miércoles, 9 de febrero de 2011

DERIVA, DERIVACIONES, DERIVACCIONES

 Un placer suele conducir a otros placeres y éstos a su vez a
otros más y se encuentra muy pronto uno en una verdadera
adicción a los placeres
 La falta de placer puede, a veces, convertir a los placeres por
venir en grandes, suculentos placeres, frutos de la abstinencia
 Pero también la falta de placer puede deberse a condiciones
de vida que hacen dificultoso que cualquier placer se abra pa-
so y entonces suele suceder que se pierde hasta la capacidad
de rememorar los placeres o de desearlos, incluso
 Iba a decir que cualquier equilibrio es inestable para el ser hu-
mano, pero al darle una pasada de pensamiento a ese pensa-
miento, decidí reservarme esa opinión
 Las opiniones tal vez sean muy necesarias, ya que se crearía
un intolerable vacío en las conversaciones comunes -y tan im-
portantes- sin ellas, pero casi siempre que se las escucha sue-
nan entre jactanciosas y ridículas y su única justificación es
que pueden darle un poco de aire a esas conversaciones, por
lo que su vida sumamente corta, al parecer, sirve
 También vive poco el mosquito -y muchos dirán "¡por suer-
te!"- pero para algo debe servir el mosquito, aunque nos moles-
te
 La molestia es otra clase de droga a la que estamos habituados,
y que parece formar parte intrínseca de nuestro mundo, aunque
como en el caso de casi cualquier droga, todo el asunto pasa
por la dosis
 Cuando la molestia tiene raíces y al intentar apartarla de noso-
tros, las raíces tiran y parecen implantadas en el macizo espinal
que llamamos con poesía "plexo solar", se trata casi seguramen-
te de la angustia
 Algunos dicen que la angustia viene a ser la verdad o su mejor
vocero y que sin ella nuestra existencia se parecería a la de las
plantas, pero está claro que nadie sabe lo suficiente como para
afirmar esto, ya que desconocemos el 'interior' de las plantas
 Las plantas y las palmas son lugares sensibles, que en algunos
casos revelan muchas cosas no dichas por un cuerpo a través
de su coloración, y aunque las manos parecen mucho más hu-
manas que los pies, carecen de talones, los cuales expresan al-
guna cosa de ese otro misterio que llamamos "mujer"
 Las cosas y el lenguaje se rozan sin tocarse
 Esas cosas pasan
 Algunas cosas pasan, otras ocurren, ocurren y no 'pasan'
 Hay meses en la vida humana que pasan con el nombre per-
dido y su nuevo nombre es una ausencia
 La ausencia puede también ser una imagen
 Imágenes tenemos todos, pero no son las mismas
 Lo mismo, dentro de un rato ya no es lo mismo
 Nosotros mismos somos espejos ondulantes de agua blanda,
en el mejor de los casos, ya que ni siquiera lo más simple deja
de moverse, como nubes que se ingurgitan y regurgitan inter-minablemente
 ¿Dije "mente"?
 Si lo dije, lo dije insidiosamente
 Esos dioses que no dejan pasar de los indicios
 Los indicios y sus temblorosos espejismos
 Por ejemplo: ¿Con qué toca y con qué te toca una mirada?

martes, 8 de febrero de 2011

4 POEMAS DE JEAN FOLLAIN

Conozco la poesía de Jean Follain desde hace muchos años.
Sus poemas son breves, sencillos en apariencia, pero siempre
encierran un misterio. Follain nació en 1903 en un pueblo nor-
mando y murió atropellado por un auto, como Roland Barthes
en las calles de París, pero en su caso, en 1971. Publicó su pri-
mer libro duradero de poesía en 1933 y aparte de dedicarse a
la literatura se graduó en leyes y durante un breve tiempo, fue
juez. En la época más poderosa del surrealismo, no fue absor-
vido por éste. Escribió, en ese sentido, reactivamente contra
esa tendencia. "Me esfuerzo por escribir una poesía que puede llamarse de concentración y que opondría a la poesía discursi-
va, que no deja de tener su valor. En esta poesía de concentra-
ción hay un ajuste del texto, un gran valor atribuído al poema mismo, una suerte de encantamiento verbal bastante bien controlado, pero que debe mantenerse como un encantamien-
to."
Sus poemas relacionan objetos y personas, evitando el uso
de metáforas evidentes. Es un mundo de imágenes, pero a su
vez el lenguaje está sumamente cargado de sentido. "Hay una
palabra ondée que ya casi no se usa en ninguna parte, pero que
es una palabra francesa que significa un fuerte chaparrón. He
oído esa palabra desde mi infancia y tiene un vigor especial pa-
ra mí." Imágenes y palabras se cargan unas a otras en la poesía
de Follain, abriendo y cerrando esos pequeños textos como una
flor o como una mano. Su magia es generar relaciones nuevas
entre las cosas pasadas y presentes y ciertas reflexiones acerca
de la existencia y el tiempo se transvisten hábilmente en sus
textos.
Por otra parte, es un poeta poco traducido al castellano -sólo conozco una edi
ción de Icaria, "Espacio del instante", realiza-
da por Pedro Provencio.
Dice Follain: "Cuanto más pienso acerca de mis poemas, más
tiendo a creer que tal vez he querido darle importancia a una
poesía que podría sacar a luz la existencia misma de los seres
y de las cosas. Nombrar las cosas, hacerlas existir en su propia
vibración, si se puede decir así, en su fugacidad, se me ocurre
que es el objeto de la poesía."
Una de las particularidades más interesantes de la poesía de
Follain, a mi entender, es que toma sus temas del pasado, pero
no en forma de recuerdos, justamente. A pesar de declararse enemigo de la nostalgia, y de que su propósito es devolverle
la vida a esos elementos extraídos del pasado, no deja de 'on-
dear' -juego un poco con su palabra fetiche- en sus versos una lejana tristeza.

