miércoles, 15 de enero de 2020

CUATRO POEMAS DE ROLF JACOBSEN

  


  POSTE DE LUZ

 La luz de mi calle está tan glacialmente sola por la noche.
 Las pequeñas piedras del pavimento acuestan sus cabezas
                                                todo alrededor
 donde sostiene el paraguasdeluz sobre ellas
 para que la malvada oscuridad no se acerque.

 Dice: Estamos todos lejos de casa.
 Ya no quedan esperanzas.




 FINAL DEL CAMINO

 Los caminos han llegado a su fin ahora,
 ya no van más lejos, doblan acá,
 ahí sobre la tierra.
 No podés ir más más lejos si no querés
 ir a la luna o a los planetas. Detenete ahora
 a tiempo, y doblá hacia un nido de avispas o una huella
                                                                    [de vacas,
 es igual. Otra cosa.

 No van a ir más lejos como dije
 sin cambiar, el motor a herraduras,
 la palanca de cambios a una rama de abeto
    que sostenés floja en tu mano
 -¿Qué diablos es esto?



 LOS VIEJOS RELOJES

 Los viejos relojes tienen rostros alentadores.
 Son como esos granjeros en los grandes bosques o en las
                                                      [montañas
 Cuya entera existencia contiene cierta calma aceptación
 Como si pertenecieran a otra raza que la nuestra.
 Una raza que ha luchado a través del tiempo para llegar
                                                        [aquí
 Y ha visto su infelicidad encogerse como el pasto
 Durante el período anterior cuando la Tierra era tierra.
 Son invitados con nosotros esta vez y asienten en sintonía
                                         [con nuestra aflicción
 Junto a nuestra cama con su leve sabiduría: está bien,
 Oh sí, oh sí, está bien, está bien.



 LA EDAD DE LAS GRANDES SINFONÍAS

 La edad de las grandes sinfonías
 ya pasó.

 Las sinfonías se alzaban hacia el cielo con real magnifi-
                                    [cencia-
 nubes encendidas de sol con truenos dentro
 sobre los siglos brillantes.
 Cumulus bajo cielos azules. Coriolanus.

 Ahora vuelven a descender en forma de lluvia,
 una banda, lluvia color piedra en todas las longitudes
                        [de onda y los programas
 cubriendo la tierra como un sobretodo mojado, una bolsa 
                        [de ruido.

 Ahora están volviendo del cielo,
 saltan de los rascacielos como granizo eléctrico
 y se filtran en las salas de estar de los granjeros
 y ruedan sobre los suburbios y los océanos de ladrillos
 como un sonido inmortal.
 Una lluvia de sonido,
 "Ustedes millones de esta tierra, abracense."
 como gritos atenuados

 cada día, cada día
 sobre esta tierra que está sedienta y los toma de nuevo
                              [en su interior.


 FUENTE

Robert Bly. The Winged Energy of Delight. Selected Trans-
lations. HarperCollins, 2004.

Versiones del inglés: Robert R. Rivas (c)

TEXTOS ENCONTRADOS



 BATALLANDO

 Íbamos a bastante velocidad, las cubiertas del auto
palpando la huella, tirándonos mensajes demasiado
fugaces en el volante. El barro estaba espeso, como
nos habían avisado en Pineman, el último pueblo que
cruzamos. Había en efecto un archipiélago de char-
cos en el camino y hacía un frío intenso, de los que
forman esa clase de niebla luminosa y clara, tan es-
pesa que cuando pasa el auto deja un pasillo inmóvil,
más allá del cual la vista no sirve para nada. 
 Las ruedas veían por nosotros, sentían en sus carnes
el camino. Una distracción de las ruedas podía muy
bien atascarnos -la noche caía como la lluvia, parecía
ser parte noche y parte lluvia, y todo junto se parecía
bastante a la desgracia. 
 Si había casas, lo disimulaban muy bien. No se veía
una pizca de luz en ningún lado, ni siquiera algo que
sirviera para engañarnos o ilusionarnos un poco. De
todos modos, que esta era una zona dominada por el
barro. Que se vuelve líquido, que se torna tromba y
ataca puertas, techos, ventanas y patios, asediando a
los sufridos habitantes en sus casas agazapadas.
 Estábamos huyendo sin saberlo. Son esos momentos
en los que uno siente con certidumbre que el sufrimien-
to es tan numeroso, que tarde o temprano acabará ga-
nando la batalla.



