas estúpidas e irre-
levantes. Pero el peor error que cometí fue ese estúpido,
suburbano prejuicio antisemita."
Describe así Reck el final de ese encuentro: "Entonces
Ginsberg, con su rabínica y larga barba negra, puso su
mano izquierda sobre la nuca del Maestro, lo miró por
un momento largo y dijo: 'Ya le conté lo que vine a de-
cirle. También he venido por su bendición. Ahora, ¿pue-
do recibirla, señor?'
"Sí", contestó, "por lo que valga (for what its worth)".
Y como en un susurro, ya en la puerta, despidiéndolo,
le dijo a Ginsberg: "Me hubiese gustado hacerlo mejor."

[Las fotos de los poetas Beat, son del libro
Beats & Company. A Portrait of a Literary Generation,
de Ann Charters. Dolphin, 1986.]

2 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Gracias por textos como éste. Para releer incansablemente...

RECOMENZAR dijo...

Un texto lleno de emociones
gracias por compartir tus dones