viernes, 1 de febrero de 2013

UNA PARADA

 Había empezado con los acúfenos hacía un tiempo y eran,
al parecer, molestísimos, porque se lo pasaba haciendo ges-
tos como de estar espantando insectos que le atacasen los
oídos.
 Y habíamos ido al mar para que se distrajera, pero la única
distracción era la marcha a tontas y a locas de sus pensamien-
tos y esos ruidos horadantes, que alteraban severamente su
ánimo.
 Sólo quedaban de ella pequeños atisbos en la mirada. No
hablaba, como si emitir palabras agudizase su padecimien-
to. Y tal vez, además, no le interesaba hablar porque sabía
que hablar hubiese sido solamente quejarse.
 Y su mirada se quejaba y pedía disculpas y sufría al mismo
tiempo. El mundo que veía estaba tan entremezclado con su
penuria que prefería no ver ni a uno ni a otra. Entonces in-
tentaba apagar la mirada cerrando los ojos como puños por
largos períodos. Cuando por fin los reabría, esa mirada se-
guía ahí, como una extraña en la ventana.
 Ni siquiera logramos que por esa ventana mirase el mar.
Y tampoco nosotros, cuando nos sentábamos un rato a mi-
rar el mar, lográbamos despejar de nuestro pensamiento su
presencia dolorosa. No podíamos dejar de sentir cómo su-
fría, de qué indecible sufrimiento sufría.
 Mi hermano mayor pasaba por una crisis financiera; mi
hermana estaba en los primeros meses de su divorcio, y yo
pasaba por una temporada en la que todo me parecía cierto
y falso al mismo tiempo y en la que había perdido el mapa
que más o menos indicaba de dónde venía y para dónde iba.
 Pero lo que le pasaba a ella era distinto.
 Y cada vez que mi hermana, conmovida, intentaba abrazar-
la, ella se atajaba como de un ataque. Y nosotros intervenía-
mos con delicadeza deteniendo a mi hermana, entendiendo
que el sufrimiento había agudizado su sensibilidad hasta el
punto de que todo le resultaba insoportable. Era como si la
vida hubiese puesto demasiado peso en sus soportes y los
hubiese vencido por completo.
 Entonces abrazábamos con levedad a mi hermana. Con le-
vedad, porque abrazarla con más fuerza frente a su mirada
hubiese sido, también, una herida sobre la herida.
 En dos días abortamos el paseo y estábamos listos para em-
prender el regreso. Mi hermano mayor se ocupaba de los es-
casos preparativos que debimos realizar y, entretanto, para-
dos ella y yo en la vereda, no sabíamos muy bien qué hacer.
 Ahora su mirada pedía perdón por el fracaso del viaje, por
la decepción que nos causaba sin quererlo. Y sin saber por-
qué, perdido por un instante el temor de lastimarla, en lugar
de decirle algo circunstancial, le sostuve la mirada.  Ensegui-
da se volvió huidiza, pero una fuerza inesperada aún para
ella le permitió no cerrar los ojos ni desviarlos de mí. Ahora
yo la miraba desde una verdadera inconsciencia de mí mis-
mo, como si mi propia mirada viniese de otra parte y me a-
travesara sin conocerme. No la miraba desde mí, sino desde
una lejanía, desde un antes de nacer, desde antes de ella mis-
ma. Y su mirada se enredó de a poco con la 'mía' y empezó
a transformarse lentamente. Como si las miradas fuesen hi-
los que, enroscados, hiciesen una soga que tiraba de ella,
sacándola de su terrorífico interior, y de mí, volviéndome
a la conciencia.
 Se alivió, diría, porque su cuerpo se aflojó, como si un
curso de agua la hubiese ablandado y se llevara en su deriva
las grandes rocas de su cansancio.
 Enseguida llegaron mis hermanos con unos pocos bártulos
y nos subimos al auto.
 Ella se sentó atrás y se quedó mirando por la ventanilla.
 Aunque la llamaban "la ruta de la costa", no había prácti-
camente nada que valiese la pena mirar. Pero permaneció
en esa posición durante todo el viaje. En Saldívar decidimos
hacer una parada. Eran alrededor de las seis de la tarde. Em-
pezaba a atardecer. Afuera del auto soplaba un viento frío.
Le pedimos que bajara para tomar algo caliente. No respon-
dió más que con un leve movimiento de negación de la cabe-
za. Seguía mirando por la ventanilla, que ahora daba a unos
postes de luz y a un par de carteles que no se leían porque
apuntaban a la ruta.
 Bajamos y, como dije, la sensación de alivio me duraba.
 
Los tres estábamos algo más animados. Tomamos café con
leche y pan con manteca y mermelada y dulce de leche y co-
mimos con ganas.
 Cuando salimos era completamente de noche, aunque no
hubiese pasado más de media hora. Caminamos sobre una
grava que crujía y había más tráfico, más ruidos y más lu-
ces por todas partes.
 Entre lo más conocido y lo totalmente desconocido, nos es-
peraba ella en el auto.


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