 *


 ISMAEL ZELADA

 El loco que estudiaba los pisos.
 No tanto de qué estaban hechos, aunque tomaba cuenta
de ello, decía, en voz bien alta, como si le dictara a un es-
cribiente invisible y duro de oído que estuviera a sus espal-
das: "¡parquet!" o "¡baldosa grande!". Luego pasaba, tam-
bién en forma sucinta, a las características físicas: "tabla
ancha", o "rombos combinados", etc. Pero, entonces, empe-
zaba el verdadero estudio del piso. Parece que una cosa muy
importante era la "consistencia" del mismo. También le pres-
taba una intensa atención a las inclinaciones. Las descubría
con una facilidad extraordinaria: "ligera curvatura de dismi-
nución a la derecha". "Acá". "Ahí también". Y luego otras y
nuevas. Siempre interesado, al mismo tiempo, en cómo la
luz natural recorría los pisos y esta observación la hacía bus-
cando ángulos precisos y mínimos, con las ventanas funcio-
nando a la vez como lupa y linterna.
 "Sólido", "no suficientemente sólido", "no, no". "Jumm,
cáscara, cáscara."
 Estudiaba los pisos, pero no siempre, porque a algunos ya
los tenía estudiados (podría decirse "por suerte"). A esos los
atravesaba sin mirarlos. pasaba derecho, con una actitud
provocadoramente indiferente.
 En cambio, en cuanto entraba a un lugar que no conocía,
su atención era súbitamente imantada por el piso. Al
principio ni siquiera se movía. Lo cual producía una honda
impresión: ver cuánto se concentraba. Luego mirábamos sus
expresiones. Decenas de expresiones cambiantes, al percibir
detalles, al serle reveladas cuestiones trascendentes.
 "Como si fuesen superficies heladas que pudiesen hundirse
bajo los pies", describe un viejo tratado de psiquiatría del
siglo XIX. Pero, por cierto que no es para nada así. Zelada
no le teme a los pisos en absoluto. Si tuviésemos que em-
plear obligatoriamente un término, saltaría a nuestra mente:
"domador". Pero también resulta inexacto, impreciso.
 Anda, ahora descalzo, con una delicadeza que sólo un ani-
mal en peligro de muerte, o bien un animal a punto de sal-
tar sobre la presa, pueden desarrollar.
 "Sordo", dice en este momento. "Sordo", le repite a su es-
cribiente. Y por un momento dudamos, claro. Pero habla 
del piso, Zelada siempre habla de los pisos.



 *

 Con imanes le fueron sustrayendo los Schnifles letras a los
Bujuma, hasta dejarlos boyando en el silencio
 Imitan el gesto del saludo, pero a nadie -pequeñas violen-
cias permitidas
 Una niña se anima: hace ruidos. Los hace y al mismo tiempo
los arroja al aire. Donde se mezclan con el viento y con los
truenos, con el susurro de las hojas, el chirriar de las chicharras
y de los grillos

 Bujumas: aprendieron a rezar sin palabras, a llorar sin sollo-
zos, a reír maravillosas risas insonoras



 *

 largos caminos de seda
 los abandonados
 caminos y caminos

 sinuosos, claro está, pero también extensos
 senderos de curvas lentas
 y con la seda siguiendo y trazando
al mismo tiempo

 senderos hace siglos silenciosos
 abandonados

 al ver esos senderos
 o estar cerca de ellos,
 ¡cómo pensar en tortas,
 en edificios, en cornetas,
 en discursos, en caléndulas,
 en arte y en mañas!



 *

 EL PAN KNINI

 no sirve para comer
 ¿es mejor decirlo al comienzo?
 pero la belleza del pan Knini
 abre a patadas las puertas
 de los templos abandonados de Zizna y de Tolcana.

 ellos, los ausentes,  desde el fondo frío y oscuro
 de sus habitaciones, sus camas fijas de hierro,
 sus ventanas enrejadas,
 miran al pan Knini con ojos desnudos y trepidantes
 lágrimas

 el cuerpo del pan Knini
 que tanto recuerda
 el cuerpo de las muchachas jugando
 desnudas en el río
 con la luz y con las sombras,
 con el tiempo
 y con el alma del agua



 *

 CALAÑAS

 Esta Filídula 
 a algunos les pone la cara
 con otros imita apenas el gesto del beso
 no sabiendo que no sabe nada
 resulta que a veces
 parece saber algo 
 o guardar profundamente algún secreto