LAS PASIONES

Un verano pasa
sobre el mundo
un perro tiene para diez años de vida
cada uno persigue su pasión
y si uno bebe vino fuerte
el otro repara la máquina
adecuada a su amarga venganza
o desnuda los pechos
de la anónima sirvienta
mientras el árbol tiembla
imperceptiblemente.


BOUTIQUE

Los hombres vienen a buscar
con una lenta sonrisa
paquetes envueltos
a veces una vela blanca
en esta austera boutique
donde penden ornamentados zuecos de madera
sus voces claman:
"¿Hay alguien aquí?"
Una mujer viene al fin
a servirlos con sus manos
que han recogido el pasto
al borde de estos senderos
que atraviesa ligero una liebre
de especie común.


EL FUEGO

Altas hiedras estirándose
sobre la casa gris
del metafísico
se prendió fuego una noche
aclarando el llano arrasado
en el aire flotaban las cenizas
en el olor de la hierba quemada
después las nubes pasaron calmas
sobre la ruina asaltada
por muchos niños sin madre
que juegan en sus brechas
vestidos con negros harapos
imaginando su vida futura.


LA MANZANA ROJA

El Tintoretto pintó a su hija muerta
pasan autos en la distancia
el pintor está muerto a su vez
largos rieles hoy
encorsetan la tierra
y la cincelan
el Renacimiento resiste
en el claroscuro de los museos
las vocen mutan
a menudo hasta el silencio
está casi exhausto
pero la manzana roja permanece.


[He realizado estas versiones desde una doble fuente: el inglés,
como orientador y el francés, que por su mayor parentesco con
el castellano, me lleva a pulir o precisar ciertos términos]

Fuentes

1. Jean Follain. 130 poems. Trad. Christopher Middleton.
   Anvil Press Poetry. 2010.
2. Jean Follain: Transparency of the World. Trad. W. S. Merwin.
   Copper Canyon Press, 2003.
3.Serge Gavronsky: Poems & Texts. An Anthology of French
   Poems. (Ponge, Follain, Guillevic, Frénaud, Bonnefoy, Roche,
   Du Bouchet and Pleynet). October House Inc., 1969.

