miércoles, 26 de marzo de 2014

EL AVION HIDROLITICO

 
                                            Ilustración: Horacio Cardo

Lo creó Münster, por supuesto, tremendamente presionado por las auto-
ridades. Era la Guerra, por supuesto, la última, como siempre, la Defini-
tiva Guerra.
El duelo aéreo entre Gran Bretaña y su país no terminaba de inclinarse
para un lado u otro y eso, al Führer, lo enFührecía.
Hasta entonces, Hans Erick Münster (1919- ?), trabajaba silenciosamente
en algunos proyectos particulares. El inicio de la guerra lo sorprendió re-
gresando a casa desde su taller, bajo una lluvia torrencial. Münster tenía
un problema desde chico con la lluvia. Desde entonces, cada regreso a casa
bajo la intensa lluvia se lo recuerda.
No ajeno a ese problema es el tema del clima en la región de Bremerhaven.
Como decía el Profesor Schmidt a sus alumnos en el extranjero, hablando
de su patria: "¡Tres días de sol por año! Así se hacen rudos los hombres."
Lo cierto es que algunos se hacen rudos, otros se vuelven mansos -y por las
mismas razones- y un tercer grupo, al que pertenece Hans Erick, se llena de
malas espinas y desagradables sensaciones. Por eso había creado el peculiar
vehículo con el cual se desplazaba en esa ocasión hacia su casa: una cápsula
hidrófuga, una suerte de huevo plástico, cuyos planos, dicho sea de paso, se
perdieron lamentablemente durante los bombardeos del '44, con tres ruedas
manipulables desde el interior mediante dos sencillos comandos. La rueda
trasera, que era algo más chica que las otras, servía de timón y direccionaba
el aparato.
Al llegar a su casa se encuentra con un vehículo oficial en la puerta y con el
Oberkommandierende de la región sentado en su living, platicando con su mu-
jer.
"Alemania lo necesita, no se puede perder la guerra aérea con el enemigo britá-
nico, el Führer en persona ha enviado por él, son tiempos en los que escacean
el material, los pilotos y, básicamente, el combustible, etc".
En un plazo de 8 meses, para abreviar, el prototipo del avión hidrolítico está listo
para sus pruebas. Es un avión pequeño, que se alimenta de la lluvia, justamente.
El fuselaje recibe el chaparrón y su ingenioso motor utiliza el agua como com-
bustible. Münster en persona lo pilotea ante los capos de la Luftwaffe. Las prue-
bas finales se llevan a cabo en Münich. Hitler sonríe por dentro. En pocos meses
se fabricarán miles de pequeños Münsters que asolarán las islas anglófilas.
Para volver a abreviar: todos sabemos el resultado. Los aviones hidrolíticos de
Münster no encuentran con frecuencia chaparrones intensos, sino lluvias media-
nas y delicadas lloviznas. Su vuelo, entonces, es exageradamente lento, ya que
el pequeño motor hace lo que puede para degradar el agua chirla que le llega en
insuficientes dosis.
En las cinco primeras grandes incursiones, los habitantes de Londres derriban más
de 750 ejemplares, en la mayoría de los casos desde el jardín y con las escopetas de
caza.
Münster huye en el Transiberiano Clandestino, invitado a Crimea por un "admirador
de su talento creativo", Iósif Vissariónovich Dzhugashvili. Arriba a Ucrania y es re-
cibido por una comitiva oficial enorme, con grandes banderas rojas y con varias
bandas militares tocando tremendos himnos de guerra eslavos en su honor. Dzhu-
gashvili, también llamado Iósif Vissariónovich Stalin,  lo recibe días después en su
despacho inmenso y le dice que quiere que Münster se convierta en proveedor de la
aeronáutica soviética, en comunista converso y en su amigo personal (parece que
allá también se usaba este pleonasmo). Son las últimas noticias que se tienen del in-
ventor. Lo cual no constituye un hecho sorprendente, si uno se guía por lo que solía
pasarle a los "amigos" de Stalin.
Una pequeña pero necesaria aclaración: Münster nunca se creyó un inventor. El de-
cía que hacía "experimentos menores".
Entre los muchos problemas que tuvo el Generalfeldmarschall  Erwin Johannes
Eugen Rommel, se encontró éste: Hitler le ordenó llevar un par de miles de aviones
hidrolíticos al norte de Africa. Era cuando aún no habían tenido la desastrosa derro-
ta londinense. Rommel no quería contradecir una vez más a su enojadizo líder, ya
que había agotado la cuota de negativas de esa semana. Obvio es decir que las pe-
queñas burbujas de Münster nunca dejaron tierra. Bueno, tierra no, arena.
También es harto conocido el hecho, pero lo vuelvo a contar para los que no lo sa-
ben, de que los ingleses reciclaron los aparatos derribados que pasaron a utilizarce
como mochilas de inodoros a presión (muy convenientes para baños públicos). Es
cierto que en los primeros ensayos hubo dos ahogados, pero una vez que le tomaron
la mano a la cosa, todo anduvo bien. Se pueden encontrar algunos ejemplares, toda-
vía,  uno de ellos, por ejemplo, ha sido avistado en la zona de Trafalgar.

[La ilustración de mi amigo de la infancia, Horacio Fidel Cardo juega con la idea,
solamente, ya que como dijimos antes, los planos originales se han perdido para
siempre.]

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