 *

 Ofidia es terca ma' non tersa
 es tensa pero no intensa
 su malicia no la vuelve interesante
 pero asfixia a la aspirante
 a media reina
 y la deja para siempre
 reina solamente entre las necias
 sin saber y sin sabor;
 su marido es el señor
 con el que tú conversabas
 él ignora que ella reina
 entre necias consagradas,
 puede que vea a su Ofidia
 para mí que no ve nada



 *

 Dice: "Es raro. O yo tenía una gran imaginación
y la he perdido, o yo no tenía una gran imaginación
y lo que he perdido es la imaginación de tener una
gran imaginación."
 Dice: "Tal vez deba volver al dolor. Mi envoltura 
de dolor."
 Dice: "Vivir escondiéndose. Tener por vida un escon-
dite."
 Dice: "Solía alcanzar buenas profundidades en mis
sueños."
 Dice también: "Vastos los reinos de la necedad y elevado
su índice de población."



 *

 Otro día vimos peces de hocico puntiagudo, negros, des-
lizándose por los bordes de las orillas.
 Buscaban algo y juraríamos que sabían qué era lo que
buscaban.
 Y nosotros mirábamos a esos peces sin dejar de sentir
cómo nos sentíamos.
 La aparente diferencia nos causaba una (nueva) desagra-
dable impresión.





 *

 Después de una excursión de las que se organizaban habi-
tualmente en Sirszt, se venía a este bar a tomar unos tragos,
o a atiborrarse de café.
 El café se puede decir que era espeso.
 ¿Por qué uno mira por los ventanales? ¿Qué, quién espera-
mos que llegue en un lugar donde nadie nos conoce?
 P. vivió algunos años en una mina de sal.
 Dice que ahí la espera parecía distinta, aterciopelada.
 Dice que es la clase de espera 
    que no precisa de la menor esperanza de nada.


ALGUNOS TEXTOS DE HENRI MICHAUX




 Sigo pensando que es el mayor poeta con el que me crucé.
Que sus escritos poéticos "sin poesía", como se dice de ellos,
son de una asombrosa creatividad. Una palabra que se ha ido
perdiendo. (No agrego el triste "lamentablemente".) El único
lugar en el que Michaux se ha permitido ser 'poético' en el
sentido tradicional de esta palabra, vinculada a la belleza, es
cuando se refiere a la muerte de su amada.
 Estos tres textos provienen de versiones bilingües, francés
e inglés. Como mi dominio del francés puede incluirse
dentro de la categoría de lo patético, sólo lo utilizo como un
valioso respaldo para mis versiones del inglés, ya que esta
lengua está mucho más distante de la nuestra que la gala.
 Como seguramente muchos otros, he soñado con la traduc-
ción de la Obras Completas de Michaux. En la edición fran-
cesa son tres tomos y varios miles de páginas. Tarea de las
improbables. Deberemos conformarnos con fragmentos. O
tal vez el fragmento sea mejor que la completud. Y nuestra
tarea se vea enriquecida de tanto en tanto incorporando otra
pequeña pieza el enorme animal-aparato de la obra-Michaux.





 LA DARLETTE

 La Darlette se encuentra en los terrenos secos y arenosos.
No es una planta, es una bestia ágil, corsetada y huesuda
como ningún insecto, gorda como una rata y larga como 
ella, si se incluye la cola.
 Su segmento posterior (hay 3), si un hombre salta sobre
ella, puede muy bien romperse, cuando el animal aun no 
ha arribado a la edad adulta.
 El interior, bajo paredes del grosor de un meñique, no con-
tienen órganos esenciales, la bestia herida continúa su mar-
cha con su abdomen de mermelada y sus paredes en brecha.
Es una bestia que no teme a nadie, come serpientes y va a
chupar las ubres de las vacas que no se atreven a moverse.
 La araña de los fosos le hace la guerra exitosamente: ella
la embobina, la colma de hilos; una vez paralizada, ella la
extrae toda entera por las orejas.
 Sus orejas rosáceas y sus ojos y sus órganos internos son
las únicas partes tiernas de su cuerpo. 
 Ella la aspira toda entera por las orejas.




