"Ah, veo que el señor es un entendido. ¡Es una cachemira
preciosa, oh, sí señor! Ah, claro, ¿el nombre? Se la llama ca-
chemira dormida. Como esa fiera -elija usted en su deseo-
que siempre hemos deseado tocar..."
"Veo que posee manos muy hábiles ¡sí señor! Rócela
muy, muy apenas, sí, señor! Es necesario para conservar
las manos. Las dos manos, sí señor..."
Se rio con una risa tan pequeña, que cabía en un grano
de mijo. Pero esa risita no se dispersaba, como parecía
estar siempre a punto de hacerlo.
"¡Ah, muselinas, señor, sí! ¡Muselinas muy antiguas, se-
ñor! ¡Claro que están respirando, señor! Son seres dormidos
desde hace incontables años, señor...Y sin embargo, si usted
la acaricia... Sí, hágalo, muy suavemente, señor. Si le ha to-
cado a usted el destino de poseer una finísima sensibilidad,
podrá sentir su muy leve ronroneo, o su casi imperceptible
gruñido, señor."
"Llévese una cachemira de ésas, o una muselina de éstas,
señor..."
"No las conseguirá en otro lado, señor..."
"No se arrepentirá nunca, se lo puedo asegurar, señor..."
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