sábado, 5 de febrero de 2011

EN EL AULA. Un relato

 Cada mañana llego al aula en semi-penumbras. Los objetos
(pupitres, percheros, pizarrón) están en desorden. Por supues-
to, ya ha llegado Bonara. Arriba tan temprano que más de una
vez he imaginado que se había quedado desde el día anterior.
Bonara me observa desde su silencio. Y la costumbre me ha
hecho no distinguirlo del todo del desorden de la sala: ésa es
su forma de ser. En lugar de levantar los pupitres caídos o de
alinear mínimamente los que están de pie, Bonara se sienta en
alguno que esté alejado y permanece ahí hasta que se puebla
el aula. El resto de los chicos, que tienen una desidia insopor-
table para cualquier cosa útil, ordenan de mala gana, mientras
yo, sentado ante mi escritorio, los observo con una ligera irri-
tación por encima de mis anteojos.
Arrastran los muebles, produciendo chirridos que se mezclan
con los gritos de los que resultan atropellados, aumentando en-
seguida un par de puntos mi intolerancia.
Siempre tengo que ordenarles varias veces que se sienten.
Es como si ciertas palabras, como teclas muertas de un piano,
hubiesen dejado de sonar para ellos.
¡A cuántos saberes se resisten estos niños obsecados, estos
expertos precoces en obstinación!
Si tienen que estar sentados, o guardar silencio, o prestar aten-
ción, harán todo lo contrario, sin esfuerzo alguno.
Tendré que decírselos una vez más. Y luego repetirlo, cambian-
do el tono de voz, alzándola, y luego poniéndome de pie, ame-
nazante, dispuesto ya a atacarlos, como una tormenta que se
cirniese de pronto sobre sus pequeñas almas.
Entonces se sientan, colocando sus portafolios sobre el pupitre
haciendo saltar la tinta de los tinteros, que por milagro aún contienen alguna gota de ese elemento, inmundo para ellos.
Sacan libros desvencijados, con rabia y con un desgano tal que
si pudiera los enviaría de inmediato a sus casas para siempre.
Los libros no sólo están destrozados por el uso, o porque los
han heredado de hermanos mayores o de conocidos de la fami-
lia, ni porque los hayan abierto en sus hogares. Sólo de entrar y
salir con violencia de esas valijas de cuero duro y desgastado,
sólo de ser usados como instrumento de guerra entre ellos, ago-
tados por el odio de estos chicos, sólo por eso están casi inusa-
bles esos libros.
Ahora, una vez que he gritado como un maniático para que se
sentara cada uno en un lugar, interrumpiendo las batallas por
asientos que hasta hace unos minutos no le pertenecían a na-
die, y cuando aplastado en mi silla espero que se calme mi pe-
ligrosa agitación, los alumnos han hecho un simulacro de obe-
diencia y esperan en silencio el inicio de la clase.
Recorro sus rostros, mientras me repongo, uno por uno. Son
once los días de asistencia completa, que son los más raros.
El aula contiene más de 15 asientos, por lo cual siempre pare-
ce mayor que el real el número de ausentes.
Soy, habitualmente, un hombre observador. Mi vida solitaria
me ha llevado a mirar el mundo que me rodea más que aque-
llos que están ocupados en una vida familiar. Por esa razón,
con un solo vistazo de un rostro puedo hacerme una buena
idea de lo que pasa por su cabeza-o-alma. Es por eso que no
me canso de mirar día a día a estos chicos, que constituyen
buena parte de mi mundo exterior.
¿Y qué veo? ¡Nada! Apenas ese desgano, ese desprecio por
cualquier enseñanza, ese hastío del mundo adulto mucho antes
de haber entrado en él.
De todos modos, yo no dejo de insistir. Me acerco a esos hol-
gazanes desprolijos y les acaricio las cabezotas todavía despei-
nadas por la almohada. Les digo que se acomoden la ropa. Al-
guna vez tomo uno de esos portafolios y lo ordeno un poco
mientras están copiando algo del pizarrón.
Estoy convencido de que si escribiera en otro idioma en ese
pizarrón, ellos no lo notarían. Copiarían las palabras con la
misma falta de actitud, ficticiamente concentrados, mordis-
queando un extremo del lápiz, inclinándose para un lado de
esos grandes cuadernos donde acumulan sus pequeños desas-
tres cotidianos en forma de borrones, manchas y tachaduras.
Pero no, no escribo en otro idioma. Aún no he abandonado
la razón por la que estoy acá.

Invierno. A la hora del comienzo de las clases, aún está oscu-
ro. El aula, iluminada con una luz insuficiente, con sus mue-
bles en desorden, con los chicos fastidiados. Si no supiera que
no hay otra vida posible para mí en este pequeño pueblo, me
preguntaría ¿qué hago acá?