 DE GENTE ARRUINADA

 Una criatura de una especie desconocida, muy, muy cer-
cana, con una enorme boquiabierta terrorífica abertura ade-
cuada para tragarse al observador, para hacerlo desaparecer,
pronto hipnotizado, perdido por encima de todo, perdida
cualquier idea de retorno. Caída en el corral de carne. Al-
guien tiene por cierto esta tentación.
 Arriba, dos oscuros ojos, globos de visión magnética, mi-
rando rectamente hacia adelante, mono-ideadas, dicen al
unísono: "¿Querrías decidirte? ¿O debo seguir esperando?"
Ya que una pizca de libre albedrío parece parte de las re-
glas de juego, del siniestro, fascinante juego.
 Dientes en una hilera vigilan -poco más o menos- la entra-
da. Casi traslúcidos, apenas podrían lastimar, excepto tal 
vez al retirarse, si retirarse fuese una posibilidad.
 En las profundidades del cavernoso paladar parece haber
flecos, pelos, una hilera de hojas de afeitar blandas, negras-
como oscuros huesos de ballena.
 Una extraña entrada. La boca -un rojo casi flamígero- re-
cuerda (por su circularidad y la perfección de su curva) del
admirable recorrido de un planeta alrededor de su querida,
la Estrella, la Estrella de la que uno no puede apartarse.



  DRAGÓN

 Un dragón surgió de mí. Arrancó cien colas de llamas y de
nervios.
 ¡Qué esfuerzo hice para obligarlo a elevarse, flagelándolo
encima mío!
 Su parte más baja era una prisión de acero: yo estaba ence-
rrado en su interior. Pero me sostuve frente a él y a su furia 
y las barras de la implacable cárcel finalmente se desarma-
ron poco a poco, forzadas por el impetuoso movimiento gi-
ratorio.
 Era porque todo iba tan mal, era en septiembre (1938), era
un martes, por eso tuve que investir esta forma peculiar pa-
ra poder vivir. Así que peleé por mí mismo solo cuando
Europa todavía estaba dudando, y puesto en marcha como
un dragón, contra las fuerzas del mal, contra la intermina-
ble parálisis que surgía de lo que estaba ocurriendo, sobre
la voz del océano de hombres mediocres cuya inmensa im-
portancia una vez más, repentina, vertiginosamente, se re-
velaba.




 LA PARPUA

 La Parpua es un animal corbatado con pesados banderines,
los ojos parecen blandos y del color del espárrago cocido, es-
triados de sangre, especialmente en los bordes.
 La pupila no está desnuda. Es un enrejado de canales negros
que están generalmente dispuestos en tres regiones, tres trián-
gulos.
 La pupila de este animal varía para cualquier persona que la
observa y ante cualquier nueva circunstancia. 
 Pero contrariamente a los felinos, la luz es lo que menos le
importa; son sus impresiones más bien lo que cambia sus
ojos y estos son anchos como una mano.
 Los hombres Banto son conocidos, de acuerdo a Astrocio,
contemporáneo de Euclides y el único hombre de su tiempo
que había viajado, por haber domado a la Parpua. Los Ban-
tos solían sostener que la e y la i que podía hallarse en las
lenguas de todos los pueblos que se conocían por entonces
eran una prueba de la debilidad de esos pueblos.
 Pero ellos mismos, habiendo desposado a las mujeres Iroi,
perdieron sus virtudes guerreras y su peculiar lenguaje.
 La Parpua es dulce. Ellos la han trabajado, ejercitado. Cier-
tas parpuas pueden modificar durante horas sus ojos. Uno
jamás se cansa de mirarlas, "estos estanques que vibran" di-
ce Astrocio. Son grandes actrices. Luego de una escena de
una hora comienzan a temblar, y se enrollan en lana, bajo
sus largos pelos la transpiración se hace pesada y esto entra-
ña un peligro para ellas.



 Hace unos cuantos años, la librería Fausto inició su propia
linea editorial. Publicó entonces varias antologías muy valio-
sas, de poesía italiana, alemana, inglesa, estadounidense, ar-
gentina y francesa. También publicó algunos libros de poetas
fundamentales, en excelentes versiones: Pavese, Pierre Jean
Jouve, Montale, Cendrars, Edgar Lee Masters, Césaire y o-
tros. Entre esos otros, editó "La vida en los pliegues", de Mi-
chaux, en la impecable versión de Víctor Goldstein. Pero a lo 
que quiero referirme en este caso es al hecho de que en la so-
lapa posterior de uno de esos libros, entre los títulos publi-
cados, aparece "La noche se agita", del mismo Michaux, "traducción y notas de Aquiles Ferrario". Pero ese libro nunca apareció. La editorial, aunque no la librería, dejó de existir y 
ese esperado libro del poeta nacido en Namur, nunca cobró existencia.
 Estos dos textos provienen de esa obra.


 EM Y EL VIEJO DOCTOR

 Volviendo de las Indias con una pierna hinchada rezumando
pus para todas partes, Em hizo lo imposible para consultar a
un viejo doctor que vivía en la Selva Negra, y le mostró su
pierna y el pus.
 "Oh," dijo en Doctor, "tal vez haya unos pocos viejos y des-
gastados microbios todavía allí... Unos pocos desgastados 
viejos microbios..."
 Como el hombre joven estaba preocupado porque los huesos
de su pierna podían ser destruidos por los microbios:
 "No, no creo", dijo el Doctor, "más bien pienso que están
al final de sus fuerzas. Sus mejores días han pasado, créame."
Y con una beatífica sonrisa, lo despidió.



 LA ALDEA DE LOS LOCOS

 En un tiempo tan vivaz, ahora una aldea desierta. Acurru-
cado bajo un cobertizo abierto, un hombre esperaba que pa-
rase la lluvia; ahora, hacía un frío tremendo, no habría opor-
tunidad de lluvia por un largo tiempo.
 Un granjero estaba buscando a su caballo entre los huevos.
Recién se lo habían robado. Era día de mercado. Incontables
eran los huevos en incontables canastos. Seguramente el la-
drón había pensado en esto para desalentar la búsqueda.
 En una habitación de la casa blanca, un hombre arrastraba
a su mujer hacia la cama.
 "¡Te importa", dijo ella. "¡Qué pasa si fuese tu padre!"
 "No puedes ser mi padre", dijo él, "dado que eres mujer, y
además, ningún hombre tiene dos padres."
 "Ves, vos también estás preocupado."
 Él se fue, desanimado, un Caballero en vestido de noche pa-
só junto a él y dijo:
 "Ya no quedan reinas hoy en día. No tiene sentido insistir en
ello, ya no hay más." Y siguió su camino, mascullando amena-
zas.


 FUENTES

 Henri MICHAUX. Selected Writings. New Directions, 1968.
(Versiones de Richard Ellmann, el importante crítico estado-
unidense, autor entre otros trabajos notables, de la biografía 
de James Joyce.)




 Henri MICHAUX. Darkness Moves. Anthology: 1927-
1984. Selected, translated, and presented by David Ball.
Univ. of California Press, 1994.

                           


Versiones del inglés, con ayuda del francés: Robert R. 
Rivas (c)

miércoles, 25 de diciembre de 2019

UN INOLVIDABLE POEMA DE ROBERT BLY



              MI PADRE A LOS 85

  Sus grandes orejas lo escuchan
  todo.
  Un ermitaño despierta 
  y duerme 
  en una choza debajo
  de sus demacradas mejillas.
  Sus ojos azules, 
  alerta, des-
  ilusionados y recelosos
  se quejan.
  Yo no le traigo
  el mismo tipo de chistes
  que las enfermeras.
  Es un pajarito
  esperando ser alimentado,
  casi puro pico,
  un águila o un buitre,
  del sirviente del Faraón
  justo antes de la muerte.
  Mi brazo descansa
  en la barandilla de la cama,
  con amor nuevo.
  Todo lo que sé
  de los Trovadores
  lo traigo a su cama.
  Ya no deseo 
  ni preciso
  ser avergonzado por él
  nunca más.
  El general de la vergüenza
  lo ha dado de baja
  y lo ha dejado en 
  este pequeño pueblo
  de provincia de Egipto.
  No deseo avergonzarlo
  entonces 
  ¿por qué 
  no amarlo?
  Sus largas manos,
  grandes, venosas, capaces,
  aún son capaces
  de retener lo que él quería.
  ¿Pero es eso lo que
  él deseaba?
  Algún poderoso
  río de deseo
  sigue fluyendo
  a través suyo.
  Nunca nombró
  lo que deseaba,
  y yo soy
  su hijo.




 FUENTE

 Robert Bly. Common Ground. A Gathering of Poems
from the 1985 Marshall Festival. Dakota Territory Press,
1988.

NOTA

¿Cómo no asociar este poema con varios de Sharon Olds
dedicados a su padre, ya sea moribundo o muerto? 
Hay una afinidad en la forma de relacionarse con aquel
que ha sido de cierta manera (violenta, humillante) y que
a la vejez o ante la muerte, se transmuta en otro, reflotan-
do los ocultos sentimientos amorosos.