Morfino me trae la hoja en la que copió el dictado. No me mira
a los ojos, Morfino. Nunca lo hace. Creo sinceramente que si
me cruzara por la calle no me reconocería. No es un chico mal-
vado, nada de eso -ninguno de ellos lo es, todavía. Su padre, a
quien he visto una sola vez, en la cafetería, es un hombre de
una vulgaridad y de una agresividad asombrosas. Supongo que
esa ya es una carga para la pequeña vida de Morfino. Ese día,
por una pequeña discusión que fue elevando su tono, el padre
de Morfino golpeó a alguien con una botella, desmayándolo.
Al tomar la hoja me doy cuenta de que ha transcripto la mitad
de lo que he dictado. Igual, lo retengo de la manga y le digo
algo como "muy bien, Morfino, veo que te esforzaste, muy bien".
Medio dictado es una cantidad sobresaliente para este chico.
Entonces Morfino esboza una sonrisa tímida, al tiempo que la-
dea la cara como con vergüenza de que se note que se ha enor-
gullecido por mi comentario. Y ahí va, corpulento para su edad,
vuelto más torpe que de costumbre por el embarazo del momen-
to, de regreso a su pupitre.
Larson, su compañero de hilera, lo recibe contento, sin faltar
en su expresión un poquito de sorna. Los demás chicos aprove-
chan el momento para desatar una gritería y armar un festejo a
todas luces excesivo. Pronto debo poner orden porque están
todos algo descontrolados, manotenado a Morfino, en una esce-
na de ansiedad y entusiasmo.
Cualquier situación puede ser propicia para desatar sus incon-
sistentes pero voraces emociones.
Morfino, sin embargo, luce contento. Tan a gusto entre sus dos
compañeros como inhibido conmigo. Se ríe, todavía ruborizado,
y devuelve los golpecitos de un lado y de otro.
Hasta Bonara que nunca cambia de lugar ni de actitud está esta
vez próximo a los otros chicos y como a punto de dar a luz
una sonrisa. Entonces me fijo en su rostro. "Bonara tiene luz",
pienso muy rápido. Pienso: "es el más lindo gesto que he visto
en mi vida". Pienso:  "En pocos instantes todo esto habrá pasa-
do. La luz, la cuasi sonrisa de Bonara, la alegría agitada de to-
dos los demás chicos, la mañana, el invierno, el pequeño pue-
blo de Vismara, los años, la vida de todos nosotros...Todo esto habrá sido LANZADO como por una catapulta hacia atrás, ha-
cia afuera, a la oscura y silenciosa bruma que nos rodea."
Pero es probable que estos pensamientos se deban a que no
me he sentido muy bien últimamente.
Alzo la voz, golpeo el escritorio, y poco a poco la habitualidad
del aula regresa, intacta.


CANTOS DE PUEBLOS ORIGINARIOS DE SIBERIA

Siberia se ha convertido en 'una marca', en una broma ma-
cabra: "te envían a Siberia", desde que la persecución polí-
tica salvaje se desatara en la Unión Soviética, ya en los años
20. A diferencia de los Lager nazis, que eran puros campos
de exterminio, los Gulag soviéticos tenían la finalidad del
castigo, la siembra de la paranoia y el terror; pero la muerte
como destino inexorable era un 'beneficio secundario' del
sistema. Los prisioneros del régimen stalinista, a veces hé-
roes de la 2° Guerra Mundial cuyo mayor pecado había sido
caer prisioneros de los alemanes -y sufrir las degradantes con-
diciones de sus campos de detención- sufrían otra condena al
regresar a su patria, donde no sólo no se los premiaba  por su
sacrificio, sino que se les condenaba a 15 años de trabajos
forzados en las bajísimas temperaturas del noreste de la URSS.
Dostoievski (durante el zarismo), Brodsky, Mandelstam, Ese-
nin, Solzhenitsin entre muchos otros escritores estuvieron allí.
"Un día en la vida de Iván Denísovich" es una cruda crónica
de ese estilo de cárcel.
Hay una gran tradición poética en Rusia y hasta el bestial pe-
tiso georgiano Iósif Dzugashvili (nombre verdadero de Stalin),
consultaba a Boris Pasternak acerca de la jerarquía poética de
sus detenidos. Pasternak mismo contaba con un gran prestigio,
que utilizaba para intentar influir a favor de sus colegas perse-
guidos.

Mucho antes de ser el territorio de los penalizados por los crue-
les o criminales gobiernos zaristas y soviéticos, Siberia estuvo habitada por sus pueblos originarios, de cultura chamánica, co-
mo suele suceder en varios pueblos del círculo ártico (suena como un grupo literario) -como los chuckchee, los aleutas y diversos grupos de inuit o 'esquimales'.  Estos cuatro cantos
pertenecen a culturas menos conocidas de esa región.


Los KORYAC

DURANTE EL SACRIFICIO DE UN RENO

Al mar le ofrezco un reno;
sin embargo tú eres nuestra madre.
Si tú no miras,
¿cómo hemos de vivir?


Los TELEUTAS

CANTO DE ALABANZA AL VIENTO

Árboles de débiles raíces
Yo los embestiré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

lmiares recién construídos
Yo dispersaré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

Niaras mal hechas
Yo arrastraré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

Fardos no bien agavillados
Yo los calaré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

Casas de techos flojos
Yo las destruiré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

Heno apilado en cobertizos
Yo despanzurraré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.

Fuegos encendidos en el camino,
Yo los haré revolotear. Yo el viento.
Rugire, silbaré.

Casas con malas chimeneas
Yo sacudiré. Yo el viento.
Rugiré, silbaré.