Versión del inglés: Robert R. Rivas (c)
  

CULTURAS ORIGINARIAS: LOS CHEREMIS DE FINLANDIA

 UN CANTO DE HECHIZO 
     (Los CHEREMIS)

 Emerge el sol de la mañana,
 Emerge como-de-oro.
 Desciende el sol de la tarde,
 Desciende como-de-plata.
 Nuestras vidas desaparecen.
 Desaparecen como-hilo-de-seda.
 Fluimos y vamos fluyendo-como-ríos.

 FUENTE

 Anthropos, vol. 48, 1953.

Versión del inglés: Robert R. Rivas (c)

UNA INSTANCIA

 La estación de tren en el pueblito
 cuando ya ha pasado el último
 (¿único?)
 tren de la tarde,
 y alguien está sentado en el banco
 del andén
 observado por la inmensa soledad 
 que lo rodea.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

TRES TEXTOS SUELTOS

 1.

 En las salopas -perdón, a veces me olvido de que muchos 
lectores no hablan en licmian- en las cañerías de esas casas
circulaban ruidos extraños. Cómo música de torturados. 
 Si se abría una mompa - otra vez perdón, es evidente que
quise decir "grifo"- la música se ponía en movimiento: se 
sentía el volar súbito de cien mil murciélagos -¡cuánto ter-
ciopelo!, murciélagos flix, con los labios apenas untados 
de vainilla- y unos címbalos amenazantes -¿para qué?- de
fondo, como si una tormenta pugnase por brotar de todas
las mompas de la ciudad.
 De noche sólo un reflujo. Sin apagarse del todo, se suavi-
zaba y los sonidos se alejaban hacia las cuevas, los cuartos.
 ¡Sarosta! Habían construido esas ciudades sobre cemen-
terios de guerra. Nuestra casa... venía allá lejos, una cha-
lupa solitaria en un sigmag -océano- de rocas rodadoras.


 2.

 Lo irreparable
 Lo irreparable siempre va a tener que tener que ver con
el paso del tiempo 
 Sino, no hay irreparabilidad posible.

 Lo irreparable es lo que una de las paredes de nuestras
construcciones ambulantes -se hizo lo mejor que se pudo-
 Una de las paredes, quiero decir, se dedica a mantener
a lo irreparable del lado de afuera
 Lo ajeno (enajenante)
 La locura
        (que viene a ser el sinsentido cargado al máximo de
          sentido)
 Lo inexorable
 Lo incontrolable

 No alcanzan las paredes, por supuesto

 Y queda (Now you're talking!) el "habitante" de la construc-
ción ambulatoria. ¿Es confiable?
 Es su propio inquilino...         El inquilino

 Éste trata de distraerse de la pesadilla que significaría tener
que estar atendiendo todo el tiempo a las filtraciones, los de-
fectos de construcción, las nuevas y cambiantes amenazas,
las puertas, los techos, las ventanas y todo aquello que man-
tiene andando a la construcción ambulatoria en medio de tan-
tas acechanzas.
 ¡Ahínco! (Eso es lo que hay que tener en este mundo)



 3.

 "En directa", solía decirse de la marcha elegida con ciertos
vehículos mecánicos.
 "Voy en directa"
 Suena, ahora, a certidumbre.
 ¿Había certidumbre en esa época, o es tan sólo otra creencia
improbable?
 Habría que volver a escuchar esos motores.
 A oler su combustible
 Siempre resulta: "¿Es así, o acaso ignoramos lo esencial?"

 John Ashbery se cruza en la ruta. Entre las múltiples incom-
presibles cosas que habla, se escurre justo esta: "Vuelve, án-
gel, por favor. Permite que olamos tu olor celestial de nuevo."

 ¿Es nafta de aviación, o diésel, o mezcla de nafta y diésel co-
mo el extinto DKW?

 Siglas (DKW) que nos remiten al cerco invisible. sentirse
un checo en 1950, o un húngaro o hasta un rumano, en los
setenta. 
 Todo reside en qué amplitud requiere el rodeo que hay que 
dar para no ser aplastado por el sistema.

 Algunos están atribulados
 Siempre hay una gama de reacciones posibles.
 Otros usan como combustible una rabia de segunda, inútil
para procesos activos; afuera de ellos -que son por lejos los
más numerosos- hay siempre un puñado que está de fiesta,
avivando sin importarles las llamas de los consumidos con
sus ingeniocínicas inequidades.
 Casi nadie es realmente consciente de nada.
 Otro raro acierto de Ashbery, debo reconocerlo, aparece en
este instante: 

  Como una atribulada madre mece la cuna
  sin importarle el niño que llora

 ¡Claro que él dice otra cosa! Siempre estamos diciendo otra
cosa.