Los VOGUL

CANTO ACERCA DE MI PUEBLO

Extremo helado del pueblo
Yermo extremo donde caminan las mujeres jóvenes
Yermo extremo donde caminan los hombres jóvenes.


Mi querida arena, blanca como las patas de las grullas
Algo acerca de qué cantar
Algo acerca de qué alegrarse.

Querido extremo desierto de mi pueblo
Bordeado por un lado
Por la orilla del bosque de puntas afiladas,
Bordeado por el otro flanco
Por el perlado río fluyente-
   Fluyendo a su alrededor realmente
   Bordeándolo realmente.

Todos mis queridos pinos como iglesias
Se alzan allí. Tantos,
Aparecen allí, tantos.

El querido sendero donde caminan las mujeres jóvenes.
El querido sendero donde caminan los hombres jóvenes
No está cubierto con ninguna maleza
No está cubierto con hierba alguna.



Los YUKAGIR

EL CHAMÁN SE DIRIGE A SUS ESPÍRITUS

Ustedes, dueños de lo verde y de los árboles, ayúdenme.
Madre mar, que tiene por cobertor siete túmulos de nieve,
Como lecho, ocho capas de hielo,
Como collar, zorros negros,
Como espuma, zorros árticos,
Como olas, zorros cachorros,
Ayúdame, madre-dueña-del-mar.

FUENTES: Keith Bosley. Poetry of Asia, Five Millenniums of Verse from Thirty-
                   three Languages. Weatherhill, 1979.
                  Willard Trask. The Unwritten Song. Vol. 2. Macmillan, 1967.

viernes, 4 de febrero de 2011

LA CONVERSIÓN

El hijo cuenta al padre muerto, con dificultad, desde su viaje,
su conversión al poderoso Kadamké: "ahora no bailamos has-
ta la agonía, ni nos atravesamos el cuerpo con púas, ni come-
mos el fruto del xandán en las ceremonias, ni..." y continúa
con varias enumeraciones. Las mismas se interrumpen para
cambiar de tema, relatar pequeños viajes que realiza por fue-
ra del Kadamké. Poco después le cuenta fragmentos de las mi-
siones que le son asignadas, no carentes de crueldad. Rodeos,
un vano intento de ser escuchado y exculpado por el padre mu-
do.
En todo su relato, no menciona la muerte. La muerte del pa-
dre, ahora tan viva. La que da a los enemigos del Kadamké.
La suya, tal vez muy próxima. La de la imposible aprobación
del padre, a quien el hijo hunde más en la muerte.
Tropieza su garganta al despedirse diciendo "tu hijo".
Le habla, le dice, le pide, cada vez que despierta en la noche.
(El rostro pintado, a toda hora, con huita negra.)

También le habla al padre por el canal del sueño, a contraco-
rriente.
¡Con qué clase de aurora, de voz de la infancia,
desmenuzadas sus letras por el tacto de la voz,
sopladas por el pulmón de la muerte!

Padre, agujero de lo real, cuyo silencio lo oye sin escuchar.



                                                     Zdzislaw Beksinski (1980)


[Bastante tiempo después, me encuentro con esto:
"Para gran sorpresa de Hardy, Wittgenstein se pone de pie. Strachey se quita
la mano de los ojos. Wittgenstein no se acerca a la esterilla, sino que se queda
donde está y dice, con su ligero acento vienés:
-Muy interesante, pero a mi modesto entender, la conversión consiste en desha-
cerse de la preocupación. En tener el valor de no preocuparse de lo que ocurra."
David Leavitt. El contable hindú, p. 75. Anagrama.]

miércoles, 2 de febrero de 2011

DORMIR

Dormir, dormir.
Se fuerzan a dormir, como se hunde a pulso un cuerpo más
liviano que el agua en la resistencia del agua.
Dormir, más allá del descanso y del deseo, de la vida y de la
muerte, ese dormir.
Dormir sin el se de dormirse. Un acto activo.
Lento, tal vez, pero intensamente activo.
Es empujar-se a un dormir que está cerrado.
Dormir como un cuerpo de animal que nunca vio la luz.
Como un cuerpo de animal que jamás fue visto por otro ser.
Un cuerpo de animal hundiéndose en un fango por torción,
en un fango sin fondo, bordes o sonidos.
Dormir es reducir toda la sangre a un puño de negra sangre,
desplazada al lugar más ajeno del cuerpo, al ahí.
Un crimen invisible.
Se lo llama "el descanso de la chalupa".
La chalupa que se mece interminablemente.
La chalupa solitaria en el mar del tiempo.
La chalupa de existir.